SAN AGUSTIN
VIII,
12. Pero tú, Señor, permaneces eternamente y no te aíras eternamente contra nosotros, porque te compadeciste de la tierra y
ceniza y fue de tu agrado reformar nuestras deformidades. Tú me aguijoneabas con
estímulos interiores para que estuviese impaciente hasta que tú me fueses
cierto por la mirada interior. Y bajaba mi hinchazón gracias a la mano secreta
de tu medicina; y la vista de mi mente, turbada y obscurecida, iba sanando de
día en día con el fuerte colirio de saludables dolores.
IX, 13.
Y primeramente, queriendo tú mostrarme cuánto resistes a los soberbios y das tu
gracia a los humildes y con cuánta misericordia tuya ha sido mostrada a los
hombres la senda de la humildad, por haberse hecho carne tu Verbo y haber
habitado entre los hombres, me procuraste, por medio de un hombre hinchado con
monstruosísima soberbia, ciertos libros de los platónicos, traducidos del
griego al latín.
Y en
ellos leí-no ciertamente con estas palabras, pero sí sustancialmente lo mismo,
apoyado con muchas y diversas razones-que en el principio era el Verbo, y el
Verbo estaba en Dios. Y Dios era el Verbo, Este estaba desde el principio en
Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se ha hecho nada. Lo
que se ha hecho es vida en él; y la vida era luz de los hombres, y la luz luce
en las tinieblas, mas las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del
hombre, aunque da testimonio de la luz, no es la luz, sino el Verbo, Dios; ése
es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Y que en
este mundo estaba, y que el mundo es hechura suya, y que el mundo no le
reconoció.
Más
que el vino a casa propia y los suyos no le recibieron, y que a cuantos le
recibieron les dio potestad de hacerse hijos de Dios creyendo en su nombre, no lo
leí allí.
14.
También leí allí que el Verbo, Dios, no nació de carne ni de sangre, ni por
voluntad de varón, ni por voluntad de carne, sino de Dios. Pero que el Verbo se
hizo carne y habitó entre nosotros, no lo leí allí.
Igualmente
hallé en aquellos libros, dicho de diversas y múltiples maneras, que el Hijo
tiene la forma del Padre y que no fue rapiña juzgarse igual a Dios por tener la
misma naturaleza que él. Pero que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de
siervo, hecho semejante a los hombres y reconocido por tal por su modo de ser;
y que se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por
lo que Dios le exaltó de entre muertos y le dio un nombre sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y
en los infiernos y toda lengua confiese que el Señor Jesús está en la gloria de
Dios Padre, no lo dicen aquellos libros.
Allí
se dice también que antes de todos los tiempos, y por encima de todos los
tiempos, permanece inconmutablemente tu Hijo unigénito, coeterno contigo, y que
de su plenitud reciben las almas para ser felices y que por la participación de
la sabiduría permanente en sí son renovadas para ser sabias. Pero que murió,
según el tiempo, por los impíos y que no perdonaste a tu Hijo único, sino que
le entregaste por todos nosotros, no se halla allí. Porque tú escondiste estas
cosas a los sabios y las revelaste a los pequeñuelos, a fin de que los
trabajados y cargados viniesen a él y les aliviase, porque es manso y humilde
de corazón, y dirige a los mansos en justicia y enseña a los pacíficos sus
caminos, viendo nuestra humildad y nuestro trabajo y perdonándonos todos
nuestros pecados.
Mas
aquellos que, elevándose sobre el coturno de una doctrina, digamos más sublime,
no oyen al que les dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
hallaréis descanso para vuestras almas, aunque conozcan a Dios no le glorifican
como a Dios y le dan gracias, antes desvanécense con sus pensamientos y
obscuréceseles su necio corazón, y diciendo que son sabios se hacen necio.
15.
(...) Dijiste a los atenienses por boca de tu Apóstol que en ti vivimos, nos
movemos y somos, como algunos de los tuyos dijeron, y ciertamente de allí eran
aquellos libros. Mas no puse los ojos en los ídolos de los egipcios, a quienes
ofrecían tu oro los que mudaron la verdad de Dios en mentira y dieron culto y
sirvieron a la criatura más bien que al creador.
X, 16.
Y, amonestado de aquí a volver a mí mismo, entre en mi interior guiado por ti;
y púdelo hacer porque tú te hiciste mi ayuda. Entré y vi con el ojo de mi alma,
comoquiera que él fuese, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz
inconmutable.
(...)
¡Oh eterna verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad! Tú eres mi Dios; por
ti suspiro día y noche, y cuando por vez primera te conocí, tú me tomaste para
que viese que existía lo que había de ver y que aún no estaba en condiciones de
ver. Y reverberaste la debilidad de mi vista, dirigiendo tus rayos con fuerza
sobre mí, y me estremecí de amor y de horror. Y advertí que me hallaba lejos de
ti en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: Manjar soy
de grandes: crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu
carne, sino tú te mudarás en mí.
