Así
pudiéramos ir citando multitud de ejemplos, mas dejemos
a los servidores y vengamos al Maestro.
Desde
su entrada en el mundo, Nuestro Señor se ofrece a su eterno Padre para ser la
víctima universal. Su vida entera será cruz y martirio. Apenas aparecen en El
lágrimas suficientes para mostrar la ternura de su corazón, indignación suficiente
para inspirar a los culpables un temor saludable. Por lo demás, siempre
conserva una maravillosa serenidad, ansía el bautismo de sangre en que ha de
lavar al mundo. Más he aquí que ha llegado el momento y relegando las alegrías
de la visión beatífica a la parte superior de su alma, entrega voluntariamente
a todas sus facultades, su cuerpo mismo a la más terrible agonía, y por libre
elección, se abandona al miedo, al tedio, al disgusto; su alma está triste
hasta la muerte. Contempla la montaña de nuestros pecados, a su Padre
indignamente desconocido, a las almas que corren al abismo, las torturas e
ingratitud que le esperan, y queda sumergido en un océano de amargura. Por tres
veces implora la compasión de su Padre. «Si es posible, pase de mí este cáliz.»
Acepta que un ángel del cielo venga a confortarle, un sudor de sangre le
inunda, y entonces ora con más intensidad: «Padre, no se haga mi voluntad sino
la tuya.»
Ante
tan inaudito espectáculo, el hombre de fe tímida quédase turbado y perplejo,
pero el verdadero fiel adora, admira, agradece. Nuestro Señor, en efecto,
¿podrá hacer nada más útil a las almas, a título de Salvador, de Consolador y
de Maestro? Como Salvador, convenía que tomara todas nuestras debilidades y
hasta nuestros mayores abatimientos, a excepción del pecado. Ahora bien, ¿podía
haber para todo un Dios humillación comparable a ésta? Por eso la eligió con entera
voluntad.
Como
Consolador, era bueno que conociese todos nuestros dolores. Si se hubiera
manifestado inaccesible al temor, a la repugnancia, a nuestros disgustos,
¿hubiéramos osado manifestarle nuestras miserias? Se hizo voluntariamente
semejante a nosotros, como un padre se hace niño con sus hijos. Esta humilde
condescendencia nos afirma, nos anima y pone el bálsamo sobre nuestras llagas.
Al mismo tiempo, el exceso de su dolor y de sus abatimientos voluntarios
traspasa al alma generosa y hace nacer en ella el deseo, y por decirlo así, la
necesidad de devolver sufrimiento por sufrimiento a este incomparable Amigo.
«Una noche -decía sor Isabel de la Trinidad- mis dolores eran abrumadores,
sentí que la naturaleza me dominaba, pero mirando a Jesús en la agonía, le
ofrecía aquellos dolores para consolarle y me sentí fortificada. Así lo hago
siempre en mi vida; a cada prueba, grande o pequeña, miro lo que Nuestro Señor
ha sufrido de análogo, a fin de perder mi sufrimiento en el suyo y perderme yo
misma en El.» Santa Teresa del Niño Jesús dice a su vez: «Cuando el divino
Salvador pide el sacrificio de todo cuanto hay en el mundo de más amado, es imposible,
sin una muy particular gracia, no exclamar junto con El en el huerto de la
Agonía: "Padre mío, aleja de mí este cáliz." Pero añadamos en
seguida: "Que se haga tu voluntad y no la mía. Muy consolador es pensar
que Jesús, el Dios Fuerte, ha pasado por todas nuestras debilidades, que ha temblado
a la vista de ese cáliz amargo que en otro tiempo había deseado con tanto
ardor». Siempre habrán horas de turbación, entonces diremos también nosotros,
me esforzaré por imitar la generosidad de Nuestro Señor, repitiendo: «Padre,
líbrame de esta hora terrible» y sobreponiéndonos en seguida a este momentáneo
temor, volveremos a decir: «Mas no, que para esto he venido al mundo.»
Como
Maestro, Nuestro Señor nos ofrece aquí tres preciosas enseñanzas: 1ª No es
falta, ni siquiera imperfección, experimentar el sentimiento del padecer, el
tedio, las repugnancias y los disgustos, con tal que no cesemos de decir con
voluntad resuelta: Que se haga, no como yo quiera, sino como Vos queréis.
