—Pero
ni ese imperio ni ese emperador existen. Hay un Imperio Romano sobre el cual
manda Carlos Alberto, y hay un Imperio Germánico que tiene por soberano a Adolfo
Enrique.
—Antes
de diez años no formarán más que uno —respondió Voltaire—. Berlín y Roma serán
ciudades de un solo imperio, bajo el cetro del sucesor de Adolfo Enrique, quien
preparará el advenimiento del séptimo rey, que será rey de Roma, el undécimo cuerno
del Dragón...
— ¡El
Anticristo!
—Yo
volveré a visitarte dentro de diez años y dentro de veinte.
— ¿Y
yo estaré vivo aún? Piensa que he nacido el primer día de este siglo.
—Tú,
que vives ahora bajo el Pastor Angélico, verás pasar como ondas de un río a los
últimos papas, a Gregorio XVII, a Paulo VI, a Clemente XV. Tú concurrirás al cónclave
que elegirá a León XIV, judío, hijo de Jerusalén, convertido al Infame y bajo
cuyo reinado se convertirán los judíos, y tú verás florecer el lapacho y al
último Papa, Petrus Romanus.
Fray
Plácido escuchaba y temblaba.
— ¿Seré
cardenal, por ventura?
—No
necesitarás serlo. Reinará en Roma la sexta cabeza, que hará morir a un papa; y
tú habrás conocido a la Bestia de la Tierra, el falso profeta del Anticristo, y
vendrá la hora de la séptima cabeza, que será una mujer, y del undécimo cuerno,
el rey de los romanos, el propio Anticristo.
— ¿Y
la orden gregoriana existirá entonces?
—Dentro
de diez años te contestaré. Te baste saber que de la orden saldrá un astro resplandeciente,
cuyo nombre está en el Apocalipsis. ¿Podrías descubrirlo?
— ¡Ajenjo!
—murmuró fray Plácido con un hálito de voz.
— ¡Creí
que no fueses capaz de nombrarlo! ¿Por qué el superior de los gregorianos dijo
aquel nombre, que significa en el Apocalipsis una estrella caída? ¿En quién
pensó? ¡En nadie! ¡Dios era testigo de que en nadie pensó! Para aturdir su nquietud
se puso a repetir el texto del Apocalipsis. “Y el tercer ángel tocó la
trompeta, y cayó del cielo una gran estrella ardiendo como un hacha; y cayó en
la tercera parte de los ríos y en la fuente de las aguas. Y el nombre de la estrella
es Ajenjo, y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo y murieron muchos
hombres que las bebieron, porque se tornaron amargas.”
Aquel
símbolo había sido interpretado como alusión al fraile apóstata Lutero, cuyas doctrinas
envenenaron a tantos millones de hombres.
¿Podría
aplicarse 500 años después a otro personaje? Quiso pedir aclaración pero Voltaire
había desaparecido. La puerta de la celda estaba cerrada. Por los vidrios de las
entornadas ventanas llegaban torrentes de luna.
Fray
Plácido abrió de par en par la puerta y la ventana, porque el hedor de la habitación
era insufrible.
— ¡Qué
extraño sueño! —se dijo cogiendo un hisopo y rociando con agua bendita el suelo
y las paredes.
Era
noche de plenilunio. Todo aparecía envuelto en un cendal de plata. No había para
qué encender la luz.
Se
acodó sobre el alféizar y respiró a pleno pulmón el aire sutil y purísimo.
Contó dos, tres, cinco cruces entre los matorrales; vio las ramas yertas del
lapacho, sintió sueño y se recogió. Pero al encaminarse a la tarima su pie
tropezó con un obstáculo Se agachó; era una plasta de bronce fundido.
— ¡El
candelero! —exclamó con espanto.
Se
santiguó, se acostó de nuevo y se durmió en el acto.
Ya en
las campiñas lejanas cantaban los gallos presintiendo el alba.
CAPÍTULO II
El Satanismo
Pasaron
efectivamente diez años. Fray Plácido de la Virgen cumplió los 88 en pleno
vigor mental y físico, Tal vez los que le veían de tarde en tarde notaban que
se iba encorvando y que se dormía más a menudo en la lectura o en el coro.
Las
vocaciones gregorianas no aumentaban; la orden parecía condenada fatalmente a
la extinción. Sin embargo, la fama de fray Simón de Samaria crecía como las
olas en la pleamar. Llamábanlo a predicar de los puntos más remotos de la tierra
en todas partes del mundo se le escuchaba por radio y se le veía por
televisión; pero a las gentes no les bastaba televerlo o teleoírlo, y querían
sentirlo cerca y departir con él.