XI, 17.
Y miré las demás cosas que están por bajo de ti, y vi que ni son en absoluto ni
absolutamente no son. Son ciertamente, porque proceden de ti; mas no son,
porque no son lo que eres tú, y sólo es verdaderamente lo que permanece
inconmutable. Mas para mí el bien está en adherirme a Dios, porque, si no
permanezco en él, tampoco podré permanecer en mí.
Más
él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas; y tú eres mi Señor,
porque no necesitas de mis bienes.
XII,
18. También se me dio a entender que son buenas las cosas que se corrompen, las
cuales no podrían corromperse si fuesen sumamente buenas, como tampoco lo
podrían si no fuesen buenas; porque si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles
y si no fuesen buenas, no habría en ellas qué corromperse. Porque la corrupción
daña, y no podría dañar si no disminuyese lo bueno. Luego o la corrupción no
daña nada, lo que no es posible, o, lo que es certísimo, todas las cosas que se
corrompen son privadas de algún bien. Por donde, si fueren privadas de todo
bien, no existirían absolutamente; luego si fueren y no pudieren ya
corromperse, es que son mejores que antes, porque permanecen ya incorruptibles.
¿Y puede concebirse cosa más monstruos que decir que las cosas que han perdido
todo lo bueno se han hecho mejores? Luego las que fueren privadas de todo bien
quedarán reducidas a la nada. Luego en tanto que son en tanto son buenas. Luego
cualesquiera que ellas sean, son buenas, y el mal cuyo origen buscaba no es
sustancia ninguna, porque si fuera sustancia sería un bien, y esto había de ser
sustancia incorruptible-gran bien ciertamente-o sustancia corruptible, la cual,
si no fuese buena, no podría corromperse.
Así vi
yo y me fue manifestado que tú eras el autor de todos los bienes y que no hay
en absoluto sustancia alguna que no haya sido creada por ti.
Y
porque no hiciste todas las cosas iguales, por eso todas ellas son, porque cada
una por sí es buena y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo todas
las cosas buenas en extremo.
XV,
21. Y miré las otras cosas y vi que te son deudoras, porque son; y que en ti
están todas las finitas, aunque de diferente modo, no como en un lugar, sino
por razón de sostenerlas todas tú, con la mano de la verdad, y que todas son
verdaderas en cuanto son, y que la falsedad no es otra cosa que tener por ser
lo que no es.
También
vi que no sólo cada una de ellas dice conveniencia con sus lugares, sino
también con sus tiempos, y que tú, que eres el solo eterno, no has comenzado a
obrar después de infinitos espacios de tiempo, porque todos los espacios de
tiempo-pasados y futuros-no podrían pasar ni venir sino obrando y permaneciendo
tú.
XVI,
22. Y conocí por experiencia que no es maravilla sea al paladar enfermo
tormento aun el pan, que es grato para el sano, y que a los ojos enfermos sea
odiosa la luz, que a los puros es amable. También desagrada a los inicuos tu
justicia mucho más que la víbora y el gusano, que tú criaste buenos y aptos
para la parte inferior de tu creación, con la cual los mismos inicuos dicen
aptitud, y tanto más cuanto más desemejantes son de ti, así como son más aptos
para la superior cuanto te son más semejantes.
E
indagué qué cosa era la iniquidad, y no hallé que fuera sustancia, sino la
perversidad de una voluntad que se aparta de la suma sustancia, que eres tú,
¡oh Dios!, y se inclina a las cosas ínfimas, y arroja sus intimidades, y se
hincha por de fuera.
XVIII,
24. Y buscaba yo el medio de adquirir la fortaleza que me hiciese idóneo para
gozarte; ni había de hallarla sino abrazándome con el Mediador entre Dios y los
hombres, el hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por
los siglos, el cual clama y dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida, y el
alimento mezclado con carne (que yo no tenía fuerzas para tomar), por haberse
hecho el Verbo carne, a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la
Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas.
Pero
yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué
cosa pudiera ser maestra su flaqueza.
XXI,
25. Así, pues, cogí avidísimamente las venerables Escrituras de tu Espíritu, y
con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Y perecieron todas aquellas
cuestiones en las cuales me pareció algún tiempo que se contradecía a sí mismo
y que el texto de sus discursos no concordaba con los testimonios de la Ley y
de los Profetas, y apareció uno a mis ojos el rostro de los castos oráculos y
aprendí a alegrarme con temblor.
Y
comprendí y hallé que todo cuanto de verdadero había yo leído allí, se decía
aquí realzado con tu gracia, para que el que ve no se gloríe, como si no hubiese
recibido, no ya de lo que ve, sino también del poder ver. (...)
(...)
Todas estas cosas se me entraban por las entrañas por modos maravillosos cuando
leía al menor de tus apóstoles y consideraba tus obras, y me sentía espantado,
fuera de mí.
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