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lunes, 30 de noviembre de 2015

"LIBERALISMO: EL PEOR ENEMIGO DE LA IGLESIA (Mons. Marcel Lefebvre)"


LOS LIBERALES SUPRIMEN LOS ESTADOS CATÓLICOS

¿Entonces no tendríamos el derecho de tener nosotros también nuestros Estados católicos? El Estado del Valais era católico un 90 %. Como los liberales ganaron en el Concilio, y dominan ahora en Roma, pidieron a Mons. Adams (a quien conocí bien y que era un buen amigo), por intermedio del nuncio en Berna, de acabar con el Estado católico del Valais. La constitución valdense enunciaba, en efecto, que la Religión católica era la única religión reconocida públicamente por el Estado. Esto era, en definitiva, afirmar que Nuestro Señor Jesucristo era el Rey del Valais. Y Mons. Adam, todo lo favorable que fuese la Tradición, él que había combatido durante el concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra. Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él que había combatido durante el Concilio a favor del reinado social de Nuestro Señor, escribió una carta a todos sus fieles para que el Estado de Valais cambiase su constitución y se convierta oficialmente en neutra.

Me informé y se me contestó que eso venía del nuncio. Fui pues a encontrarlo a Berna y él me confirmó que Mons. Adam había escrito por orden suya.

- ¿Y no tiene Usted, vergüenza de pedir que Nuestro Señor Jesucristo no reine más el Valais?

- (El Nuncio) Oh, pero ahora esto no es más posible. Usted comprende no es más posible.

- ¿Y los protestantes? Vaya Usted, pedirles de dejar de reconocer su protestantismo como religión oficial en el cantón de Vaud y o en Dinamarca. ¿Y nosotros católicos, no tenemos, acaso, el derecho de tener Estados en los cuales la Religión católica es la única reconocida públicamente?

- (El nuncio) Ah, eso no es más posible. - ¿Qué hace Usted de la magnífica encíclica Quas primas donde Pío XI recuerda que Nuestro Señor Jesucristo debe reinar sobre todos los Estados y sobre todas las naciones?

- (El nuncio) Oh, el Papa no lo escribiría ahora.

Ah, esto como ejemplo. Esta encíclica fue escrita en 1925 por Pío XI para recordar a todos los obispos la doctrina sobre el reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, y he aquí ahora obispos hacen exactamente lo contrario. Y es lo que desgraciadamente aconteció: oficialmente el Estado del Valais no es más un Estado católico. La Iglesia sólo sigue reconocida al mismo nivel que cualquier asociación privada, como las otras religiones, que tienen el derecho de organizarse en el Valais (Suiza).



   EL CARDENAL BEA PORTAVOZ DE LOS LIBERALES

Abraham Heschel y Agustin Bea

¿Cómo ocurrió esto? Un día el cardenal Ottaviani y el cardenal Bea nos trajeron dos fascículos que valían su peso en oro. Estos dos fascículos delimitaron los campos en la Iglesia: uno es de la Revolución francesa y el otro de la Tradición católica. Uno es el del cardenal Bea, liberal, el otro el del cardenal Ottaviani, prefecto de la Comisión. En su documento el cardenal Ottaviani habla de la "tolerancia religiosa". Es decir, si hay otras religiones en los Estados católicos, se los tolera, pero no se les concede las mismas libertades que a la Iglesia, del mismo modo que se toleran los pecados y los errores, dado que no se puede expurgar todo. En una sociedad hace falta una cierta tolerancia, pero esto no quiere decir que se apruebe el mal.

Cuando llegó el momento para el cardenal Ottaviani de presentar su documento a la Comisión central preparatoria del Concilio, documento que no hacía más que retomar la doctrina enseñada siempre por la Iglesia católica, el cardenal Bea se irguió diciendo que se oponía. El cardenal Ruffini, de Sicilia, intervino para detener ese pequeño escándalo de dos cardenales que se enfrentaban así con violencia ante todos los otros. Pidió referir a la autoridad superior, es decir al Papa que ese día no presidía la sesión. Pero el cardenal Bea dijo, no, quiero que se vote para saber quién está conmigo y quién con el cardenal Ottaviani. Se procedió, pues, a votar. Los setenta cardenales, los obispos y los cuatro superiores de órdenes religiosas que estaban allí se dividieron más o menos por mitades. Prácticamente todos los cardenales de origen latino: italianos, españoles y sudamericanos, estaban por el cardenal Ottaviani. El contrario los cardenales norteamericanos, ingleses, alemanes y franceses estaban por el cardenal Bea. Así se halló una Iglesia dividida sobre un tema fundamental de su doctrina: “La realeza de Nuestro Señor Jesucristo.”

Era la última sesión, y uno se podía preguntar lo que iba a acontecer con ese Concilio si ya la mitad de los setenta cardenales eran favorables a la tolerancia religiosa del cardenal Ottaviani y la otra mitad favorable a la libertad religiosa del cardenal Bea que se basaba en la Revolución francesa y la Declaración de los derechos del hombre. Y bien, en el Concilio también hubo lucha, y hay que reconocer que son los liberales los que se impusieron. ¡Qué escándalo! Así llegó esa nueva religión, que desciende más de la Revolución francesa que de la Tradición católica, ese famoso ecumenismo donde todas las religiones están en pie de igualdad. Ahora Ustedes, pueden comprender la situación actual, esta se deriva de los liberales en el Concilio. Hubo, sin embargo, oposiciones violentas, pero como el Papa tomó parte prácticamente por la libertad, son los liberales que tomaron los puestos en Roma y los ocupan aún. Me opuse a esto con Mons. Sigaud, Mons. de Castro Mayer y muchos otros miembros del Concilio. Porque no se puede admitir que Nuestro Señor sea destronado. La Iglesia está fundada sobre el principio que exige la realeza de Nuestro Señor sobre la tierra del mismo modo que en el Cielo. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el Cielo. ¡Sí, que la voluntad del Señor sea hecha por doquier y no solamente en las familias! Pero ahora que el liberalismo reina en Roma, aquel que nuestros autores de 1926 calificaban como del peor enemigo de la Iglesia, asistimos a la demolición de la Iglesia.

