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sábado, 4 de noviembre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS (Y/O LA CAIDA DEL IMPERIO ROMANO). SAN AGUSTIN


Mitrídates REY PERSA

Capítulo XXII. Del edicto del rey Mitrídates, en que mandó matar a todos los ciudadanos romanos que se hallasen en Asia

Pero como dejo insinuado, omito estos sucesos, aunque no puedo pasar en silencio cómo Mitrídates, rey de Asía, mandó matar en un día todos los ciudadanos romanos, dondequiera que se hallasen en Asia, así los peregrinos y transeúntes como otra innumerable multitud de mercaderes y negociantes ocupados en sus tratos, y así se ejecutó. ¡Cuán lastimosa tragedia fue ver en un momento matar de repente e impíamente a todos éstos dondequiera que los hallaban, en el campo, en el camino, en las villas, en casa, en la calle, en la plaza, en el templo, en la cama, en la mesa! ¡Qué de gemidos habría de los que morían, qué de lágrimas de los que veían esta catástrofe, y acaso también de los mismos que los mataban! ¡Cuán; dura fuerza se hacía a los huéspedes, no sólo en haber de examinar con sus propios ojos, y en sus casas, aquellas desgraciadas muertes, sino también en haber de ejecutarlas por sí mismos, trocando repentinamente el semblante apacible y humano para ejecutar en tiempo de tranquila paz un crimen tan horrendo, matándose de un golpe, por decirlo así, lo mismo los matadores como los muertos, pues si el uno recibía la muerte en el cuerpo, el otro la recibía en el alma! ¿Acaso todos éstos no habían apreciado asimismo los agüeros? ¿No tenían dioses domésticos y públicos a quienes pudieran consultar cuando partieron de sus tierras a aquella infeliz peregrinación? Y, si esto es cierto, no tienen los incrédulos en este punto de qué quejarse de nuestros tiempos, pues hace tiempo que los romanos no se ocupan de estas vanidades; mas si acaso los consultaron, digamos: ¿de qué les aprovecharon semejantes cosas, cuando por solas las leyes humanas, sin que nadie lo prohibiese, fueron licitas semejantes cosas?
Capítulo XXIII. De los males interiores que padeció la República romana con un prodigio que precedió, que fue rabiar todos los animales de que se sirve ordinariamente el hombre

Pero empecemos ya a referir brevemente, como pudiéremos, aquellas calamidades que, cuanto más interiores, fueron tanto más funestas, las discordias civiles; o, por mejor decir, inciviles e inhumanas, no ya sediciones, sino guerras urbanas dentro de Roma, donde se derramó tanta sangre, donde los que favorecían las diversas parcialidades usaban de mayor rigor contra los otros, no ya con porfiadas demandas, contestaciones y destempladas voces, sino con las espadas y las armas; pues las guerras sociales, serviles y civiles, ¿cuánta sangre romana hicieron derramar, cuántas tierras talaron y asolaron en Italia? Y antes que se moviesen contra Roma los aliados del Lacio, todos los animales que están ordinariamente sujetos al servicio del hombre, como son perros, caballos, jumentos, bueyes y las demás bestias y ganados que están bajo su dominio, se embravecieron repentinamente, y, olvidados de su doméstica mansedumbre, se salieron de las casas y andaban sueltos, huyendo por varias partes, no sólo de los no conocidos, sino de sus propios dueños, con daño mortal o peligro del que se atrevía a acosarlos de cerca. Y si esto fue solamente un presagio que de suyo fue un mal tan enorme, ¿cuán grande fatalidad fue aquella que vaticinó? Si igual desgracia sucediera en nuestros tiempos, sin duda que sentiríamos a los incrédulos aún más rabiosos que los otros a sus animales.
CONSUL CATULO
Capítulo XXIV. De la discordia civil causada por las sediciones de los gracos

