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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Ite Missa Est

2 DE NOVIEMBRE
LA CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS


No queremos, hermanos que ignoréis lo tocante
a la suerte de los muertos, para que no os
aflijáis como los demás que no tienen esperanza

Este era el deseo del Apóstol escribiendo a los primeros cristianos; y el de la Iglesia hoy no es otro. En efecto, la verdad sobre los difuntos no pone sólo en admirable luz el acuerdo de la justicia y de la bondad en Dios: los corazones más duros no resisten a la misericordia caritativa que esa verdad infunde, a la vez que procura los más dulces consuelos al luto de los que lloran. Si nos enseña la fe que hay un purgatorio, donde las faltas no expiadas pueden retener a los que nos fueron queridos, también es de fe que podemos ayudarlos, y es teológicamente cierto que su liberación más o menos pronta está en nuestras manos. Recordemos algunos principios que pueden ilustrar esta doctrina.

LA EXPIACIÓN DEL PECADO.Todo pecado causa en el pecador doble estrago: mancha su alma y le hace merecedor del castigo. El pecado venial causa simplemente un desplacer a Dios y. su expiación sólo dura algún tiempo; mas el pecado mortal es una mancha que llega hasta deformar al culpable y hacerle objeto de abominación ante Dios; su sanción, por consiguiente, no puede consistir más que en el destierro eterno, a no ser que el hombre consiga en esta vida la revocación de la sentencia. Pero, aun en este caso, borrándose la culpa mortal y quedando revocada por tanto la sentencia de condenación, el pecador convertido no se ve libre de toda deuda; aunque a veces puede ocurrir; como sucede comúnmente en el bautismo o en el martirio, que un desbordamiento extraordinario de la gracia sobre el hijo pródigo logre hacer desaparecer en el abismo del olvido divino hasta el último vestigio y las más diminutas reliquias del pecado, lo normal es que en esta vida o en la otra exija la justicia satisfacción por cualquier falta.

EL MÉRITO.Todo acto sobrenatural de virtud, por contraposición al pecado, implica doble utilidad para el justo; con él merece el alma un nuevo grado de gracia; satisface por la péna debida a las faltas pasadas conforme a la justa equivalencia que según Dios corresponde al trabajo, a la privación, a la prueba aceptada, al padecimiento voluntario de uno de los miembros de su Hijo carísimo. Ahora bien, como el mérito no se cede y es algo personal de quien lo adquiere, así, por lo contrario, la satisfacción, como valor de cambio, se presta a las transacciones espirituales; Dios tiene a bien aceptarla como pago parcial o saldo de cuenta a favor de otro, sea de este mundo o del otro el concesionario, con la sola condición de que pertenezca por la gracia al cuerpo místico del Señor que es uno en la caridad. Es la consecuencia, como lo explica Suárez en su tratado de los Sufragios, del misterio de la Comunión de los Santos, que en estos días se nos manifiesta: "Creo que esta satisfacción de los vivos en favor de los difuntos vale en justicia y que es infaliblemente aceptada en todo su valor y conforme a la intención del que la aplica, de suerte que, por ejemplo, si la satisfacción que me corresponde me valía en justicia, percibiéndola yo, el perdón de cuatro grados de purgatorio, otro tanto se la perdona al alma por quien la ofrezco".

LAS INDULGENCIAS.Sabido es cómo secunda 'la Iglesia en este punto la buena voluntad de sus hijos. Por medio de la práctica de las Indulgencias, pone a disposición de su caridad el tesoro inagotable donde se juntan sucesivamente las satisfacciones abundantísimas de los Santos con las de los Mártires, y también con las de Nuestra Señora y con el cúmulo infinito debido a los padecimientos de Cristo. Casi siempre ve bien y permite que la remisión de la pena, que ella directamente concede a los vivos, se aplique por modo de sufragio a los difuntos, los cuales ya no dependen de su jurisdicción. Quiere esto decir que cada uno de los fieles pue-- de ofrecer por otro a Dios, que lo acepta, el sufragio o ayuda de sus propias satisfacciones, del modo que acabamos de ver. Tal es la doctrina de Suárez, el cual enseña también que la indulgencia que se cede a los difuntos no pierde nada de la certeza o del valor que tendría para nosotros los que pertenecemos todavía a la Iglesia militante. Ahora bien, las Indulgencias se nos ofrecen en mil formas y en mil ocasiones. Sepamos utilizar nuestros tesoros y practiquemos la misericordia con las pobres almas que padecen en el purgatorio. ¿Puede existir miseria más digna de compasión que la suya? Tan punzante es, que no hay desgracia en esta vida que se la pueda comparar. Y la sufren tan noblemente, que ninguna queja turba el silencio de "aquel río de fuego que en su curso imperceptible las arrastra poco a poco al océano del paraíso". El cielo a ellas de nada las sirve; allí ya no se merece. Dios mismo, buenísimo pero también justísimo, se ha obligado a no concederlas su liberación si no pagan completamente la deuda que llevaron consigo al salir de este mundo de prueba. Es posible que esa deuda la contrajesen por nuestra culpa o con nuestra cooperación; y por eso se vuelven a nosotros, que continuamos soñando en placeres mientras ellas se abrasan, cuando tan fácil nos es abreviar sus tormentos. Apiadaos, apiadaos de mi, siquiera vosotros, mis amigos, pues me ha herido la mano del Señor.

LA ORACIÓN POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO. — Como si el purgatorio viese rebosar más que nunca sus cárceles con la afluencia de multitudes que allí lanza todos los días la mundanalidad del siglo presente y acaso debido también a la proximidad de la cuenta corriente final y universal que dará término al tiempo, al Espíritu Santo ya no le basta sostener el celo de las cofradías antiguas consagradas en la Iglesia al servicio de los difuntos; suscita la Iglesia nuevas asociaciones y hasta familias religiosas, cuyo fin exclusivo es promover por todos los medios la liberación o el alivio de las almas del purgatorio. En esta obra, que es una especie de redención de cautivos, hay también cristianos que se exponen y se ofrecen a cargar sobre sí las cadenas de sus hermanos, renunciando para ello libre y voluntariamente, no sólo a sus propias satisfacciones, sino también a los sufragios de que se podían beneficiar después de muertos; acto heroico de caridad que no se debe hacer a la ligera, pero que aprueba la Iglesia; dicho acto da a Dios mucha gloria y, en el caso de un retardo temporal de la bienaventuranza, merece a su autor el estar más cerca de Dios para siempre, desde ahora por la gracia y después, en el cielo, por la gloria. Y, si los sufragios de un simple fiel tienen tanto valor, ¡cuánto más tendrán los de toda la Iglesia en la solemnidad de la oración pública y en la oblación del augusto Sacrificio en que Dios mismo satisface a Dios por todas las faltas! La Iglesia, desde su origen, siempre rezó por los difuntos, como antes lo hizo la Sinagoga. Así como celebraba el aniversario de sus hijos mártires con acciones de gracias, así también honraba con súplicas el de los demás hijos, que quizá no estuviesen aún en los cielos. Diariamente se pronunciaban en los Misterios sagrados los nombres de unos y otros con el doble fin de la alabanza y de la oración; y, así como por no poder recordar en cada iglesia particular a cada uno de los bienaventurados del mundo entero, los incluyó a todos en una fiesta y en una mención común, así de igual manera hacía conmemoración general de los difuntos en todas partes y todos los días a continuación de las conmemoraciones particulares. Tampoco faltaban sufragios, observa San Agustín, a los que no tenían parientes ni amigos; ésos tenían para remediar su desamparo, el cariño de la Madre común.