Hay una auténtica ruptura. Más nosotros permanecemos en comunión con todos los Papas hasta el Concilio, mientras que el cardenal Bea no da referencia alguna en su documento. Él no podía remitirse a ningún Papa, dado que su doctrina es nueva y ésta siempre fue condenada por los Sumos Pontífices. En el folleto del Cardenal Ottaviani hay más páginas de referencia que de texto, referencias a los Papas, a los concilios, a toda la doctrina de la Iglesia. La tolerancia religiosa está realmente en la continuidad de la Tradición. La Fe en la Iglesia fue siempre predicar la verdad y tolerar el error, ya que no puede hacer de otro modo, pero esforzándose en ser misionera, reducir el error y atraer a la verdad. La Iglesia no afirmó jamás que se tenía el derecho tanto de estar en el error como en la verdad, que había igual derecho de ser budista que católico. Esto no es posible, o la Religión católica no es más la única verdadera. Es una catástrofe fundamental para la Iglesia. Hemos vivido ese combate en el Concilio y lo vivimos todavía. 

CONTINUA...

"ANACLETO GONZÁLEZ FLORES. MÁRTIR CRISTERO."



2. El forjador de caracteres

Hemos dicho que desde niño Anacleto fue apodado «el maestro», por su nativa aptitud didáctica. Este «bautizo», que nació de manera espontánea, se trocó después en cariñoso homenaje y hoy es un título glorioso. Maestro, sobre todo, en cuanto que fue un auténtico formador de almas. Consciente del estanca-miento del catolicismo y de la pusilanimidad de la mayoría, o, como él mismo dijo, «del espíritu de cobardía de muchos católicos y del amor ardiente que sienten por sus propias comodidades y por su Catolicismo de reposo, de pereza, de apatía, de inercia y de inacción», se abocó a la formación de católicos militantes, que hiciesen suyo «el ideal de combate», convencidos de que «su misión es batirse hoy, batirse mañana, batirse siempre bajo el estandarte de la verdad». A su juicio, el espíritu de los católicos, si querían ser de veras militantes, debía forjarse en dos nive-les, el de la inteligencia y el de la voluntad. En el nivel de la inteligencia, ante todo, ya que «las batallas que tenemos que reñir son batallas de ideas, batallas de palabras». «Los medios modernos de comunicación – escribe– aunque sirven generalmente para el mal, podrán ayudarnos, si a ellos recurrimos, para que nuestras ideas se abran paso con mayor celeridad, en orden a ir creando una cultura católica. No podemos seguir luchando a pedradas mientras nuestros enemigos nos combaten con ametralladoras». En esta obra de propagación de la verdad todos pueden hacer algo: los más rudos e ignorantes, dedicarse a estudiar; los más cultos, enseñar a los demás; los que no son capaces de escribir ni hablar, al menos pueden difundir un buen periódico; los que tienen destreza en hablar y escribir, podrán adoctrinar a los demás. No nos preguntemos ya cuánto hemos llorado, sino qué hemos hecho o qué hacemos para afianzar y robustecer las inteligencias. A unos habrá que pedirles solamente ayuda económica; a otros su pluma y su palabra; a otros que no compren más los periódicos laicistas; a otros que vendan los periódicos católicos.

«Ya llegará el momento en que, después de un trabajo fuerte, profundo de formación de conciencia, todos los espíritus estén prontos a dar más de lo que ahora dan y entonces los menos dispuestos a sacrificarse querrán aumentar su contingente energía. Y de este modo habremos logrado que todos se aproximen al instante en que tengamos suficientes mártires que bañen con su sangre la libertad de las conciencias y de las almas en nuestro país».

Anacleto no se quedó en buenas intenciones. Se propuso constituir un grupo de personas deseosas de formarse, no limitado, por cierto, a los de inteligencia privilegiada sino abierto a todos cuantos deseasen adquirir una cultura lo más completa posible. Para él dicha labor era superior a todas las demás. La influencia de ese grupo resultaría incontrastable, «porque se hallaría en posesión de los poderes más formidables, cuales son la idea y la palabra». Para este propósito, Anacleto se dirigió principalmente a la juventud, a la que por once años consagró lo mejor de sus energías. La amplia y arbolada plaza contigua al Santuario de Guadalupe, en Guadalajara, fue su primer local, el lugar predilecto de sus tertulias. Su verbo era fascinante. Nos cuenta el Padre H. Navarrete que siendo él estudiante secundario, se encontró un día con Anacleto, a la sazón profesor de Historia Patria, reunido con un grupo en la plaza del Carmen. «Sois estudiantes –les dijo–. Tras de largas peregrinaciones por aulas e Institutos, llegaréis a con-quistar vuestra inmediata ambición: un título profesional. Y bien, ¿qué habréis obtenido? Una posición; es decir, pan, casa, vestido. ¿Es esto todo para el hombre? Me diréis que de paso llenáis una misión nobilísima cultivando la ciencia. ¿Puede ser esa la misión de un ser como el hombre?

«No es la principal labor del hombre el cultivo del cuerpo, ni el de la inteligencia. Ha de ser el cultivo de las facultades más altas del espíritu. La de amar; pero amar lo inmortal, lo único digno de ser amado sin medida: amar a Dios. ¿Serán por ventura ustedes de los que se creen que se llena esa infinita ambición con esas prácticas ordinarias del cristiano apergaminado que asiste a misa los domingos? No. Eso no es ser cristiano. Eso es irse paganizando; es un abandonar plácidamente la vida cristiana, pasando a la vera del sagrado con antifaz carnavalesco, sonriendo al mundo y al vicio, mientras en la penumbra vaga del rincón de una iglesia, precipitadamente, en breves minutos con dolor robados a la semana, se santigua la pintada faz del comediante…

«Amar a Dios, para un joven, debe significar entusiasmos sin medida, ardores apasionados de santo, sueños de heroísmo y arrojos de leyenda. La vida es una milicia». Dice Navarrete que ésas y otras ideas fue-ron brotando en medio de un diálogo vivaz, apasionante. «A mí no me cabía duda. Aquel hombre alcanzaba los perfiles de los grandes líderes. La claridad brillante de sus ideas unida a la férrea voluntad de un ardoroso corazón, lo delineaban como un egregio conductor de masas. Había ahí madera para un santo, alma para un mártir».

Anacleto atrajo en torno a sí a lo mejor de la juventud de Guadalajara. A pocas manzanas del Santuario de Guadalupe de dicha ciudad, a que acabamos de referirnos, una señora ofreció hospedaje y alimentación tanto a él como a varios compañeros que estudiaban en la Universidad. Allí convocaron a numerosos jóvenes para cursos de formación. En cierta ocasión estaban estudiando los avatares de la Revolución francesa, sus víctimas, sus verdugos, la Gironda, el Jacobinismo, etc., y como la que cuidaba la casa se llamaba Gerónima, y los vecinos la llamaban doña «Gero» o «Giro», le pusieron a la sede el nombre de «La Gironda» y a sus ocupantes «los Girondinos». Dicha casa tenía sólo tres habitaciones. Pero allí se fueron arrimando un buen grupo de jóvenes, unos cincuenta muchachos, atraídos por Cleto y sus compañeros de vida juglaresca. Lejos de todo estiramiento «doctoral», la alegría juvenil del «Maistro» se volvía contagiosa, mientras trataba temas de cultura, de formación espiritual, de historia patria, trascendiendo a toda la ciudad, pero más directamente a la barriada del Santuario, donde estaba la Gironda. Refiriéndose a aquellos convivios dice Gómez Robledo que «las ideas fulguraban en la conversación vivaz y el goce intelectual tenía rango supremo».