La causa que motivó las guerras civiles fueron las sediciones de los Gracos, nacidas de la promulgación de las leyes agrarias sobre el repartimiento de los campos, por las que se mandaba distribuir entre el pueblo las heredades que los nobles poseían con injusto título; pero el querer remediar una injusticia tan inveterada fue proyecto muy arriesgado, o, por mejor decir, como enseñó la experiencia, muy pernicioso. ¡Qué de muertes sucedieron cuando asesinaron al primer Graco, y cuántas hubo, pasado algún tiempo, cuando quitaron la vida al otro hermano! A los nobles y plebeyos los mataban los ministros de Justicia, no conforme a lo que dictaban las leyes y procediendo contra ellos jurídicamente, sino en movimientos sediciosos y pendencias, combatiéndose mutuamente con las armas. Después muerto el segundo Graco, el cónsul Lucio Opimio quien dentro de Roma movió contra él las armas y habiéndole vencido y muerto, hizo un considerable estrago en los ciudadanos, procediendo ya entonces por vía judicial persiguiendo a los demás conjurados, dicen que mató a tres mil hombres, de donde puede colegirse la infinidad de muertos que pudo haber en las frecuentes revoluciones y choques, cuando hubo tanta en los tribunales, después de examinadas escrupulosamente las causas. El homicida de Graco vendió al cónsul su cabeza por tanta cantidad de oro como pesaba; pues ésta había sido la recompensa ofrecida por Opimio, y en seguida quitaron la vida al consular Marco Fulvio, con sus hijos.
Capítulo XXV. Del templo que edificaron por decreto del Senado a la Concordia en el lugar donde las sediciones y muertes tuvieron lugar
Y mediante un elegante decreto del Senado, edificaron un templo a la Concordia en el mismo lugar donde se dio aquel funesto y sangriento tumulto, en el que murieron tantos ciudadanos de todas clases y condiciones, para que, como testigo ocular del merecido castigo de los Gracos, diese en los ojos de los que oraban y hacían sus arengas al pueblo y les escarmentase la memoria de tan lamentable catástrofe. Y esto, ¿qué otra cosa fue que hacer mofa de los dioses, erigiendo un templo a una diosa que si estuviera en la ciudad no se sepultara en sus ruinas ,con tantas disensiones, a no ser que, culpada la Concordia porque desamparó los corazones de los ciudadanos, mereciese que la encerrasen en aquel templo como en una cárcel? Y pregunto: si quisieron acomodarse a los acontecimientos que pasaron, ¿por qué no fabricaron más bien un templo a la Discordia? ¿Acaso traen alguna razón poderosa para que la Concordia sea diosa y la Discordia no lo sea; y según la distinción de Labeón, ésta sea buena y aquélla mala? Esto supuesto, no parece le movió otra razón para deliberar de este modo, sino el haber visto en Roma un templo dedicado, no sólo a la Fiebre, sino a la Salud; luego de la misma manera, no solamente debieron erigir templo a la Concordia, sino también a la Discordia. Así que en gran peligro quisieron vivir los romanos teniendo enojada a una diosa tan mala, sin acordarse de la destrucción de Troya, que tuvo su principio en haberla ofendido; porque ella fue la que, por no haber sido convidada entre los dioses, trazó la competencia de las tres diosas con la manzana de oro, de donde nació la lid y pendencia de éstas, la victoria de Venus, el robo de Elena y la destrucción de Troya; por lo cual, si acaso irritada porque no mereció tener en Roma templo alguno entre los dioses, turbada hasta entonces con tan grandes alborotos la ciudad, ¿cuánto más furiosamente se pudo enojar viendo en el lugar de aquella horrible matanza; esto es, en el lugar de sus hazañas, edificado un templo a su enemiga? Cuando nos reímos de estas vanidades se indignan y enojan estos doctos sabios, y con todo, ellos, que adoran a los dioses buenos y malos, no pueden soltar esta dificultad de la Concordia y Discordia, ya se olvidasen de estas diosas y antepusiesen a ellas las diosas Fiebre y Belona, a quienes construyeron templos en lo antiguo, ya también las adorasen a ellas; pues desamparándolos así, la Concordia, la feroz Discordia los condujo hasta meterlos en las guerras civiles.
Marco Druso.
Capítulo XXVI. De las diversas suertes de guerras que se siguieron después que edificaron el templo de la Concordia

