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lunes, 3 de octubre de 2016

ESCRITOS SUELTOS DEL LIC. Y MARTIR ANACLETO GONZALES FLORES, “EL MAISTRO”

HACIA TODOS 

LOS VIENTOS

Cuando a un hombre se le cae una finca, lo primero que hace es averiguar las causas de la caída. Y si descubre que no había cimientos suficientemente duros y recios, al reconstruir la finca procura traer fuertes piedras que hagan imposible en lo sucesivo aquel derrumbamiento. Nosotros los católicos hemos visto con nuestros propios ojos la caída estrepitosa del edificio de la sociedad y en estos momentos andamos entre escombros. Sin embargo, poco nos hemos preocupado por conocer con toda claridad la verdadera causa del desastre. Y si hemos de ser sinceros y deseamos sanar, debemos empezar por reconocer que nada nos ha perjudicado tanto como el hecho de que los católicos nos entregamos a vivir con éxtasis en nuestros templos y abandonemos todas las vías abiertas de la vida pública a todos los errores. En lugar de haber estado en todas partes, especialmente allí donde hicieron su aparición los portaestandartes del mal, nos encastillamos en nuestras iglesias y en nuestros hogares. Y allí estamos todavía. Nos parece que basta rezar, que basta practicar muchos actos de piedad y que basta la vida del hogar y del templo, para contrarrestar toda la inmensa conjuración de los enemigos de Dios. Y les hemos dejado a ella la escuela, la prensa, el libro, la cátedra en todos los establecimientos de enseñanza, les hemos dejado todas las rutas de la vida pública y no han encontrado una oposición seria y fuerte por los caminos por donde han llevado la bandera de la guerra contra Dios. Y han logrado arrebatarnos a la niñez, a la juventud, a las multitudes, a todas las fuerzas vivas de la sociedad con rarísimas excepciones. Y nos han arrebatado todas esas fuerzas, porque claro está que con nuestra acción recluida dentro de nuestros templos y de nuestras casas, no hemos podido defender, no hemos podido amurallar el alma de las masas, de los jóvenes, de los viejos ni de los niños. Y tenemos necesidad urgentísima de que nuestros baluartes se alcen dentro y fuera de nuestras iglesias y de nuestros hogares, para que cada corazón, cada alma, nos encuentre en plena vía pública para conservar los principios que hemos sembrado en lo íntimo de las conciencias, dentro del santuario del hogar y del templo. Y si la guerra contra Dios se ha enconado furiosamente en la calle y en todas las vías públicas, y las paredes de nuestras iglesias han tenido que sufrir recios golpes, ha sido, fundamentalmente, porque la acción de los católicos se ha limitado a hacerse sentir dentro de los templos y de las casas. Y urge que en lo sucesivo, cada católico rectifique radicalmente su vida en este punto y tenga entendido que hay que ser soldado de Dios en todas partes: iglesias, escuelas, hogar; pero sobre todo allí donde se libran las ardientes batallas contra el mal.

Porque si continuamos como hasta ahora, entregados al éxtasis en nuestras casas e iglesias y no procuramos luchar también afuera, el próximo cataclismo nos dejará a los cuatro vientos y tendremos que sentarnos como el célebre Mario a llorar sobre las ruinas de nuestros hogares, por no haber querido combatir en todas las vías y en todos los caminos por donde galopan los corceles del ejército del mal. Procuremos hallarnos en todas partes con el casco de los cruzados. Dentro y fuera de los templos, alcemos la bandera de Dios y combatamos sin tregua, con las banderas desplegadas a todos los vientos.

 UNA PREGUNTA

Es desolador que sean expulsados los sacerdotes católicos extranjeros, porque de sobra sabemos que ellos han sido colaboradores fieles y decididos en la obra de nuestra civilización; es desolador que se reduzca, sin tomar para nada en cuenta las necesidades religiosas de los católicos, el número de sus sacerdotes, es desolador solamente pensar que será quizá suspendido el culto y que muchos espíritus tendrán que perecer sin auxilios necesarios para hacer el último viaje o cuando menos, para continuar el trabajo noble de su perfeccionamiento moral. Claro está que esa desolación no la sienten ni la pueden sentir más que los que conservan y tienen nociones claras acerca del valor que tienen los factores religiosos y morales respecto a la vida humana. Y por esto, y ante todo, somos los católicos los que lamentamos esos aspectos brutales que reviste actualmente la persecución. Sin embargo, es necesario hacer notar que si es desolador que los enemigos de Dios y de la Iglesia acuchillen conciencias por todas partes y no descansen talen y corten y maten pensamientos en las escuelas, en los mismos templos y hacia todos los rumbos; hay algo que tal vez es tan desolador como esos acontecimientos y es el hecho de que los católicos por más que lamenten lo ocurrido, no se entreguen desde luego a la obra irremplazable, urgente, necesaria de defender el patrimonio de nuestras tradiciones. Y no se crea que vamos a abogar en estas líneas por el recurso de la espada y de las ametralladoras, ni vamos a indicar que los católicos deben presentarse ante los perseguidores a protestar, ni que se publiquen hojas resonantes y apóstrofes ardientes de maldición. La defensa a que queremos referirnos es una defensa al alcance de todos, por una parte, y por otra, una defensa lógica, adecuada y que consiste en darnos a la ora de rodear el rico e inapreciable patrimonio de nuestras creencias no de bayonetas, sino de medios suficientemente eficaces para que las ideas católicas penetren en todas partes, enraícen en todos los corazones, se hagan fibra vital en todos los hogares, y en todas las voluntades y así se logre el fracaso total de la persecución.

En esta obra de defensa todos podemos y debemos hacer algo. Los más rudos e ignorantes pueden dedicarse a conocer y estudiar nuestra religión; los más despiertos y cultos pueden enseñar a los demás; los que no pueden ni escribir una letra, pueden cuando menos propagar un periódico; los que tienen destreza en hablar y escribir, pueden enseñar a los demás. Y todos podemos y debemos hacer algo para evitar en su totalidad el desmoronamiento espiritual de nuestra patria. Porque si es desolador que nos quedemos sin sacerdotes, sin escuelas y se nos persiga en todas partes, no menos desolador es que no nos entreguemos desde luego los católicos a hacer lo que debemos hacer, para defender el inapreciable patrimonio de creencias que nos heredaron nuestros padres. Por esto no hay que preguntar qué tanto hemos llorado, ni qué tanto hemos lamentado los acontecimientos, ni qué tanto nos han consternado. La pregunta que cada católico debe hacerse ante esta crisis desoladora es ésta: ¿Qué he hecho y qué hago por afianzar y robustecer conciencias y corazones en el catolicismo? Y habrá que contestar luego, no con vanos pretextos o con disculpas necias, porque, cuando menos, hay varios centros de catecismo donde se puede ayudar o enseñar o aprender. Habrá que contestar con obras y con obras inmediatas.

 

Ite Missa Est

3 DE OCTUBRE

SANTA TERESA DEL NIÑO JESUS, 
VIRGEN

Epístola – Is. LXVI, 12-14
Evangelio – San Mateo. XVIII, 1-4


TERESA Y EL AÑO LITÚRGICO. — "¿Qué podría decir de las veladas de invierno en los Buissonnets? Terminada la partida de damas, María o paulina leían el Año Litúrgico... Mientras tanto, me colocaba yo en las rodillas de papá y, acabada la lectura, cantaba él con su bonita voz cantares melodiosos como para adormecerme. Entonces apoyaba yo mi cabeza en su pecho y me arrullaba dulcemente..." Apenas han pasado cincuenta y cinco años de la subida al cielo de la amable Santa y ya tiene ella su puesto en el mismo Año Litúrgico, cuya lectura escuchaba con tanta fruición. Y ¿no se podría pensar sin temeridad que fue el Año Litúrgico el que la hizo comprender el sentido profundo de las fiestas "de ella tan amadas", que fue este libro el que la hizo conocer "a los bienaventurados moradores de la ciudad celestial, a los cuales pedía su duplicado amor para amar a Dios", el que la enseñó a amar a la Iglesia, en cuyo seno "ella sería el amor" y, por fin, el que la infundió la confianza atrevida de llegar a ser una gran Santa"?