Nuestro Señor no es ni menos perfecto ni menos grande en el Huerto de Getsemaní
que sobre el Tabor, o a la derecha de su Padre; pensar de otra manera sería una
blasfemia; por lo mismo, no es cosa sin importancia que el alma, desprovista de
todo socorro sensible, en medio de la turbación y de las contrariedades,
permanezca tan constantemente fiel a la voluntad de Dios.
2ª No
es falta ni siquiera imperfección quejarse a Dios con amorosa sumisión, a la
manera que un niño lastimado se refugia junto a su madre y le muestra su herida
y su pena. «El amor permite quejarse y decir todas las lamentaciones de Job y
de Jeremías, mas a condición de que la santa aquiescencia se conserve siempre
en el fondo del alma, en la parte superior del alma.» Así se expresa el dulce
Obispo de Ginebra, más nos condena también cuando no cesamos de lamentamos, ni hallamos,
al parecer, personas a quienes quejamos y contar por menudo nuestros dolores.
No de otra manera habla San Alfonso: «sin duda es más perfecto en las
enfermedades no quejarse de los dolores que se experimentan; sin embargo, cuando
nos afligen con vehemencia no es falta comunicarlos a
nuestros
amigos, ni aun pedir a Nuestro Señor que nos libre de ellos. No trato aquí sino
de grandes dolores, pues de lo contrario hacen muy mal esas personas que se
lamentan cada vez que sienten alguna pena o la más leve molestia». Estos Santos
Doctores admiten, pues, como legítimas, las quejas moderadas y sumisas; sólo
condenan el exceso.
3ª No
es falta, ni siquiera imperfección, pedir a Dios en las grandes pruebas que, si
es posible, aleje de nosotros el cáliz del sufrimiento y hasta pedírselo con
cierta insistencia, puesto que lo ha hecho Nuestro Señor; mas, «después que
hayáis suplicado al Padre que os consuele, si a Él no le place hacerlo, dirigid
vuestros esfuerzos a realizar la obra de vuestra salvación sobre la cruz, como
si jamás hubierais de descender de ella. Contemplad a Nuestro Señor en el
Huerto de los Olivos después de haber pedido a su Padre el consuelo y conociendo
que no se lo quería conceder, no piensa ya en él, ni se inquieta, no lo busca
ya más, como si nunca lo hubiera procurado, y valerosamente ejecuta la obra de
la Redención».
Esta
es la dirección que San Francisco de Sales daba a Santa Juana de Chantal.
SANTA GEMMA GALGANI
10. EL ABANDONO Y EL VOTO DE VÍCTIMA
Antes
de comparar estas dos cosas, conviene repetir en pocas palabras la idea del
Santo Abandono. Es una conformidad con el beneplácito divino, pero una
conformidad nacida del amor y llevada a un alto grado.
No por
insensibilidad, sino por virtud el alma se establece en una santa indiferencia
para todo lo que no es Dios y su adorable voluntad. Antes del acontecimiento
que ha de mostrar al divino beneplácito mantiénese en simple y general espera, cumpliendo
fielmente la voluntad de Dios significada.
Condúcese
con prudencia en las cosas en que le pertenece decidir, pero en las que
dependen del divino beneplácito, por más que tenga derecho a formular deseos y
peticiones, prefiere en general dejar a su Padre celestial el cuidado de querer
y de disponerlo todo a su gusto; ¡tan grande es la confianza que en El tiene y
tan grandes las ansias de no hacer sino la voluntad divina! Apenas le ha
manifestado por un acontecimiento esta voluntad, confórmase con amor, no al modo
de una máquina que se deja mover, sino empleando cuanto tiene de inteligencia y
de voluntad para adaptarse y uniformarse con el divino beneplácito y sacar de
él todo el provecho posible. Su amor y la sinceridad del abandono no la impiden
sentir las penas, pero no se agita por eso; bástale poder cumplir la voluntad
de Dios. He aquí, en conjunto, el santo abandono tal cual lo hemos descrito
siguiendo la doctrina de San Francisco de Sales, que podría resumirse en la
fórmula siguiente: «Dios mío, no quiero en el mundo otra cosa que a Vos y a
vuestra santísima voluntad. Mi mayor deseo es crecer en amor y en todas las
virtudes, y por eso deseo cumplir fielmente vuestra santa voluntad significada.