SAN ODILÓN.Al seguir la Iglesia desde un principio el mismo proceso respecto a la memoria de los bienaventurados y la de las almas del purgatorio era de prever que la institución de la fiesta de todos los Santos reclamaría muy pronto la actual Conmemoración de los fieles difuntos. Según nos dice la Crónica de Sigeberto de Gemblaux, el abad de Cluny San Odilón la instituía en 998 en todos los monasterios que de él dependían, para celebrarla perpetuamente al día siguiente de todos los Santos. Así respondía a las acusaciones que le denunciaban a él y a sus monjes, en visiones que se leen en su Vida, como los auxiliadores más intrépidos de las almas que se purifican en el lugar de la expiación, y también como los más temibles para los poderes infernales. El mundo aplaudió el decreto de San Odilón. Roma le hizo suyo y se convirtió en ley de toda la Iglesia latina. Los griegos hacen una primera Conmemoración general de los difuntos la víspera de nuestro domingo de Sexagésima, que es para ellos el de carnestolendas o de Apocreos, en el cual celebran la segunda venida del Señor. Llaman a este día Sábado de ánimas, como también al Sábado que precede a Pentecostés, en que rezan de nuevo solemnemente por todos los difuntos.

MISA DE LOS DIFUNTOS



La Iglesia Romana tenía antiguamente doble tarea en este día en su servicio diario para con la divina Majestad. La memoria de los difuntos no la permitía olvidar la Octava de todos los Santos. El oficio del segundo día de esta Octava precedía al de los difuntos; a la hora de Tercia de todos los Santos, seguía la Misa correspondiente; y después de Nona del mismo oficio, ofrecía el Sacrificio del altar por los difuntos. En nuestros días, solicitada por la caridad para con las pobres almas más numerosas y más desamparadas, las dedica hoy todas sus Horas canónicas y sólo después de Nona a la que sigue la misa solemne de los difuntos, vuelve a tomar el oficio de los Santos en las .Vísperas del dos de noviembre. En cuanto a la obligación de guardar fiesta el día de ánimas, era sólo de semiprecepto en Inglaterra, donde se permitían los trabajos más necesarios; en muchos lugares el cese del trabajo no excedía la mitad del día; en otros se prescribía únicamente la asistencia a la misa. París observó durante algún tiempo el dos de noviembre como fiesta de primera obligación: en 1673 el arzobispo Francisco de Harlay mantenía aún en sus estatutos el mandato de guardarle hasta el mediodía. Hoy ni en Roma existe ya la obligación.

La antífona del Introito no es más que la súplica apremiante que suple en el oficio de difuntos a otra cualquier doxología; está sacada de un pasaje del libro cuarto de Esdras. El segundo salmo de Laudes nos da el versículo.

INTROITO
Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua.  Salmo: A ti, oh Dios, te corresponden loores en Sión, a ti se te darán votos en Jerusalén: escucha mi oración, a ti irán todos los hombres.

En la Colecta la Iglesia implora, en favor de las almas que sufren, la misericordia de su Esposo, del Dios hecho Hombre, al que llama Creador y Redentor, títulos que dicen todo lo que estas almas le costaron y le invitan a dar la última mano a su obra.

COLECTA
Oh Dios, Criador y Redentor de todos los fieles: concede a las almas de tus siervos y siervas el perdón de todos los pecados; para que, por nuestras piadosas súplicas, consigan la indulgencia que siempre ansiaron. Tú, que vives.


EPISTOLA
Lección de la Epístola del Ap. S. Pablo a los Corintios (I Cor., XV, 51-57).
Hermanos: He aquí un misterio que os digo: Todos resucitaremos ciertamente, pero no todos seremos transformados. En un momento, en un pestañear de ojos, al son de la última trompeta: porque sonará la i trompeta, y los muertos resucitarán incorruptos: y nosotros seremos transformados. Porque es preciso que esto corruptible se revista de incorrupción: y que esto mortal se revista de inmortalidad. Mas, cuando esto mortal se hubiere vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: Fué absorbida la muerte por la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado; y la fuerza del pecado es la Ley. Mas gracias a Dios, que nos dió la victoria por nuestro Señor Jesucristo.

MUERTE Y RESURRECCIÓN.Mientras el alma, al salir de este mundo, suple en el purgatorio la insuficiencia de sus expiaciones, el cuerpo que dejó vuelve a la tierra para cumplir la sentencia lanzada contra Adán y su raza en el principio del mundo. Pero la justicia es amor tanto para el cuerpo como para el alma del cristiano. La humillación del sepulcro es justo castigo de la falta original; mas en ese retomo del hombre al polvo de la tierra de que fué formado, nos hace ver San Pablo además la siembra necesaria para la transformación del grano predestinado, que un día ha de volver a vivir en muy distintas condiciones. Es que, en efecto, la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios ni los que están sujetos a la corrupción aspirar a la inmortalidad. Trigo candeal de Cristo, según la palabra de San Ignacio de Antioquía, el cuerpo del cristiano es arrojado al surco de la tumba para dejar en él lo que tenía de corruptible, la forma del primer Adán con su flaqueza y su pesadez; mas, por virtud del nuevo Adán, que le vuelve a formar a su propia imagen, saldrá completamente celestial y espiritualizado, ágil, impasible y glorioso. Gloria al qué sólo quiso morir como nosotros para destruir la muerte y hacer de su victoria nuestra victoria.

La Iglesia continúa pidiendo con insistencia en el Gradual la liberación de los difuntos.

GRADUAL
Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. 7. El justo dejará eterna memoria: no temerá la mala fama.

TRACTO
Absuelve, Señor, a las almas de todos los fieles difuntos de todo vínculo de pecado. J. Y, socorriéndolos tu gracia, merezcan evitar el juicio de la venganza. Y gozar de la dicha de la luz eterna.

La Iglesia antiguamente no excluía el Ale luya de los funerales de sus hijos; expresaba su alegría fundada en la esperanza de qué una muerte santa acababa de asegurar al cielo un elegido más, aunque pudiese prolongarse algún tiempo la expiación del cristiano cuya vida, de prueba finalizaba. Con todo, la adaptación de la liturgia de los difuntos a los ritos de los últimos días de Semana Santa, aunque modificó en este punto antiguas costumbres, no quiso excluir de la Misa de los difuntos la Secuencia, la cual fué primitivamente una composición de carácter festivo y una continuación del Aleluya Roma hacia una excepción a las reglas tradicionales, a favor del poema atribuido erróneamente a Tomás de Celano. En Italia se cantó desde el siglo XIV el Dies irae y toda la Iglesia lo adoptó en el siglo XVI.