MISIÓN DE TERESA. — Todos los días, en efecto, en el Calendario Litúrgico, los Santos nos traen su testimonio; y todos los días por ellos nos hace Dios oír su voz proponiéndonos el ejemplo de su vida y recordándonos cuál fue su misión. Teresa recogió ese testimonio, escuchó esa voz y ahora, cuando todo el mundo la conoce, nos da el ejemplo de su vida para ensebarnos a nosotros a ser también Santos. Ahora bien, la vida de Santa Teresa del Niño Jesús se distingue por los méritos de la infancia espiritual. Ella misma explicó claramente el sentido de su misión poco tiempo antes de morir: "Conozco que mi misión va a comenzar, mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo..., de enseñar a las almas mi camino: el camino de la infancia espiritual, el camino de la entrega total a Dios. Quiero indicarles los medios que tan buen resultado me han dado a mí, decirles que no hay más que hacer una cosa en este mundo: arrojar a Jesús las flores de los pequeños sacrificios, conquistarle con caricias..."

LA INFANCIA ESPIRITUAL. — ¿En qué consiste, pues, este entrar en el camino de la infancia espiritual? En adoptar los sentimientos de los niños y portarse en todo con nuestro Padre celestial, como ellos con su padre terreno. Nuestro Señor de tal modo insistió en el Evangelio sobre la necesidad de hacerse niños para entrar en el reino de los cielos, que tenemos que llegar a esta conclusión "que el divino Maestro quiere expresamente que sus discípulos vean en la infancia espiritual la condición necesaria para conseguir la vida eterna" Muchos tal vez piensen que eso es cosa fácil y que es ir al cielo sin mucho trabajo. En realidad, el espíritu de infancia implica un sacrificio costosísimo al orgullo humano, pues consiste en la total negación de sí mismo. "Excluye, decía Benedicto XV, el sentimiento soberbio de sí mismo, la presunción de conseguir por medios humanos un fin sobrenatural y la veleidad engañosa de bastarse a sí mismo en la hora del peligro y de la tentación. Supone una viva fe en la existencia de Dios, un rendimiento práctico a su poder y a su misericordia, un acudir confiado a la Providencia de Aquel que nos da su gracia para evitar todo mal y conseguir todo bien" 1. Y no creamos que este camino sea de libre elección o que esté reservado para las almas no manchadas nunca con el pecado. Las palabras del Señor son formales y se dirigen a todos sin excepción: "Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Y ¿quién tiene que volverse niño, sino el que ya no lo es? Estas palabras entrañan, pues, la obligación de trabajar por conquistar los dones de la infancia y por volver a practicar las virtudes propias de la infancia espiritual".

LA HUMILDAD. — Otra lección nos quieren dar Dios y la Santita. Es ésta: Hay una cosa tan grande o mayor que la acción y la capacidad del hombre de talento, y es "la humildad, la perfecta fidelidad a los deberes de estado, cualquiera que sea, en cualquier esfera y grado de la jerarquía humana en que Dios nos haya colocado y llamado a trabajar, el estar dispuestos a todos los sacrificios y el entregarse confiados a las manos y al corazón de Dios y, por encima1 de todo, la caridad verdadera, el amor real de Dios, el afecto verdadero a Jesucristo que corresponda al afecto que él nos ha mostrado. He ahí un camino que, sin llevar a todos a las alturas a las que Dios elevó a Teresa, todos pueden fácilmente recorrer".

LA CARIDAD. — "En nuestros días, decía también Pío XI, marcados por el movimiento y la acción febril y sin descanso, se olvida demasiado cuál es la esencia íntima, el verdadero"' valor de toda acción y de toda santidad: es la caridad. Pues bien, Teresa tiene un corazón y" una alma tiernamente infantil y a la vez apostólica hasta el heroísmo; se halla totalmente llena del amor de Dios y vibra con un amor tierno, fuerte, sencillo y profundo que produce en ella éxtasis de filial confianza y magníficos gestos de apóstol y mártir". El camino que conduce al amor, nos lo repite Teresa, es "la confianza del niño que se duerme tranquilo en los brazos de su padre". Y añade: "¡Oh! si las almas débiles e imperfectas como la mía sintiesen lo que yo siento, ninguna perdería las esperanzas de llegar a la cumbre del monte del Amor, ya que Jesús no exige grandes obras, sino tan sólo confianza y agradecimiento... No es el haber sido preservada del pecado mortal, lo que hace que me levante hasta Dios por el amor y la confianza. ¡Ah!, aun cuando tuviese cargada mi conciencia con todos los crímenes que se pueden cometer, no perdería en nada mi confianza, estoy segura de ello; iría con el corazón transido de dolor a arrojarme en los brazos de mi Salvador. Sé que ama al hijo pródigo, he oído sus palabras a Santa Magdalena, a la mujer adúltera, a la Samaritana. No, nadie me asustaría, pues sé a qué debo atenerme respecto a la misericordia. Sé que toda esa infinidad de ofensas se perderían en el abismo en un abrir y cerrar los ojos, como una gota de agua que se arroja a los carbones de un brasero"1. "Ciertamente, concluía el Papa, Dios nos dice muchas cosas por medio de ella, que fué como su palabra viviente; y la lección más bella que nos da, la que resume todas las otras, es la de agradar a Dios, complacerle y amarle haciendo su voluntad. Y esto se puede hacer tanto entre el ruido del mundo como en el silencio del claustro. Es indiferente el que seas rico, inteligente, dotado de gran fuerza de voluntad o de mucho ingenio. La Santa nos dice qué es lo que vale delante de Dios y lo que todos le pueden ofrecer. Nos dice que todos pueden presentarse ante él ricos de la paz del corazón y con el alma llena de sentimientos sinceros, poniéndose en las manos de Dios y entregándose a su beneplácito adorable". "Todo el mundo me amará", decía ella antes de morir. La profecía se ha realizado: los peregrinos han acudido a Lisieux y la imagen de la humilde carmelita se ve por todas partes. Pero nuestra devoción a Santa Teresa no será sincera si no nos esforzamos por imitarla. "Desde el interior de su claustro fascina hoy al mundo con la magia de su ejemplo y santidad, que pueden y deben imitar todos, pues todos deben entrar en su "caminito", todo pureza, sencillez de espíritu y de corazón, amor irresistible a la bondad, a la verdad y a la sinceridad. ¡Qué serían la vida de familia y la vida social si todos comprendiesen esta lección! ¡Si las relaciones entre las naciones se fundamentasen en esta sencillez de espíritu y de corazón...! ¡Qué transformación se obraría en el mundo si se volviese a esta sencillez evangélica"!

VIDA. — Teresa nació en Alencon el 3 de enero de 1873. Dotada desde su infancia por Dios con una gracia especialísima del Espíritu Santo, concibió el deseo de no negar nada a Dios y de consagrarse a El en la vida religiosa. A los 9 años fué confiada a las benedictinas de Lisieux para su instrucción. Al año siguiente una enfermedad misteriosa la hizo padecer mucho: pero sanó de repente con la sonrisa de una estatua de Nuestra Señora de las Victorias. Poco tiempo después pudo hacer su primera comunión, con la cual, según su propio testimonio, se obró "la fusión entre ella y Jesús". En un viaje que hizo a Roma pidió a León XIII entrar en el Carmen a los 15 años y en él fué admitida el 9 de abril de 1888. Se esforzó en el convento por realizar el consejo del Señor: "Si quieres ser perfecto, hazte como este niño", y, deseando salvar muchas almas, se ofreció como víctima de holocausto al Amor misericordioso. El 30 de septiembre de 1897 moría diciendo estas palabras: "¡Dios mío, yo te amo!" Muy pronto, una infinidad de favores y de milagros manifestaron su valimento cerca de Dios; su libro: l'Histoire d'une ame, se extendió por todo el mundo. Ante las insistencias de todo el orbe cristiano. Pío XI beatificó a la humilde carmelita en 1923, y dos años después la canonizó y la declaró patrona de todas las Misiones, con el mismo derecho que San Francisco Javier. Su Santidad Pío XII la dió a Francia como patrona secundaria.

