utfidelesinveniatur

miércoles, 15 de junio de 2022

¡NUNCA IGNOREMOS ESTAS VERDADES SOBRE EL PURGATORIO!

 


¿POR QUÉ UNA EXPIACIÓN TAN PROLONGADA?

Las razones no son difíciles de entender.

1.    La malicia del pecado es muy grande. Lo que a nosotros nos parece una pequeña falta en realidad es una seria ofensa contra la infinita bondad de Dios. Es suficiente ver cómo los Santos se arrepintieron de sus faltas.

Nuestra tendencia es ser débiles, es verdad, pero Dios nos ofrece generosamente abundantes gracias para fortalecernos; nos da la luz para ver la gravedad de nuestras faltas, y la fuerza necesaria para no caer en la tentación. Si aún así, caemos, la falta es toda nuestra. No usamos la luz y la fortaleza que Dios nos ofrece generosamente; no rezamos, no recibimos los Sacramentos como deberíamos.

2.     Un eminente teólogo remarca que si hay almas que son condenadas al Infierno por toda la eternidad por el pecado mortal, no debemos asombrarnos porque otras almas deban ser retenidas durante largo tiempo en el Purgatorio. Hay quienes han cometido deliberadamente incontables pecados veniales, algunos de los cuales son tan graves, que en el momento de cometerlos el pecador escasamente distingue si son mortales o veniales. También, ellos pueden haber cometido algunos pecados mortales por los cuales tuvieron poco arrepentimiento e hicieron poca o ninguna penitencia. La culpa ha sido remitida por la absolución, pero la pena debida por los pecados tendrá que ser pagada en el Purgatorio.

Nuestro Señor nos enseña que deberemos rendir cuentas por cada palabra que decimos y que no dejaremos la prisión hasta que no hayamos pagado hasta el último céntimo. (Mt 5:26).

 

Los Santos cometieron pocos y leves pecados, y aún así, se arrepienten y hacen severas mortificaciones. Nosotros cometemos muchos y gravísimos pecados, y nos arrepentimos poco y hacemos poca o ninguna penitencia.

PECADOS VENIALES:

Sería difícil calcular el inmenso número de pecados veniales que cometemos.

1) Hay un infinito número de faltas en el amor, egoísmo, pensamientos, palabras, actos de sensualidad, también en cientos de variantes; faltas de caridad en el pensamiento, palabra, obra, y omisión. Holgazanería, vanidad, celos, tibieza y otras innumerables faltas.

2)   Hay pecados por omisión que no pagamos. Amamos tan poco a Dios, y Él clama cientos de veces por nuestro amor. Lo tratamos fríamente, indiferentemente y hasta con ingratitud.

 

Él murió por cada uno de nosotros. ¿Le hemos agradecido como se debe? Él permanece día y noche en el Santísimo Sacramento del Altar, esperando nuestras visitas, ansioso de ayudarnos. ¿Cuán a menudo vamos a Él? Él ansía venir a nosotros en la Santa Comunión, y lo rechazamos. Se ofrece a Sí Mismo por nosotros cada mañana en el Altar en la Misa y da océanos de gracias a aquellos que asisten al Santo Sacrificio. ¡Y algunos son tan holgazanes que no van! ¡Qué desperdicio de gracias!

 

3)   Nuestros corazones son duros y están llenos de amor a sí mismos. Tenemos hogares felices, espléndida comida, vestido, y abundancia de todas las cosas. Muchos de nuestros prójimos viven en el hambre y la miseria, y poco les damos, mientras que vivimos en el despilfarro y gastamos en nosotros mismos sin necesidad.

4)     La vida nos fue dada para servir a Dios, para salvar nuestras almas.

¡Muchos cristianos, sin embargo, están satisfechos de rezar cinco minutos a la mañana y cinco a la noche!! El resto de las 24 horas están dedicados al trabajo, descanso y placer. ¡Diez minutos a Dios, a nuestras almas inmortales, al gran trabajo de nuestra salvación! ¡Veintitrés horas y cincuenta minutos a esta transitoria vida! ¿Es justo para Dios?

¡Nuestros trabajos, nuestros descansos y sufrimientos deberían ser hechos para Dios!

 

Así debería ser, y nuestros méritos serían por supuesto grandes. La verdad es que hoy día pocos piensan en Dios durante el día. El gran objetivo de sus pensamientos es ellos mismos. Piensan, trabajan y descansan para satisfacerse a sí mismos. Dios ocupa un pequeñísimo espacio en sus días y sus mentes. Esto es un desaire a Su Amantísimo Corazón, el cual siempre piensa en nosotros.

Y AHORA, LOS PECADOS MORTALES:

5)   Desafortunadamente, muchos cristianos cometen, pecados mortales durante sus vidas, pero, aunque los confiesan, como ya hemos dicho, no hacen satisfacción por ellos.

 San Beda el venerable, opina que aquellos que pasan gran parte de su vida cometiendo graves pecados y confesándolos en su lecho de muerte, pueden llegar a ser retenidos en el Purgatorio hasta el Día del Juicio Final.

Santa Gertrudis en sus revelaciones dice que aquellos que cometen muchos pecados graves y que no hayan hecho penitencia no gozan de ningún sufragio de la Iglesia por un considerable tiempo. Todos esos pecados, mortales o veniales, se acumulan por 20, 30, 40, 60 años de nuestras vidas. Todos y cada uno deberán ser expiados para después de la muerte.

¿Entonces, es de asombrarse que algunas almas tengan que estar en el Purgatorio por tanto tiempo?

 

CAPITULO 4: ¿POR QUÉ Y PARA QUÉ REZAR POR LAS ÁNIMAS BENDITAS DEL PURGATORIO?

El gran Mandamiento de Nuestro Señor Jesucristo es que nos amemos los unos a los otros, genuina y sinceramente. El Primer Gran Mandamiento es amar a Dios sobre todas las cosas. El Segundo, o mejor dicho el corolario del primero, es amar al prójimo como a nosotros mismos. No es un consejo o un mero deseo del Todopoderoso. Es Su Gran Mandamiento, la base y esencia de Su Ley. Es tanta la verdad encerrada en esto que Él toma como donación todo aquello que hacemos por nuestro prójimo, y como un rechazo hacia El cuándo rechazamos a nuestro prójimo.

Leemos en el Evangelio de San Mateo ( Mt 25:34-46), las palabras que Cristo dirigirá a cada uno en el Día del Juicio Final.

Algunos católicos parecen pensar que su Ley ha caído en desuso, pues en estos días existe el egoísmo, el amor a sí mismo, y nadie piensa en el prójimo, sino en el propio engrandecimiento.

"Es inútil observar la Ley de Dios en estos días", dicen, "cada uno debe mirar por sí mismo, o te hundes".

¡No hay tal cosa! La ley de Dios es grandiosa y por siempre tendrá fuerza de ley. Por eso, es necesaria más que nunca, y es nuestro deber nuestro mayor interés cumplirla.

 ESTAMOS MORALMENTE OBLIGADOS A ROGAR POR LAS ANIMAS BENDITAS.

Siempre estamos obligados a amar y ayudar al otro, pero cuanto mayor es la necesidad de nuestro prójimo, mayor y más estricta es nuestra obligación. No es un favor que podemos o no hacer, es nuestro deber; debemos ayudarnos unos a otros.

Sería un monstruoso crimen, por ejemplo, rehusar al desposeído el alimento necesario para mantenerse vivo. Sería espantoso rehusar la ayuda a alguien en una gran necesidad, pasar de largo y no extender la mano para salvar a un hombre que se está hundiendo. No solamente debemos ayudar cuando es fácil y conveniente, sino que debemos hacer cualquier sacrificio para socorrer a nuestro hermano en dificultades.

 Ahora bien, ¿Quién puede estar más urgido de caridad que las almas del Purgatorio? ¿Qué hambre o sed o sufrimiento en esta Tierra puede compararse con sus más terribles sufrimientos? Ni el pobre, ni el enfermo, ni el sufriente que vemos a nuestro alrededor necesitan de tan urgente socorro. Aún encontramos gente de buen corazón que se interesa en los sufrientes de esta vida, pero, ¡escasamente encontramos a gente que trabaja por las Almas del Purgatorio!