Anacleto estaba convencido de la importancia de su labor intelectual en una época de tanta confusión doctrinal. Era preciso formar lo que él llamaba «la aristocracia del talento». Para ello nada mejor que poner a aquellos jóvenes en contacto con los pensadores de relieve, los grandes literatos, los historiadores veraces. Era ésta su obra predilecta, su centro de operaciones y el albergue de sus amistades más entrañables y de sus colaboradores más decididos. A esos muchachos los consideraba como una ampliación de su familia. En el oratorio de aquella casa contrajo matrimonio, y su primer hijo pasó a ser un puntual concurrente a las reuniones dominicales.
«
Anacleto era el maestro por antonomasia entre nosotros –testimonia Navarrete–. Estaba siempre a punto para dar un consejo, esclarecer una idea o forjar un plan, ya de estudio, ya de acción. El espíritu in-fundido por él hizo de nuestro grupo local una verdadera fragua de luchadores cristianos… Nos enseñó a orar, a estudiar, a luchar en la vida práctica y también a divertirnos. Porque él sabía hacer todo eso. Lo mismo se le encontraba jugando una partida de billar, que de damas, tañendo la guitarra o sosteniendo animados corrillos, con su inacabable repertorio de anécdotas. Así fuimos aprendiendo poco a poco que la vida del hombre sobre la tierra es una lucha, que es guerra encarnizada y que los que mejor la viven son los más aguerridos, los que se vencen a sí mismos y luego se lanzan contra el ejército del mal para vencer cuan-do mueren, y dejan a sus hijos la herencia inestimable de un ejemplo heroico».

Cuentan los que lo trataron que tenía un modo muy suyo de enseñar la verdad y corregir el error. Jamás contradecía una opinión sin ser requerido, pero entonces era contundente. Para corregir los vicios de conducta, nunca llamaba la atención del culpable en forma directa; cuando creía llegada la oportunidad, se refería a un personaje imaginario, de ficción, afeado por los defectos que trataba de enmendar, presentándolo como insensato, como víctima de sus propios actos. Nunca le falló este método de corrección. En cuan-to a su modo de ser y de tratar, nos formaríamos de él una representación incompleta si creyéramos que nunca abandonó la rigidez del gesto épico. Según nos lo acaba de describir Navarrete, era una persona de temperamento ocurrente, afectuoso y jovial. Su casa de la Gironda se hizo legendaria como centro de sana y bulliciosa alegría, de vida cristiana y bohemia a la vez. Creó Anacleto varios círculos de estudio: el grupo «León XIII», de sociología; el «Agustín de la Rosa», de apologética; el «Aguilar y Marocho», de periodismo; el «Mallinckrodt», de educación; el «Balmes», de literatura; el «Donoso Cortés», de filosofía… Por eso, cuando se fundó en México la ACJM, el material ya estaba dispuesto en Guadalajara. Bastó reunir en una sola organización los distintos círculos existentes, unos ocho o diez, perfectamente organizados. Especial valor le atribuía al círculo de Oratoria y Periodismo, ya que, a su juicio, el puro acopio de conocimientos, si no iba unido a la capacidad de difundirlos de manera adecuada, se clausuraba en sí mismo y perdía eficacia social. De la Gironda salieron numerosos difusores de la palabra, oral o escrita. Destaquemos la importancia que Anacleto le dio al aspecto estético en la formación de los jóvenes. No en vano la belleza es el esplendor de la verdad. «El bello arte –dejó escrito– es un poder añadido a otro poder, es una fuerza añadida a otra fuerza, es el poder y la fuerza de la verdad unidos al poder y la fuerza de la belleza; es, por último, la verdad cristalizada en el prisma polícromo y encantador de la belleza». Y así exhortaba a los suyos que pusiesen al servicio de Dios y de la Patria no sólo el talento sino también la belleza para edificar la civilización cristiana. Sólo de ese modo la verdad se volvería irradiación de energía. Antes de seguir adelante, quisiéramos dedicar algunas palabras a uno de los compañeros de Anacleto, quizás el más entrañable de todos, Miguel Gómez Loza. Nació en Paredones (El Refugio), un pueblo de los Altos de Jalisco, en 1888, de una familia campesina. A los 20 años, se trasladó a Guadalajara donde es-tudió Leyes. Allí conoció a Anacleto, convirtiéndose en su lugarteniente y camarada inseparable. Era un joven rubio, de ojos azules, que irradiaba generosidad, de no muy vasta cultura pero de enorme arrojo y contagiosa simpatía. Se lo apodó «el Chinaco». Los mexicanos llaman «chinacos» a los del tiempo de la Guerra de la Reforma, hombres engañados, por cierto, pero llenos de decisión y coraje. A Miguel se lo quiso calificar por esto último, es decir, por su entereza y energía, si bien las empleó con signo contrario al de aquéllos.

Una anécdota de su vida nos lo pinta de cuerpo entero. El 1º de mayo de 1921, con la anuencia de las autoridades civiles, los comunistas vernáculos se atrevieron a izar en la misma catedral de Guadalajara el pabellón rojinegro. A doscientos metros de dicho templo, frente a los jardines que se encuentran en su parte posterior, estaba una de las sedes de la ACJM, donde en esos momentos se encontraban unos cuarenta muchachos. Conocedores del hecho, varios de ellos pensaron que era preciso hacer algo y por fin resolvieron dirigirse a la Catedral para reparar el ultraje. Pero al llegar vieron una multitud, y en medio de ella al Chinaco, con la cara ensangrentada. Es que mientras los demás discurrían sobre lo que convenía hacer, él ya se había adelantado, y subiendo hasta el campanario, había roto el trapo y lo había lanzado al aire, con ademán de triunfo. Acciones como ésta, de un valor temerario, cuando estaba en juego la gloria de Dios o el honor de la Patria, le valieron 59 ingresos en las cárceles del gobierno perseguidor. A lo largo de su corta existencia, vivió el peligro en una sucesión constante de hechos atrevidos, deseados y buscados a propósito. Los jóvenes lo admiraban. Era, así lo decían, «el azote de los profanadores del templo, refractario a las claudicaciones, el hombre masculino por excelencia». La persistencia en la persecución religiosa lo impulsó a unirse con los heroicos cristeros que estaban en los campos de batalla, donde en razón de sus múltiples cualidades fue elegido Gobernador Civil de la zona liberada de Jalisco. Cuenta Navarrete que en cierta ocasión lo vio rodeado de unos 300 soldados con sus jefes, todos de rodillas, desgranando el rosario. A su término, Gómez Loza rezó esta oración cristera: «¡Jesús Misericordioso! Mis pecados son más que las gotas de sangre que derramaste por mí. No merezco pertenecer al ejército que defiende los derechos de tu Iglesia y que lucha por Ti… Concédeme que mi último grito en la tierra y mi primer cántico en el cielo, sea: ¡Viva Cristo Rey!»