LA ÚNICA AMBICIÓN. — "Para amarte como tú me amas, oh Dios mío, necesito que me prestes tu propio amor; sólo entonces hallaré descanso." También nosotros, para amar al Señor y dirigirnos a ti, para festejarte con la Iglesia, oh Santa Teresa del Niño Jesús, sentimos la necesidad de pedir que nos prestes tus propias expresiones y tu propio amor. Nunca deseaste otra cosa que amar a Dios únicamente, ni tampoco ambicionaste otra gloria. Su amor se te anticipó desde la infancia aumentó contigo y se convirtió en un abismo cuya profundidad no podemos sondear. Acuérdate de las palabras que Jesús te dió a entender un día después de la santa comunión: "Arrástrame, correremos al olor de tus perfumes"1. Cuando un alma se ha dejado cautivar por el olor embriagador de los perfumes divinos, ya no sabe correr sola, arrastra en pos de sí a todas las almas que ama. Ahora bien, tú amas a todas las almas y tú deseabas que todas las almas que se acercasen a la tuya, "corriesen con rapidez al olor de los perfumes del Amado."

LA VOCACIÓN DEL AMOR. — Madre de almas por tu vocación de carmelita, sentiste en ti todas las vocaciones, la del guerrero, del sacerdote, del apóstol, del doctor y del mártir. Pero, al no poder realizarlas todas, "buscaste con ardor los dones más perfectos y un camino más excelente", el de la caridad. La Caridad te dió la clave de tu vocación. Comprendiste que el amor encerraba todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que abarcaba todos los tiempos y todos los lugares, porque es eterno. Y te ofreciste como víctima al amor infinito y consolaste tu corazón devolviendo a Jesús amor por amor.


LOS "PEQUEÑOS" SACRIFICIOS. — "Obras son amores y no buenas razones." Quisiste ser como una niña y, por eso, echabas flores al Señor y, todas las que encontrabas, las deshojabas en honor suyo, y cantabas, continuamente cantabas y, cuanto más largas y punzantes eran las espinas, más melodioso era tu canto. La Iglesia triunfante, recogiendo estas rosas deshojadas, las ha arrojado sobre la Iglesia purgante para apagar sus llamas, y sobre la Iglesia militante para darla la victoria. Tus ojos quedaron fijos largo rato en el Aguila divina; quisiste que su mirada te fascinase y convirtiese en presa de su amor. Y una tarde el Aguila se arrojó sobre ti y te llevó al foco del amor para convertirte eternamente en víctima bienaventurada. Ahora, desde la inmensidad de la gloria y del amor en que estás, enseña a todas las almas pequeñas la condescendencia inefable del Salvador. Enséñalas a entregarse con total confianza a la misericordia infinita. Haznos conocer los secretos de tu amor. Haznos amar a la Iglesia, "para quien es más útil el más pequeño acto de puro amor que todas las demás obras juntas". Y, por fin, repite sin cesar a Jesús tu sublime y última oración, que fué ya muchas veces atendida: "¡Oh Amado mío, te ruego que poses tu mirada divina en muchísimas almas pequenas, te suplico que te escojas en este mundo una legión de víctimas pequeñas que sean víctimas de tu amor!"

domingo, 2 de octubre de 2016

Ite Missa Est

2 DE OCTUBRE
LOS SANTOS ANGELES CUSTODIOS

HISTORIA DE LA FIESTA.—Aunque la solemnidad del 29 de septiembre tiene por objeto honrar a todos los espíritus bienaventurados de los nueve coros, la piedad de los fieles en estos últimos siglos ha deseado se consagrase un día especial en la tierra a celebrar a los Angeles custodios. Diversas Iglesias empezaron a celebrar esta fiesta y la pusieron en diferentes fechas del año; Paulo V, aunque la permitía el 27 de septiembre de 1608, creyó conveniente no imponer su aceptación; Clemente X terminó con esta variedad respecto a la nueva fiesta y el

LOS SANTOS ANGELES CUSTODIOS 20 de septiembre de 1670 la fijó en el 2 de octubre, primer día libre después de San Miguel, a cuya fiesta está como subordinada.

DOCTRINA DS LA IGLESIA. — Es de fe que en este destierro, Dios encomienda a los Angeles la custodia de los hombres destinados a contemplarle en el cielo, y esto lo aseguran las Escrituras y lo afirma unánimente la Tradición. Las conclusiones más ciertas de la teología católica extienden el beneficio de esta protección preciosa a todos los miembros de la raza humana, sin distinción de justos o pecadores, de infieles o bautizados. Alejar los peligros, sostener al hombre en su lucha contra el demonio, despertar en él santos pensamientos, apartarle del mal y castigarle de cuando en cuando, rogar por él y presentar a Dios sus propias oraciones: he ahí el oficio del Angel custodio. Y es un ministerio tan especial, que no acumula el mismo Angel la custodia simultánea de varios, y tan asiduo, que acompaña a su protegido desde el primer día al último de su vida, recogiendo el alma al salir de este mundo para conducirla después del juicio al puesto que se mereció en los cielos o en la mansión temporal de purificación y de expiación.

LOS NUEVE COROS. La santa milicia de los Angeles custodios se recluta principalmente en las proximidades más inmediatas a nuestra naturaleza, entre los puestos del último de los nueve coros. Dios, en efecto, reserva para el honor de formar su augusta corte a los Serafines, Querubines y Tronos. Las Dominaciones presiden desde lo alto de su trono el gobierno del universo; las Virtudes velan por la firmeza de las leyes de la naturaleza, por la conservación de las especies, por los movimientos de los cielos; las Potestades mantienen encadenado al infierno. La raza humana, en su conjunto y en los cuerpos sociales de las naciones y de las Iglesias, está confiada a los Principados; en tanto que el oficio de los Arcángeles, encargados de las comunidades menores, parece ser también el de transmitir a los Angeles las órdenes del cielo, con el amor y la luz que baja para nosotros de la primera y suprema jerarquía. ¡Abismos de la Sabiduría de Dios! Así pues, el conjunto admirable de ministerios dispuesto entre los diversos coros de los espíritus celestiales, se ordena, como fin, a la custodia inmediatamente confiada a los más humildes de ellos, a la custodia del hombre, para quien fué creado el universo. Lo mismo afirma la Escuela; y lo dice el Apóstol: ¿No son todos ellos espíritus ministrantes, enviados vara servicio en favor de los que han de heredar la salud?

OFICIO DE LOS ANGELES CUSTODIOS. — "Los Angeles, dice San Lorenzo Justiniano, observan nuestras diversas acciones; nos exhortan, nos incitan, nos levantan después de nuestras caídas, y vigilan en derredor de la Iglesia militante. Sin parar, suben y bajan; siempre andan contentos, siempre solícitos, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, a ofrecer a Dios nuestras obras, nuestras lágrimas y nuestras oraciones. Nos traen del altar de Dios, es decir, de la humanidad de Cristo, el fuego de la caridad, el ardor de la fe, y la esperanza de tener parte un día en la gloria de los Santos. Nos muestran el triunfo de los mártires para darnos mayores ánimos; la puerta del cielo abierta, para inducirnos a despreciar el mundo; la presencia continua de Dios, para llenarnos de respeto; y por fin, la inmensidad de la dicha eterna, para excitar nuestros deseos. Cuantas más ocasiones tienen, de ejercer por nosotros estas diversas funciones, más felices y diligentes se sienten. Muy lejos de envidiar nuestros adelantos en el bien o de mermar en nada nuestros méritos, trabajan por nuestra perfección, nos instruyen en nuestros deberes y nos alientan para cumplirlos. No tienen otro deseo ni otro fin que la gloria del Omnipotente y nuestra salvación. Son los amigos de la Sabiduría, viven cerca del Verbo, exentos de toda miseria, de toda imperfección. Asimismo, al ejercer su ministerio en medio del mundo, no se manchan ni lo más mínimo, ni sienten fatiga ninguna. Aunque circunscritos por el espacio, permanecen siempre en presencia de Dios; al mismo tiempo que sirven a los hombres, no cesan de ofrecer amorosamente a su Criador el sacrificio de la alabanza; las funciones de su ministerio no los apartan del homenaje y de la gloria que deben tributar al Rey inmortal" \ Pero Dios, que se muestra espléndido en extremo con el linaje de los hombres, no se deja vencer de los gobiernos de este mundo cuando se trata de honrar con una atención especial a los príncipes de su pueblo, a los privilegiados de su gracia o a los que rigen el mundo en nombre de El; al decir de los Santos, una perfección suma, una comisión altísima en el Estado o en la Iglesia, exigen para el investido la asistencia de un espíritu también superior, sin  que el Angel de primera hora, si así se puede decir, tenga necesariamente por eso que ser revelado de su propia custodia. No hay lugar, además, para que en el campo de operaciones de la salvación, el titular celestial del puesto que se le confió desde el principio, pueda nunca temer verse solo; a su llamada, a una orden de lo alto, los ejércitos de los bienaventurados compañeros, que llenan cielos y tierra, están siempre dispuestos a prestarle su ayuda poderosa. Entre esos nobles espíritus que aspiran en la presencia de Dios a favorecer por todos los medios su amor hacia El, hay alianzas secretas que a veces Originan en este mundo entre sus devotos aproximaciones cuyo misterio se descubrirá el día de la eternidad.