 Y ¿quién puede necesitarnos más? Entre ellos, además, pueden estar nuestras madres, nuestros padres, amigos y seres queridos.

DIOS DESEA QUE LAS AYUDEMOS.

Ellas son los amigos más queridos. Dios desea ayudarlos; desea tenerlos cerca de Él en el Cielo. Ellas nunca más lo ofenderán, y están destinadas a estar con Él por toda la Eternidad. Es verdad, la Justicia de Dios demanda expiación por los pecados, pero por una asombrosa dispensación de Su Providencia, pone en nuestras manos la posibilidad de asistirlas, nos da el poder de aliviarlas y aún de liberarlas. Nada le place más a Dios que les ayudemos. El está tan agradecido como si le ayudáramos a Él.

 NUESTRA SEÑORA QUIERE QUE LOS AYUDEMOS:

Nunca, nunca una madre de esta tierra amó tan tiernamente a sus hijos fallecidos, nunca nadie consuela como María busca consolar sus sufrientes hijos en el Purgatorio, y tenerlos con Ella en el Cielo. Le daremos gran regocijo cada vez que llevamos fuera del Purgatorio a un alma.

 LAS BENDITAS ANIMAS DEL PURGATORIO NOS DEVUELVEN EL MIL POR UNO:

Pero ¿qué podremos decir de los sentimientos de las Santas Almas? ¡Sería prácticamente imposible describir su ilimitada gratitud para con aquellos que las ayudan! Llenas de un inmenso deseo de pagar los favores hechos por ellas, ruegan por sus benefactores con un fervor tan grande, tan intenso, tan constante, que Dios no les puede negar nada. Santa Catalina de Bologna dice

:"He recibido muchos y grandes favores de los Santos, pero mucho más grandes de las Santas Almas (del Purgatorio)".

Cuando finalmente son liberadas de sus penas y disfrutan de la beatitud del Cielo, lejos de olvidar a sus amigos de la tierra, su gratitud no conoce límites. Postradas frente al Trono de Dios, no cesan de orar por aquellos que los ayudaron. Por sus oraciones ellas protegen a sus amigos de los peligros y los protegen de los demonios que los asechan.

No cesan de orar hasta ver a sus benefactores seguros en el Cielo, y serán por siempre sus más queridos, sinceros y mejores amigos.

¡Si los católicos supieran cuán poderosos protectores se aseguran con sólo ayudar a las Animas benditas, no serían tan remisos de orar por ellos!

 

LAS ÁNIMAS BENDITAS DEL PURGATORIO PUEDEN ACORTAR NUESTRO PROPIO PURGATORIO:

¡Otra gran gracia que obtenemos por orar por ellas es un corto y fácil Purgatorio, o su completa remisión!

San Juan Masías, sacerdote dominicano, tenía una maravillosa devoción a las Almas del Purgatorio. Por sus oraciones, consiguió (principalmente por la recitación del Santo Rosario) ¡¡¡la liberación de un millón cuatrocientas mil almas!!! En retribución, obtuvo para sí mismo las más abundantes y extraordinarias gracias. Esas almas vinieron a consolarlo en su lecho de muerte, y lo acompañaron hasta el Cielo.

Este hecho es tan cierto que fue insertado por la Iglesia en la bula que decretaba su beatificación.

El Cardenal Baronio recuerda un evento similar:

Fue llamado a asistir a un moribundo. De repente, un ejército de espíritus benditos apareció en el lecho de muerte, consolaron al moribundo, y disiparon a los demonios que gemían, en un desesperado intento por lograr su

ruina. Cuando el cardenal les preguntó quiénes eran, le respondieron que eran ocho mil almas que este hombre había liberado del Purgatorio gracias a sus oraciones y buenas obras. Fueron enviadas por Dios, según explicaron, para llevarlo al Cielo sin pasar un solo momento en el Purgatorio.

 Santa Gertrudis fue ferozmente tentada por el demonio cuando estaba por morir. El espíritu demoníaco nos reserva una peligrosa y sutil tentación para nuestros últimos minutos. Como no pudo encontrar un asalto lo suficientemente inteligente para esta Santa, pensó en molestar su beatífica paz sugiriéndole que iba a pasar larguísimo tiempo en el Purgatorio puesto que había desperdiciado sus propias indulgencias y sufragios en favor de otras almas. Pero Nuestro Señor, no contento con enviar Sus Ángeles y las miles de almas que ella había liberado, fue en Persona para alejar a Satanás y confortar a su querida Santa. El le dijo a Santa Gertrudis que a cambio de lo que ella había hecho por las ánimas benditas, la llevaría directo al Cielo y multiplicaría cientos de veces todos sus méritos.

 El Beato Enrique Suso, de la Orden Dominicana, hizo un pacto con otro hermano de la Orden por el cual, cuando el primero de ellos muriera, el sobreviviente ofrecería dos Misas cada semana por su alma, y también otras oraciones. Sucedió que su compañero murió primero, y el Beato Enrique comenzó inmediatamente a ofrecer las prometidas Misas. Continuó diciéndolas por un largo tiempo. Al final, suficientemente seguro que su santamente muerto amigo había alcanzado el Cielo, cesó de ofrecer las Misas. Grande fue su arrepentimiento y consternación cuando el hermano muerto apareció frente a él sufriendo intensamente y reclamándole por no haber celebrado las Misas prometidas. El Beato Enrique replicó con gran arrepentimiento que no había continuado con las Misas, creyendo que su amigo seguramente estaría disfrutando de la Visión Beatífica, pero agregó que siempre lo recordaba en sus oraciones. "Oh hermano Enrique, por favor dame las Misas, pues es la Preciosísima Sangre de Jesús lo que yo más necesito" lloraba la sufriente alma. El Beato recomenzó a ofrecerlas, y con redoblado fervor, ofreció Misas y ruegos por su amigo hasta que recibió la absoluta certeza de su liberación. Luego fue su turno de recibir gracias y bendiciones de toda clase por parte de su querido hermano liberado, y muchas más veces que las que hubiera esperado.

 

viernes, 10 de junio de 2022

Impressionante testemunho de uma alma condenada, sobre o que a levou ao Inferno. (Continuação)

 




Quando meus pais, então solteiros, se mudaram do campo para a cidade, perderam o contato com a Igreja. Foi melhor assim. Eles mantinham relacionamentos com pessoas não relacionadas à religião. Eles se conheceram em um baile e foram "forçados" a se casar seis meses depois. Na cerimônia de casamento, eles receberam apenas algumas gotas de água benta, o suficiente para atrair mamãe à missa dominical algumas vezes por ano. Ela nunca me ensinou a rezar. Todos os seus esforços se esgotavam nas tarefas diárias da casa, embora nossa situação não fosse ruim. Palavras como rezar, missa, água benta, igreja, só posso escrever com íntima repugnância, com repulsa incomparável. Detesto profundamente aqueles que vão à Igreja e, em geral, todos os homens e todas as coisas. Tudo é tormento. Todo conhecimento recebido,

E todas essas lembranças nos mostram as oportunidades em que desprezamos uma graça. ¡Como isso me atormenta! Não comemos, não dormimos, não andamos de pé. Acorrentados espiritualmente, nós réprobos contemplamos nossas vidas fracassadas em desespero, uivando e rangendo os dentes, atormentados e cheios de ódio. Você entende? Aqui bebemos ódio como se fosse água. Nós nos odiamos. Mais do que tudo, nós odiamos a Deus. Eu quero que você entenda. Os bem-aventurados no céu devem amar a Deus, porque o vêem desvendado, em sua beleza deslumbrante. Isso os deixa indescritivelmente felizes. Sabemos disso, e esse conhecimento nos enfurece. Os homens, na terra, que conhecem a Deus através da Criação e da Revelação, podem amá-lo. Mas eles não são obrigados a fazê-lo.

O crente - digo-vos furiosamente - que contempla, meditando, Cristo de braços abertos na cruz, acabará por amá-lo. Mas a alma que Deus se aproxima murchando, como vingador e justiça porque um dia foi rejeitado, como aconteceu conosco, este só pode odiá-lo, como nós o odiamos. Ela o odeia com toda a força de sua má vontade. Ele o odeia eternamente, por causa da resolução deliberada de se afastar de Deus com a qual ele terminou sua vida terrena. Não podemos revogar essa vontade perversa, nem jamais queremos.