El 21 de marzo de 1928 se dirigía con su asistente hacia el pueblo de Guadalupe, sede nominal del Gobierno Provincial, cuando fue sorprendido por sus enemigos en un lugar llamado «El Lindero». Lo ata-ron a un caballo, y lo arrastraron largo trecho. Luego uno de los soldados lo remató con su pistola. Hace pocos años, tuve el gusto de conocer en Guadalajara a dos de sus hijas, ya ancianas. Una de ellas me contó que cuando su padre se fue al monte, ella era pequeña. Cierto día, en la misma casa donde estaba conversando conmigo, un vecino tocó el timbre y le dijo que en la avenida contigua se encontraba tirado el cadáver de un hombre que parecía ser su padre. Ella fue. Efectivamente: era él.
No me pareció posible evocar la figura de González Flores sin recordar la de Gómez Loza. Juntos se formaron, juntos lucharon, juntos sufrieron la persecución. Anacleto era el fuego que todo lo abrasaba, Miguel el difusor eficaz de las ideas del amigo; si aquél era la luz, él fue la antorcha que la refleja; si Anacleto era la voz, él fue su eco; si Anacleto era la idea que gobierna, él fue la acción que ejecuta. El Maistro y el Chinaco. El verbo de Anacleto y la acción de Miguel. Ambos tenían devoción por la Guadalupana y comulgaban diariamente en su Santuario de Guadalajara. La amistad espiritual que los unía se vio así sellada por la piedad eucarística y mariana. Los dos fueron condecorados por el papa Pío XI el mismo día, a iniciativa del gran obispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez, con la cruz «Pro Ecclesia et Pontifice», en premio a su acción común en defensa del catolicismo. Junto al obispo recién nombrado, forman un soberbia trilogía. Anacleto y Miguel sufrirían ambos el martirio, y hoy sus restos se encuentran, también juntos, en el Santuario de Guadalupe, tan frecuentado por ellos. Ante la losa que los custodia tuve el privilegio de orar con vergüenza y emoción durante largo rato. Volvamos a nuestro Anacleto. Hemos dicho que no sólo se dedicó a formar las inteligencias, aquella «aristocracia del talento», de que le agradaba hablar, sino también a robustecer las voluntades de los que lo seguían. «No soy más que un herrero forjador de voluntades», le gustaba repetir. Este hombre que al decir de Gómez Robledo era «una afirmación hirviente, tumultuosa, de sangre y hoguera», recomendaba siempre de nuevo: «Hay que criar coraza». No se engañaba, la Patria necesitaba caracteres recios. Por eso se dedicó a avivar los rescoldos del heroísmo: «Patria Mexicana, no todos tus hijos se han afeminado, no todos se han hundido en el cieno; todavía hay hombres, todavía hay héroes».

Pero don Cleto no se engañaba. Nadie puede llegar a ser un hombre de imperio, si primero no se ha dominado a sí mismo. Por eso les pedía a los suyos que se volviesen «abanderados de su propia personali-dad y caudillos de su mismo ser».
«Porque dentro de cada uno de ustedes –les decía– hay un forjador en ciernes». Para forjarse a sí mismo no basta la cabeza bien formada, la inteligencia bien empleada. No bastan los filósofos y los maes-tros, por buenos que sean. La pura formación intelectual no alcanza. Era preciso agregar «el encarniza-miento de las propias manos, de las propias herramientas, del propio corazón…, en caso contrario, todo quedará comenzado».

Si se quiere hacer realidad la elevada y recia escultura viviente que Dios soñó para cada uno de noso-tros, habrá que despertar al Fidias que duerme en nuestro interior. Si, por el contrario, se prefiere seguir siendo un mero boceto informe, un trazo borroso sin consistencia, una personalidad enclenque, habrá que cruzarse de brazos, permanecer en espera del forjador que nunca llegará, «del obrero que debe salir de nosotros mismos y que nunca saldrá porque no hemos querido ni sospechar siquiera nuestra personalidad».

Anacleto quería que los suyos tuviesen temple de héroes, que no cediesen jamás a «transacciones» y «componendas», ya que tarde o temprano éstas lo llevarían a la más ignominiosa de las capitulaciones. Para ello, decía, nada mejor que frecuentar a personalidades vigorosas, al tiempo que no dejarse intimidar por falsas prudencias. Cuando habla de esto, su verbo se enardece: « ¡Habéis invertido el mandamiento supremo, porque para vosotros, hay que amar a Dios bajo todas las cosas! Por evitar mayores males os despedazaron, y cada trocito de vuestro cuerpo gritará todavía dando tumbos: ¡prudencia, prudencia! No temáis a los que matan el cuerpo, sino el alma. Una sola noche de insomnio en un calabozo vale mucho más que años de fáciles virtudes». Para formarse en la escuela del heroísmo recomendaba Anacleto escoger cuidadosamente a los amigos, descartando los de espíritu cobarde o los que de una u otra forma habían claudicado. El contagio de los amigos, sea para el mal o para el bien, resulta determinante.

«El día en que se logre encontrar un alto y firme valor de rectitud, de ideal y de carácter, habrá que sellar con él un pacto de alianza permanente y unir lo más estrechamente posible nuestra suerte, nuestro pensamiento y nuestra voluntad con ese nuevo complemento de nuestra personalidad, porque será para nosotros un manantial fecundo de aliento y vitalidad». En medio de la borrasca política y religiosa, Anacleto soñaba con «alzar un muro de conciencias fuertes, de voluntades recias, de caracteres que sepan derrotar a la violencia bruta, no con el filo de la espada, sino con el peso irresistible y avasallador de una conciencia que rehúye las capitulaciones y espera a pie firme todas las pruebas».