LOS ANGELES EN LA CREACIÓN. — "¡Misterio profundo, dice Orígenes, la repartición de las almas entre los Angeles encargados de su custodia; secreto divino relacionado con la economía universal que descansa en el Hombre-Dios! y no sin disposiciones inefables se reparten entre las Virtudes de los cielos los servicios de la tierra, los grupos múltiples de la naturaleza: fuentes y ríos, vientos y bosques, plantas, seres animados de los continentes o de los mares, cuyos oficios se armonizan por medio de los Angeles que dirigen sus variados oficios al fin común" 1. De este modo se conserva, en su fuerte unidad, la obra del Creador. Y sobre estas palabras de Jeremías: ¿Hasta cuándo estará Itorando la tierra?, Orígenes prosigue: "La tierra se regocija o llora por cada uno de nosotros; y no sólo la tierra, sino también el agua, el fuego, el aire, todos los elementos, que aquí no hay que entender de la materia insensible, sino de los Angeles que están al frente de todas las cosas del mundo. Hay un Angel de la tierra, y ese es, juntamente con sus compañeros, el que llora por nuestros crímenes. Hay un Angel de las aguas, a quien se aplica el Salmo: Las aguas te han visto y temieron; la inquietud, se ha apoderado de los abismos; voces de las muchas aguas, voces de la tempestad: el relámpago ha surcado la nube como una flecha". La naturaleza, considerada de esta manera, es grande. La antigüedad, que abundaba en verdades y en poesía más que nuestras generaciones actuales, de ese modo contemplaba el universo. Su error consistió en adorar a esos poderes misteriosos, con perjuicio del único Dios, ante quien se inclinan los que sostienen el mundo. "Aire, tierra, océano, todo está lleno de Angeles, dice a su vez San Ambrosio. Elíseo, asediado por un ejército, no tenía miedo alguno, pues veía que le asistían escuadrones invisibles. Ojalá te abra también el profeta tus ojos y que el enemigo, aunque sea legión, no te asuste: te crees sitiado y estás libre; son menos los que están en contra nuestra que a nuestro favor".

CULTO AL ANGEL DE LA GUARDA.— Para terminar, escuchemos hoy, como lo hace la Iglesia, al Abad de Claraval, a cuya elocuencia parece que en esta ocasión la nacen alas: "En todo lugar muéstrate respetuoso con tu Angel. Muévate a rendir culto a su grandeza el agradecimiento por sus beneficios. Ama a ese futuro coheredero, que ahora es el tutor designado por el Padre para ¡os días de tu niñez. Porque, aunque somos hijos de Dios, no pasamos ahora de niños y el camino es largo y peligroso. Pero Dios ha mandado a sus Angeles que te guarden en todos tus caminos; y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece en las piedras. Pisarás sobre áspides y basiliscos y hollarás al león y al dragón. Ciertamente, por donde el camino es fácil para un niño, su ayuda se reducirá a ser simplemente un guía, a sostenerte como se hace con los niños. Pero la prueba ¿corre peligro de exceder a tus fuerzas? Te llevarán en sus manos. ¡Manos de Angeles! ¡Cuántos atolladeros temibles, saltados como sin darse cuenta merced a esas manos, sólo dejarán en el hombre la impresión de una pesadilla desvanecida rápidamente!


AGRADECIMIENTO A LOS ANGELES. — Santos Angeles, benditos seáis porque los crímenes de los hombres no cansan vuestra caridad; os damos gracias, entre otros muchos beneficios, por el de conservar la tierra habitable, dignándoos permanecer siempre en ella. Hay muchas veces peligro de que la soledad se haga pesada al corazón de los hijos de Dios en las grandes ciudades y en los caminos del mundo, donde no se codean más que desconocidos o enemigos; pero, si el número de los justos ha disminuido, no disminuye el vuestro. Y en medio de la multitud apasionada, como también en el desierto, no hay un ser humano que no tenga junto a si a su Angel, representante de la Providencia universal sobre los buenos y los malos. Espíritus bienaventurados, tenemos con vosotros la misma patria, el mismo pensamiento y el mismo amor; ¿por qué han de turbar los ruidos confusos de una turba frivola la vida del cielo que desde ahora podemos ya vivir con vosotros? El tumulto de las plazas públicas ¿os impide acaso formar allá vuestros coros, o impide al Todopoderoso percibir en ellas vuestras armonías? También nosotros queremos cantar por doquier al Señor y unir continuamente nuestras adoraciones a las vuestras, viviendo por la fe en lo escondido del rostro del Padre cuya continua contemplación os arroba a vosotros. Penetrados de ese modo del vivir angélico, la vida presente no nos ofrecerá ninguna inquietud, ni tampoco la eterna, sorpresa alguna. 

Ite Missa est


VIGESIMO DOMINGO
DESPUES DE PENTECOSTES



MISA

JUDÍOS Y GENTILES. —El Evangelio de hace ocho días tenía por objeto la promulgación de las bodas entre el Hijo de Dios y el género humano. La realización de estas bodas sagradas es el fin que Dios se propuso en la creación del mundo visible, y el único que intenta en el gobierno de las sociedades. Por tanto, no debe admirarnos que la parábola evangélica, al revelarnos el pensamiento divino sobre este punto, haya puesto en claro también el gran hecho de la reprobación de los judíos y de la vocación de los gentiles, que es a la vez el más importante de la historia del mundo y el más íntimamente ligado a la consumación del misterio de la unión divina. Pero la exclusión de Judá ha de cesar un día. Su obstinación fué el motivo de que a los gentiles se dirigiese el mensaje de amor. Hoy todas las naciones han oído la invitación celestial; ya falta poco para completar a la Iglesia en sus miembros con la entrada de Israel, y para dar a la Esposa la señal de la llamada suprema que pondrá fin al largo trabajo de siglos, haciendo aparecer al Esposo. La envidia santa que quería despertar el Apóstol en los hombres de su raza al dirigirse hacia las naciones, se dejará sentir en el corazón de los descendientes de Jacob. ¡Qué alegría en el cielo al ver que su voz arrepentida y suplicante se une en presencia de Dios a los cantos de alegría de la gentilidad, que celebra la entrada de sus pueblos innumerables en la sala del banquete divino! Semejante concierto será en verdad el preludio del gran día que ya de antemano saludaba San Pablo, al decir a los judíos en su entusiasmo patriótico: Si su caída fué la riqueza del mundo y su mengua la riqueza de los gentiles, ¿qué será su plenitud La misa del Domingo vigésimo después de Pentecostés nos permite gustar por anticipado ese momento feliz, en que el nuevo pueblo no estará ya solo para cantar reconocido los favores de Dios. Están concordes los antiguos liturgistas en afirmar que componen la misa, por partes iguales, los acentos de los profetas de que se sirve Jacob para expresar su arrepentimiento y merecer nuevamente los beneficios divinos, y fórmulas inspiradas por las que exhalan su amor las naciones que ya tienen su puesto en la sala del festín de las bodas. En el Gradual y en la Comunión oímos al coro de los Gentiles, y al coro de los Judíos en el Introito y el Ofertorio. El Introito está sacado de Daniel. El profeta desterrado con su pueblo e§ Babilonia, en un cautiverio cuyos largos padecimientos fueron figura de los dolores de distinta manera prolongados en la peregrinación actual de la vida, vuelve a gemir con Judá en tierra extranjera y comunica a sus compatriotas el gran secreto de la reconciliación con el Señor. Este secreto lo desconoció Israel después del drama del Calvario, pero, en los siglos anteriores de su historia, había tenido de él noticias muy claras y había sentido muchas veces también los saludables efectos. Consiste, como siempre, en el humilde reconocimiento de las faltas cometidas, en el pesar suplicante del culpable y en la confianza firme de que la misericordia infinita sobrepuja a los crímenes más enormes.