¿Você entende agora por que o inferno dura para sempre? Porque nossa teimosia nunca derrete, nunca acaba. E contra minha vontade acrescento que Deus é misericordioso, mesmo conosco. Digo "contra a minha vontade" porque mesmo que diga essas coisas voluntariamente, não posso mentir, que é o que eu gostaria. Deixo muitas informações no papel contra a minha vontade. Devo também estrangular a avalanche de palavrões que gostaria de vomitar. Deus foi misericordioso conosco porque não nos permitiu derramar sobre a terra o mal que queríamos fazer. Se ele nos tivesse permitido, teríamos aumentado muito nossa culpa e punição. Ele nos fez morrer antes do tempo, como fez comigo, ou fez intervir causas atenuantes.

  Deus é misericordioso, porque não nos obriga a chegar mais perto dele do que estamos, neste remoto lugar infernal. Isso diminui o tormento. Cada passo mais perto de Deus me causaria maior aflição do que um passo mais perto de uma fogueira causaria a você.

Desagradou-te um dia quando te contei, durante um passeio, o que meu pai disse alguns dias antes da minha comunhão: "Alegra-te, Anita, pelo vestido novo; o resto não passa de uma brincadeira." Estou quase envergonhado de seu descontentamento. Agora eu ri. A única coisa razoável em toda aquela comédia era que as crianças podiam comungar aos doze anos de idade. Eu já estava, naquela época, bastante possuído pelo prazer do mundo. Sem escrúpulos, deixou de lado as coisas religiosas. Não leve a comunhão a sério. O novo costume de permitir que as crianças recebam a primeira comunhão aos 7 anos nos deixa furiosos (esse costume saudável foi introduzido por São Pio X). Usamos todos os meios para zombar disso, fazendo crer que para receber a comunhão é preciso haver compreensão. É necessário que as crianças tenham cometido alguns pecados mortais.

¿Você se lembra que eu pensava assim quando estava na terra? Eu volto para o meu pai. Ele brigou muito com a mãe. Eu raramente te disse, porque ele me envergonhou. Que coisa ridícula, vergonha! Aqui, tudo é igual. Meus pais não dormiam mais no mesmo quarto. Eu dormia com a mamãe, papai dormia no quarto ao lado, onde ele podia voltar a qualquer hora da noite. Ele bebeu muito e gastou nossa fortuna. Minhas irmãs estavam empregadas, diziam que precisavam do próprio dinheiro. Mamãe começou a trabalhar. Durante o último ano de sua vida, papai bateu nela muitas vezes quando ela não queria lhe dar dinheiro. Comigo, ele sempre foi gentil. Um dia eu te falei de um capricho que te deixou escandalizado. ¿E por que você não se escandalizou comigo? Quando devolvi duas vezes um novo par de sapatos porque a forma dos tachas não era moderna o suficiente.

Na noite em que papai morreu de derrame, aconteceu algo que nunca contei a você, por medo de uma interpretação desagradável. Hoje, no entanto, você deve saber. É um fato memorável: pela primeira vez, o espírito que me atormenta se aproximou de mim. Eu dormi no quarto da mamãe. Sua respiração regular revelava um sono profundo. Então ouvi meu nome ser chamado. Uma voz desconhecida murmurou: "O que acontecerá se seu pai morrer?"

  Eu não amava mais papai, desde que ele começou a maltratar minha mãe. Na verdade, ele não amava absolutamente ninguém: ele só tinha gratidão por algumas pessoas que foram gentis comigo. O amor sem esperança de retribuição nesta terra só se encontra nas almas que vivem em estado de graça. Esse não foi o meu caso. "Certamente, ele não vai morrer", respondi ao misterioso interlocutor. Após uma breve pausa, ouvi a mesma pergunta. "Ele não vai morrer!" Eu bati de volta. Pela terceira vez me perguntaram: "O que acontecerá se seu pai morrer?" Naquele momento eu imaginei na minha imaginação o jeito que meu pai costumava voltar muitas vezes: meio bêbado, gritando, maltratando a mãe, nos envergonhando na frente dos vizinhos. Então eu respondi com raiva: "Bem, isso é o que ele merece. Deixe-o morrer!" Depois,

Na manhã seguinte, quando mamãe foi arrumar o quarto de papai, encontrou a porta trancada. Ao meio-dia, eles o abriram à força. Papai, seminu, estava morto na cama. Indo buscar cerveja no porão, ele deve ter tido uma crise fatal. Ele estava doente há muito tempo. (¿Teria Deus feito depender da vontade de sua filha, com quem o homem era amável, a obtenção de mais tempo e oportunidade para se converter?).

Marta K. e você me fez entrar na associação de jovens. Nunca escondi de você que considerava as instruções das duas diretoras, as Miss Xs, muito "paroquiais". Os jogos foram bem divertidos. Como vocês sabem, em pouco tempo cheguei a ter um papel de liderança lá. Era isso que eu gostava. Eu também gostava de excursões. Vim para me deixar vir algumas vezes para me confessar e comungar. Para dizer a verdade, ele não tinha nada a confessar. Pensamentos e palavras não significavam nada para mim. E para ações mais grosseiras ela ainda não estava madura.

Um dia você me chamou a atenção: "Ana, se você não orar mais, você vai se perder". Realmente, eu rezava muito pouco, e esse pouco era sempre relutante, mal-intencionado. Você certamente estava certo. Aqueles que queimam no inferno ou não oraram, ou oraram pouco. A oração é o primeiro passo para chegar a Deus. É o passo decisivo. Especialmente a oração a Ela que é a mãe de Cristo, cujo nome não somos lícitos pronunciar. A devoção a ela arranca incontáveis ​​almas do diabo, almas que seus pecados teriam infalivelmente lançado em suas mãos.

Furiosa, continuo, porque sou obrigada a fazê-lo, embora não aguente mais tanta raiva. Orar é a coisa mais fácil do mundo. E precisamente disso, que é muito fácil, Deus faz depender a nossa salvação. Àquele que reza com perseverança, aos poucos Deus lhe dá tanta luz, e o fortalece de tal maneira, que até o pecador mais endurecido pode se recuperar, mesmo que se encontre afundado em um pântano até o pescoço. Durante os últimos anos da minha vida não rezei mais, privando-me assim das graças, sem as quais ninguém pode ser salvo.

Aqui, não recebemos nenhum tipo de graça. Mesmo que a recebíssemos, a rejeitaríamos com escárnio. Todas as hesitações da existência terrena terminaram nesta vida após a morte. Na terra, o homem pode passar do estado de pecado ao estado de graça. Da graça, ele pode cair em pecado. Muitas vezes caí de fraqueza; poucos, por maldade. Com a morte, cada um entra em um estado final, fixo e inalterável. Conforme você envelhece, as mudanças se tornam mais difíceis. É verdade que se tem tempo até a morte para unir-se a Deus ou afastar-se dele. No entanto, como se fosse arrastado por uma corrente, antes do trânsito final, com os últimos resquícios de sua vontade enfraquecida, o homem se comporta de acordo com os costumes de toda a sua vida.

 O hábito, bom ou ruim, torna-se uma segunda natureza. É isso que o atrai para o momento supremo. Foi assim que aconteceu comigo. Eu vivi um ano inteiro longe de Deus. Conseqüentemente, no último chamado da graça, decidi contra Deus. A fatalidade era não ter pecado com frequência, mas sim que eu não queria mais me levantar. Muitas vezes você me convidou para assistir a sermões ou ler livros piedosos. Minhas desculpas habituais eram a falta de tempo. ¿Será que eu poderia querer aumentar minhas dúvidas interiores? Por fim, tenho que registrar o seguinte: quando cheguei a esse ponto crítico, pouco antes de deixar a "Associação da Juventude", teria sido muito difícil para mim mudar de rumo. Senti-me insegura e infeliz. Mas na frente da conversão foi erguido um muro.

Você não suspeitava que fosse tão sério. Você achou a solução tão simples, que um dia me disse: "Você tem que fazer uma boa confissão, Ani, tudo vai voltar ao normal". Ela sabia que seria assim. Mas o mundo, o diabo e a carne, me seguraram muito firmemente em suas garras. Eu nunca acreditei na influência do diabo. Agora, testifico que o diabo age poderosamente nas pessoas que estão na condição em que eu estava. Somente muitas orações, minhas e de outros, juntamente com sacrifícios e sofrimentos, poderiam ter me resgatado. E mesmo isso, pouco a pouco.  