SECUENCIA
1. El día de la Ira, el día aquel disolverá al mundo
en ceniza: testigo es David con la Sibila.
2.Cuánto temor habrá entonces, cuando se presente
el Juez a discutir todo con rigor!
3. La trompeta, lanzando su son por las tumbas
de la tierra, llevará ante el trono a todos.
4. Se pasmarán muerte y naturaleza, cuando resucite
la criatura, para responder al Juzgador.
5. Abriráse el libro escrito, en que está todo contenido,
por el que será juzgado el mundo.
6. Cuando, pues, se siente el Juez, aparecerá todo
lo oculto: nada quedará sin vengar.
7. ¿Qué diré entonces, desgraciado? ¿Qué patrono
invocaré, cuando apenas el justo estará seguro?
8. Rey de majestad tremenda, que a los buenos
salvas gratis, sálvame a mí, fuente de piedad.
9. Acuérdate, Jesús piadoso, que soy de tu camino
la causa: no me pierdas en aquel día.
10. Buscándome, te sentaste cansado: me redimiste
sufriendo la cruz: no sea Inútil tanto trabajo.
11. Justo Juez de la venganza, da la gracia del
perdón antes del día de la cuenta.
12. Gimo como verdadero reo: con la culpa enrojece
mí cara: perdona, oh Dios, al que suplica.
13. Tú, que absolviste a María y escuchaste al J
buen ladrón, a mí esperanza me diste. -j
14. Mis plegarias no son dignas: pero tú haz,!
bueno y benigno, que no arda en fuego perenne.
15. Colócame entre las ovejas, y apártame de los
cabritos, poniéndome a la parte diestra.
16. Refutados los malditos, aplicadas las crueles
llamas: llévame con los benditos.
17. Ruégote humilde y sumiso, el corazón, como
ceniza, deshecho: Ten cuidado de mi fin.
18. Lacrimoso día aquel, en que surgirá del polvo
el hombre para ser juzgado reo.
19. Perdona, pues, a éste, oh Dios: oh piadoso
señor Jesús, dales el descanso. Amén.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Juan
(Jn., V, 25-29).
En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas de los judíos: En verdad, en verdad os digo, que ha llegado la hora, y es ésta, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y, los que la escucharen, vivirán. Porque, como el Padre tiene la vida en si mismo, así dió también al Hijo el tener la vida en sí mismo: y le dio poder de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os maravilléis de esto, porque llega la hora en que, todos los que están en los sepulcros, oirán la voz del Hijo de Dios; e irán los que obraron bien, a la resurrección de la vida y los que obraron mal, a la resurrección del juicio.

LA VOZ DEL JUEZ.El purgatorio no es eterno. Su duración es infinitamente diversa según las sentencias del juicio particular que sigue a la muerte de cada uno; para ciertas almas más culpables o que, excluidas de la comunión católica, están privadas de los sufragios de la Iglesia, puede prolongarse a siglos enteros, aunque la misericordia divina se dignase librarlas del infierno. Mas al fin del mundo y de todo lo que es temporal se ha de cerrar el purgatorio. Dios sabrá conciliar su justicia y su gracia en la purificación de los últimos llegados de la raza humana, supliendo, v. gr., con la intensidad de la pena expiatoria lo que podría faltar a la duración. Pero, en lo que se refiere a la bienaventuranza, mientras las sentencias del juicio particular son con frecuencia suspensivas y dilatorias y dejan provisionalmente el cuerpo del elegido y del condenado a la suerte común de la sepultura, el juicio universal tendrá carácter definitivo tanto para el cielo como para el infierno, y sus sentencias serán absolutas y se ejecutarán al instante íntegramente. Vivamos, pues, a la expectativa de la hora solemne en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios. El que tiene que venir, vendrá y no tardará, nos recuerda el Doctor de las gentes; su día llegará rápido y de improviso como un ladrón, nos dicen con él, el Príncipe de los Apóstoles y Juan el discípulo amado, haciendo eco a la palabra del mismo Jesucristo: como el relámpago sale del oriente y brilla hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre. Asimilémonos los sentimientos expresados en el Ofertorio de los difuntos. Aunque las benditas almas del purgatorio tienen asegurada para siempre la eterna bienaventuranza y ellas lo saben bien, con todo eso, el camino más o menos largo que las conduce al cielo, se abre entre el peligro del último asalto diabólico y las angustias del juicio. La Iglesia, pues, abarcando con su oración todas las etapas de esta vía dolorosa, anda solícita para no descuidar la entrada; y no teme llegar para eso demasiado tarde. Para Dios, cuya mirada abarca todos los tiempos, la súplica que hoy hace la Iglesia, estaba ya presente en el momento del paso tremendo y procuraba a las almas la ayuda que aquí se pide. Además, esta misma súplica la va siguiendo a través de los altibajos de su lucha contra las potestades del abismo, de las cuales se sirve Dios como de instrumentos en la expiación reclamada por su justicia, según lo han comprobado más de una vez los Santos. En esta hora solemne, en que la Iglesia presenta sus ofrendas para el augusto y omnipotente Sacrificio, redoblemos nosotros también nuestros ruegos por los finados. Imploremos su liberación de las fauces del león. Supliquemos al glorioso Arcángel, prepósito del paraíso, sostén de las almas al salir de este mundo, su guía enviado "por Dios, que las conduzca a la luz, a la vida, a Dios mismo, que se prometió como recompensa a los creyentes en la persona de su padre Abraham.

OFERTORIO
Señor Jesucristo, Rey de la gloria, libra las almas de todos los fieles difuntos de las penas del infierno y del profundo lago: líbralas de la boca del león, para que no las absorba el tártaro, ni caigan en lo obscuro: sino que el abanderado San Miguel las presente en la luz santa:  Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia, y Ofrecérnoste, Señor, hostias y preces de alabanza: tú acéptalas por aquellas almas cuya memoria celebramos hoy: hazlas, Señor, pasar de la muerte a la vida:  Que prometiste en otro tiempo a Abraham y a su descendencia. La fe, cuyas obras practicaron, es garantía para las almas del purgatorio de la recompensa postrera y la que hace a Dios propicio ante los dones ofrecidos en favor de ellas.

SECRETA
Suplicamoste, Señor, mires propicio estas hostias que te ofrecemos por las almas de tus siervos y siervas: para que, a quienes diste el mérito de la fe cristiana, les des también el premio. Por Nuestro Señor Jesucristo.

PREFACIO
Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que siempre y en todas partes te demos gracias a ti, Señor santo. Padre omnipotente, Dios eterno, por Cristo nuestro Señor. En quien brilló para nosotros la esperanza de una resurrección bienaventurada, de suerte que a quienes contrista la certeza de tener que morir, los consuele la promesa de la futura inmortalidad. Porque a tus siervos. Señor, la vida se les cambia, no se les quita: y, desmoronada la casa de esta terrestre morada, alcanzan en los cielos una mansión eterna. Y, por eso, con los Angeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con todo el ejército de la celeste milicia, cantamos el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo, etc.

Al Agnus Dei, la petición del descanso para los difuntos suple a la de la paz por los vivos.

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
dales el descanso.
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
dales el descanso sempiterno.

Como caen los copos silenciosos de una nieve abundante en un día de invierno, así suben blancas y apacibles las almas liberadas, ahora cuando en todo el mundo, al finalizar sus largas súplicas, la Iglesia derrama a raudales sobre las llamas expiatorias la sangre redentora. Hechos fuertes con el valimiento que da a nuestra oración el participar en los Misterios sagrados, digamos con ella en la Comunión:

COMUNION
Brille para ellos, Señor, la luz eterna:  Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso. J. Dales, Señor, el descanso eterno: y brille para ellos la luz perpetua. Con tus Santos para siempre: porque eres piadoso.

Es tal, no obstante eso, y tan por encima de nuestros pensamientos humanos el misterio impenetrable y adorable de la justicia de Dios, que para algunas almas la expiación tiene que seguir aún. La Iglesia también, sin cansarse ni dejar de esperar, continúa su oración en la Poscomunión. La Santa Madre Iglesia recordará a los difuntos todos los días y a todas las Horas del oficio, en todas las Misas que se ofrecen a lo largo del año, de cualquier solemnidad que sean.

POSCOMUNION
Rogamoste, Señor, hagas que la oración de los que te suplicamos, aproveche a las almas de tus siervos y siervas: para que las libres de todos los pecados y las hagas participantes de tu redención. Tú, que vives.

El Benedicamus Domino, que hace las veces del Ite missa est en las misas en que se suprime el Gloria in excelsis, se reemplaza en las de difuntos por una invocación en favor de los finados: Descansen en paz. Amén.


LAS TRES MISAS. — Aquí no damos más que el texto de la misa que se celebra por todos los fieles difuntos. Cada cual puede encontrar fácilmente en su misal el texto de las otras dos desde 1915, gracias a la piedad de Benedicto XV, los sacerdotes pueden en este día celebrar tres misas: una de ellas, a intención del celebrante, la segunda se dice por las intenciones del Papa y la tercera por todos los fieles difuntos. Quiso Benedicto XV ayudar con esta generosidad no sólo a los miles y miles que durante la guerra cayeron en los campos de batalla, sino también a las almas cuyas fundaciones de misas habían sido robadas por la Revolución y confiscación de los bienes eclesiásticos. Más recientemente Pío XI concedió una Indulgencia plenaria, aplicable a las almas del purgatorio, por la visita que se hiciese a un cementerio el 2 de noviembre y cualquier otro día de la Octava, pero con la condición de rezar por las intenciones del Romano Pontífice.

martes, 1 de noviembre de 2016

Los Martires Cristeros

convento de las Adoratrices, Ejutla.
La Gran Profanación
(primera parte)

Dejo ahora mi pobre pluma, para hacer este relato, íntegramente en las vigorosas manos del fervoroso sacerdote colimense, quien con el seudónimo de Spectator, que me creo obligado a respetar aún ahora, escribió uno de los más hermosos libros que sobre esta época de la persecución se han escrito, con el título de Los Cristeros del Volcán de Colima. Libro perfectamente documentado, como que el autor fue testigo presencial de muchos de los sucesos que narra; y que para mí no tiene más defecto, si puede llamarse defecto a eso, que el de haberse concretado a los hechos y martirios de los católicos de la región de Colima. ¡ Que no hubiera extendido su admirable labor a toda la inmensa legión de nuestros mártires mexicanos!... Spectator será, pues, el narrador de este episodio, uno de los más vergonzosos para la conspiración anticristiana, como uno de los más gloriosos para el catolicismo mexicano. Aseguro a mis lectores que saldrán ganando. Ejutla es un pueblo humilde colocado entre altas montañas que lo aprisionan; eclesiásticamente pertenece a la Diócesis de Colima y civilmente al Estado de Jalisco. Sus moradores son de espíritu muy cristiano. Entre éstos y los de las altas rancherías de las faldas del Volcán de Fuego y el Nevado, puede decirse, que casi no hay diferencia en cuanto a la pureza de vida, pero sí en cuanto a instrucción; pues Ejutla fue, no hace aún muchos años, el centro de cultura de la región. Hubo ahí un Seminario que dio muchos y dignos sacerdotes a la Diócesis de Colima; un colegio para niñas que era el mejor en más de setenta kilómetros a la redonda, y un convento de Adoratrices del Santísimo Sacramento, que existía aún en los tiempos de que se habla.

Era el 27 de octubre de 1927; la mañana estaba limpia, el cielo azul, el viento se agitaba frío, como presagio del cercano invierno. Contrastando con la hermosura del día, la angustia se reflejaba en los semblantes; de boca en boca circulaba la noticia de que se aproximaban los soldados callistas y todos temblaban de zozobra. En efecto, serían las 11 de la mañana, cuando se vio avanzar por el Sureste, una columna de federales a cargo del general Juan B. Izaguirre. Cuando los cristianos habitantes del lugar se cercioraron de la realidad del peligro, dejando casas y posesiones huyeron en gran parte a las montañas para refugiarse entre las malezas, en los barrancos o en las entrañas de las cuevas. Al llegar las fuerzas de Izaguirre. ocuparon el poblado y lograron aprehender a muchos de los que huían. Una de las primeras casas que invadió la soldadesca fue el convento de las Adoratrices, cuya superiora, la Rev. Madre María de los Remedios, estaba enferma de gravedad. Para aquellas santas mujeres el atropello fue terrible; en un momento quedó su casa llena de soldados: templo, azoteas, celdas, corredores, escuela, jardines, huerta. Luego el estruendo de los muebles que destrozaban y echaban por puertas y ventanas los soldados; los hachazos con que eran derribadas las puertas, los gritos incoherentes de aquellos vándalos, el ruido de las espuelas sobre las tarimas y encementados. . . pero en medio de todo la mano omnipotente de Dios protegiendo a sus esposas de una profanación. (La profanación la tomó el Señor Sacramentado sobre Sí). Las religiosas estaban lívidas de angustia. Eran como las 6 de la tarde cuando Izaguirre ordenó que las Adoratrices abandonaran su casa y en pequeños grupos comenzaron a salir. ¿A dónde irían? ¡Sólo Dios lo sabía! Sin techo, sin alimentos, sin dinero y hasta sin abrigos. Muchas usaron su delantal a guisa de chal o de bufanda. Pálidas, con el dolor pintado en el semblante, cabizbajas unas, otras con los ojos elevados al cielo, iban a donde la Providencia las llevase; el Señor Omnipotente, que las había librado del hálito emponzoñado de la soldadesca, no las abandonaría nunca. Sólo quedaron en la casa, la superiora enferma y algunas hermanas religiosas para hacerle compañía, pero careciendo de todo alimento para sí y para la venerable paciente. Entre tanto dos religiosas intentaron salvar el copón del Divinísima Sacramento, llevándolo consigo fuera de la población. Sin ser molestadas llegaron hasta la última casa, cuando ya oscurecía; pero ¡ay! los soldados del retén se encontraban allí. Trataron estos impíos de registrarlas y cuando hubieron descubierto los vasos sagrados que llevaban aquellas fugitivas, se lanzaron sobre ellas para arrebatárselos. La religiosa que traía el copón, depositó en su chal las hostias consagradas y lo entregó vacío. La compañera se arrodilló y dijo temblando:

