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jueves, 19 de julio de 2018

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY



¡Son precisas tantas humillaciones! ¿Sabríamos nosotros escoger las buenas humillaciones, aquellas de que tenemos necesidad y no las que nos agradan? ¿Tendríamos la firmeza de someternos a ellas con perseverancia, como se somete un enfermo a su régimen austero? En lugar de sublevarnos, bendigamos a Dios que ha tenido la sabiduría y la bondad de poner a nuestro lado tal o cual persona; es de la que teníamos más necesidad. Una santa fundadora decía a sus hijas: «Cada una tiene su modo de ser, sus imperfecciones, sus rarezas. Si no existieran en la Comunidad caracteres un tanto difíciles, sería necesario comprarlos para que nos ayudasen a ganar el cielo.» Dios nos provee de ellos gratuitamente. ¡A nosotros toca aprovecharnos de estas gracias para morir a nosotros mismos! Además, estas contrariedades constantemente renovadas, «os ofrecerán cada día no pocas ocasiones de practicar las más raras y sólidas virtudes: la caridad, la paciencia, la dulzura, la humildad de corazón, la benignidad, la renuncia a vuestras inclinaciones, etc.; y estas pequeñas virtudes de cada día, practicadas fielmente, os formarán una rica mies de gracias y de méritos para la eternidad. Por éstas, mejor que por todas las otras prácticas y los demás medios, es como podréis obtener el gran don de la oración interior, la paz del corazón, el recogimiento, la presencia continua de Dios y su puro y perfecto amor. Esta sola cruz llevada con paciencia os atraerá infinidad de gracias, y os servirá más eficazmente que las pruebas en apariencia más dolorosas, para desprenderos perfectamente de vosotros mismos y uniros plenamente a Dios». Así se expresa el P. de Caussade, y dice después: «Lejos de compadeceros, no puedo menos de felicitaros de haber tenido por fin ocasión de practicar la verdadera caridad.
La antipatía que experimentáis hacia la persona con quien estáis en continuas relaciones, la oposición de vuestras ideas y de vuestras miras, los rozamientos que ella os causa por sus modales o su lenguaje, son otras tantas señales infalibles de que la caridad que usáis para con ella será puramente sobrenatural sin mezcla alguna de sentimientos humanos. Oro puro es lo que vais a reunir, y sólo de vos depende formar un inmenso tesoro. Agradecédselo, pues, a Nuestro Señor, y para no perder nada de las ventajas inapreciables de vuestra posición presente, seguid con exactitud las reglas que os voy a trazar.
»1ª Soportad apaciblemente las rebeldías involuntarias que os hacen experimentar los procedimientos de esta persona, a la manera que soportaríais un acceso de fiebre o de jaqueca.
Vuestra antipatía es, en efecto, una fiebre interior con sus escalofríos y subidas. ¡Oh! ¡Cuán crucificador, humillante y penoso es todo esto, y por consiguiente, cuán meritorio y santificador!
»2ª No habléis jamás a propósito de esta persona, como quizá hacen las otras; sino hablad siempre de ella en buen sentido, pues tiene algo bueno. Y, ¿quién no tiene algo malo? ¿Quién es perfecto en este mundo? Puede ser que sin querer ni pensar en ello, vos la probéis más de lo que Dios os prueba por ella! Dios pule a veces un diamante con otro diamante, dice Fenelón.
»3ª Cuando cometiereis algunas faltas, levantaos sin tardanza, humillándoos dulcemente, sin despecho voluntario ni contra ella, ni contra vos, sin turbación ni enojo y sin inquietud.
Nuestras faltas así reparadas llegan a sernos de provecho y ventajosas, y por estas miserias y estas faltas diarias, es como Dios nos empequeñece de continuo y nos mantiene en la verdadera humildad de corazón.
»4ª No os mezcléis en nada, sino en la medida en que vuestro deber os obliga; cumplido éste, no os preocupéis de nada; no penséis siquiera en ello, si no es en la presencia de Dios. Abandonemos todo a la Providencia, pues la única cosa importante es que seamos todo de Dios y que consigamos la salvación. »

En las pruebas de este género, Santa Juana de Chantal es un perfecto modelo. Viuda a los veintiocho años, recibió de su padre político orden de ir a vivir en su compañía con sus cuatro hijos. Sin dificultad pudo entrever la amargura del cáliz que había de beber, pues conocía el carácter del viejo barón, los desórdenes de su casa y los aún mayores de su conducta.
Este anciano sombrío ante quien todo había de doblegarse, había caído bajo la dependencia de una criada que mandaba como ama en el castillo, dilapidaba los bienes y hacía murmurar a todo el mundo. Durante más de siete años, la santa será tratada como una extraña que se admite en el hogar doméstico, pero a la que en nada se la consulta ni tiene derecho a hacer observación alguna. Estará, por decirlo así, bajo la férula de una inferior insolente, que no escaseará ni siquiera las injurias. Tenía que pasar por la amargura de ver a los hijos de la sirvienta preferidos a los suyos. Se apoderaba de ella la indignación, revolvíase toda su sangre, especialmente al principio. Mas ahogaba estos gritos de la naturaleza, y a cada insolencia no oponía sino un corazón dulce y un semblante gracioso, llegando hasta el grado de heroísmo de cuidar los hijos de la sirvienta como a los suyos, y prestarles con sus propias manos los servicios más humildes. ¿Y cuál era el secreto de su victoria? Únicamente ocupada en su importante obra, la conversión de su padre político y de la indigna criada, se proponía vencerlos a uno y a otra a fuerza de dulzura; no habla situación ni sacrificio que la asustasen con la esperanza de llevarlos a Dios. Aprovechaba todas las circunstancias para hacerles bien y ninguna violencia, ninguna vejación, fue jamás capaz de disminuir su respeto ni desanimar su paciencia. «A este motivo tan elevado que la sostuvo durante siete años en esta vida heroica, vino a juntarse otro que no le prestó menor apoyo. Era naturalmente un tanto altiva; había heredado con la sangre paterna, yo no sé qué de orgullosa y dominante que ella quería ahogar a todo trance. La ocasión le pareció excelente para llegar a ser humilde a fuerza de humillaciones, y lo con siguió más de lo que puede decirse. En esta ruda escuela, mejor que en el más severo noviciado, hízola Dios adquirir esta rara humildad y esta perfecta obediencia que muy pronto hicieron de ella, bajo la dirección de San Francisco de Sales, el instrumento de tan grandes obras.» ¡Quiera Dios que a las gracias de este género respondamos también nosotros con el mismo espíritu de fe e igual generosidad!
SUNAMI EN JAPON AÑO 2011
4. EL ABANDONO EN LOS BIENES NATURALES DEL CUERPO Y DEL
ESPÍRITU
Artículo 1º.- La salud y la enfermedad Se puede hacer un buen uso de la salud y de la enfermedad, y se puede abusar de la una y de la otra.
La salud se recomienda suficientemente por sí misma, sin que sea necesario afirmar que favorece la oración, las piadosas lecturas, la ocupación no interrumpida con Dios, que facilita el trabajo manual e intelectual, que hace menos penoso el cumplimiento de nuestros deberes diarios. Es un precioso beneficio del cielo del que nunca se hace caso sino después de haberlo perdido. En tanto que se la posee, no siempre se pensará en agradecerla a Dios que nos la concede; se experimentará quizá más dificultad en someter el cuerpo al espíritu, en no derramarse demasiado en los cuidados de la vida presente, en vivir tan sólo para la eternidad que no parece cercana.
«La enfermedad como la salud es un don de Dios. Nos lo envía para probar nuestra virtud o corregirnos de nuestros defectos, para mostrarnos nuestra debilidad o para desengañarnos acerca de nuestro propio juicio, para desprendernos del amor a las cosas de la tierra y de los placeres sensuales, para amortiguar el ardor impetuoso y disminuir las fuerzas de la carne, nuestro mayor enemigo; para recordarnos que estamos aquí abajo en un lugar de destierro y que el cielo es nuestra verdadera patria; para procurarnos, en fin, todas las ventajas que se consiguen con esta prueba, cuando se acepta con gratitud como un favor especial.» Bien santificada es, en efecto, «uno de los tiempos más preciosos de la vida, y con frecuencia, en un día de enfermedad soportada cual conviene, avanzaremos más en la virtud, pagaremos más deudas a la justicia divina por nuestros pecados pasados, atesoraremos más, nos haremos más agradables a Dios, le procuraremos más gloria que en una semana o en un mes de salud. Mas si el tiempo de enfermedad es tiempo precioso para nuestra salvación, son muy pocos los que lo emplean útilmente, los que hacen producir a sus enfermedades el valor que merecen». «Por mi parte -dice San Alfonso, llamo al tiempo de enfermedades la piedra de toque de los espíritus; pues entonces es cuando se descubre lo que vale la virtud del alma.