miércoles, 9 de diciembre de 2020

¡Abrid los ojos!‎

 

Distribución geográfica de las 11 comunidades culturales rivales que hoy existen en ‎Estados Unidos.‎
Fuente: Colin Woodard ‎


Muchos creen ver en el resultado de esta elección presidencial estadounidense el triunfo ‎de los demócratas y de un senador senil. Error. Lo que estamos viendo es la victoria de ‎la corriente puritana sobre la tendencia jacksoniana. Es una victoria que no refleja ‎en nada las opiniones políticas de la ciudadanía estadounidense y sólo encubre la crisis ‎de civilización en la que su país está hundiéndose. ‎

La elección presidencial estadounidense de 2020 viene a confirmar la tendencia general surgida ‎desde la disolución de la Unión Soviética: la población estadounidense vive una crisis de ‎civilización y se dirige inexorablemente hacia una nueva guerra civil, que debería desembocar ‎lógicamente en el fraccionamiento de su país. Esa inestabilidad también pondría fin al estatus de ‎hiperpotencia que aún mantiene Occidente. ‎

Para entender lo que está sucediendo es necesario sobreponerse al espanto que sobrecoge a las ‎élites europeas ante el anuncio de la desaparición que la potencia que las protege desde hace ‎tres cuartos de siglo y mirar con honestidad la historia mundial de los 30 últimos años. Hay que ‎hacer un profundo recuento de la historia de Estados Unidos y analizar nuevamente su ‎Constitución. ‎

La hipótesis de la disolución de la OTAN y de los Estados Unidos de América

Cuando, al cabo de tres cuartos de siglo de dictadura, se derrumbó la Unión Soviética, todos ‎los que deseaban verla desaparecer quedaron sorprendidos. Durante años la CIA había ‎organizado un sabotaje sistemático de la economía soviética y denigrado todas sus realizaciones, ‎pero no había previsto que los pueblos pudieran llegar a derrocarla… en nombre de los ideales ‎de Occidente. ‎

Todo comenzó con una catástrofe a la que el Estado no supo responder: el accidente nuclear de ‎Chernobil, en 1986. Un cuarto de millón de soviéticos tuvo que huir definitivamente de ‎su propia tierra. Tal muestra de incompetencia marcó el fin de la legitimidad del régimen ‎soviético. A partir de aquel momento, en sólo 5 años los aliados reunidos en el Pacto ‎de Varsovia recuperaron su independencia y la Unión Soviética se desmembró. Las juventudes ‎comunistas asumieron la concretización de aquel proceso, que a última hora fue desvirtuado por ‎el alcalde de Moscú, Boris Yeltsin, a la cabeza de un equipo formado en Washington. ‎El subsiguiente saqueo de los bienes de la colectividad y el desplome de la economía provocado ‎por ese saqueo significaron para la nueva Rusia un siglo de retroceso. ‎

Un proceso similar debería llevar a la desaparición de Estados Unidos. El país perderá su fuerza ‎centrípeta y sus vasallos acabarán abandonándolo antes del derrumbe final. Sólo tendrán ‎posibilidades de salir mejor quienes hayan abandonado el barco antes del hundimiento. ‎Normalmente, la OTAN debería extinguirse antes que Estados Unidos, de la misma manera que el ‎Pacto de Varsovia se extinguió antes que la URSS. ‎

La fuerza centrífuga que afecta a Estados Unidos

Con sólo 200 años de historia, Estados Unidos es muy joven como país. Su población aún sigue en ‎plena formación, con oleadas sucesivas de inmigrantes provenientes de las más diversas regiones ‎geográficas. Siguiendo el modelo británico, esos inmigrantes se unen en comunidades, según ‎su origen, comunidades que conservan su propia cultura y no se mezclan con las demás. ‎El llamado melting pot fue un concepto que en realidad existió sólo con el regreso de los ‎soldados negros que combatieron en la Segunda Guerra Mundial y la abolición de la segregación ‎que finalmente suscitó, en tiempos de Eisenhower y Kennedy, pero que finalmente desapareció. ‎

La población estadounidense suele desplazarse mucho de un Estado a otro. Desde la Primera ‎Guerra Mundial y hasta el fin de la guerra de Vietnam, los estadounidenses trataban de convivir ‎en ciertos barrios. Aquella movilidad de la población se perdió durante una veintena de años. Y ‎desde la disolución de la URSS los estadounidenses han vuelto a dividirse en guetos, pero ‎no en función de criterios “raciales” sino de diferencias culturales. De hecho, Estados Unidos ya ‎es un país dividido. ‎