Embora existam poucos possuídos fisicamente, existem inúmeros que são internamente possuídos por demônios. O diabo não pode tirar o livre arbítrio daqueles que se abandonam à sua influência. Mas, como punição por sua apostasia quase total dele, Deus permite que o "mal" se aninhe neles. Eu também odeio o diabo. Eu gosto dele, porém, porque ele tenta arruinar todos vocês: ele e seus asseclas, os anjos que caíram com ele desde o início dos tempos. São milhões, vagando pela terra. Incontáveis ​​como enxames de moscas; você não os percebe. Não cabe a nós, réprobos, tentar: isso pertence aos espíritos caídos.

Cada vez que arrastam uma nova alma para o fundo do inferno, aumentam ainda mais seus tormentos. ¡Mas do que o ódio não é capaz! Embora eu andasse por caminhos tortuosos, Deus estava me procurando. Preparei o caminho para a graça, com atos de caridade natural, o que muitas vezes fazia por inclinação de meu temperamento. Às vezes Deus me atraía para uma igreja. Ali, senti uma certa nostalgia. Quando eu estava cuidando de minha mãe doente, apesar do meu trabalho no escritório durante o dia, fazendo um verdadeiro sacrifício, os atrativos de Deus estavam agindo poderosamente. Uma vez foi na capela do hospital, onde você me levou durante o intervalo do meio-dia. Fiquei tão impressionado que estava a apenas um passo da minha conversão. Chorei. Mas, imediatamente, o prazer do mundo chegou, derramando-se como uma torrente de graça. Os espinhos sufocaram o trigo.

Em outra ocasião, você chamou minha atenção porque, em vez de me ajoelhar no chão, apenas fiz uma leve reverência com a cabeça. Você pensou que ele fez isso por preguiça, sem suspeitar que, mesmo então, ele havia deixado de acreditar na presença de Cristo no Sacramento. Agora acredito, embora apenas materialmente, como se acredita na tempestade, cujos sinais e efeitos são percebidos.

Costuma-se dizer que "o inferno é o melhor missionário do céu", comprovo isso cada vez que leio esta história verídica que a misericórdia divina nos deixou. Que Deus, em sua infinita bondade, deixe que esta história realmente toque nossos corações e, apesar de nossa fragilidade, fraqueza e miséria, converta definitivamente nossas almas para que um dia possamos merecer o céu como recompensa por nossa perseverança ou purgatório devido à sua justiça divina , mas nunca o inferno.

CONTINUA...

Impressive testimony of a condemned soul, about what took her to Hell. (Continuation)

 

When my parents, then single, moved from the country to the city, they lost contact with the Church. It was better this way. They maintained relationships with people unrelated to religion. They met at a dance, and were "forced" to marry six months later. At the wedding ceremony, they received just a few drops of holy water, enough to draw Mom to Sunday Mass a few times a year. She never really taught me how to pray. All her efforts were exhausted in the daily tasks of the house, although our situation was not bad. Words like pray, mass, holy water, church, I can only write with intimate repugnance, with incomparable revulsion. I deeply detest those who go to Church and, in general, all men and all things. Everything is torment. Every knowledge received,

And all these memories show us the opportunities in which we despise a grace. How this torments me! We don't eat, we don't sleep, we don't walk on our feet. Spiritually chained, we reprobates contemplate our failed lives in despair, howling and gnashing our teeth, tormented and full of hatred. You understand? Here we drink hate as if it were water. We hate each other. More than anything, we hate God. I want you to understand. The blessed in heaven must love God, because they see him unveiled, in his dazzling beauty. This makes them indescribably happy. We know it, and this knowledge infuriates us. Men, on earth, who know God through Creation and Revelation, can love him. But they are not required to do so.

The believer - I tell you furiously - who contemplates, meditating, Christ with open arms on the cross, will end up loving him. But the soul that God approaches withering, as an avenger and justice because one day he was rejected, as it happened with us, this one can only hate him, as we hate him. She hates him with all the force of his ill will. He hates him eternally, because of the deliberate resolution to turn away from God with which he ended his earthly life. We cannot revoke this perverse will, nor would we ever want to.

¿Do you understand now why hell lasts forever? Because our stubbornness never melts, it never ends. And against my will I add that God is merciful, even with us. I say "against my will" because even if I say these things voluntarily, I am not allowed to lie, which is what I would want. I leave a lot of information on paper against my wishes. I must also strangle the avalanche of swear words that I would like to vomit. God was merciful to us because he did not allow us to spill on the earth the evil that we wanted to do. If he had allowed us, we would have greatly increased our guilt and punishment. He made us die before our time, like he did me, or he made extenuating causes intervene.

 God is merciful, because he does not force us to get closer to him than we are, in this remote hellish place. That lessens the torment. Each step closer to God would cause me greater affliction than one step closer to a bonfire would cause you.

I displeased you one day when I told you, during a walk, what my father said a few days before my communion: "Rejoice, Anita, for the new dress; the rest is nothing more than a joke." I am almost ashamed of your displeasure. Now I laugh. The only reasonable thing about all that comedy was that children were allowed to take communion at twelve years of age. I was already, back then, quite possessed by the pleasure of the world. Without scruples, he left aside religious things. Don't take communion seriously. The new custom of allowing children to receive their first communion at age 7 makes us furious (this healthy custom was introduced by Saint Pius X). We use all means to make fun of this, making believe that to receive communion there must be understanding. It is necessary that the children have committed some mortal sins.

¿Do you remember that I used to think like that when I was on earth? I go back to my father. He fought a lot with mom. I rarely told you, because he embarrassed me. What a ridiculous thing, shame! Here, everything is the same. My parents no longer slept in the same room. I slept with mom, dad slept in the next room, where he could come back at any time of the night. He drank a lot and spent our fortune. My sisters were employed, they said they needed their own money. Mom started work. During the last year of her life, dad hit her many times when she didn't want to give him money. With me, he was always kind. One day I told you about a whim that left you scandalized. And why weren't you scandalized by me? When I twice returned a new pair of shoes because the shape of the studs wasn't modern enough.

On the night Dad died of a stroke, something happened that I never told you about, for fear of an unpleasant interpretation. Today, however, you should know. It is a memorable fact: for the first time, the spirit that torments me approached me. I slept in mom's room. Her regular breathing revealed a deep sleep. Then I heard my name called. An unknown voice murmured, "What will happen if your father dies?"

 I didn't love Dad anymore, ever since he had started mistreating my mother. Actually, he loved absolutely no one: he only had gratitude towards some people who were kind to me. Love without hope of retribution on this earth is only found in souls that live in a state of grace. That was not my case. "Certainly, he will not die," I replied to the mysterious interlocutor. After a short pause, I heard the same question. "He's not going to die!" I snapped back. For the third time, they asked me: "What will happen if your father dies?" At that moment I pictured in my imagination the way my father used to come back many times: half drunk, screaming, mistreating mom, embarrassing us in front of the neighbors. So I angrily responded, "Well, that's what he deserves. Let him die!" After,

The next morning, when Mom went to tidy up Dad's room, she found the door locked. At noon, they opened it by force. Dad, half naked, was dead on the bed. Going to get beer in the basement, he must have had a fatal crisis. He had been ill for a long time. (¿Would God have made it depend on the will of his daughter, with whom the man was kind, the obtaining of more time and opportunity to convert?).

Marta K. and you made me join the youth association. I never hid from you that I considered the instructions of the two headmistresses, the Miss Xs, too "parochial". The games were quite amusing. As you know, in a short time I came to have a leading role there. That was what I liked. I also liked excursions. I came to let myself come a few times to confess and take communion. To tell the truth, he had nothing to confess. Thoughts and words meant nothing to me. And for grosser actions she was not yet ripe.

One day you called my attention: "Ana, if you don't pray more, you'll get lost." Really, I prayed very little, and that little was always reluctant, ill-willed. You were certainly right. Those who burn in hell either did not pray, or prayed little.  Prayer is the first step to reach God. It is the decisive step. Especially the prayer to Her who is the mother of Christ, whose name we are not lawful to pronounce. Devotion to her tears countless souls from the devil, souls that her sins would have infallibly cast into his hands.