— ¡Es el Dios que os ha de juzgar! ¡Viva Cristo Rey! Aquellos hombres al oír a la religiosa que con su ferviente ¡Viva Cristo Rey! hacía profesión de su fidelidad a Jesucristo, se pusieron furiosos y la golpearon en la cara con las culatas de sus máuseres. ¡ A una mujer indefensa e inocente! Entre tanto, otros pusieron una soga al cuello de la otra religiosa, la que envuelta en su chal y contra su pecho defendía las sagradas hostias, y con un puñal la amenazaban queriendo que las soltara. Pero las agredidas no manifestaron temor alguno. —Pueden matarnos si gustan; pueden matarnos ustedes. Nosotras no tememos a la muerte. No obstante los esfuerzos de las pobres monjitas para consumir las hostias consagradas, muchas cayeron al suelo en los movimientos de lucha tan desigual. . .

¡ El sacrilegio ... la horrible profanación estaba consumada . . .!
Un soldado de sentimientos más humanos, estaba aterrado, e intervino enérgicamente para que dejasen libres a las religiosas; y éstas pudieron huir mientras los enemigos quedaban disputándose entre sí los vasos sagrados. Tres días más tarde, pisoteadas por los caballos y por los mismos impíos, fueron recogidas por los fieles, de entre la tierra y la basura del camino, algunas de las hostias santas, hechas ya pedazos . . . Otras se las había llevado el viento. . . Entre tanto Sor María de los Remedios, la superiora enferma, continuaba en su lecho rodeada de unas pocas religiosas, que no quisieron abandonarla y de rodillas, en torno de ella, estaban lívidas de espanto. ¡Et erat nox. . .'Ya era de noche. Los callistas, a cada instante penetraban en la habitación de la Madre, molestando a las pobres monjas cuanto podían, insultándolas y amenazándolas soezmente.

La enferma estaba angustiadísima, no ya por el temor de la muerte, sino por sus pobres hijas, a quienes veía como pobrecitas ovejas en medio de aquellos lobos rabiosos sin poder defenderlas. Hubo un momento en que quedaron solas en la habitación, y entonces, confiando en el poder de Dios, cerraron la puerta y la atrancaron por dentro cuanto les fue posible, con cuanto pudieron encontrar. Los perseguidores se pusieron furiosos con esto y entre gritos, insultos y amenazas pretendían echar abajo la puerta; pero ésta resistió maravillosamente, porque las religiosas por dentro, más que con obstáculos naturales, la estaban sosteniendo con oraciones fervientes, que de rodillas y temblando no dejaban de elevar al poder de Dios contra el que nada pueden los hombres. A la mañana siguiente resolvieron las religiosas sacar del convento a la enferma, pues aquella situación era insostenible, y ella con tanta angustia se agravaba por momentos; la pusieron en un colchón, y cuando de esta manera la llevaban, los soldados de Izaguirre se dieron cuenta de ello, y a golpes con los máuseres, las hicieron soltar su carga, cayendo al suelo la atribulada Superiora, y echaron fuera a las afligidas hermanas a pesar de su resistencia en dejar así a la Superiora. (Todo el día, dice otro relato, quedó la santa mujer tirada en el suelo del corredor de la casa; hasta que por fin al día siguiente las hermanas lograron entrar y sacarla para llevarla a un jacal tan sucio y lleno de alimañas, que era un horror, donde estuvieron los dos días 30 y 31 de octubre, alimentándose todas con sólo una agua de canela nauseabunda)


Desde su llegada al jacal la enferma se encontraba en estado comatoso, continúa Spectator, y así en lenta y prolongada agonía duró hasta la mañana del primero de noviembre, la alegre fiesta de Todos los Santos, en que su alma voló al Señor para recibir la doble corona de mártir y de esposa fiel. Entre las religiosas expulsadas había una, Sor María Rosa, que merece especial mención. Tenía esta mártir, refiere Spectator, unos cuarenta años de edad y pertenecía a una de las familias más piadosas de Ejutla. A los 22 años ingresó en el convento de las Adoratrices del Santísimo Sacramento. Desde el noviciado se empezó a distinguir por su vida santa. Sus compañeras la consideraban como la regla viviente. Fue primero Maestra de novicias y en 1922 fue electa Vicaria.

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

PARA QUE REINE CRISTO

Hoy se celebra en todo el mundo católico la fiesta de Cristo Rey. Esta fiesta se ha establecido para que Cristo vuelva a reinar totalmente en la vida pública y social de los pueblos. Porque desde hace cerca de tres siglos los abanderados del laicismo vienen trabajando por suprimir a Cristo de la vida pública y social de las naciones. Y por desgracia han conseguido mucho, hasta el punto de que las legislaciones, los gobiernos y las instituciones de los pueblos se abstienen de reconocer a Cristo su supremacía.

De una manera especial en nuestro país el laicismo ha alcanzado fuertes y grandes victorias. Se arrojó a Cristo de las leyes, de las escuelas, de lo parlamentos, de las cátedras, de la prensa, de la vía pública, en una palabra, de todos los puntos dominantes de la vida pública y social. Y hoy se trata de restablecer el reinado público de Cristo, sobre los despojos del laicismo totalmente fracasado como sistema de vida, de política, de gobierno y de orientación para los pueblos.

Lo importante de la fiesta de Cristo Rey no consiste solamente en que se le proclame –como se le va a proclamar– Rey soberano de la vida pública y social. No, porque si la proclamación de la realeza de Cristo es cosa soberanamente importante, más importante aún es que los católicos entendamos nuestras responsabilidades ante el reinado de Cristo.

Porque Cristo no necesita de nosotros para fundar su reino y para extenderlo por todo el mundo; pero si no necesita de nosotros, ni de nuestras vidas, sin embargo, ha querido establecer su reinado por medio de nosotros, de nuestros esfuerzos, de nuestras luchas y de nuestras batallas. Y esto hay que recalcarlo hoy. Porque si los católicos seguimos desorientados en este punto corremos el peligro de que jamás se establezca el reinado de Cristo en nuestra patria.

Debemos, pues, tener entendido que Dios, que Cristo, pide, exige, quiere que cada uno de nosotros, en la medida de sus fuerzas, trabaje vehementemente por establecer el reinado de Cristo en la vida pública. Y esto no se conseguirá con seguir encastillados dentro de nuestras iglesias y dentro de nuestros hogares.

El reinado público de Cristo exige que los católicos hagamos sentir la acción de nuestro pensamiento, de nuestra palabra, de nuestra pluma, de nuestros trabajos de organización y propaganda. Y esto debe hacerse en la vida pública, en pleno sol, en plena vía pública, hacia los cuatro vientos y debe hacerse por todos.