Para
cuanto de Vos depende y no de mí, me pongo confiado en vuestras manos y
dispuesto estaré a cuanto queráis en simple y filial espera. Nada deseo, nada
os pido y nada rehúso. No temo al dolor, puesto que Vos lo acondicionaréis a mi
debilidad; la única cosa que deseo es dejarme conducir a vuestro gusto y
conformarme con amor a vuestro beneplácito.»
Es
evidente que esta manera de considerar el abandono no ofrece peligro alguno y
nada tiene de presumida, ya que no es otra cosa que una sumisión filial, llena
de confianza y de amor; y bien se podría aconsejar como ideal a toda alma adelantada.
¿No
parecerá en nuestros días demasiado pasiva esta simple actitud, a un mundo
apasionado por la actividad y por las obras de abnegación cristiana? Lo cierto
es que se propaga la práctica de ir más lejos en el abandono. En lugar de dejar
a Dios el cuidado de todas las cosas, y sin esperar en paz que El escoja a su
gusto, las almas toman la iniciativa, se ofrecen, se consagran y se entregan.
Algunos no quieren entender el abandono si no es con estos arranques. Pero estos
ofrecimientos deben ser examinados más de cerca.
Supongamos
que un alma se dirige sencillamente a Dios, y sin pedirle el sufrimiento, le
dice que está dispuesta con su gracia a todo lo que El quiera y que lo abrazará
con gusto. Esto casi se acerca al abandono, tal como lo hemos descrito, y se podría
aconsejar a toda alma adelantada, como nota distintiva de humildad. Más
supongamos también que esa misma alma dice a Dios: «no temáis enviarme el
dolor, lo deseo, casi lo pido, Vos colmaréis mis votos secretos otorgándomelo».
Esta oblación, si ya no es la ofrenda como víctima, se le acerca mucho, empero
nunca será el abandono de San Francisco de Sales. No se puede permitir sino con
prudencia, es decir, a las almas que han hecho suficientemente sus pruebas. No
se la puede aconsejar a todas, diremos al tratar de las víctimas. Se ha de
convencer a los confiados de sí mismos y no sólidamente formados, que antes de
dirigir tan altos sus deseos, deben ejercitarse en hacer bien la voluntad de
Dios significada y en santificar sus cruces diarias. San Pedro se ofreció a
sufrir y aun morir con su Maestro; y aunque su amor y su sinceridad eran
indudables, no por eso dejó de ser presuntuoso, como bien claramente lo
probaron los hechos.
Tenemos,
por último, la ofrenda de sí mismo como víctima, o sea, el voto de víctima.
Como no tenemos el designio de hacer aquí la exposición completa, doctrinal y
práctica de esta materia tan compleja y delicada, diremos tan sólo lo
suficiente para mostrar de una manera precisa en dónde termina el abandono y
cuándo empieza otro camino. Los lectores deseosos de conocer más a fondo esta
materia, podrán consultar los autores que de la misma tratan ex profeso, especialmente
M. Ch. Sauvé, en su excelente opúsculo, quizá un tanto severo en sus
restricciones, acerca de la noción, estado y voto de víctimas.
La
ofrenda puede hacerse con intenciones y bajo diversas formas. Gemma Galgani y Sor
Isabel de la Trinidad se ofrecieron como víctimas por los pecadores. Santa
Teresa del Niño Jesús, como víctima de holocausto al amor misericordioso; otras
se ofrecen a la justicia, a la santidad, al amor de Dios, y con frecuencia lo
hacen como víctima de expiación, para reparar la gloria divina ultrajada, para
librar las almas del Purgatorio, para atraer la misericordia divina sobre la
Santa Iglesia, sobre la patria, sobre el sacerdocio y comunidades religiosas,
sobre una familia o sobre un alma.
El
fundamento de esta ofrenda es la Comunión de los Santos, especialmente la
reversibilidad de las satisfacciones del justo en provecho del culpable. Es
también el misterio de la redención por medio del sufrimiento, pues habiendo escogido
Nuestro Señor este camino para salvar al mundo, continúa escogiéndolo para
hacer llegar a nosotros el precio de su Sangre. Por su infinita bondad, se
digna de asociar almas escogidas a su obra de salvación, y no pudiendo sufrir en
su humanidad glorificada, se asocia, valga la palabra, «humanidades de
añadidura», en las cuales pueda continuar salvando a las almas por el
sufrimiento.
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