Furious, I continue, because I am forced to do it, although I can't take any more of so much rage. Praying is the easiest thing on earth to do. And precisely on this, which is very easy, God makes our salvation depend.  To the one who prays with perseverance, gradually God gives him so much light, and strengthens him in such a way, that even the most hardened sinner can recover, even if he finds himself sunk in a swamp up to his neck. During the last years of my life I no longer prayed, thus depriving myself of graces, without which no one can be saved.

Here, we do not receive any kind of grace. Even if we received it, we would reject it with derision. All the hesitations of earthly existence ended in this afterlife. On earth, man can pass from the state of sin to the state of grace. From grace, he can fall into sin. Many times I fell from weakness; few, out of wickedness. With death, each one enters a final state, fixed and unalterable.  As you get older, changes become more difficult. It is true that one has time until death to join God or to turn away from him. However, as if he were swept away by a current, before the final transit, with the last remnants of his weakened will, the man behaves according to the customs of his entire life.

Habit, good or bad, becomes second nature. It is this that draws him to the supreme moment. That's how it happened with me. I lived a whole year apart from God. Consequently, in the last call of grace, I decided against God. The fatality was not having sinned frequently, but rather that I did not want to get up any more.  Many times you invited me to attend sermons or to read pious books. My usual excuses were lack of time. Could I perhaps want to increase my inner doubts? Finally, I have to record the following: when I reached this critical point, shortly before leaving the "Youth Association", it would have been very difficult for me to change course. I felt insecure and unhappy. But in front of the conversion a wall was raised.

You didn't suspect it was so serious. You thought the solution was so simple, that one day you told me: "You have to make a good confession, Ani, everything will be normal again." She knew that it would be like that. But the world, the devil and the flesh, held me too firmly in their clutches.  I never believed in the influence of the devil. Now, I testify that the devil acts powerfully on people who are in the condition I was in then.  Only many prayers, my own and others, along with sacrifices and suffering, could have rescued me. And even this, little by little.

While there are few bodily possessed, there are countless who are internally demon possessed. The devil cannot take away the free will of those who abandon themselves to his influence. But, as punishment for their almost total apostasy from him, God allows the "evil" to nestle in them. I also hate the devil. I like him though, because he tries to ruin all of you: him and his minions, the angels who fell with him since the beginning of time.  They are millions, wandering the earth. Countless as swarms of flies; you do not perceive them. It is not up to us reprobates to tempt: that belongs to the fallen spirits.

Every time they drag a new soul to the bottom of hell, they increase their torments even more. But what is hate not capable of! Although I walked down tortuous paths, God was looking for me. I prepared the way for grace, with acts of natural charity, which I often did due to an inclination of my temperament. Sometimes God would draw me to a church. There, I felt a certain nostalgia. When I was taking care of my sick mother, despite my work in the office during the day, making a real sacrifice, the attractions of God were powerfully at work. Once it was in the hospital chapel, where you took me during the noon break. I was so impressed that I was only one step away from my conversion. I cried. But, immediately, the pleasure of the world arrived, spilling like a torrent on grace. The thorns choked the wheat.

On another occasion, you caught my attention because, instead of genuflecting to the floor, I only gave a slight bow with my head. You thought that he did this out of laziness, without suspecting that, even then, he had stopped believing in the presence of Christ in the Sacrament. Now I believe, although only materially, just as one believes in the storm, whose signs and effects are perceived.

It is commonly said that "hell is the best missionary in heaven", I verify this every time I read this true story that divine mercy left us. May God, in his infinite goodness, let this story truly touch our hearts and, despite our frailty, weakness and misery, definitively convert our souls so that one day we may deserve heaven as a reward for our perseverance or purgatory due to his divine justice, but never hell.

TO BE CONTINUE...

 

 

Testimonio impresionante de un alma condenada, acerca de lo que la llevó al Infierno. (Continuacion)

 


Cuando mis padres, entonces solteros, se mudaron del campo a la ciudad, perdieron el contacto con la Iglesia. Era mejor así. Mantenían relaciones con personas desvinculadas de la religión. Se conocieron en un baile, y se vieron "obligados" a casarse seis meses después. En la ceremonia nupcial, recibieron solo unas gotas de agua bendita, las suficientes para atraer a mamá a la misa dominical unas pocas veces al año. Ella nunca me enseñó verdaderamente a rezar. Todo su esfuerzo se agotaba en los trabajos cotidianos de la casa, aunque nuestra situación no era mala. Palabras como rezar, misa, agua bendita, iglesia, sólo puedo escribirlas con íntima repugnancia, con incomparable repulsión. Detesto profundamente a quienes van a la Iglesia y, en general, a todos los hombres y a todas las cosas. Todo es tormento. Cada conocimiento recibido, cada recuerdo de la vida y de lo que sabemos, se convierte en una llama incandescente.

Y todos estos recuerdos nos muestran las oportunidades en que despreciamos una gracia. ¡Cómo me atormenta esto! No comemos, no dormimos, no andamos sobre nuestros pies. Espiritualmente encadenados, los réprobos contemplamos desesperados nuestra vida fracasada, aullando y rechinando los dientes, atormentados y llenos de odio. ¿Entiendes? Aquí bebemos el odio como si fuera agua. Nos odiamos unos a otros. Más que a nada, odiamos a Dios. Quiero que lo comprendas. Los bienaventurados en el cielo deben amar a Dios, porque lo ven sin velos, en su deslumbrante belleza. Esto los hace indescriptiblemente felices. Nosotros lo sabemos, y este conocimiento nos enfurece. Los hombres, en la tierra, que conocen a Dios por la Creación y por la Revelación, pueden amarlo. Pero no están obligados a hacerlo.

El creyente - te lo digo furiosa - que contempla, meditando, a Cristo con los brazos abiertos sobre la cruz, terminará por amarlo. Pero el alma a la que Dios se acerca fulminante, como vengador y justiciero porque un día fue repudiado, como ocurrió con nosotros, ésta no podrá sino odiarlo, como nosotros lo odiamos. Lo odia con todo el ímpetu de su mala voluntad. Lo odia eternamente, a causa de la deliberada resolución de apartarse de Dios con la que terminó su vida terrenal. Nosotros no podemos revocar esta perversa voluntad, ni jamás querríamos hacerlo.

¿Comprendes ahora por qué el infierno dura eternamente? Porque nuestra obstinación nunca se derrite, nunca termina. Y contra mi voluntad agrego que Dios es misericordioso, aún con nosotros. Digo "contra mi voluntad" porque, aunque diga estas cosas voluntariamente, no se me permite mentir, que es lo que querría. Dejo muchas informaciones en el papel contra mis deseos. Debo también estrangular la avalancha de palabrotas que querría vomitar. Dios fue misericordioso con nosotros porque no permitió que derramáramos sobre la tierra el mal que hubiéramos querido hacer. Si nos lo hubiera permitido, habríamos aumentado mucho nuestra culpa y castigo. Nos hizo morir antes de tiempo, como hizo conmigo, o hizo que intervinieran causas atenuantes.

Dios es misericordioso, porque no nos obliga a aproximarnos a El más de lo que estamos, en este remoto lugar infernal. Eso disminuye el tormento. Cada paso más cerca de Dios me causaría una aflicción mayor que la que te produciría un paso más rumbo a una hoguera.

Te desagradé un día al contarte, durante un paseo, lo que dijo mi padre pocos días antes de mi comunión: "Alégrate, Anita, por el vestido nuevo; el resto no es más que una burla". Casi me avergüenzo de tu desagrado. Ahora me río. Lo único razonable de toda aquella comedia era que se permitiera comulgar a los niños a los doce años. Yo ya estaba, en aquel entonces, bastante poseída por el placer del mundo. Sin escrúpulos, dejaba a un lado las cosas religiosas. No tome en serio la comunión. La nueva costumbre de permitir a los niños que reciban su primera comunión a los 7 años nos produce furor (está sana costumbre la introdujo San Pío X). Empleamos todos los medios para burlarnos de esto, haciendo creer que para comulgar debe haber comprensión. Es necesario que los niños hayan cometido algunos pecados mortales. La blanca Hostia será menos perjudicial entonces, que si la recibe cuando la fe, la esperanza y el amor, frutos del bautismo - escupo sobre todo esto - todavía están vivos en el corazón del niño.

¿Te acuerdas que yo pensaba así cuando estaba en la tierra? Vuelvo a mi padre. Peleaba mucho con mamá. Pocas veces te lo dije, porque me avergonzaba. ¡Qué cosa ridícula la vergüenza! Aquí, todo es lo mismo. Mis padres ya no dormían en el mismo cuarto. Yo dormía con mamá, papá lo hacía en el cuarto contiguo, donde podía volver a cualquier hora de la noche. Bebía mucho y se gastó nuestra fortuna. Mis hermanas estaban empleadas, decían que necesitaban su propio dinero. Mamá comenzó a trabajar. Durante el último año de su vida, papá la golpeó muchas veces, cuando ella no quería darle dinero. Conmigo, él siempre fue amable. Un día te conté un capricho del que quedaste escandalizada. ¿Y de qué no te escandalizaste de mí? Cuando devolví dos veces un par de zapatos nuevos, porque la forma de los tacos no era bastante moderna.

En la noche en que papá murió, víctima de una apoplejía, ocurrió algo que nunca te conté, por temor a una interpretación desagradable. Hoy, sin embargo, debes saberlo. Es un hecho memorable: por primera vez, el espíritu que me atormenta se acercó a mí. Yo dormía en el cuarto de mamá. Su respiración regular revelaba un sueño profundo. Entonces, escuché pronunciar mi nombre. Una voz desconocida murmuró: "¿Qué ocurrirá si muere tu padre?"

Ya no lo quería a papá, desde que había empezado a maltratar a mi madre. En realidad, no amaba absolutamente a nadie: sólo tenía gratitud hacia algunas personas que eran bondadosas conmigo. El amor sin esperanza de retribución en esta tierra solamente se encuentra en las almas que viven en estado de gracia. No era ése mi caso. "Ciertamente, él no morirá", le respondí al misterioso interlocutor. Tras una breve pausa, escuché la misma pregunta. "El no va a morir!", repliqué con brusquedad. Por tercera vez, me preguntaron: "Qué ocurrirá si muere tu padre?". Me representé en ese momento en la imaginación el modo como mi padre volvía muchas veces: medio ebrio, gritando, maltratando a mamá, avergonzándonos frente a los vecinos. Entonces, respondí con rabia: "Bien, es lo que se merece. ¡Que muera!". Después, todo quedó en silencio.

A la mañana siguiente, cuando mamá fue a ordenar el cuarto de papá, encontró la puerta cerrada. Al mediodía, la abrieron por la fuerza. Papá, semidesnudo, estaba muerto sobre la cama. Al ir a buscar cerveza al sótano, debió sufrir una crisis mortal. Desde hacía tiempo que estaba enfermo. (¿Habrá hecho depender Dios de la voluntad de su hija, con la que el hombre fue bondadoso, la obtención de más tiempo y ocasión de convertirse?).

Marta K. y tú me hicieron ingresar en la asociación de jóvenes. Nunca te oculté que consideraba demasiado "parroquiales" las instrucciones de las dos directoras, las señoritas X. Los juegos eran bastante divertidos. Como sabes, llegué en poco tiempo a tener allí un papel preponderante. Eso era lo que me gustaba. También me gustaban las excursiones. Llegué a dejarme llegar algunas veces a confesar y comulgar. Para decir la verdad, no tenía nada para confesar. Los pensamientos y las palabras no significaban nada para mí. Y para acciones más groseras todavía no estaba madura.

Un día me llamaste la atención: "Ana, si no rezas más, te perderás". Realmente, yo rezaba muy poco, y ese poco siempre a disgusto, de mala voluntad. Sin duda tenías razón. Los que arden en el infierno o no rezaron, o rezaron poco. La oración es el primer paso para llegar a Dios. Es el paso decisivo. Especialmente la oración a Aquella que es la madre de Cristo, cuyo nombre no nos es lícito pronunciar. La devoción a Ella arranca innumerables almas al demonio, almas a las que sus pecados las habrían lanzado infaliblemente en sus manos.

Furiosa continúo, porque estoy obligada a hacerlo, aunque no aguanto más de tanta rabia. Rezar es lo más fácil que se puede hacer en la tierra. Y justamente de esto, que es facilísimo, Dios hace depender nuestra salvación. Al que reza con perseverancia, paulatinamente Dios le da tanta luz, y lo fortalece de tal modo, que hasta el más empedernido pecador puede recuperarse, aunque se encuentre hundido en un pantano hasta el cuello. Durante los últimos años de mi vida ya no rezaba más, privándome así de las gracias, sin las que nadie se puede salvar.

Aquí, no recibimos ningún tipo de gracia. Aunque la recibiéramos, la rechazaríamos con escarnio. Todas las vacilaciones de la existencia terrenal terminaron en esta otra vida. En la tierra, el hombre puede pasar del estado de pecado al estado de gracia. De la gracia, se puede caer al pecado. Muchas veces caí por debilidad; pocas, por maldad. Con la muerte, cada uno entra en un estado final, fijo e inalterable. A medida que se avanza en edad, los cambios se hacen más difíciles. Es cierto que uno tiene tiempo hasta la muerte para unirse a Dios o para darle las espaldas. Sin embargo, como si estuviera arrastrado por una correntada, antes del tránsito final, con los últimos restos de su voluntad debilitada, el hombre se comporta según las costumbres de toda su vida.

El hábito, bueno o malo, se convierte en una segunda naturaleza. Es ésta la que lo arrastra en el momento supremo. Así ocurrió conmigo. Viví año entero apartado de Dios. En consecuencia, en el último llamado de la gracia, me decidí contra Dios. La fatalidad no fue haber pecado con frecuencia, sino que no quise levantarme más. Muchas veces me invitaste para que asistiera a las predicaciones o que leyera libros de piedad. Mis excusas habituales eran la falta de tiempo. ¿Acaso podría querer aumentar mis dudas interiores? Finalmente, tengo que dejar constancia de lo siguiente: al llegar a este punto crítico, poco antes de salir de la "Asociación de Jóvenes", me habría sido muy difícil cambiar de rumbo. Me sentía insegura y desdichada. Pero frente a la conversión se levantaba una muralla.

No sospechaste que fuera tan grave. Creías que la solución era tan simple, que un día me dijiste: "Tienes que hacer una buena confesión, Ani, todo volverá a ser normal". Me daba cuenta que sería así. Pero el mundo, el demonio y la carne, me retenían demasiado firme entre sus garras. Nunca creí en la influencia del demonio. Ahora, doy testimonio de que el demonio actúa poderosamente sobre las personas que están en las condiciones en que yo me encontraba entonces. Sólo muchas oraciones, propias y ajenas, junto con sacrificios y sufrimientos, podrían haberme rescatado. Y aún esto, poco a poco.

Si bien hay pocos posesos corporales, son innumerables los que están poseídos internamente por el demonio. El demonio no puede arrebatar el libre albedrío de los que se abandonan a su influencia. Pero, como castigo por su casi total apostasía, Dios permite que el "maligno" se anide en ellos. Yo también odio al demonio. Sin embargo, me gusta, porque trata de arruinarlos a todos ustedes: él y sus secuaces, los ángeles que cayeron con él desde el principio de los tiempos. Son millones, vagando por la tierra. Innumerables como enjambres de moscas; ustedes no los perciben. A los réprobos no nos incumbe tentar: eso les corresponde a los espíritus caídos.

Cada vez que arrastran una nueva alma al fondo del infierno, aumentan aún más sus tormentos. Pero, ¡de qué no es capaz el odio! Aunque andaba por caminos tortuosos, Dios me buscaba. Yo preparaba el camino para la gracia, con actos de caridad natural, que hacía muchas veces por una inclinación de mi temperamento. A veces, Dios me atraía a una Iglesia. Allí, sentía una cierta nostalgia. Cuando cuidaba a mi madre enferma, a pesar de mi trabajo en la oficina durante el día, haciendo un sacrificio de verdad, los atractivos de Dios actuaban poderosamente. Una vez fue en la capilla del hospital, adonde me llevaste durante el descanso del mediodía. Quedé tan impresionada, que estuve sólo a un paso de mi conversión. Lloraba. Pero, en seguida, llegaba el placer del mundo, derramándose como un torrente sobre la gracia. Las espinas ahogaron el trigo. Con la explicación de que la religión es sentimentalismo, como siempre se decía en la oficina, rechacé también esta gracia, como todas las otras.