Sus
sermones se entendían por igual en Buenos Aires que en Moscú, Nueva York o
Pekín, pues predicaba en esperanto, el idioma universal inventado por el
lingüista judío Zamenhof y adoptado por todas las naciones, que abolieron bajo
severas penas los demás idiomas, contrarios al espíritu de unión que pregonaba
la humanidad.
El
inglés, el castellano, el ruso, el árabe, el griego, el japonés, el chino, eran
ya lenguas muertas.
Apenas
las hablaban algunos viejos incapaces de aprender el esperanto, y algunos eruditos
autorizados por los gobiernos para estudios literarios. Solamente la Iglesia Católica
se negó a acatar la innovación, y mantuvo el latín como su lengua oficial; esto
dio al idioma de Horacio una difusión enorme, ya que muchísimos católicos lo aprendieron
por no usar el esperanto, la lengua que hablaría el Anticristo.
Ocurrió,
pues, que para llegar al corazón del pueblo fue indispensable que los predicadores
aprendiesen el esperanto, y fray Simón de Samaria llegó a hablarlo con tal
fluidez y elegancia que se le consideró un clásico en ese idioma.
En
cambio fray Plácido de la Virgen no lo habló nunca, excusándose con su avanzada
edad, y fue aislándose de la gente tanto, que en los últimos años no pudo alternar
sino con los que sabían latín y con tres o cuatro viejos amigos seglares que no
abandonaron su castellano. Los demás no le entendían.
Muchas
otras novedades advertíanse en las vísperas del año 2000. La higiene y la ciencia
de curar las enfermedades habían progresado de tal modo que se logró duplicar
el promedio de la vida humana, y con frecuencia se hallaban viejos de edad asombrosa
en buena salud.
Se
había descubierto la manera de rebajar el tono nervioso del organismo y hacer que
el reposo del cerebro y del corazón fuera absoluto durante el sueño, como lo hacen
los faquires. De este modo la tercera parte de la vida, que se pasa durmiendo, transcurría
sin desgaste orgánico, con lo cual se prolongaba la existencia. Esto contuvo
por algún tiempo la despoblación gradual del mundo, aunque no lo rejuveneció,
porque el decrecimiento de la natalidad alcanzó cifras pavorosas.
A
principios del siglo XX nacían en Europa 38 niños por cada 1.000 habitantes y morían
28 personas: el saldo era de diez por mil en favor del crecimiento de la población.
Ciento
treinta años después, en 1930, nacían 19 y morían 14. El aumento se redujo a la
mitad.
Medio
siglo después, en 1980 —a poco de la aparición de Voltaire, que pasó por haber
sido una pesadilla de fray Plácido— el promedio de nacimientos en todo el mundo
no excedía de 3 por cada 1.000 habitantes, y las muertes eran 7. Es decir, la humanidad
perdía cada año 4 habitantes por cada 1.000.
El
globo, que durante sesenta siglos, desde los tiempos de la primera pareja humana,
había visto siempre crecer su capital de sangre de carne y de cerebro, comenzó
a perder cada año unos diez millones de habitantes. Este era el resultado de una
tenaz y escandalosa propaganda malthusiana que se efectuaba so color de
ciencia, explotando el miedo al hijo, que complica la vida y absorbe los
recursos que sus padres hubieran podido destinar a sus placeres.
Desacreditáronse
como anacrónicos los hogares donde nacía más de un niño. Se ridiculizaba a los
padres de dos o tres criaturas. Un hijo era motivo de lástima; dos, causa de
desprecio; tres..., más valía atarse al cuello una piedra de molino y arrojarse
al mar.
En las
naciones de antigua cultura y de viejos vicios se puso de moda la esterilización
por mutuo consentimiento de los recién casados, amén de la esterilización
obligatoria al menor indicio de enfermedad orgánica.
Alemania,
que en 1940 llegó a 85 millones de habitantes, medio siglo después no contaba
más que con 60 millones, entre los que predominaban los individuos de 50 a 150
años y escaseaban los niños. El poderoso imperio germánico empezaba a secarse como
la vid mordida por la filoxera. ¡Eugenesia! Idéntico fenómeno advirtióse en otras
naciones de mucha instrucción y poca religión.