Porque todos, absolutamente todos los católicos podemos y debemos hacer algo para restablecer el reinado de Cristo; unos en una forma, otros en otra; unos con su talento, otros con su esfuerzo; pero todos deben procurar desde hoy hacer algo serio, constante y coordinador por el restablecimiento del reinado público de Cristo.

Hoy lo proclamamos Rey, lo reconocemos como Rey; pero necesitamos jurarle que dejaremos nuestra vieja actitud de momias de sacristía y de enterrados vivos en nuestros hogares y que a partir de este día glorioso haremos que todas las fuerzas católicas desemboquen en la vía pública para que Cristo reine en la prensa, en el libro, en la escuela, en las organizaciones, en las instituciones, en una palabra: en la mitad del corazón del pueblo y en la mitad de todas las corrientes de nuestra vida pública y social.
EL GESTO DE LOS MÁRTIRES

No se necesita estar muy versado en historia para tener una convicción viva y fuerte de que la libertad se desistió victoriosamente de las garras del despotismo antiguo con la actitud gallarda, atrevida e imperturbable de los primeros mártires. Y desde entonces quedó demostrado que siempre que se plantea un problema de libertad; sobre todo en lo que se refiere a los principios de la libertad religiosa, no hay ruta que más directamente lleva a la emancipación, mejor dicho, la única que puede conducir hacia allá, es la resistencia de los de los perseguidos, la tenacidad indomable del pensamiento que es, se siente y se alza más fuerte que las inmolaciones, más alto que todas las violencias y que delante de la carne que se rompe, de la sangre que chorrea, del potro que centuplica sus martirios, queda de pie, del lado de la bandera de Cristo, el Primer Mártir y el primer vencedor de déspotas, de sátrapas y de emperadores, que supo llegar hasta el madero en que se le descuartizó.

Claro está que la posición en que se encuentra colocado el oprimido delante del poder inmenso de los opresores, que disponen de legiones de políticos y múltiples recursos, es muy delicada y crítica. Porque si el esclavo, perdida la verdadera noción de sus circunstancias y de los medios de que echa mano para desatar sus cadenas, llega a ceder en ciertos puntos de vista a trueque de conservar tales o cuales prerrogativas, o de que se le reconozcan otras y se entrega al sistema de las transacciones, tendrá que perecer víctima de las maquinaciones de sus déspotas y tarde o temprano tendrá que lamentar haber empleado estérilmente el tiempo y sentirse todavía con el fardo de su antigua ignominia reagravada con la carga de las capitulaciones.

Por el contrario, si ignorante de su verdadera situación llega a pensar que por un prodigio inesperado, bajo los pliegues de la bandera de un caudillo rebelde, sus hierros se trocarán en espadas que destrocen a sus verdugos y se lanza, se precipita por el viejo y desastroso camino de la fuerza bruta, los tiranos se sentirán llenos de regocijo, porque van a encontrar la oportunidad de desfogar su odio, de remachar las cadenas de los ilotas y cargarlos con montañas de ignominia delante de todo y de todos.

La actitud serena, atrevida y gallarda de los primeros mártires continúa siendo estela luminosa que irradia hacia todos los bordes del gran camino de la historia y que llega hasta nosotros para señalarnos con precisión y exactitud la línea de conducta. Y no es que nos empeñemos en que es preciso ser mártires, ni que sostengamos que sin mártires no podemos llegar a la reconquista de nuestras posiciones y de nuestra libertad; sino que el gesto del mártires ha sido en todos los tiempos el único que ha sabido, que ha podido triunfar de todos los tiranos, llámense emperadores, reyes, gobernantes o presidentes.

Sócrates no supo o no pudo dejar la estela luminosa por donde se puede ir hacia la conquista de la libertad, porque no supo ni pudo ser mártir en el sentido hondo, fuerte y alto de la palabra. Él se limitó a beber la cicuta sin discutir. Pero los mártires del Cristianismo se abrazan en plena efervescencia vital de inmolación y de angustia, a la afirmación rotunda del Evangelio y a la negación franca, persistente, inquebrantable de los dioses de los césares. Y así como han dejado una lección imperecedera de lucha y de victoria por la libertad a todas las generaciones. Se dirá que no todos tienen vocación de mártires, ni que todos están en condiciones de serlo.

Nosotros que conocemos el empobrecimiento inmenso de caracteres que padecemos los católicos, estamos de acuerdo con esta objeción. Pero esto no quita el gran problema de libertad en cuya presencia nos encontramos; que la pavorosa cuestión de libertad de conciencia que se alza ante nuestros ojos y que nos señala la vía pública hecha un matadero de conciencias, pida, exija que se empiece siquiera con una labor débilmente hostil, que se acentúe cada día más bajo el influjo del ejemplo de los mártires, se perfile de nuevo, con todas sus audacias y se proyecte sobre la frene de los déspotas y se reanude la marcha triunfal de la libertad a lo largo del desierto de la historia.


Ite Missa Est

1.° DE NOVIEMBRE
LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


LA FIESTA DE LA IGLESIA TRIUNFANTE.Vi una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos y clamaban con voz poderosa: ¡Salud a nuestro Dios. Ha pasado el tiempo; es todo el linaje humano ya redimido el que se presenta ante los ojos del profeta de Patmos. La vida militante y miserable de este mundo tendrá su fin un día. Nuestra raza tanto tiempo perdida reforzará los coros de los espíritus puros que disminuyó antaño la rebelión de Satanás; los ángeles fieles, uniéndose al agradecimiento de los rescatados por el Cordero, exclamarán con nosotros: La acción de gracias, el honor, el poderlo y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglo . Y esto será el fin,  como dice el Apóstol: el fin de la muerte y del sufrimiento; el fin de la historia y de sus revoluciones, que en lo sucesivo comprenderemos. El antiguo enemigo, arrojado al abismo con sus partidarios, sólo existirá para ser testigo de su eterna derrota. El Hijo del Hombre, libertador del mundo, habrá entregado el mando a Dios, su Padre, término supremo de' toda la creación y de toda redención: Dios será todo en todas las cosas. Mucho antes que San Juan, cantaba Isaías: He visto al Señor sentado sobre un trono elevado y sublime; las franjas de su vestido llenaban el templo y los Serafines clamaban uno a otro: Santo, Santo, Santo el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. Las franjas del vestido divino significan aquí los elegidos, convertidos en ornamento del Verbo, esplendor del Padre, pues, siendo cabeza de todo el género humano desde el momento en que se desposó con nuestra naturaleza, esta esposa es su gloria, como El es la de Dios. Las virtudes de los santos son el único adorno de nuestra naturaleza; ornato maravilloso que, cuando reciba la última mano, será indicio de que llega el fin de los siglos. Esta fiesta es el anuncio más apremiante de las bodas de la eternidad; cada año celebramos en ella el progreso que en sus preparativos hace la esposa.