INTROITO
Todo lo que has hecho con nosotros, Señor, lo has hecho con justo juicio: porque hemos pecado contra ti y no hemos obedecido tus mandatos: pero da gloria a tu nombre y haz con nosotros según tu gran misericordia.
Salmo: Bienaventurados los puros en su camino: los que andan en la ley del Señor. Gloria al Padre.

El perdón divino, que devuelve al alma la pureza y la paz, es como el preliminar indispensable de las bodas sagradas; la veste nupcial de los convidados debe estar sin mancha so pena de ser excluido, y su corazón sin inquietudes, para no llegarse a la mesa del Esposo con tristeza. Imploremos este perdón inestimable, que el Señor nos concederá de buen grado pidiéndoselo por intercesión de su Esposa la Santa Madre Iglesia.


COLECTA
Suplicamos le, Señor, concedas benigno a tus fieles el perdón y la paz: para que se purifiquen de todos sus pecados y, a la vez, te sirvan con un corazón tranquilo. Por Nuestro Señor Jesucristo.

Lección de la Epístola del Ap. San Pablo a los Efesios
(Ef., V, 15-21).

Hermanos: Cuidaos de caminar cautamente: no como necios, sino como sabios, redimiendo el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no seáis imprudentes, sino inteligentes, averiguando cuál sea la voluntad de Dios. Y no os embriaguéis con vino, en el cual está la lujuria: sino henchíos del Espíritu Santo, hablando entre vosotros con salmos e himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor en vuestros corazones: dando siempre gracias por todo, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, a Dios Padre. Sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.

El acercarse la consumación de las bodas del Hijo de Dios coincidirá aquí en la tierra con un aumento de la furia del infierno para perder a la Esposa. El dragón del Apocalipsis desencadenará todas las pasiones para arrastrar en su empuje a la verdadera madre de los vivientes. Pero será impotente para mancillar el pacto de la alianza eterna y, sin fuerzas ya contra la Iglesia, dirigirá sus iras contra los últimos hijos de la nueva Eva, a quienes está reservado el honor peligroso de las luchas supremas descritas por el profeta de Patmos.

INTEGRIDAD DE LA DOCTRINA. — Entonces sobre todo, los cristianos fieles deberán recordar los consejos del Apóstol y portarse con la circunspección que nos recomienda, poniendo sumo cuidado en conservar pura su inteligencia no menos que su voluntad, en estos días malos. Porque para entonces, la luz no sólo tendrá que resistir los asaltos de los hijos de las tinieblas, que hacen ostentación de sus doctrinas perversas, sino que tal vez se amortigüe y adultere por culpa de las flaquezas de los hijos de la luz en el terreno de los principios, por las tergiversaciones, transacciones y humana prudencia de los que se tienen por sabios. Muchos parecerá que ignoran prácticamente que la Esposa del Hombre-Dios no puede sucumbir al choque de fuerza alguna creada. Si recuerdan que Cristo se comprometió a defender a su Iglesia hasta el fin del mundo, no dejarán de creer que hacen una obra admirable al proporcionar a la buena causa la ayuda de una política de concesiones que no siempre se pesan suficientemente en la balanza del santuario: sin contar que el Señor no necesita de habilidades torcidas para ayudarla a cumplir su promesa; y no se necesita decir sobre todo, que la cooperación que se digna aceptar de los suyos en defensa de los derechos de la Iglesia, no puede consistir en el menoscabo u ocultación de las verdades que constituyen la fuerza y la belleza de la Esposa. ¡Cuántos olvidarán la máxima de San Pablo escribiendo a los Romanos, que acomodarse a este mundo, buscar una adaptación imposible del Evangelio a un mundo descristianizado, no es medio para llegar a distinguir de modo seguro lo trueno, lo mejor, lo perfecto a los ojos del Señor! En muchas circunstancias de estos malhadados tiempos, será también un mérito grande y raro, comprender únicamente cuál es la voluntad de Dios, como lo dice nuestra Epístola. Cuidad, diría San Juan, de no perder el fruto de vuestras obras; aseguraos la total recompensa que sólo se concede a la plenitud constante de la doctrina y de la fe. Por lo demás, entonces como siempre, según la palabra del Espíritu Santo, la sencillez de los justos los guiará de un modo seguro; la Sabiduría les concederá la humildad.

REDIMIR EL TIEMPO. — El único afán de los justos será, pues, acercarse más y más siempre a su Amado mediante una semejanza cada vez mayor con El, es decir, por una reproducción más acabada de la verdad en sus palabras y acciones. Y en esto servirán a la sociedad, como se debe, poniendo en práctica el consejo del Señor, que nos pide buscar primero el reino de Dios y su justicia, y en lo demás confiarnos a El. Interpretarán para su uso de distinta manera el consejo que nos da el Apóstol de redimir el tiempo dejando a otros la búsqueda de combinaciones humanas y complicadas, de compromisos inciertos, que en el plan de sus autores están ordenados a retrasar algunas semanas, algunos meses acaso, la ola ascendente de la revolución. El Esposo compró el tiempo a precio muy alto para que sus miembros místicos lo empleasen en la glorificación del Altísimo. La multitud le perdió descarriada en la rebeldía y en los placeres, y las almas fieles le redimieron poniendo tal intensidad en los actos de su fe y de su amor, que, si ello es posible, no decreciese hasta el último instante el tributo que ofrecía todos los días la tierra a la Suma Trinidad. Contra la bestia de boca insolente y llena de blasfemias, ellos se apropiarán el grito de Miguel frente a Satanás, impulsor de la bestia: ¿Quién como Dios? El pueblo antiguo cantó, en el Introito, su arrepentimiento y su humilde confianza. Los Gentiles, en el Gradual, cantan sus esperanzas sobradamente cumplidas en las delicias del banquete nupcial.

GRADUAL
Los ojos de todos están fijos en ti. Señor: y tú das a todos el sustento en tiempo oportuno. J. Abres tu mano: y llenas de bendición a todo viviente. Aleluya, aleluya. J. Preparado está mi corazón, oh Dios, preparado está mi corazón: te cantaré y entonaré salmos a ti, gloria mía. Aleluya.

EVANGELIO
Continuación del santo Evangelio, según San Juan
(Jn., IV, 46-53).

En aquel tiempo había un régulo cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm. Cuando supo que Jesús venía de Judea a Galilea, fué a él y le rogó que bajase, y curase a su hijo, que comenzaba a morirse. Dijóle entonces Jesús: Si no viereis milagros y prodigios, no creéis. Díjole el régulo: Señor, baja antes de que muera mi hijo. Díjole Jesús: Vete, tu hijo vive. Creyó el hombre lo que le dijo Jesús, y se fué. Cuando ya bajaba, le salieron al encuentro los siervos y le dijeron que su hijo vivía. El les preguntó la hora en que había mejorado. Y le dijeron: Ayer, a las siete, le dejó la fiebre. Y vió el padre que era la misma hora en que le había dicho Jesús: Tu hijo vive: y creyó él
y toda su casa.

El Evangelio se toma hoy de San Juan, y es la primera y la única vez en todo el curso de los Domingos después de Pentecostés. Del Oficial de Cafarnaúm recibe el nombre este vigésimo Domingo. La Iglesia le ha escogido porque no deja de haber cierta relación misteriosa en el estado del mundo, con los tiempos a que se refieren proféticamente los últimos días del ciclo litúrgico.

EL MUNDO ENFERMO. — El mundo va camino de su fin y empieza también a morir. Minado por la fiebre de las pasiones en Cafarnaúm, la ciudad del lucro y de los placeres, no tiene ya fuerzas para ir por sí mismo ante el médico que podría curarle. Su padre, los pastores que le han engendrado por el bautismo a la vida de la gracia, los que gobiernan al pueblo cristiano como oficiales de la santa Iglesia, son los que tienen que presentarse ante el Señor a pedirle la salud del enfermo. El discípulo amado nos hace saber, al principio de su relato que encontraron a Jesús en Caná, la ciudad de las bodas y de la manifestación de su gloria en el banquete nupcial; el Hombre-Dios reside en el cielo desde que abandonó nuestra tierra, y dejó a sus discípulos, huérfanos del Esposo, ejercitarse por algún tiempo en la tierra de la penitencia.

EL REMEDIO. — El único remedio está en el celo de los pastores y en la oración de la porción del rebaño de Cristo que no se ha dejado arrastrar por las seducciones del libertinaje universal. Pero ¡cuánto importa que fieles y pastores, sin rodeos personales, entren de lleno sobre este punto en los sentimientos de la santa Iglesia! A pesar de la ingratitud más insultante de las injusticias, calumnias y perfidias de todo género, la madre de los pueblos olvida sus injurias para pensar sólo en la saludable prosperidad  y en la salvación de las naciones que la insultan; ruega como lo hizo siempre y con más ardor que nunca, para que tarde en llegar el fin, pro mora finis.

EL PODER DE LA ORACIÓN. — Para responder a su pensamiento, "juntémonos, pues, como dice Tertuliano, en un solo regimiento, en una sola asamblea para ir al encuentro de Dios y sitiarle con nuestras oraciones como con un ejército. Le agrada esta violencia". Pero a condición de que se base en una fe íntegra y que no vacile por nada. Si nuestra fe nos da la victoria sobre el mundo, ella es también la que triunfa de Dios en los casos más peligrosos y desesperados. Pensemos, como la Iglesia, nuestra Madre, en el peligro inminente de tantos desgraciados. No tienen disculpa, ciertamente: el último Domingo se les recordaba otra vez los llantos y el crujir de dientes que en las tinieblas exteriores están reservados a los despreciadores de las bodas sagradas. Pero son hermanos nuestros y no debemos conformarnos tan fácilmente con la pena de su pérdida. Esperemos contra toda esperanza. El Hombre Dios, que sabía con ciencia cierta la inevitable condenación de los pecadores empedernidos, ¿no derramó también por ellos toda su sangre? Queremos merecer el unirnos a El por una semejanza completa. Resolvámonos, pues, a imitarle también en esto, en la medida que podamos; roguemos sin tregua ni reposo por los enemigos de la Iglesia y por los nuestros mientras su condenación no sea un hecho consumado. En este orden de cosas, todo es útil, nada se pierde. Suceda lo que sucediere, el Señor será glorificado por nuestra fe y por el ardor de nuestra caridad. Pongamos todo nuestro esmero únicamente en no merecer los reproches que dirigía a la fe incompleta de la generación de que formaba parte el oficial de Cafarnaúm. Sabemos que no necesita bajar del cielo a la tierra para dar su eficacia a las órdenes emanadas de su voluntad misericordiosa. Si tiene a bien multiplicar los milagros y los prodigios en nuestro derredor, le quedaremos agradecidos por nuestros hermanos más flacos en la fe: de aquí debemos tomar ocasión para ensalzar su gloria, pero afirmando que nuestra alma no necesita ya para creer en El de las manifestaciones de su poder. El antiguo pueblo, arrastrando su merecida desdicha a través de todas las tierras lejanas, vuelve hoy en el Ofertorio a sentimientos de penitencia y canta ahora con la Iglesia su admirable Salmo 136, que superó siempre a todo canto de destierro de cualquier lengua.

OFERTORIO
Junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos, al acordarnos de ti, Sión.

Todo el poder de Dios, que cura con una palabra las almas y los cuerpos, reside en los Misterios preparados sobre el altar. Pidamos, en la Secreta, que su virtud obre en nuestros corazones.

SECRETA
Suplicamoste, Señor, hagas que estos Misterios nos sirvan de medicina celestial y purifiquen los vicios de nuestro corazón. Por Nuestro Señor Jesucristo.

La palabra que nos recuerda la antífona de la Comunión y que sirvió para levantar al hombre abismado en su miseria, es la del Evangelio del banquete divino: ¡Venid a las bodas! Pero el hombre, deificado ya por su participación aquí abajo en el Misterio de la fe, aspira a la perfección eterna de la unión en el mediodía de la gloria.

COMUNION
Acuérdate, Señor, de la promesa hecha a tu siervo, con la cual me diste esperanza: ésta es la que me ha consolado en mi humillación.

Como lo expresa la Poscomunión la mejor preparación que puede llevar el cristiano a la santa mesa es una fidelidad constante en observar los divinos mandamientos.


POSCOMUNION
Para que seamos dignos, Señor, de estos sagrados dones, haz, te suplicamos, que obedezcamos siempre tus mandatos. Por Nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 1 de octubre de 2016

TRATADO DEL AMOR A DIOS - San Francisco de Sales

FIN DEL LIBRO II DEL TRATADO DEL AMOR DE DIOS

Podemos, pues, muy bien afirmar, mi querido Teótimo, que la penitencia es una virtud enteramente cristiana, y en ella estriba casi toda la filosofía evangélica, según la cual, el que dice que no peca, es un insensato, y el que cree que puede poner remedio al pecado sin penitencia es un loco; porque ésta es la exhortación de las exhortaciones del Señor: haced penitencia. Ahora bien, ved una breve descripción del proceso de esta virtud. Comenzamos por sentir profundamente que, en cuanto de nosotros depende, ofendemos a Dios con nuestros pecados, despreciándole Y deshonrándole, desobedeciéndole y rebelándonos contra el Señor, quien, a su vez, se siente ofendido, irritado y despreciado, y reprueba y abomina la iniquidad. De este verdadero sentimiento nacen muchos motivos, los cuales, o todos, o en parte, o cada uno en particular, pueden movernos a arrepentimiento arrepentimiento. Otras veces, consideramos la fealdad Y la: malicia del pecado, tal como la fe nos lo enseña; por ejemplo; consideramos que, por el pecado, la semejanza o la imagen de Dios que resplandece en nosotros, queda manchada y desfigurada, y deshonrada la dignidad de nuestro espíritu.  También, en algunas ocasiones, nos mueve a penitencia la hermosura de la virtud., que nos acarrea tantos bienes, como males el pecado, y nos excitan, muchas veces, los ejemplos de los santos, pues la sola lectura de su vida conmueve a aquellos que no están del todo embrutecidos.

Que la penitencia sin el amor es imperfecta.

El temor y los demás motivos de arrepentimiento de que hemos hablado, son buenos en cuanto son el principio de la, sabiduría cristiana que consiste en la penitencia; pero el que, con propósito deliberado no quisiera, en manera alguna, llegar al amor, que es la perfección de la penitencia, ofendería gravemente a Aquel que todo lo ha vinculado a su amor, como al fin de todas las cosas.  El arrepentimiento que excluye el amor de Dios, es infernal y parecido al de los condenados.  El arrepentimiento que no rechaza el amor de Dios, aunque todavía no lo contenga, es bueno y deseable, pero es imperfecto, y no puede salvarnos, hasta que llegue a dar alcance al amor y ande mezclado con él, porque, así como dijo el gran Apóstol, que, aunque entregase su cuerpo a las llamas y diese todos sus bienes a los pobres, todo sería inútil sin la caridad, de la misma manera podemos decir, con verdad, que, aunque nuestra penitencia sea tan grande, que su dolor haga derretir en lágrimas nuestros ojos y parta nuestros corazones de pesar, de nada servirá para la vida eterna, si no tenemos un santo amor de Dios.       

Cómo la mezcla del amor con el dolor se realiza en
la contrición

Entre las tribulaciones y los pesares de un vivo arrepentimiento, Dios introduce, con mucha frecuencia, en el fondo de nuestro corazón, el fuego sagrado de su amor; después este amor se convierte en agua de muchas lágrimas, las cuales, en virtud de una nueva transformación, se convierten de nuevo en un mayor fuego de amor.  De esta manera, la célebre amante arrepentida amó primero a su Salvador, y este amor se convirtió en llanto, y este llanto en un más excelente amor; por lo cual dijo nuestro Señor que se le habían perdonado muchos pecados porque había amado mucho. La penitencia es un verdadero desagrado, un dolor real, un arrepentimiento, pero, con todo, encierra la virtud y las propiedades del amor, como que proviene de un motivo amoroso, y, por esta propiedad, da la, vida de la gracia. Por esta causa, la perfecta penitencia produce dos efectos diferentes: porque, en virtud de su dolor y de la detestación que incluye, nos separa del pecado y de las criaturas, a las cuales el deleite nos había unido; y, en virtud del motivo amoroso del cual trae su origen, nos reconcilia y nos une con  Dios, del cual nos habíamos alejada por el desprecio; de forma que, al mismo tiempo que nos aparta del pecado, en su calidad de arrepentimiento, nos une con Dios, en su calidad de amor.

Este arrepentimiento amoroso se practica, ordinariamente, por ciertas aspiraciones o elevaciones del corazón a Dios, parecidas a las de los antiguos penitentes: vuestro soy, Señor, salvadme; Tened piedad, de mi, Dios mío, tened piedad de mí, ya que mi alma tiene puesta en Vos su confianza. Sálvame, oh. Dios, porque las aguas han entrado hasta mi alma:". Trátame como a uno de tus jornaleros Dios mío, ten misericordia de mi, que soy un pecador". No sin razón han dicho algunos que la oración justifica, porque la oración penitente, o el arrepentimiento suplicante al levantar el alma hacia Dios y al unirla de nuevo con su bondad, obtienen, indudablemente, el perdón, en virtud del santo amor producido por aquel santo movimiento. Debemos, por lo mismo, echar mano de aquellas  jaculatorias que suponen un amoroso arrepentimiento y un deseo ansioso de reconciliación con Dios, para que, presentando, por su medio, al Salvador nuestra tribulación  derramemos nuestras almas delante y dentro de su compasivo  corazón, que las escuchará con benevolencia.

Cómo los llamamientos amorosos de Dios nos ayudan y nos acompañan hasta conducirnos a la fe y a la caridad

Entre el primer despertar del pecado o de la incredulidad y la resolución última de creer perfectamente, transcurre, con frecuencia, mucho tiempo, durante el cual se puede orar, como lo hizo el padre del pobre lunático, el cual, según refiere San Marcos, al confesar que creía, es decir, que comenzaba a creer, reconoció, a la vez, que no creía bastante, pues exclamó: Creo, señor, pero aumentad mi fe. La inspiración celestial viene a nosotros y nos previene moviendo nuestras voluntades al santo amor de Dios. Si nosotros no la rechazamos, nos envuelve y nos mueve, y nos impele continuamente hacia adelante; si no la dejamos, ella no nos deja sin dejarnos antes en el puerto de la caridad santísima, desempeñando por nosotros los tres oficios que el ángel San Rafael hizo por su amado Tobías: nos guía en nuestro viaje, por la santa penitencia; nos guarda de los peligros y, de los asaltos del demonio, y nos consuela, anima  y fortalece en las dificultades. Has visto, Teótimo, de qué manera Dios, mediante un proceso lleno de suavidad inefable, conduce al alma, a la que Él mismo hace salir del Egipto del pecado, de amor en amor, como de mansión en mansión, hasta hacerla entrar en la tierra prometida, es decir, en la caridad santísima, la cual, por decirlo con una sola palabra, es una amistad, y no un amor interesado; no es una simple amistad, sino una amistad de dilección, por la cual escogemos a Dios, para amarle con un amor particular: porque la caridad ama a Dios por una estima y una preferencia de su bondad, tan alta y tan encumbrada sobre toda otra estima, que es un amor que las fuerzas de la naturaleza, ni humana ni angélica, no pueden producirlo, sino que es el Espíritu Santo quien lo da y lo derrama sobre nuestros corazones.

Esta es la causa por la cual la llamamos amistad sobrenatural; pero también la llamamos, así, porque se refiere a Dios y tiende hacia Él, no según la ciencia natural que tenemos de su bondad, sino según el conocimiento sobrenatural de la fe. Por lo cual, junto con la fe y la esperanza establece su morada en la cumbre más alta del espíritu y, como reina llena de majestad, se sienta en la voluntad, como en su trono, y desde allí derrama sobre toda el alma sus suavidades y dulzuras, haciéndola, por este medio, toda hermosa, grata y amable a la divina bondad, de suerte que, si el alma es un reino en el cual el Espíritu Santo es el rey, la caridad es la reina, sentada a su diestra, con vestido bordado en oro y engalanada can varios adornos»,  Luego, la caridad es UD amor de amistad; una amistad de dilección, una dilección de preferencia pero  de preferencia incomparable, soberana y sobrenatural, la cual es como un sol en el alma para embellecerla con sus rayos, en todas sus facultades espirituales para perfeccionarla, en todas las potencias para regirla, pero, en la voluntad, como en su trono, para residir en ella y hacer que quiera y ame a Dios sobre todas las cosas.

¡Oh! ¡Bienaventurado el espíritu en el cual se hubiere derramado este amor, pues, juntamente con el recibirá todos los bienes.


Los Martires Cristeros

Toreando Balas y... Velando Placas

Las cercanías del Pueblito de Guachinango del cantón de Mascota, Estado de Jalisco, fueron, durante el año de 27 y mitad del 28, teatro de increíbles hazañas del ejército cristero. Los súbditos de Cristo Rey, como gustaban ser llamados aquellos valientes, dieron muestras del gran valor del mexicano, cuando está empeñado en una causa justa y noble, sobre todo, si en ella campean los intereses religiosos. Ya hemos dicho en otro artículo, cómo los oficiales del ejército francés de los tiempos del Imperio de Maximiliano, ejército reputado por el mejor del mundo, no cabían en sí de admiración, al ser testigos del desprecio a la vida y el entusiasmo en la lucha del soldado mexicano, y solían decir: ¡Con soldados mexicanos, nos comprometemos a conquistar al mundo entero en unos cuantos meses! Dijérase al oír referir algunos hechos de los cristeros, que se trataba de una de esas leyendas heroicas, que todos los pueblos cuentan en su haber.

Pero no es una leyenda, sino una verídica historia, la que se refiere por ejemplo, del jefe cristero Andrés Solís, quien ponía su valor y sangre fría al servicio de su buen humor. Aficionado a la diversión taurina y gran jinete, solía al comenzar cualquiera de esos combates de guerrillas contra las fuerzas perseguidoras, adelantarse en su "cuaco" hasta muy cerca del frente del gobierno, y desplegando un gran lienzo colorado que llevaba a prevención, comenzaba a torear con maestría incomparable las balas que le enviaban los furiosos enemigos. ¡Cosa increíble que en aquel jaripeo de nuevo cuño, sólo alguna que otra vez sacaba un rasguño sin importancia!

— ¿Cómo le hace, D. Andrés —le preguntaban sus asombrados compañeros—, para ver la bala que viene?

— ¿La bala? Yo no la veo; lo que veo es el "bujero" del rifle, que me apunta para hacerme blanco; y hago que mi cuaco, que es muy ligero y dócil se desvíe, no más veinte centímetros del punto por donde sé que ha de pasar la cochina bala. Pero para decir a ustedes verdad, es el Ángel de mi guarda, quien me da repentinamente la trayectoria de la bala, para demostrar a los "guachos" que Dios no está con ellos, por malvados, sino con nosotros los que peleamos por Cristo Rey.