En otra ocasión, me llamaste la atención porque, en lugar de una genuflexión hasta el piso, hice solamente una ligera inclinación con la cabeza. Pensaste que eso lo hacía por pereza, sin sospechar que, ya entonces, había dejado de creer en la presencia de Cristo en el Sacramento. Ahora creo, aunque sólo materialmente, tal como se cree en la tempestad, cuyas señales y efectos se perciben.

Se dice vulgarmente que "el infierno es el mejor misionero del cielo", esto lo compruebo cada vez que leo esta historia real que la misericordia divina nos dejo. Quiera Dios, en su infinita bondad, que esta historia nos toque realmente el corazón y, que a pesar de nuestra flaqueza, debilidad y miseria, convierta definitivamente nuestras almas para algún día merecer el cielo como premio a nuestra perseverancia o el purgatorio debido a su justicia divina, pero jamás el infierno. 

CONTINUARA...

 

lunes, 6 de junio de 2022

ALGUMAS PALAVRAS SOBRE OS DONS DO ESPÍRITO SANTO (Continuação de outro artigo sobre o assunto)

   



A TRADIÇÃO

Mais tarde, os Padres da Igreja comentaram com frequência esses textos da Escritura e, a partir do século III, a Tradição afirma explicitamente que os sete dons do Espírito Santo residem em todos os justos (2).

O Papa São Dâmaso, em 382, ​​fala do  Espírito Septiforme  que repousa sobre o Messias, e enumera os dons (3).

Mas é sobretudo Santo Agostinho quem explica esta doutrina, comentando o Sermão da Montanha (4). Ele destaca a coincidência das bem-aventuranças com os sete dons. O medo  representa o primeiro grau da vida espiritual; a sabedoria  é a sua glória suprema. Entre os dois extremos, Santo Agostinho distingue um duplo período de purificação que dispõe a sabedoria: uma preparação remota pela prática ativa das virtudes morais, que corresponde aos  dons de piedade, força, ciência  e  conselho; depois a preparação imediata, na qual a alma se purifica graças a uma    mais iluminada pelo  dom da inteligência,  a uma  esperançamais árdua, sustentada pelo  dom da força  , e uma  caridade  mais ardente  . A primeira preparação chama-se  vida ativa,  a segunda,  vida contemplativa  (1), porque aqui a atividade moral está subordinada à fé iluminada pela contemplação, que termina um dia, nas almas pacíficas e dóceis, com perfeita sabedoria ( ").

Quanto ao ensinamento atual da Igreja, lembremos que o Concílio de Trento, sess. VI, c. VII, diz: "A causa eficiente de nossa justificação é Deus, que, em sua misericórdia, nos purifica e santifica (I Cor., v, 11)  pela unção e selo do Espírito Santo,  que nos foi prometido e é penhor da nossa herança (Efésios, 1, 13)" (3).

O catecismo do Concílio de Trento (4) especifica este ponto, enumerando os sete dons segundo o citado texto de Isaías, e acrescenta: "Estes dons do Espírito Santo são para nós como uma fonte divina da qual bebemos o conhecimento vivo dos mandamentos da vida cristã, e através deles podemos saber se o Espírito Santo habita em nós". São Paulo escreveu, com efeito (Rom. vm,  1.6):  "O mesmo Espírito Santo testifica com o nosso espírito que somos filhos de Deus." Ele nos dá este testemunho através do amor filial que nos inspira e pelo qual se faz sentir de certo modo em nós (5).

Um dos mais belos testemunhos da Tradição sobre os dons nos é dado pela liturgia de Pentecostes. Na missa deste dia lemos a sequência:

Vinde, Espíritos Santos,

Et emitte coelitus

Lucis  tue rádio..

"Vem, Espírito Santo, e envia do céu um raio de tua luz. Vem, pai dos pobres, doador de toda graça. Vem, luz do coração. Exaltado Consolador, Hóspede de nossas almas, Doçura refrescante. Descansa no cansaço, Arrefecer no calor.

De lágrimas e choro, doce Consolador."

Ó lux  beata,

Repple cordis  íntima

Tuorum fidelium.

"Ó luz bendita, inunda de claridade o coração e a alma dos teus pobres filhos... Enche de fervor os que estão frios. Que volte ao caminho aquele que dele partiu..."

Dê o seu fidelibus

Em você confidibus,

Sacro septenário.

"Dê a seus fiéis, que confiaram em você, os sete dons sagrados. Dê-lhes o mérito da virtude. Dê-lhes um final feliz. Dê-lhes alegria eterna."

No Veni Creator também é cantado:

Seu septiformis munere...

Acesse o lúmen sensibus

Infundir amorem cordibus...

"Você é o Espírito dos sete dons... Ilumine nosso espírito com sua luz e encha nossos corações com seu amor."

Finalmente, o testemunho da Tradição é admiravelmente expresso na Encíclica de Leão XIII sobre o Espírito Santo (2), onde se diz que precisamos, para completar nossa vida sobrenatural, dos sete dons do Espírito Santo:  "O justo  que vive do vida de graça e que opera pelas virtudes, como tantas outras faculdades,  tem absoluta necessidade dos sete dons que mais comumente são chamados de dons  do Espírito Santo  . e prontamente os impulsos e impulsos do Espírito Santo. Da mesma forma, esses dons são de tal eficácia que conduzem o homem ao mais alto grau de santidade,  são tão excelentes que permanecerão inteiramente no céu, embora em grau mais perfeito. Graças a eles a alma se comove  ,  e leva à obtenção das bem-aventuranças evangélicas, aquelas flores que a primavera vê se abrir, como sinais precursores da bem-aventurança eterna...  manifestam tão claramente a imensa bondade do Espírito Santo para com as nossas almas,  obrigam-nos a testemunhar-lhe o maior esforço de piedade e submissão , que facilmente o conseguiremos, esforçando-nos cada vez mais por conhecê-lo, amá-lo e invocá-lo. .. É importante lembrar claramente os inúmeros benefícios que fluem continuamente de um  efficacitatis ut eum  ad fastigium sanctimoniae adducant,  tantaeque excellenceiae ut in caelesti regno eadem, quanquam perfectius, perseverante. 

Ipsorumque ope carismatum provocatur animus et effertur ad appetendas adipiscendasque  bem-  aventuranças evangélicas , quae, perinde ac flores verno tempore erumpentes, Índices ac nuntiae sunt beatitatis perpetuo mansurae.

Este texto demonstra: 1º, a necessidade dos dons: "opus plané est"; 2º, sua natureza: tornam-nos dóceis ao Espírito Santo; 3º, seus efeitos: podem nos levar ao cume da santidade.

Devemos amar o Espírito Santo porque ele é Deus... e também porque ele é o amor primeiro, substancial e eterno; e nada é mais amável do que o amor...  Ele nos presenteará com a abundância de seus dons celestiais, e tanto mais que, se a ingratidão fecha a mão do benfeitor, ao contrário, a gratidão a abre  ... devemos pedir-lhe assiduamente e com grande confiança que nos ilumine cada vez mais e nos  incendeie no fogo do seu amor,  para que, apoiados pela fé e pela caridade, empreendamos com ardor a nossa marcha para a recompensa eterna,  pois ele é o penhor da nossa herança."

Tais são os principais testemunhos da Tradição, sobre os sete dons do Espírito Santo. Recordemos brevemente os esclarecimentos que a teologia nos dá sobre este assunto, e sobretudo a doutrina de São Tomás, que no fundo foi aprovada por Leão XIII na Encíclica cujos principais trechos acabamos de transcrever e onde o Doutor Angélico é frequentemente citado .

 

OS DONS DO ESPÍRITO SANTO SEGUNDO SÃO TOMÁS.

 

O santo Doutor nos ensina sobretudo três coisas:  1º, que os dons são disposições habituais permanentes  (habitus),  especificamente diferentes das virtudes; 2°, que são necessários para a salvação; 3° que estejam ligados à caridade e cresçam com ela.