Y a la verdad que dio ejemplo de ello, convencido de que el carácter es la base primordial de la personalidad. Como dice un compañero suyo, se había forjado una voluntad tenaz e inconmovible, exenta de volubilidad y extraña al desaliento, superior e indiferente a los obstáculos y a la magnitud de los sacrificios requeridos. La cultivó directa y deliberadamente, imponiéndose una disciplina rigurosa en lo cotidiano y pequeño para contar consigo mismo en los grandes esfuerzos y en las contingencias imprevistas. Elaborado un propósito, no descansaba hasta verlo realizado. La continuidad fue la característica de su acción en todos los órdenes. Fecundo en iniciativas, no abandonaba jamás la tarea comenzada, sino que la proseguía hasta el fin.

Otro de sus amigos nos dice: «No recordamos en el Maistro el menor desfallecimiento ni la menor desviación. Era una consumada realización de sus ideas y proyectos. En esta alianza indisoluble de la fe y la vida, de la doctrina que pregonaba y la conducta que seguía, reside la principal razón de su influencia sobre los demás. Personalidad rotunda, elevada, avasalladora». Él mismo decía, citando a Goethe, «que la capacidad del conductor depende de su personalidad. Si posee una personalidad hecha, martillada sobre yunques sólidos, si tiene una musculatura interior que no se cansa ni se abate, no le es necesario ni hablar, ni escribir, ni obrar; basta que se sienta la presencia de su personalidad, para que arrastre a los que lo rodean con la fuerza irresistible de la fascinación».

«Miles de alumnos lo seguíamos para escucharlo –confirma uno de sus admiradores– porque hablaba con autoridad, y sus palabras fluían como un torrente, proclamando el derecho y la verdad. Jamás retrocedió ante las hogueras, ante las cruces, ante todo el aparato de ferocidad con que en esos tiempos se nos amenazaba, ni lo tentó la codicia cuando con dineros y halagos intentaron seducirlo».

Ni el calabozo, que conoció repetidas veces, logró doblegarlo. A una señora que le expresaba su aflicción porque en cierta ocasión había sido detenido y llevado a la cárcel, Anacleto le decía:

«Somos varios los jóvenes que estamos presos, pero vivimos muy contentos en la cárcel. Tenemos ya establecido un catecismo para los demás prisioneros; rezamos todas las noches el rosario en común, y en el día… ya usted lo sabe, trabajamos, acarreamos la leña para la cocina, llevamos la basura… Total, unas vacaciones pasadas por el amor de Dios. Pero no hay que dudar, este es el camino por donde los pueblos hacen las grandes conquistas».

No en vano había escrito: «En las páginas de historia del Cristianismo siempre se va a la cárcel un día antes de la victoria». Cumplía a la letra aquello que atribuía a los grandes conductores: acometividad para abrirse paso y llegar; persistencia en quedarse, a pesar de todas las vicisitudes; y fuerte e incansable inquietud por dejar una sucesión. En este trabajo de formación de dirigentes veía la necesidad de proponer paradigmas, espejos donde mirarse. Por ejemplo el gran obispo Manríquez y Zárate, de quien decía:

«Tiene en medio de nosotros un alto y fuerte significado. Es él, en la medida en que lo puede ser un hombre, la expresión más alta de la soberanía de la verdad y la recia arquitectura del orden moral forjado en las fraguas únicas de la doctrina católica… El hombre moral ha aparecido con toda la fisonomía radiante y el gesto contagioso, invenciblemente contagioso, del Maestro».

Según lo señalaba más arriba uno de sus discípulos, a Anacleto nunca le faltaron ocasiones, en el México oficial corrompido de aquel tiempo, de lograr una posición económica más que regular. Estimó como grave injuria la proposición que le hicieron algunos agentes de las logias, para que ingresase en la Masonería, que deseaba contar entre los hermanos a un dirigente de sus talentos y arrastre. Los opositores de Anacleto tenían también amigos en el alto Clero. Abogados influyentes iban por la mañana al Obispado y por la tarde visitaban al Gobernador, proponiendo un cambio de táctica: en vez del enfrentamiento, la componenda. No lo conocían a este hombre, que estaba a mil leguas de todas las transacciones y los enjuagues, por disimulados que fuesen, el mismo que decía:

«El gesto del mártir ha sido en todos los tiempos el único que ha sabido, que ha podido triunfar de todos los tiranos, llámense emperadores, reyes, gobernantes o presidentes».

Así fue Anacleto, el gran caudillo del catolicismo mexicano. Sus actividades pronto se tradujeron en una intensificación de la presencia de los católicos, principalmente en el Estado de Jalisco. Se abandonaba ya, en todos los ambientes, la apatía y dejadez que durante tanto tiempo habían reinado. Era evidente que se estaban gestando los hombres del futuro político, cultural y religioso de México.

"¡LAS BIENAVENTURANZAS!"


Por fin, veamos las bienaventuranzas que hacen a la contemplación y unión con Dios.


Algunos filósofos enseñaron que la felicidad consistía en el conocimiento de la verdad, como Aristóteles y Platón, pero se despreocuparon de la limpieza del corazón y sus vidas en más de una ocasión estaba en contradicción con lo que enseñaban.


Cristo nos enseña: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios".

No dice Bienaventurados los inteligentes y los que la cultivan, sino los puros de corazón aunque su inteligencia sea pobre...

Se cuenta en la historia de los Padres del Desierto que uno de ellos, pidió a Dios inteligencia y luz para entender un pasaje de la Sagrada Escritura. A ese fin  durante setenta semanas ayunó, comiendo sólo una vez en cada una de ellas. Viendo que a pesar de ello no lograba comprender, se humilló a ir a preguntar a otro ermitaño que sabía más que él. Apenas salió de su celda se le apareció un ángel y le dijo: "con tus setenta semanas de ayuno no obligaste a Dios como con la humildad de ir a preguntar a tu hermano, y por ello me envía Su Majestad a decirte lo que deseabas". Y habiéndolo hecho desapareció. Corazón limpio significa la mente pura, libre de todo deseo deshonesto. Mejor aún, puro de corazón, es aquel que tiene una conciencia purificada de cualquier clase de pecado y deseos, de malas intenciones, de doblez e hipocresía. El último grado es el de quien se ha limpiado de todo amor creado convirtiéndose él mismo en espejo de Dios en este mundo... la pureza importa la búsqueda del acercamiento a Dios...Para alcanzar esta perfección es necesaria una generosa mortificación, lograr una pureza de intención que sólo busca en todo, por insignificante que sea, la aprobación de Dios, el beneplácito del "Padre que ve en los secretos de los corazones".