CONFIANZA./Dichosos los invitados a las bodas del Cordero Y ¡felices también nosotros, que recibimos en el bautismo la veste nupcial de la santa caridad como un título para el banquete de los cielos! Preparémonos, con nuestra Madre la Iglesia, al destino inefable que nos reserva el amor. A este fin tienden nuestros afanes de este mundo: trabajos, luchas, padecimientos sufridos por amor de Dios realzan con franjas inestimables el vestido de la gracia que hace a los elegidos. ¡Bienaventurados los que lloran! Lloraban aquellos a quienes el salmista nos presenta abriendo antes que nosotros el surco de su carrera mortal; su alegría triunfante llega ahora hasta nosotros, lanzando como un rayo de gloria anticipada sobre este valle de lágrimas. Sin esperar a la muerte, la solemnidad que hemos comenzado nos da entrada por medio de una santa esperanza en la mansión de la luz, a donde siguieron a Jesús nuestros padres. ¡Qué pruebas no nos parecerán livianas ante el espectáculo de la eterna felicidad en que terminan las espinas de un día! Lágrimas derramadas sobre los sepulcros recién abiertos, ¿cómo es posible que la felicidad de los seres queridos que desaparecieron no mezcle con vuestra tristeza un placer celestial? Escuchemos los cantos de liberación de aquellos cuya separación momentánea nos hace llorar; pequeños o grandes  ésta es su fiesta, como pronto lo será nuestra. En esta estación en que abundan las escarchas y las noches son más largas, la naturaleza, deshaciéndose de sus últimas galas, se diría que prepara al mundo para su éxodo hacia la patria eterna. Cantemos, pues, nosotros también con el salmo: "Me he alegrado de lo que se me ha dicho: iremos a la casa del Señor. Nuestros pies sólo pisan aún en tus atrios, pero vemos que no cesas en tu crecimiento, Jerusalén, ciudad de paz, que te edificas en la concordia y en el amor. La subida hacia ti de las tribus santas se continúa en la alabanza; los tronos tuyos que aún están vacíos, se llenan. Sean todos los bienes, oh Jerusalén, para los que te aman; el poder y la abundancia reinen en tu afortunado recinto. A causa de mis amigos y de mis hermanos que ya son habitantes tuyos, puse en ti mis complacencias; por el Señor nuestro Dios, cuya mansión eres, coloqué en ti todo mi deseo".

HISTORIA DE LA FIESTA.En Oriente encontramos los primeros vestigios de una fiesta en honor de los Mártires. San Juan Crisóstomo pronunció una homilía en honra suya en el siglo IV y, en el anterior, celebraba San Gregorio Niseno solemnidades junto a sus sepulcros. En 411, el calendario siríaco nos señala la Conmemoración de los Confesores el sexto día de la semana de Pascua, y en 359, el 13 de mayo, en Edesa, se hace "memoria de los mártires de todo el mundo". En Occidente, los Sacramentarios de los siglos V y VI contienen muchas misas en honor de los santos mártires que se celebran sin día fijo. El 13 de mayo de 610, el Papa Bonifacio IV dedicó el templo pagano del Panteón, trasladó a él muchas reliquias y quiso se llamase en lo sucesivo Sancta Maria ad Martyres. El aniversario de esta dedicación continuó festejándose con la intención de honrar en él a todos los mártires en general. Gregorio III consagraría en el siglo siguiente un oratorio "al Salvador, a su santa Madre, a todos los apóstoles, mártires, confesores y demás justos fenecidos en el mundo". En 835 Gregorio IV, deseando que la fiesta romana del 13 de mayo se extendiese a toda la Iglesia, pidió al emperador Ludovico Pío que promulgase un edicto con ese fin y la fijase en el día primero de noviembre. Pronto tuvo su vigilia y Sixto IV, en el siglo xv, la daba también una Octava para toda la Iglesia.

M I S A

"En las calendas de noviembre hay el mismo fervor que en Navidad para asistir al Sacrificio en honor de los Santos", dicen los antiguos documentos relativos a este día Por general que fuese la fiesta y aun por razón de su universalidad, ¿no era ésta motivo de especial alegría para todos y también un honor para las familias cristianas? Santamente orgullosas de aquellos cuyas virtudes se iban transmitiendo de generación en generación, la gloria que estos antepasados, desconocidos del mundo, tenían en el cielo, las daba a su parecer más nobleza que cualquier honra mundana. Pero la fe viva de aquellos tiempos veía además en esta fiesta una ocasión para reparar las negligencias voluntarias o forzosas que se habían tenido durante el año en el culto de los bienaventurados inscritos en el calendario público.

La antífona del Introito canta el triunfo de los Santos y nos invita a la alegría. ¡Alegría, pues, en la tierra, que sigue dando tan magníficamente su fruto! ¡Alegría entre los Ángeles, que ven llenarse los vacíos de sus coros! ¡Alegría, dice el versículo, a todos los bienaventurados, a quienes dirigen sus cantos la tierra y el cielo!

INTROITO
Alegrémonos todos en el Señor, al celebrar esta fiesta en honor de todos los Santos: de cuya solemnidad se alegran los Angeles, y alaban juntos al Hijo de Dios. — Salmo: alegraos, justos, en el Señor: a los rectos conviene la alabanza. J. Gloria al Padre.

Los pecadores, los que estamos siempre en el destierro debemos ante todo, en cualquier circunstancia y en todas las fiestas, ser solícitos de la misericordia de Dios. Tengamos hoy una firme esperanza, ya que hoy la piden por nosotros tantos intercesores. Si la oración de un habitante del cielo es poderosa, ¿qué no alcanzará todo el cielo?

COLECTA
Omnipotente y sempiterno Dios, que nos has concedido venerar los méritos de todos tus Santos en una misma festividad: suplicamoste que, multiplicados los intercesores, nos concedas la ansiada abundancia de tu propiciación. Por Nuestro Señor Jesucristo.

EPISTOLA
Lección del Libro del Apocalipsis del Ap. San Juan (Apoc., VII, 2-12).
En aquellos días he aquí que yo, Juan, vi subir del nacimiento del sol a otro Ángel, que tenía el sello del Dios vivo: y clamó con gran voz a los cuatro Ángeles a quienes se había ordenado dañar a la tierra y al mar, diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que señalemos a los siervos de Dios en sus frentes. Y oí el número de los señalados: ciento cuarenta y cuatro mil señalados de todas las tribus de los hijos de Israel. De la tribu de Judá, doce mil señalados. De la tribu de Rubén, doce mil señalados. De la tribu de Gad, doce mil señalados, De la tribu de Aser, doce mil señalados. De la tribu Neftalí, doce mil señalados. De la tribu de Manasés, doce mil señalados. De la tribu de Simeón, doce mil señalados, "e la tribu de Leví, doce mil señalados. De la tribu de Isacar, doce mil señalados. De la tribu de Zabutón, doce mil señalados. De la tribu de José, doce mil señalados. De la tribu de Benjamín, doce mil señalados. Después de éstos, vi una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las gentes y tribus y pueblos y lenguas, que estaban ante el trono y en presencia del Cordero, vestidos con blancas ropas, y con palmas en sus manos: y clamaban con gran voz, diciendo: Salud a nuestro Dios, que se sienta sobre el trono, y al Cordero. Y todos los Angeles estaban en torno del trono y de los ancianos y de los cuatro animales: y cayeron delante del trono sobre sus rostros, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. Bendición y claridad y sabiduría y acción de gracias y poder y fortaleza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. j Amén.