"Para distinguir os dons das virtudes", diz o santo, "é necessário seguir a maneira de falar da Escritura, que  os chama não precisamente de dons, mas de espíritos. Assim é dito em Isaías (XI, 2  ). : «  Repousará sobre ele o espírito de sabedoria e de entendimento...  etc.» Estas palavras implicam claramente que os sete espíritos enumerados existem em nós por  inspiração divina  ou um movimento externo (ou superior) do Espírito Santo. Deve-se levar em conta, de fato, que o homem é agido  por um duplo princípio  .motor:  um é interno, e é a razão, o outro, externo, e é Deus, como foi dito acima (I, II, q. 9, a. 4 e 6), e como o próprio Aristóteles disse sobre o   Moral para Eudemus  (i. VII, c. XIV, de Good Fortune).

"É manifesto, além disso, que tudo o que se move deve ser  proporcional  ao seu motor; e  a perfeição do móvel,  enquanto tal, é a disposição que lhe permite precisamente ser bem movido pelo seu motor. Da mesma forma, quando o motor é mais perfeitas, mais perfeitas devem ser as disposições que dispõem o móvel a receber   sua  influência .

"É evidente, finalmente, que  as virtudes humanas  aperfeiçoam o  homem na medida em que ele é dirigido pela  razão  , em sua vida externa e interna.  são chamados dons; não só porque são infundidos por Deus,  mas porque,  através deles, o homem se torna um sujeito capaz de receber facilmente a inspiração divina (1), segundo as palavras de Isaías (1, 5):  «O Senhor deu abro os ouvidos para que eu ouça a sua voz; o que quer que me diga, já não lhe resisto, nem volto atrás." E o próprio Aristóteles ensina,  no lugar citado, que aqueles que são movidos pelo instinto divino não precisam mais deliberar, como a razão humana, mas são forçados a seguir a inspiração interior, que é um princípio superior. Por isso, dizem alguns, que os dons aperfeiçoam o homem, dispondo-o a atos superiores aos das virtudes”.

Vê-se nestas palavras que os dons do Espírito Santo não são atos reais, movimentos ou auxílios temporários da graça, mas, antes, qualidades ou disposições infundidas permanentes  (habitus),  que tornam o homem  dócil sem resistência  às inspirações divinas. E Leão XIII, na Encíclica  Divinum illud munus,  que citamos extensivamente, aprovou esta forma de entender os dons. Dispõem assim o homem  ad prompte obediendum Spiritui Sancto, a obedecer prontamente ao Espírito Santo, como as velas dispõem o navio a seguir o impulso dos ventos favoráveis; e por essa docilidade passiva nos ajudam a produzir excelentes obras conhecidas pelo nome de bem-aventuranças. Os santos são, nesse sentido, como grandes veleiros, cujas velas desfraldadas recebem mansamente o impulso dos ventos. A arte da navegação ensina como desfraldar as velas no momento certo e estendê-las da maneira mais conveniente para receber o impulso do vento favorável.

Esta imagem nos foi fornecida pelo próprio Senhor, quando disse (João, m, 8):  "O vento sopra quando quer; você ouve a sua voz, mas não sabe de onde vem nem para onde vai;  assim acontece a quem é nascido do Espírito  e é dócil à sua inspiração. Não sabemos claramente, diz São Tomás, onde se formou o vento que sopra, nem até onde será sentido; do mesmo modo não sabemos saber exatamente onde começa uma inspiração divina, nem a que grau de perfeição nos conduziria se fôssemos completamente dóceis a ela. deve tê-los desfraldados.

Seguindo esses princípios, a grande maioria dos teólogos ensina, com São Tomás, que os dons são real e especificamente  diferentes  das virtudes infundidas, assim como os princípios que os dirigem são diferentes: o Espírito Santo e a razão iluminada pela fé. São duas direções regulatórias,  duas regras diferentes  que constituem  duas razões formais diferentes. Agora é um princípio fundamental que os hábitos são especificados por seu objeto e seu motivo formal, como visão por cor e luz, e audição por som.

A maneira humana  de agir nasce da  regra humana; o modo sobre-humano,  do governo sobre-humano ou divino, da inspiração do Espírito Santo; "  modus to mensura causatur".

É assim que a mesma prudência infundida procede pela  deliberação discursiva,  na qual difere do  dom do conselho,  que nos dispõe a receber uma inspiração especial de  natureza supradiscursiva  . Diante de uma pergunta-indiscreta, p. Por exemplo, a mesma prudência infundida permanece em suspenso, não sabendo muito bem como evitar mentiras e guardar segredos, enquanto uma inspiração especial do Espírito Santo nos tira da situação, como Jesus anunciou aos seus discípulos (Mt., x, 19).

Da mesma forma, enquanto a fé simplesmente  adere  às verdades reveladas, o dom da inteligência nos permite  pesquisar  sua profundidade, e o dom da sabedoria nos faz  saboreá-las. Os dons são, portanto, especificamente distintos das virtudes.

 -------------------------------------------------- ----------------------------

(1) Eles são encontrados citados em São Tomás, tratando de cada um dos sete dons.

( 2 ) Cf. A. .1. GARDEIL, OP,  Dictionnaire de Théologie catholique,  art. Dons du Saint-Esprit, t. IV, col. 1728-1781.

(3) DENZINGER,  Enchiridion  , n9 83.

(4) De sermone Domini  , 1. I, c. 1-4. —  De doctrina christiana,  1. II,

c. l.—Sermo  347.

(Ou Cf.  De Trinitate,  1. XI1-XIV.

( 2 ) Cf. FULBERT CAYRÉ, A. UMA .   contemplação agostiniana , C.

1 e n2, onde se prova que a contemplação, segundo Santo Agostinho, é uma Sabedoria sobrenatural. Seu princípio, como a fé, é uma ação sobrenatural do Espírito Santo, que dá, de certa forma, tocar  e saborear a Deus.

(3) Ibid., nº. 799.

(4) Catecismo do Concílio de Trento,  parte I, c. ix, § 3: "Eu acredito em

o espírito Santo."

(5> Cf. SANI 'o TOMÁS,  ÍTI  Epist. ad Rowia7iosy  VIII, 16,

(1) Um grande contemplativo deve ter sido o compositor de tão bela oração. Pouco importa saber seu nome; era uma voz de Deus, como o estranho que compôs o  Dresden Amen,  encontrado em uma partitura de Wagner e em uma obra de Mendelssohn.

(2) Encíclica  Divinum illud munus,  9 de maio de 1897, cerca de multa: "Hoc amplius,  just homini,  vitam scilicet viventi divinate gratíae et per congruas virtutes tanquam facultates  agenti,  opus plani est septems illis  quae proprie dicuntur Spiritus  Sancti  donis.  Horum enim benefici instrutor animus et munitur  ut ejus vocibus atque impulsioni facilius promptiusque obsequatur;  haec propterea dona tantae sunt.

(1) Cf. SÃO TOMÁ, na III Sentença, dist. 34-35; I, II, q. 68; II,

II, qq. 8, 9, 19, 45, 52, 121, 139; ver seus comentadores, especialmente CAYETANO e JUAN DE SANTO TOMÁS, em I, II, q. 68.

Também será muito útil consultar SÃO BUENAVENTURA, cuja doutrina difere em alguns pontos menores da de São Tomás; ver  Brevilochium, parte V e VI, e J. FR. Bonnefoy: Le Saint-Esprit

et les dons selon saint Boaventura. Paris, Vrin, 1929, e Dict. De Espiritualidade, art. Boaventura.

Ver também DIONISIO EL CARTUJANO, De donis Spiritus Sancti (excelente tratado); JB DE SAINT-JURE, SJ, L'homme spirituel, I partie, c. iv Des sept dons; LALLEMANT, SJ, La doutrina espiritual,

IV principe, La docilité à la conduite du Saint-Esprit. — FHOGET, OP, De l'habitation du Saint-Esprit, Paris, 1900, pp.  378-424. — GARDEIL, OP, Dons du Saint-Esprit (Dict..  de Théol. Cath., t. iv, col. 1728-1781);

La estrutura de l'âme et l'experience mystique, Paris, 1927, t. n, págs.  192-281. Do mesmo autor: Les dons du Saint-Esprit dans les samts dominicains (ver especialmente a introdução), 1923, e muitos outros.