"Que tu mano no sepa lo que hace la otra..." y así si "tu ojo es puro, será transparente todo tu cuerpo" (Mt. 6,22). San Agustín nos incita así a mantener puros los ojos del espíritu para poder ver a Dios..."purga tu interior, dice, de aquellas impurezas que te impiden ver a Dios". Se presenta como una cualidad dentro del alma, aunque pueda expresarse por medio de prácticas exteriores, como también los vicios opuestos..

¿Y qué es lo que ofusca el ojo del corazón? La codicia, la avaricia, la iniquidad, la concupiscencia del siglo...las vanidades. Así la pureza tiene un aspecto negativo, que es luchar y apartar lo que va contra ella misma, pero ese mismo esfuerzo tiene como finalidad proporcionar al amor un pleno dominio sobre los sentimientos, para así ofrecer campo libre a sus fuerzas..."Los que te ven, es porque en esta vida han sido limpios de corazón...Quiero veros Señor. Gran cosa es la que deseo, pero Vos me exhortáis a que la quiera. Ayudadme a purificar mi corazón, porque purísimo es lo quiero ver, e impuro es el medio con que quiero conseguirlo...Habitad Vos en mí, para que yo pueda habitar en vos. Si os recibo en mi corazón durante la vida, Vos, después de la vida presente, me admitiréis a vuestra presencia". Enseña San Juan Crisóstomo que tarea ardua es llevar la paz y la unión con Dios a quienes pelean. 

CONTINUA...

"LOS CRISTEROS DEL VOLCAN DE COLIMA'

Zenaida Llerenas

La gloriosa epopeya cristera donó a nuestra Patria un martirologio propio, con sus hijos e hijas que dieron su sangre generosa por proclamar y defender los derechos de Cristo Rey, en las difíciles décadas de los veinte y treinta del siglo veinte. Entre las mujeres mexicanas defensoras de la fe católica ocupan un lugar de honor las heroicas muchachas de las llamadas Brigadas Femeninas Santa Juana de Arco. Esta admirable organización surgió para proveer, ayudar y auxiliar a los cristeros combatientes, con pertrechos, medicinas, ropa y alimentos.

Ofreciendo bastecimiento a cristeros 
del sur de Jalisco.

Muchas de aquellas mujeres valientes eran sencillas campesinas, quizá iletradas, pero de una fe sólida y de un temple espiritual generoso. Pero en muchos casos se trataba también de distinguidas señoritas de buena posición social, que vestían ropas elegantes y eran instruidas. Todas ellas sabían muy bien a lo que se comprometían en caso de ser descubiertas, pero tenían muy claro que en los momentos de bonanza, como sobre todo en los momentos difíciles, lo primero era servir a Dios y dar la vida por Él si fuera necesario.

Las muchachas de las Brigadas se organizaban en batallones, formados con tres escuadras cada uno. Cada miembro de la brigada tenía su grado y, para iniciarse en ella, se requería un juramento de fidelidad y de amor a Cristo Rey y a la Patria, por cuya causa luchaba. En ese acto, cada muchacha recitaba el juramento propio de los cristeros libertadores, en el cual ante un Crucifijo y de rodillas, la brigadista solemnemente prometía: “Luchar por la noble causa de Cristo y de la Patria, hasta vencer o morir; subordinación a los jefes; fraternidad cristiana con los compañeros; no manchar con actos indignos la santa Causa que se defendía, y preferir la muerte antes que denunciar o entregar a algún compañero cristero o de la Brigada”. Este ejército de mujeres, casi todas muchachas jóvenes, estuvo a la altura del heroísmo en aquellos tiempos de persecución y odio contra la religión. Con abnegación, alegría y santo empeño, sin medir fatigas ni peligros, tomaron a cuestas el encargo de proveer al ejército defensor de la Patria, los soldados cristeros, de cuanto fuera más necesario: armas, municiones, ropa y medicinas.

Ellas mismas se ingeniaban para trasladar las provisiones hasta los campamentos cristeros en bosques y montañas, cuando no había arrieros que pudieran hacerlo. Forradas bajo el vestido con chalecos dobles de grueso paño, que las cubrían desde el pecho hasta las piernas, llevaban en ellos una gran cantidad de cartuchos y balas; todos los que cupieran en aquel molesto chaleco pegado a la piel. Treinta, cuarenta o más kilos de peso encima, y así se trasladaban en trenes de tercera, en tranvías, en carretas, o montadas en mulas para efectuar las incómodas travesías a través de cañadas, lomas llenas de güizaches; bajo el sol ardiente o bajo aguaceros que las calaba por completo y hacían de los senderos un martirio de lodo y barro; al filo de la fría madrugada o en medio de la noche. Lo que importaba era cumplir su misión por amor a Cristo Rey y a la Patria.

Descubiertas en más de una ocasión, fueron torturadas, ultrajadas en su virtud y en su moral, sin que jamás el dolor del tormento les hiciese descubrir los secretos que guardaban, ni de su organización, ni de sus compañeros de lucha, ni de las personas que cooperaban en la cruzada cristera con dinero, ropa o medicinas. Para algunas, el castigo terminó en la muerte; para otras, el destierro y la prisión en la horrenda cárcel de las islas Marías. Estas intrépidas mujeres mexicanas de las beneméritas Brigadas Santa Juana de Arco merecen un destacado lugar de honor en nuestra historia y sentimientos de gratitud perenne entre las heroínas cristianas de todos los tiempos.
Mujeres presas acusadas de apoyar a los cristeros.
Una mártir colimense




Son varias las mexicanas, dignas hijas de Santa María de Guadalupe, que dan un toque de delicado perfume a nuestra invicta epopeya cristera. Una de ellas era apenas una jovencita llamada Zenaida Llerenas, a quien le tocó vivir en el heroico estado de Colima durante los años más crudos de la persecución religiosa. El jueves de Corpus, 7 de junio de 1928, la señora Rosalía Torres viuda de Llerenas y su hija Zenaida fueron hechas prisioneras, en la ciudad de Colima, por el gran delito de ser hermana y sobrina, respectivamente, del coronel cristero Marcos Torres, uno de los valientes defensores de Cristo Rey que operaban en la zona del volcán.

Los soldados del gobierno de Calles, el perseguidor de la Iglesia, estaban furiosos, pues el Coronel cristero hacía frecuentes incursiones en la ciudad y siempre había podido burlar su vigilancia. Era Jueves de Corpus Christi de aquel año y aquellos perseguidores, varias veces burlados, pensaron en dar un golpe de escarmiento a los católicos, precisamente el día de esta gran fiesta.