Estados Unidos ya no es una nación sino 11 naciones diferentes. ‎

El conflicto interno de la cultura anglosajona

La mitología estadounidense vincula la existencia del país a los 67 «Padres Peregrinos» que ‎llegaron a América a bordo del buque Mayflower. Era un grupo de fanáticos cristianos ingleses ‎que ya vivía en «comunidad» en los Países Bajos y que logró que la Corona le asignara la misión ‎de instalarse en el «Nuevo Mundo» para combatir allí el imperio español. Un grupo desembarcó ‎en el actual Massachusetts, donde instauró una sociedad sectaria: la colonia de Plymouth, ‎en 1620. Eran cristianos que imponían a sus mujeres el uso del velo y aplicaban durísimos ‎castigos corporales a quien pecaba y se alejaba de la «Vía Pura», doctrina que dio lugar a que ‎fuesen llamados «puritanos». ‎

Los estadounidenses de hoy ignoran tanto la misión política de los «Padres Peregrinos» como su ‎sectarismo y les rinden homenaje durante la celebración conocida como Thanksgiving o Día de ‎Acción de Gracias. Aquellos 67 fanáticos religiosos han tenido una influencia considerable sobre ‎un país que hoy cuenta 328 millones de habitantes. Ocho de los 46 presidentes de Estados Unidos –‎entre ellos Franklin Roosevelt, George Bush padre y George Bush hijo– se presentaron como ‎descendientes directos de aquel grupo. ‎

En Inglaterra, otros puritanos –organizados alrededor de Oliver Cromwell– protagonizaron una ‎rebelión, decapitaron al rey, instauraron una República caracterizada por su intolerancia y ‎perpetraron masacres contra los irlandeses, a quienes consideraban herejes por ser «papistas», ‎o sea católicos. Los historiadores británicos designan aquellos hechos como la «Primera Guerra ‎Civil» (1642-1651).‎

Más de un siglo después, los colonos del «Nuevo Mundo» se rebelaron contra los impuestos ‎excesivos que debían pagar a la monarquía británica e iniciaron lo que los historiadores ‎estadounidenses llaman la «Guerra de Independencia» (1775-1783), algo que los historiadores ‎británicos ven como la «Segunda Guerra Civil». Los colonos que pelearon en aquella ‎guerra eran ciertamente gente pobre sometida a durísimas condiciones de trabajo. Pero sus ‎líderes eran descendientes de los «Padres Peregrinos», deseosos de hacer prevalecer su ideal ‎sectario ante la monarquía británica que había recuperado el poder. ‎

Ochenta años después, Estados Unidos se desgarraba con la Guerra de Secesión (1861-1865), ‎conflicto que algunos historiadores estadounidenses designan como la «Tercera Guerra Civil» ‎anglosajona. Ese conflicto estalló entre los Estados que –fieles a la Constitución original– ‎deseaban mantener derechos de aduana para regular la circulación de bienes de un Estado ‎a otro y un grupo de Estados que querían transferir los derechos de aduana al nivel federal y ‎crear así un gran mercado interno. Pero en esa guerra se oponían al mismo tiempo las élites ‎puritanas del norte a las élites católicas del sur, reproduciendo así el conflicto de las dos guerras ‎anteriores. ‎

Hoy se perfila en Estados Unidos una «Cuarta Guerra Civil» anglosajona, nuevamente por ‎iniciativa de las élites puritanas. Esa continuidad se esconde bajo la transformación de esas élites ‎que, incluso sin creer en Dios, conservan el mismo fanatismo. Son esas élites puritanas las que ‎hoy se dedican a reescribir la historia del país. Según ellas, Estados Unidos es un proyecto racista ‎de los europeos que los «Padres Peregrinos» no lograron corregir. Su credo dicta que hay que ‎regresar a la «Vía Pura» mediante la destrucción de todos los símbolos del Mal –como las ‎estatuas de los monarcas, de los ingleses y de los líderes confederados. Predican y hablan lo ‎‎«políticamente correcto», aseguran que existen varias «razas» humanas, escriben «Negro» ‎con mayúscula y «blanco» con minúscula y rinden culto a los abstrusos suplementos del New York ‎Times.‎

La historia reciente de Estados Unidos

Cada país tiene sus demonios. Richard Nixon estaba convencido de que el peligro que ‎Estados Unidos tenía que evitar a toda costa no era una guerra nuclear con la URSS sino esta ‎posible «Cuarta Guerra Civil» anglosajona. Fue esa convicción lo que llevó a Nixon a recurrir al ‎especialista en este tema, el historiador Kevin Philips, quien fue su consejero electoral, ‎permitiéndole ganar dos elecciones presidenciales. Sin embargo, los herederos de los «Padres ‎Peregrinos» no aceptaron su lucha y lo hundieron con el escándalo del Watergate –en 1972–, ‎orquestado por el sucesor de Edgar Hoover, el fundador y casi sempiterno director del FBI. ‎