LOS DOS EMPADRONAMIENTOS.El Hombre-Dios, sirviéndose para ello de César Augusto, empadronó al mundo una vez por los días de su primera venida; era conveniente que al principio de la redención se hiciese de modo oficial un recuento del estado del mundo. Ahora ha llegado el tiempo de otro recuento que tiene que hacer constar en el libro de la vida el resultado de las obras ordenadas a la salvación. San Gregorio se pregunta en una de las homilías de Navidad: ¿Para qué se hace este empadronamiento del mundo cuando nace el Señor, sino para hacernos comprender que venía vestido de la carne el que tenía que empadronar en la eternidad a los elegidos? Pero, al quedar por su culpa muchos fuera del beneficio del primer empadronamiento, que se extendía a todos los hombres por la redención del Salvador, se necesitaba otro definitivo, que separase de la universalidad del precedente a los culpables. Sean borrados del libro de los vivos; su lugar no está entre los justos; así habla el rey profeta y lo recuerda en el mismo lugar el santo papa. Aunque entregada completamente a la alegría, la Iglesia en este día sólo piensa en los escogidos; y únicamente de ellos se trata en el recuento solemne en el que, según acabamos de ver, irán a parar los anales del linaje humano. De hecho, ante Dios, ellos solos cuentan; los réprobos no son más que el deshecho de un mundo en el que sólo la santidad responde a los designios del Creador, al precio del amor infinito. Aprendamos a adaptar nuestras almas al molde divino que las tiene que hacer conformes a la imagen del Unigénito y sellarnos para el tesoro de Dios. Ninguno que esquive la impronta sagrada, evitará la de la bestia; el día que los Ángeles cierren las cuentas eternas, cualquier moneda que no pueda ponerse en el activo divino, irá por sí misma a la hornaza, donde arderán eternamente las escorias.

Vivamos, por consiguiente, en el temor que nos recomienda el Gradual: no el del esclavo que sólo teme el castigo, sino el temor filial que nada teme tanto como desagradar a Aquel de., quien nos vienen todos los bienes y que merece por su bondad todo nuestro amor. Sin perder nada de su felicidad, sin menguar su amor, las potestades angélicas y todos los bienaventurados se postran en el cielo con un santo temblor, delante de la augusta y tremenda Majestad.

GRADUAL
Temed al Señor, todos sus Santos: porque nada falta a los que le temen. J. Y a los que busquen al Señor no les faltará ningún bien. Aleluya, aleluya. J. Venid a mí, todos los que trabajáis y estáis cargados: y yo os aliviaré. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio según S. Mateo
(Mt„ V, 1-12).
En aquel tiempo, viendo Jesús a las turbas, subió a un monte y, habiéndose sentado, se acercaron a El sus discípulos, y, abriendo su boca, les enseñó, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran: porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia: porqueellos serán hartos. Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón: porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos: porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados seréis vosotros, cuando os maldijeren, y os persiguieren, y dijeren contra vosotros todo mal, mintiendo, por mí: alegraos y gozaos, porque vuestra recompensa será muy grande en los cielos.

LAS BIENAVENTURANZAS.Hoy está tan cerca la tierra del cielo, que un mismo pensamiento de felicidad llena los corazones. El Amigo, el Esposo, viene a sentarse en medio de los suyos y a hablar de su dicha. Venid, a mi todos cuantos andáis fatigados y agobiados, cantaba hace un momento el versículo del Aleluya, eco feliz de la patria, si bien nos recordaba nuestro destierro. E inmediatamente en el Evangelio se muestra la gracia y la benignidad de nuestro Dios y Salvador. Escuchémosle cómo nos enseña los caminos de la santa esperanza, las delicias dignas, garantía y anticipo de la dicha total de los cielos. Dios, en el Sinaí, manteniendo al judío a distancia, sólo tenía para él preceptos y amenazas de muerte. ¡De qué modo tan distinto se promulga la ley de amor en la cumbre de esa otra montaña, donde se sentó el Hijo de Dios! Las ocho Bienaventuranzas han ocupado al principio del Nuevo Testamento el lugar que ocupaba, como prólogo del Antiguo, el Decálogo grabado en piedra. No es que las Bienaventuranzas supriman los mandamientos; pero su justicia superabundante va más allá que todas las prescripciones. Las hizo Jesús de su Corazón para imprimirlas en el corazón de su pueblo y no en la roca. Son todo un retrato del Hijo del Hombre, el resumen  de su vida redentora. Mira, pues, y obra conforme al modelo que se te ha puesto delante en el monte. La pobreza fué ciertamente la primera nota del Dios de Belén; y ¿quién se presentó más' manso que el Hijo de María? ¿Quién lloró por causas más nobles en el pesebre donde ya expiaba nuestros pecados y aplacaba a su Padre? Los que tienen hambre de la justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los pacíficos ¿dónde encontrarán, sino en El, el ejemplar incomparable, nunca logrado, siempre imitable? Aun la muerte, que hace de El el augusto capitán de los perseguidos por la justicia es en este mundo la bienaventuranza suprema; en ella se' complace la Sabiduría encarnada más que en otra ninguna, de ella habla con insistencia, la describe con pormenores, hasta terminar hoy con ella como en un canto de éxtasis:  La Iglesia no tuvo otro ideal; siguiendo al Esposo, su historia en las diversas épocas no fué más que el eco prolongado de las Bienaventuranzas. Entendámoslo también nosotros; para la felicidad de nuestra vida en la tierra esperando la del cielo, sigamos al Señor y a la Iglesia. Las Bienaventuranzas evangélicas logran que el hombre supere los tormentos y hasta la misma muerte, que no quita la paz a los justos, antes la consuma. Esto precisamente es lo que canta el Ofertorio, sacado del libro de la Sabiduría.

OFERTORIO
Las almas de los justos están en la mano de Dios, y no los tocará el tormento de la malicia: a los ojos de los necios pareció que morían: pero ellos están en la paz, aleluya.

El Sacrificio al que tenemos la dicha de asistir, dice la Secreta que da gloria a Dios, honra a los Santos y nos granjea a nosotros el favor divino.

SECRETA
Ofrecemoste, Señor, estos dones de nuestra devoción: los cuales te sean gratos a ti en honor de todos los Justos y, por tu misericordia, sean saludables a nosotros. Por Nuestro Señor Jesucristo.

La Antífona de la Comunión es un eco de la lección evangélica, pero, no pudiendo enumerar otra vez la serie completa de las Bienaventuranzas, recuerda las tres últimas y justamente relaciona a todas con el Sacramento divino de que se nutren.

COMUNION
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios: bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios: bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

La Iglesia pide en la Poscomunión que esta fiesta de todos los Santos tenga por resultado hacer que sus hijos los honren asiduamente, para beneficiarse también siempre de su poder cerca de Dios.

POSCOMUNION

Suplicamoste, Señor, concedas a tus pueblos fieles la gracia de alegrarse siempre con la veneración de todos los Santos: y la de ser protegidos con su perpetua intercesión. Por Nuestro Señor Jesucristo.