— ¿Es usted la hermana de Marcos Torres? —preguntó bruscamente el jefe del piquete de soldados que irrumpió de improviso en el pacífico domicilio de la familia Torres.

—Sí, yo soy Rosalía viuda de Llerenas, para servir a Dios y a usted. ¿Qué se les ofrece y por qué han allanado mi casa gritando y apuntando con sus fusiles? —le respondió al militar la digna señora a quien acompañaba su joven hija Zenaida.

—Con nosotros no se resuelve nada. Al jefe tendrá que responderle de algunas acusaciones contra usted. ¡Así que jálele p’a fuera usted y su hija también!

Satisfechos de su “hazaña” de detener de malas maneras a dos indefensas mujeres, los perseguidores llevaron presas a doña Rosalía y a Zenaida, y para mayor escarnio, se les recluyó en el departamento de la cárcel destinado a las mujeres de mala vida, para confundirlas con ellas. Mas la pobres mujeres presas, que purgaban sus delitos en la cárcel, bien sabían la virtud y buena fama de que gozaba la familia Torres, muy conocida en Colima, y la del valiente coronel Marcos, que pasaba por ser uno de los más piadosos jefes cristeros. De manera que las mismas prisioneras se alejaban respetuosas de las dos nuevas compañeras de prisión e incluso procuraban moderar su lenguaje y acciones cuando pasaban cerca de ellas.

Doña Rosalía y Zenaida se mantenían unidas y serenas, y rezaban el rosario en honor de la Santísima Virgen, pidiendo en la oración lo mismo por los defensores cristeros que luchaban en las zonas del volcán y del Nevado de Colima, que por los perseguidores de la Iglesia en México y por las pobres presas de la cárcel para que Dios moviera sus corazones a la conversión.

Un lento y doloroso martirio moral

Pero para hacerlas sufrir más y tratar de romper su serenidad espiritual, al poco tiempo las separaron, cada cual en una bartolina inmunda, maloliente, oscura y estrecha, donde apenas si podían dar cuatro o cinco pasos. Había comenzado el martirio moral de las dos inocentes mujeres.

La señora Rosalía escribió tiempo después los sufrimientos a los que las sometieron:

“Es imposible describir los sufrimientos de esos días de prisión. Estábamos separadas, Zenaida y yo, sin posibilidad de comunicarnos y sin ninguna noticia del exterior. Cada día iban varias veces a tomarnos declaración y nos molestaban con muchas impertinencias. A mí me decían que ya mi hija había sido fusilada y a ella le decían lo mismo de su madre, y en la angustia no sabíamos si era o no verdad. Los dos primeros días se dio orden de que no nos dieran de comer, pero Dios, que obra en todo, nos mandó personas caritativas que nos diesen algo.”

Probablemente alguna de las otras presas, compadecida, les llevaba algo de la comida que recibían.

Una de las primeras noches se presentó de improviso ante la señora Rosalía, en su celda de prisión, el general federal Heliodoro Chaires, jefe de operaciones en Colima, para interrogarla. Sin mayores rodeos, le preguntó:

— ¿Dónde está su hermano Marcos?
—No lo sé, General. Debe andar por el volcán con otros cristeros

Chaires era uno de los militares más interesados en apresar al coronel Marcos Torres para vengar las varias derrotas que los soldados federales habían sufrido ante las fuerzas de los cristeros, entre ellas, la que les proporcionó el general cristero Jesús Degollado cuando atacó Manzanillo. Chaires no olvidaba aquello, y por eso quería vengar su humillación en la persona del jefe cristero o en sus familiares, a quienes mandó apresar cobardemente porque era algo mucho más fácil de hacer. ¿Qué podían dos indefensas mujeres contra él?

Su virtud se ve amenazada...


CONTINUA...

Serie "Padre Pro" Mártir Cristero.

VIVA CRISTO REY!!!



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"INTRODUCCION AL CICLO DE NAVIDAD SEGÚN SAN BUENAVENTURA"




Hemos dejado el ciclo litúrgico del tiempo después de Pentecostés, con todas las gracias que, en el mismo, derramo Nuestro divino Salvador en nuestras almas, mas, si fue generosa la misericordia divina en derramar sus gracias, ¿cuántas de ellas aprovecho nuestra alma? Tal respuesta solo queda en el arcano divino y en las almas, que más generosas fueron durante este tiempo. Ahora en este primer domingo de adviento, cuyo significado ya lo conocen, me refiero a la palabra ADVIENTO, no me detendré en los siguientes discursos en explicar lo que dice el Evangelio o las epístolas durante este tiempo, tal trabajo lo realizaran mis cofrades. Mi deseo es dar una serie de discursos que no son míos sino del seráfico doctor San Buenaventura contemporáneo de Santo Tomas de Aquino. Espero le saquen el provecho espiritual que, a vuestro servidor en su momento le fue de mucho beneficio y para que el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo, sus corazones lleguen llenos de fervor al pesebre no solo para adorarlo sino también para recibir de El sus gracias propias de este tiempo. Que el Espíritu Santo ilumine vuestras mentes para que puedan comprender y entender lo que el seráfico doctor quiere trasmitirles por medio de estos discursos dados en la catedral de donde él era maestro.




PRIMER DISCURSO:


"Pues lo que en ella ha nacido del Espíritu Santo es"


Estas palabras son evangélicas y angélicas a la vez; evangélicas por haberlas escrito el evangelista San Mateo, al describir el nacimiento del Señor; y angélicas porque fueron dichas por el ángel cuando anunció el misterio quien las dijo así; "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, pues lo que en ella ha nacido, del Espíritu Santo es."  Que como si dijera: no te pasmes ante la novedad del milagro; no te pasmes, digo, de que María aparezca en cinta antes de haber convivido contigo, porque su concepción es del Espíritu Santo, y lejos de ti toda sospecha de adulterio, porque María ha concebido milagrosamente por obra del Espíritu Santo para quien no hay cosa imposible. Donde es de advertir que del Espíritu Santo no puede proceder sino lo santo, según dijo el Ángel a María: “Y por eso lo que di nacerá santo, será llamado Hijo de Dios”.


“Lo que en ella ha nacido…,”



En estas palabras hay tres cosas que reclaman nuestra consideración: primeramente  quien nace en ella, después quien es ella y, por último, quien coopera al concebir ella. Y es de saber que quien en ella se concibe es Cristo, Dios y Hombre; la que concibe es María, madre y virgen y aquel, por cuya obra concibe ella, es el Espíritu Santo. Tenemos, por lo tanto, acerca de este nacimiento tres misterios para admirarlos, alabarlos y bendecirlos: el niño que nace, la madre que pare, y el Espíritu Santo que santifica. Santificación que debe entenderse rectamente, pues la referimos al Espíritu Santo, no como si hiciera santo al Hijo de Dios, sino en cuanto le hace santo respecto de ella.