Cuando el poderío estadounidense comenzó a perder fuerza, el grupo de presión imperialista, ‎dominado por los puritanos, puso en el poder uno de los descendientes directos de los ‎‎67 «Padres Peregrinos», el republicano George Bush hijo. Miembros de su administración ‎organizaron un shock emocional (los atentados del 11 de septiembre de 2001) y adaptaron las ‎fuerzas armadas de Estados Unidos al nuevo capitalismo financiero, ante la mirada hipnotizada de ‎sus conciudadanos. Su sucesor, el demócrata Barack Obama, dio continuidad a lo iniciado por la ‎administración del republicano George Bush hijo, adaptando a su vez la economía ‎estadounidense. En aras de llevar a cabo esa tarea, Obama eligió la mayoría del equipo que lo ‎acompañó durante su primer mandato entre los miembros de la Pilgrim’s Society, o sea la ‎‎«Sociedad de los Peregrinos».‎

En 2016 se produjo un acontecimiento disruptivo. Un presentador de televisión que había ‎cuestionado la transformación del capitalismo estadounidense y la tesis oficial sobre los atentados ‎del 11 de septiembre, Donald Trump, se presentó como candidato a participar en la elección ‎presidencial. Comenzó conquistando el Partido Republicano y llegó a la Casa Blanca. Todos ‎los que habían participado en la caída de Richard Nixon arremetieron contra Trump, incluso antes ‎de su investidura como presidente. Finalmente han logrado impedir su reelección rellenando ‎torpemente las urnas. Lo importante es que, durante su mandato, reaparecieron siglos de ‎problemas y rencores de los que no se hablaba abiertamente. La población de Estados Unidos ‎se dividió de nuevo alrededor de los puritanos. ‎

Es por eso que, si bien resulta evidente que una mayoría de estadounidenses estuvo lejos de votar ‎con entusiasmo por un senador senil, me parece erróneo decir que esta elección presidencial ‎de 2020 era un referéndum sobre Donald Trump. En realidad, fue un referéndum sobre ‎los puritanos. ‎

Un resultado conforme con el proyecto de los «Padres Peregrinos»

Al final de la Guerra de Independencia de Estados Unidos, o Segunda Guerra Civil anglosajona, ‎los sucesores de los «Padres Peregrinos» redactaron la Constitución estadounidense. ‎No ocultaron su intención de crear un sistema aristocrático similar al modelo inglés. ‎Tampoco ocultaron su desprecio por el pueblo. Es por eso que la Constitución estadounidense ‎no reconoce la soberanía del Pueblo sino la de los gobernadores de cada Estado. ‎

El pueblo que había ganado la guerra aceptó ese estado de cosas, pero impuso a la Constitución ‎‎10 enmiendas que constituyen la Carta de Derechos (Bill of Rights) y según las cuales la clase ‎dirigente no puede, en ningún caso, violar los derechos de los ciudadanos en nombre de alguna ‎presunta «Raison d’Etat» (Razón de Estado). Aquella Constitución, así enmendada, aún ‎se mantiene en vigor en Estados Unidos. ‎

Si se acepta el hecho, ampliamente comprobado, que en el plano constitucional Estados Unidos ‎nunca ha sido ni es una democracia… no hay razón para indignarse con el resultado de las ‎elecciones. Aunque no está previsto en la Constitución, a lo largo de 2 siglos el voto popular ‎para la elección presidencial ha ido imponiéndose poco a poco en cada Estado de la unión ‎estadounidense. Los gobernadores deben seguir el resultado de ese voto al designar los ‎‎538 delegados o grandes electores, que a su vez deben votar por uno de los candidatos a la ‎presidencia al reunirse el Colegio Electoral. Hay gobernadores que simplemente “rellenaron” ‎las urnas, de manera por demás bastante torpe, tanto que en al menos un condado de cada 10 ‎la cantidad de votos excede la cantidad de habitantes mayores de edad. Digan lo que digan los ‎comentaristas, el hecho es que hoy es perfectamente imposible decir cuántos electores votaron ‎realmente ni a quién habrían querido tener como presidente. ‎

Un futuro sombrío

En esas condiciones, el presidente “electo”, Joe Biden, no podrá ignorar la justificada cólera de ‎los partidarios de su contendiente. Simplemente no podrá unificar a los estadounidenses. Hace ‎‎4 años, yo escribía que Trump sería el Gorbatchov estadounidense. Estaba equivocado. ‎Trump supo dar nuevos bríos a su país. En definitiva, será Joe Biden quien cargará con la culpa ‎de no haber logrado mantener la unidad territorial de su país.

Los aliados de Estados Unidos, que no han percibido la cercanía de la catástrofe, van a sufrir graves ‎consecuencias. ‎

Thierry Meyssan

 

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario