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sábado, 9 de diciembre de 2017

EL CORAZÓN ADMIRABLE DE LA MADRE DE DIOS. SAN JUAN EUDES



§ 8. ALTAR DE LOS HOLOCAUSTOS
La séptima cosa digna de destacarse que yo veo en el Templo de Salomón, es el Altar de los Holocaustos.
San Agustín (31), San Gregorio el Grande (32), y otros muchos Santos Padres, dicen que este altar era la figura de los corazones de todos los Santos, que son los verdaderos altares sobre los que Dios es honrado por los sacrificios espirituales que allí se ofrecen noche y día a su Divina Majestad.
¿Pues si esto es verdad de los corazones de los Santos, cuanto más del Santísimo Corazón de la Madre del Santo de los Santos (9) Este es el verdadero altar de los holocaustos, dice el ilustre Juan Gerson (33), sobre el cual el fuego sagrado del divino amor siempre ha estado encendido día y noche.
San Agustín advierte que como habla allí en el templo de Salomón dos altares...
Siendo esto así, podemos decir que estos dos, altares del templo de Jerusalén eran una pintura de los dos altares que hay en el templo más santo que jamás hubo, después del templo de la sagrada humanidad del Hijo de Dios, es decir, en la Santísima Virgen. ¿Cuáles son estos dos altares? Son el Corazón de su alma y el Corazón de su cuerpo, de los que ya se ha hablado, en otra parte.
Estos dos altares con todas sus pertenencias y dependencias, es decir, con todos los sentidos interiores y exteriores del cuerpo y con todas las facultades de la parte superior e inferior del alma, estuvieron siempre consagrados a Dios con la consagración más santa que imaginarse pueda, después de la humanidad deifica del Salvador.
En estos dos altares, o más bien en este altar (porque estos dos Corazones no son más que un solo Corazón y un solo altar), la Madre del Sumo Sacerdote ofreció incesantemente a Dios sacrificios de amor, de alabanza, de acción de gracias, de holocausto, de expiación por los pecados del mundo, y toda clase de sacrificios.
Sobre este altar sacrificó a Dios todas las cosas de este mundo y todas las creaturas que hay en el universo, como otras tantas víctimas diferentes como veremos en otro lugar. En este altar sacrificó a Dios su ser, su vida, su cuerpo, su alma, todos los pensamientos, palabras y acciones, todo el uso de sus sentidos y de sus potencias, y en general todo lo que ella era, todo, lo que tenia, todo lo que podía. En este altar ofreció a su Divina Majestad el mismo sacrificio que su Hijo Jesús le ofreció en el Calvario.
Este adorable Salvador no se sacrificó a su Padre más que una vez en el Altar de la Cruz; mas su Santa Madre lo inmoló diez mil veces en el Altar de su Corazón, y este mismo Corazón fue como el Sacerdote que lo inmoló, y él mismo se inmoló con él. De suerte que se puede decir que este Corazón admirable desempeñó el oficio de Sacerdote en este sacrificio, y ocupó en él el lugar de la víctima y el altar. ¡Oh, qué honor no se debe a este Santo Sacerdote!, ¡qué respeto a esta preciosa víctima!, ¡qué veneración a este sagrado altar! Bendito seáis, oh Dios de mi corazón, por haber consagrado a gloria de vuestra adorable Majestad este dignísimo altar. Haced también, si os place, que nuestros corazones sean otros tantos santos altares en que os ofrezcamos un continuo sacrificio de alabanza y de amor.
§ 9. EXHORTACIÓN
Después de esto, no tengo que decirte sino una cosa sobre esta materia. Y es, que te conjuro querido hermano, que te acuerdes que el Espíritu Santo te dice y te repite muchas veces, por boca de San Pablo, que tu cuerpo y tu corazón son el templo del Dios Viviente, y que consideres que este templo está consagrado a la Santísima Trinidad con una consagración mucho más excelente y más santa que lo es la
consagración de los templos materiales. Aunque los templos, dice San Agustín, hechos de piedra y de madera por manos de hombres sean santos, sin embargo los templos de nuestros corazones, edificados por la propia mano Ve Dios, son mucho más preciosos y más santos(34). La razón es porque están consagrados solamente con algunas oraciones y ceremonias; y éstos con muchos y grandes sacramentos, es decir, con el sacramento del Bautismo, con el sacramento de la Confirmación, con el sacramento de la Eucaristía, y si eres eclesiástico, con el sacramento del Orden. Y por esto, si no está permitido emplear ninguna de las cosas que pertenecen a los templos materiales para un uso diferente del que mire al honor de Dios, a menos de hacerse, creo, una especie de sacrilegio: mucho menos puedes emplear, sin hacerte culpable, ninguno de los pensamientos y afectos de tu corazón sino es para el servicio y la gloria de aquel a quien está consagrado en calidad de templo.
Graba estas verdades en lo más profundo de tu alma, y que ellas te lleven a conservar este templo en la pureza y santidad que convienen a la casa de todo un Dios; a adornarlo con las ricas tapicerías de las divinas gracias; a embellecerlo con las santas imágenes de la fe, de la esperanza, de la caridad, de la humildad, de la obediencia, de la paciencia, de la mansedumbre y de todas las demás virtudes; y a obrar de suerte que este mismo templo de tu corazón, con todas sus dependencias y pertenencias, es decir, con todos los sentidos exteriores e interiores de tu cuerpo y con todas las facultades de tu alma, esté todo él empleado en honrar al que lo hizo y lo consagró personalmente a gloria de su Divina Majestad.
XI° Undécima imagen de santísimo Corazón de la bienaventurado Virgen, que es el horno de los tres Jóvenes israelitas.
§ 1. SÍMBOLO Y REALIDAD
La undécima imagen del Corazón admirable de la Santísima Madre de Dios, es este Horno milagroso que se halla descrito en el capítulo III de la profecía de Daniel. Porque San Juan Damasceno y muchos otros santos Doctores, nos aseguran que es una figura de la bienaventurada Virgen y de su Corazón virginal; y que el fuego que ardía en este horno no era más que una sombra y pintura del celestial que abrasó siempre el pecho sagrado de la Madre de amor: He aquí sus palabras: ¿No es verdad, dice, hablando con ella, que este horno que estaba lleno de un fuego ardiente y refrescante al mismo tiempo, te representa con toda verdad, y que era una excelente figura de este fuego divino y eterno que escogió tu Corazón para hacer de él su casa y su morada? .
Pero tal vez me diga alguno, ¿cómo es que una cosa tan noble y tan santa como el Corazón de la Reina del cielo, puede estar representada por este horno de Babilonia, que es obra de la impiedad y de la crueldad de Nabucodonosor? Mas ¿no sabes tú que en general todas las cosas que pasaban a los israelitas eran sombras y figuras de las grandes y maravillosas cosas que debía haber en el Cristianismo y en el Padre y la Madre de los Cristianos? Verdad es que este horno era efecto de la impiedad y del furor de Nabucodonosor; mas el designio de la Divina Providencia, sin cuyo mandato y permisión nada se puede hacer, era hacer aparecer allí la grandeza de su poder y las maravillas de su bondad con la protección milagrosa de sus amigos; como también darnos en este horno una hermosa imagen del augustísimo Corazón de la Reina del cielo, verdadero horno de amor y de caridad.
§ 2. LAS SIETE LLAMAS DE AMOR
Esta es la cualidad que le atribuye San Bernardino de Sena (2), al declararnos que todas las palabras que pronunció la Madre del Verbo Divino y que nos relata el Santo Evangelio, son otras tantas llamas de amor que salieron de este horno de amor. Habló siete veces, dice este Santo Doctor, la primera vez con el Arcángel Gabriel, cuando le dijo: ¿Cómo puede ser que yo sea madre de un Hijo estando resuelta a vivir y morir virgen? La segunda vez, con el mismo Arcángel, cuando le declaró su sumisión a la voluntad de Dios diciendo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. La tercera vez, con Santa Isabel, cuando la saludó. La cuarta vez, con la misma Santa, cuando pronunció este maravilloso cántico de alabanza a Dios: Mi alma glorifica al Señor, etc. La quinta vez, con su Hijo Jesús cuando al hallarle en el templo, después de haberle buscado durante tres días, le habló de esta manera: Hijo mío, ¿por qué has obrado así con nosotros? Tu padre y yo te estábamos buscando con dolor. La sexta vez, con este mismo Hijo cuando, para manifestarle la necesidad de los que daban el banquete de las bodas en Caná de Galilea, le dirigió estas palabras: No tienen vino. La séptima vez, con los que servían este banquete, cuando les advirtió, refiriéndose a su Hijo: Haced lo que él os diga.
Estas siete palabras añade San Bernardino, son como siete llamas, y siete llamas de amor, que salieron del horno del Corazón de la Madre de Jesús.
La tercera es una llama de amor comunicante, que induce a la Madre del Salvador a visitar a la madre del Precursor de su Hijo, para derramar su Corazón en el de ella, para comunicar y tratar con ella las cosas que aprendió del Ángel; y para hacer a la madre y al hijo participes de la plenitud del espíritu y de la gracia de que ella estaba repleta, mediante la virtud de su voz, la bendición de las palabras que le dijo al saludarla, y las conversaciones que con ella tuvo a lo largo de tres meses.
La cuarta es una llama de amor jubiloso, que colma el Corazón de la Madre de Dios de un gozo inconcebible, a vista de las grandes cosas que Dios realizó en ella y que le hizo pronunciar estas divinas palabras: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está arrebatado en gozo de Dios mi Salvador.
La quinta es una llama de amor gozoso. Representante de una madre que sólo tiene un hijo, a quien ama infinitamente; la cual ha biéndole perdido y buscado con mucho dolor por espacio de tres días, después de haberle encontrado y habérsele quejado amorosamente por la pena que sufrió con su ausencia, goza de un contento tanto más dulce y más agradable por la posesión de su muy amado tesoro, cuanto la amargura y la angustia que pasó por su privación fueron más sensibles.
La sexta es una llama de amor compasivo ante la indigencia y necesidad del prójimo.