Empecemos considerando QUIEN NACE EN ELLA., y sobre esto debemos considerar tres nacimientos: El primero en efecto fue antes de ella; el segundo en ella; el tercero de ella.


En cuanto al nacimiento antes de ella o más bien antes de toda criatura,  decimos que consiste en la generación eterna, sobre la cual se dice en el Eclesiástico: “Salí de la boca del Altísimo, engendrada primero que ninguna criatura”. He aquí indicado quien nace y como nace.


LO PRIMERO. Quien nace antes que ella es la sabiduría, la cual expresándose en primera persona dice: Yo=la sabiduría de Dios que en la carta a los corintios es el mismo Cristo. Después se nos indica que el principio del que nace la Sabiduría es el Padre: “Salí del altísimo”. Y por último, se nos da a entender del modo como nace cuando dice: “Salí de la boca del Altísimo”, “es decir, como la palabra sale del que la dice” o como dice San Agustín: “El Espíritu Santo procede del Padre como dado, y el Hijo como nacido”


En cuanto a lo segundo se dice que nació en ella porque el Verbo eterno fue concebido en el seno virginal de la Sma. Virgen María, es concepción porque así lo dice el Ángel: “Pues lo nacido lo que ella ha nacido del espíritu santo es…”  y en el salmo se dice: “Hombre nació en ella” . Tal es el nacimiento o concepción, cuya inefable realización viene significada a dichas palabras del salmo se interponen: “¿Porque ventura  se dirá hombre a Sion?  Que es como si dije no. Entonces, porque se dice: “Hombre nació en ella”  no corresponde al hombre investigarlo, sino pertenece al Espíritu Santo revelarlo. Pues solo sabe revelarlo aquel que solo él sabe hacerlo.


Por último, en cuanto al NACIMIENTO DE ELLA, tenemos que es externo, pues implica salida del seno virginal al exterior, en conformidad con lo cual dice San Lucas: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Y por eso el niño que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios” (Lc., c. 1) Así lo confirma el evangelista cuando dice:”Cuando se cumplieron en María los días de su parto, dio a luz a su hijo primogénito”.  Este es no interno como en el caso anterior sino externo pues implica salida del seno virginal, según lo dicho por el Ángel: "...y darás un hijo a quien pondrás por nombre Jesús." por donde queda claro las tres maneras de nacimiento de Cristo.


Para comprender mejor lo que hemos expuesto hasta el momento tomaremos un ejemplo de la naturaleza aunque ella no nos suministre semejanzas adecuadas que expresen realidades sobrenaturales. En lo tocante a nuestro tema nos ofrece tres Similitudes; el resplandor que nace de la luz, el germen que nace en la vid y la flor que nace brotando del ramo o del árbol.


1) En cuanto al primera _ “El esplendor nace de la luz, existe naturalmente con la luz y dice sin embargo distinción respecto de la luz, la cual a su vez se distingue del esplendor. Cosa análoga ocurre entre el Padre y el Hijo”. El Hijo en efecto, nace del Padre, es consustancial al Padre, se distingue del Padre; y distinguiéndose Padre e Hijo realmente entre sí como personas, son, sin embargo, una misma cosa en cuanto a la naturaleza divina. Y por esta razón, la Iglesia recordando nacimiento tan glorioso, canta alborozada: "¡Oh oriente, esplendor de la luz eterna."


2) En cuanto a la segunda._ el germen en la vid nace fecundándola y llenándola de follaje vistoso. Pero semejante vitalidad germinativa en el tronco de la vid ni lo abre, ni lo mancilla, ni lo quebranta en cuanto a su integridad. Algo así ocurre en la Sma. Virgen cuando concibe. Nace Dios en ella. Y Dios, al ser concebido, la llena, la fecunda, y la santifica, pero sin quebrantar ni violar ni contaminar su claustro virginal. De ahí que Dios, comparando al que nace en ella con el germen, diga por el profeta: "Suscitaré a David, vástago o germen de justicia" Y por Isaías: "Enviad, ¡oh cielos!, rocío de lo alto, y lluevan las nubes al justo; abrase la tierra y brote al Salvador." Y nótese que por tierra humilde, estable y fértil se entiende de la Virgen María, la cual se abrió, no corporalmente para corromperse, sino espiritualmente para creer al ángel, y así creyendo produjo al Salvador.


3) Por último, en cuanto a la tercera. Se saca de la flor. Nace esta brotando de la rama. Pero debe notarse que, la flor al brotar de la rama, no la menoscaba, sino la mejora; no la resquebraja, sino todo lo contrario la embellece. Es lo mismo que sucede en esta tercera forma de nacimiento. Dios nace de la virgen, pero nace fecundándola y hermoseándola sin horadar ni corromper su integridad virginal, según aquello de Ezequiel: "Esta puerta ha de estar cerrada por siempre y no se abrirá ni pasara por ella hombre alguno” (Ez., c. 44)  Por eso tal nacimiento se compara con la salida de la flor, como es de ver en Is. C. 11: “Y saldrá una vara de la raíz de Jesé, y de su raíz subirá una flor, y reposara sobre la flor del Espíritu del Señor”. Donde es de advertir que por vara se entiende la virgen, Madre de Dios; por flor, su divino Hijo; por salida de la vara, el nacimiento de la Virgen; por subida de la flor, el nacimiento del Salvador. Como se ve, todo se sustenta en la raíz de Jesé, la raíz de Jesé, en efecto, produce la vara; la vara produce la flor, y sobre la flor descansa el Espíritu Santo.


Por lo tanto, el que así nace tiene tres maneras de nacimiento. Nace, en efecto, antes de su generación temporal, del Padre, como el esplendor de la luz; nace en  la Virgen, como el germen de la vid; y, por último, nace saliendo del seno virginal, como la flor de la vara, rama o árbol. Por razón del primer nacimiento, el Hijo nació y nace del Dios Padre, según la naturaleza divina, y por razón del segundo nacimiento y tercero, nace de la Virgen Madre, según su naturaleza humana. Además en cuanto al nacimiento primero, debe decirse que no dimana del Espíritu Santo, pues, según la doctrina de las originaciones trinitarias, el Hijo no procede del Espíritu Santo, sino el Espíritu Santo del Padre y del hijo. Y en cuanto al nacimiento segundo y tercero, es cosa indubitable que deben atribuirse al Espíritu Santo.