Y en efecto después de un rato de aquellos asombrosos capeos, paraba a su caballo en lugar defendido y apeándose de un salto, empuñaba el rifle y gritaba a los enemigos: ¡Ahora voy yo! Y con su certerísima puntería, él solo, hacía volver grupas a una patrulla de callistas, después de haber dejado algunos caballos y sus jinetes, tendidos en el campo. Claro está, que aquello era una temeridad, a la que no autoriza de ninguna manera la confianza que debemos tener en Dios y en el Ángel de nuestra guarda, cuando sólo por una necesidad verdadera y justificada, tenemos que ponernos en algún peligro. Pero este hecho, entre otros demuestra la gran fe que tenían aquellos cristeros en la justicia de la causa por que ofrendaban su misma vida; y al mismo tiempo que Dios se valía de aquella poca ilustrada fe, para infundir valor y denuedo a los compañeros de Solís. Muchos jóvenes en efecto de la aldea de Guachinango, de las rancherías cercanas y aún de Manzanillo y Compostela, electrizados por el valor de sus jefes, causaron no pocas derrotas al ejército enemigo. Entre los nombres de aquellos héroes cristianos, quiero salvar del olvido a Fidencio Castillo, de 18 años de edad, a Ignacio Arreóla Robles de 16, a David "el güero" de la misma edad, a los hermanos Filomeno y Arturo Dueñas, a Trinidad López e Inés Quintana, a Jesús Ramírez Martínez, muertos todos en los combates por Cristo Rey; y a otros dos jefes de la misma región: Manuel Moreno, y Esteban Caro, quien nunca dejó de introducirse arrojadamente en las mismas filas de los callistas, abriéndose paso a machetazos y derribando como filas de naipes a los que se le oponían, hasta que un día un tiro traidor por la espalda le dio gloriosa muerte. Naturalmente las hazañas de los cristeros de Guachinango y Atenquillo, hacían temblar de rabia a los perseguidores y se propusieron vengar sus derrotas en los pacíficos habitantes de las rancherías cercanas a Guachinango, haciendo frecuentes incursiones aun en mitad de la noche, para aprisionar y asesinar muchas veces a los inocentes campesinos, sembrando por todas partes el terror, sin lograr por eso hacerles renegar de su fe católica. ¡Cuántos mártires heroicos cayeron en aquellas redadas nocturnas, cuyos nombres sólo conoce Dios, que ya les habrá dado el premio a su fe y valor cristiano! En una noche tempestuosa el 18 de junio de 1928, los habitantes de la ranchería de Pánico dormían perfectamente descuidados, porque a causa de la crecida del río de Atenquillo, estaban completamente aislados, interrumpida la comunicación única que había por el rancho de La Laja con el resto de la región. No obstante eso los merodeadores callistas que aterrorizaban la comarca, lograron no se sabe cómo abrirse paso, y a la media noche cayeron como fantasmas de pesadilla, sobre los pacíficos habitantes. Entraron en las casuchas y jacales y despertando entre gritos e injurias a los infelices, comenzaron a aprehenderlos, bajo la falsa acusación de que eran todos cristeros.

Entre los asustados campesinos se encontraba un sacerdote, el señor cura de Guachinango, D. José María Galindo. Era éste un venerable y celoso ministro de Dios, perteneciente a la Diócesis de Tepic, que desde -el año de 1926 al suspenderse los cultos católicos, por orden de sus superiores había buscado refugio en la aldea jalisciense, para continuar allí, clandestinamente por supuesto, su sagrado ministerio, desde la casa cural de la Parroquia de Guachinango, dentro de cuyos muros celebraba diariamente la Santa Misa con la asistencia privada de los vecinos, cuyos trabajos agrícolas les permitían hacerlo. Y desde allí, como desde su cuartel general, salía para recorrer la región en busca de los enfermos, para administrarles los últimos sacramentos. Predicaba, enseñaba el Catecismo a los niños, los preparaba para su Primera Comunión, bautizaba a los recién nacidos y, en una palabra, continuaba su ministerio parroquial en medio de aquellos buenos campesinos, que lo recibían gozosos en sus visitas pastorales, lo alojaban lo mejor que podían, y lo atendían agradecidos, dispuestos a defenderlo de cualquier intento malévolo. A mediados del año de 27, cuando la persecución contra el catolicismo de los mexicanos adquirió más serias proporciones, los vecinos de la ranchería de Pánico, temiendo una catástrofe, lograron persuadirle de que cambiara su residencia habitual de Guachinango, por esa ranchería, que por su posición aislada ofrecía mayores garantías para una persona tan amenazada por los enemigos de Dios, y tan necesaria para la vida espiritual de aquellas ovejas del Supremo Pastor de las almas.

Así lo hizo en efecto, cuando una guarnición federal se apoderó de la iglesita y dependencia de Guachinango, y en pánico continuó sus labores apostólicas, sin mezclarse absolutamente para nada, en el movimiento bélico de liberación. Fue táctica innoble, pero muy frecuente de los primeros perseguidores de la Iglesia de Jesucristo, como nos refiere la historia, añadir a los malos tratamientos y dolores físicos de los cristianos caídos en sus manos criminales, la calumnia de crímenes supuestos, como el de asesinatos rituales en las sesiones en que celebraban los santos Misterios, el de atentar contra la sociedad y el Imperio Romano, y otros muchos que lograron, en los así engañados e incultos paganos del pueblo, infundir la idea de que los cristianos eran una…


(Hasta aquí llego el relato, lo sentimos mucho, al parecer fue un error de imprenta, pero tampoco no es mucho lo que faltó, gracias por su comprensión) 

Ite Missa Est


1 de octubre
San Remigio,
arzobispo de Reims.
 († 533)

Epístola – Sap. XLIV, 16-27; XLV, 3-20
Evangelio – San Mateo; XXV, 14-23


San Remigio, esclarecido taumaturgo, y apóstol de Francia, fué hijo de Emilio, señor de Laón, y de santa Cilinia, cuya memoria celebra la Iglesia en 21 de octubre. Hizo rápidos progresos en las letras y virtudes, y para huir de los peligros del mundo se retiró al castillo de León. A la edad de veintidós años, por muerte de Beunado, arzobispo de Reims, fué elegido por su sucesor, dispensándole el papa la falta de años, que alegaba el santo mozo para esquivar aquella dignidad. Nota san Gregorio Turonense que fué tan eminente la santidad de su vida, que era san Remigio tan venerado en Reims como san Silvestre en Roma. Ilustróle el Señor con el don de milagros: alumbró ^ ciegos, libró endemoniados, multiplicó el vino, apagó un terrible incendio, sanó toda clase de enfermedades y resucitó algunos muertos. Pero el mayor portento de san Remigio fué la conversión del rey y de casi toda la nación francesa. Hacía cinco años que reinaba Clodoveo, el cual era gentil y estaba casado con Clotilde, y aunque esta santa reina le persuadía que dejase sus ídolos, y reconociese por verdadero Dios a Jesucristo, no podía salir con su intento. Mas haciendo Clodoveo la guerra a los alemanes y suevos, y hallándose en la jornada de Tolbiac muy apretado y en peligro inminente de perderse, pidió socorro y favor a Jesucristo, prometiéndole de hacerse cristiano si le daba victoria de sus enemigos. En habiendo hecho esta promesa se arrojó con el numeroso ejército de sus contrarios, y lo desbarató, dejando a su mismo rey tendido en el campo, y alcanzando de ellos la más completa victoria. Volvió triunfante a su reino para cumplir su palabra, y señalado el día en que había de recibir el bautismo, adornóse de telas blancas y ricas colgaduras para esta augusta ceremonia la iglesia de san Martín, que estaba afuera de los muros de Reims. las hachas y las velas, que ardían en gran número, estaban preparadas con bálsamos olorosos y suaves perfumes; y el día de la Natividad del Señor, el rey, adornado de blancas vestiduras, y tres mil catecúmenos de su corte y ejército, fueron bautizados por san Remigio, el cual dió a Clodoveo el nombre de Luis, siendo el primero de este nombre y el que dio principio a los cristianísimos reyes de Francia. Finalmente, habiendo san Remigio hecho innumerables bienes a aquel rebaño de Jesucristo y gobernado santísimamente su iglesia setenta y cuatro años, a los noventa y seis de su vida, dio su alma al Señor, con gran sentimiento y llanto de todo el reino de Francia, que perdió tan buen padre, maestro y pastor.

Reflexión:
No cabe duda que la conversión de Clodoveo y los Francos al catolicismo se debe en gran parte a las oraciones y ejemplos de su santo prelado y de la piadosa reina Clotilde. ¡Oh cuánto pueden las plegarias fervientes y el buen ejemplo de un celoso pastor, de una buena madre, de una esposa cristiana, de un amigo caritativo, y en general de todos los fieles para trocar los corazones! Cuando, desatados de los lazos del cuerpo, entremos en la posesión de los bienes eternos, veremos sin duda que más conversiones han obrado la oración y la fragancia de las virtudes de los siervos de Dios, que la predicación de los varones apostólicos, pues aun ésta, por sí sola y destituida de aquélla, quedaría en gran parte frustrada.

Oración:

Concédenos, oh Dios omnipotente, que la venerable festividad de tu confesor y pontífice el bienaventurado Remigio, nos aumente la devoción y el deseo de nuestra eterna salud. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.