Francia,
en la que se había restaurado el trono de San Luis, empezaba a rehacer su población
de 20 millones de habitantes, en su mitad viejos. Inglaterra a duras penas se
mantenía en los 30. Estados Unidos había caído por abajo de los 80. ¡Malthus! Sólo
Italia, que conservaba la fecundidad —esa única bendición de que la sociedad
humana no fue despojada ni por el pecado original, ni por el diluvio—, alcanzó
a contar doscientos millones de habitantes en todo el imperio, que tenía provincias
en Europa, África, Asia y Oceanía.
El
Japón también era fecundo; aspiraba a reconstruir el imperio mongólico de Gengis-Khan,
y dominaba ya la mitad del Asia.
El
imperio del Brasil se extendía desde las bocas del Orinoco, límite de la Gran Colombia,
hasta el Río de la Plata, y se había apoderado de la Banda Oriental y el Paraguay,
con lo que redondeó una población de 150 millones de habitantes, dueños de las
más fértiles y variadas comarcas del globo.
En el
norte de América del Sur existía la Gran Colombia, formada por Panamá, Colombia,
Venezuela y Ecuador; y en el Pacifico, el imperio de los Incas, constituido por
Perú y Bolivia.
Al sur
de América estaba el pequeño reino de Chile, regido por la dura mano de un rey
aliado del Brasil que aspiraba a ensanchar sus dominios, y la República Argentina.
El
mapa argentino había sufrido graves modificaciones a raíz de una de las grandes
guerras europeas.
Chile
obtuvo la soñada salida al Atlántico, toda la Tierra del Fuego, la gobernación
de Santa Cruz y las islas Malvinas que las naciones europeas no pudieron
conservar.
La
Argentina no estaba en condiciones ni de fruncir el ceño, y se resignó. Y según
decían los estadistas, podía considerarse satisfecha de que no le hubieran
quitado más tierras al sur y de conservar al norte dos provincias que podían
haberle disputado los vecinos.
Finalizaba
el mes de mayo de 1988...Pero ya ni en Buenos Aires ni en ninguna parte del
mundo se decía mayo. Entre tantas cosas reformadas, estaba el calendario.
El año
tenía ahora trece meses de 28 días.
La
reforma fue resuelta en 1955, quince años después que la Sociedad de las Naciones
de Ginebra se disolvió a orillas del lago de su propio nombre, cuando comenzó
la guerra entre las naciones que se llamaban a sí mismas del Nuevo Orden y las
que se decían de la Democracia. Terminada esta guerra hubo tres lustros de paz.
Los
diplomáticos se aburrían en el ocio y las señoras de los príncipes también. Un
día de aburrimiento, las cuarenta esposas de los cuarenta primeros ministros de
las naciones más adelantadas tomaron sus aviones, que marchaban a la velocidad
de 1.200 kilómetros por hora, y se apearon en una isla del archipiélago de las
Carolinas, la isla de los Ladrones, en el Pacifico, donde se habían reunido los
financieros para crear una moneda internacional en reemplazo del oro.
Mientras
ellos hacían esto, ellas abolieron el calendario gregoriano, que fastidiaba a
los negociantes con sus meses irregulares; uno de 28, otros de 30 y otros de 31
días. La verdad es que desde tiempo atrás algunas grandes empresas en los
Estados Unidos se regían privadamente por un calendario de 13 meses, cada uno
de cuatro semanas, con un día blanco al final del año, que eran dos en los años
bisiestos.
Algo
parecido al calendario inventado por el filósofo positivista Augusto Comte, que
llamó a los trece meses con el nombre de sabios y héroes civiles.
En
este punto el congreso de las cuarenta esposas anduvo dividido, pues cuando se trató
del mes de junio —al cual Comte llamó San Pablo— se originó enconada disputa.
Todas estaban conformes en llamar al segundo mes Homero y Bichat al decimotercero,
aunque ignoraban quién fuese el uno y el otro. Pero San Pablo no les sonaba
bien para tan alto honor.
Con el
fin de evitar la discordia, las cuarenta esposas resolvieron prescindir de los personajes
históricos, y denominaron a los meses con los nombres que les dieron los Caballeros
Templarios en la Edad Media: nisan, tab, sivan, tammuz, aab elul, tischri, marshevan,
cislev, tabeth, sehabet, adar, veadar; denominaciones usadas por los judíos
desde hacía miles de años. Se prescindió de bautizar los días de la semana, y
se les llamó por su número de orden: el primero, el segundo, etcétera, con excepción
del sábado, que conservó su nombre.
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