Curioso baluarte contra las sediciones fue poner a los ojos de los que hablaban al pueblo el templo de la Concordia por testigo, memoria de la muerte y castigo de los Gracos. La utilidad que de esto sacaron lo manifiesta el fatal suceso de las calamidades que se siguieron; pues desde entonces procuraron los que hablaban no separarse del ejemplo  de los Gracos; antes salir con lo que ellos pretendieron, como fueron Lucio Saturnino, tribuno del pueblo y Gayo Servilio, pretor, y mucho después Marco Druso. De cuyas sediciones y alborotos resultaron primeramente infinitas muertes, encendiéndose después el fuego de las guerras sociales, con las cuales padeció mucho Italia, llegando a sufrir una infeliz desolación y destrucción. En seguida acaeció la guerra de los esclavos y las guerras civiles, en las cuales hubo reñidos encuentros y batallas, derramándose mucha sangre, de manera que casi todas las gentes de Italia, en que principalmente consistía la fuerza del Imperio romano, fueron domadas con una fiera barbarie; tuvo principio la guerra de los esclavos de un corto número; esto es, de menos que de setenta gladiadores; pero ¿a cuán crecido número, fuerte, feroz y bravo llegó? ¿Qué de generales romanos venció aquel limitado ejército? ¿Qué de provincias y ciudades destruyó? En fin, fueron tantas, que apenas lo pudieron declarar circunstanciadamente los que escribieron la historia. Y no sólo hubo esta guerra de los esclavos, sino que también antes de ella, gentes viles y de baja condición talaron la provincia de Macedonia, y después Sicilia y toda la costa del mar; y ¿quién podrá referir conforme a su grandeza cuán grandes y horrendos fueron al principio los latrocinios y cuán poderosa fue la guerra de los corsarios que vino después?
Capítulo XXVII. De las guerras civiles entre Mario y Sila
Y cuando Mario, ensangrentado ya con la sangre de sus ciudadanos, habiendo muerto y degollado a infinitos del partido contrario, vencido, se fue huyendo de Roma, respirando apenas por un breve rato la ciudad por usar las palabras de Tulio, <venció de nuevo Cinna a Mario. Entonces, con la muerte de hombres tan esclarecidos, murió la refulgente antorcha, honor y gloría de esta ínclita ciudad. Vengó después Sila la crueldad de esta victoria, y no es menester referir con cuánta pérdida de ciudadanos y con cuánto daño de la República fue>, porque de esta venganza, que fue más perniciosa que si los delitos que se castigaban quedaran sin castigo, dice también Lucano: <Fue peor el remedio que la enfermedad y profundizó demasiado la mano por donde cundía el mal.> Perecieron los culpados, más en un tiempo en que solamente quedaban los culpables; y en esta lastimosa situación se dio libertad a los odios, corrió presurosamente la ira y el rencor, sin miedo al freno de las leyes. En esta guerra de Mario y Sila, además de los que murieron fuera, en los combates, también dentro de Roma se llenaron de muertos las calles, plazas, teatros y templos, de modo que apenas se pudiera imaginar cuándo los vencedores hicieron mayor matanza, si cuando vencían, o después de haber vencido; pues en la victoria de Mario, cuando volvió del destierro, además de las muertes que se hicieron a cada paso por todas partes, la cabeza del cónsul Octavio se puso en la tribuna; degollaron en sus mismas casas a César y a Fimbria; hicieron pedazos a los Crasos, padre e hijo, al uno en presencia del otro; Bebio y Numitor perecieron arrastrados con unos garfios, derramando por el suelo sus entrañas. Catulo, tomando veneno, se libró de las manos de sus enemigos. Merula, que era sacerdote de Júpiter, abriéndose las venas, sacrificó su vida a Júpiter; y delante del mismo Mario daban luego la muerte a quienes al saludarle no alargaban la mano.
CONSUL OCTAVIO
Capítulo XXVIII. Cuál fue la victoria de Sila, que fue la que vengó la crueldad de Mario

La victoria de Sila, que siguió luego (la que, en efecto, vengó la crueldad pasada a fuerza de mucha sangre de los ciudadanos, con cuyo derramamiento y a cuya costa se había conseguido terminada ya la guerra, permaneciendo todavía las enemistades), ejecutó aún más fieramente su rigor en la paz. Después de las primeras y recientes muertes que ejecutó Mario el mayor, habían ya hecho otras aún más horribles Mario el joven y Carbón, que eran del mismo partido de Mario, sobre quienes, viniendo enseguida Sila, desesperados, no sólo de la victoria, sino también de la misma vida, llenaron toda la ciudad de cadáveres, así con sus propias muertes como con las ajenas; porque, además del daño que por diversas partes hicieron, cercaron también el Senado, y de la misma curia, como de una cárcel, los iban sacando al matadero. El pontífice Mucio Escévola (cuya dignidad entre los romanos era la más sagrada, como el templo de Vesta, donde servía>, se abrazó con la misma ara, y allí le degollaron; y aquel fuego, que con perpetuo cuidado y vigilancia de las vírgenes siempre ardía, casi pudo apagarse con la sangre del sumo sacerdote. Enseguida entró Sila victorioso en la ciudad, habiendo primeramente, en el camino, en un lugar público (encarnizándose no ya la guerra, sino la paz), degollado, no peleando, sino por expreso mandato, siete mil hombres que se le habían rendido desarmados del todo. Y como por toda la ciudad cualquiera partidario de Sila mataba al que quería, era imposible contar los muertos; hasta que advirtieron a Sila que era conveniente dejar a algunos con la vida, para que hubiese a quien pudiesen mandar los vencedores. Entonces, habiéndose ya aplacado la desenfrenada licencia de matar que por todas partes se observaba incesantemente, se propuso con grandes parabienes y aplauso una tabla que contenía dos mil personas que se habían de matar y proscribir del estado noble, contándose así de los caballeros como de los senadores un número sumamente crecido; pero daba consuelo solamente el ver que tenía fin, y no por ver morir a tantos era tanta la aflicción como era la alegría de ver a los demás libres del temor. Sin embargo, de la misma seguridad de los demás (aunque cruel e inhumana) hubo motivos suficientes para compadecer y llorar los exquisitos géneros de muertes que padecieron algunos de los que fueron condenados a muerte; porque hubo hombre a quien, sin instrumento alguno, le hicieron pedazos entre las manos, despedazando los verdugos a un hombre vivo con más fiereza que acostumbran las mismas fieras despedazar un cuerpo muerto. A otro, habiéndole sacado los ojos y cortándole parte por parte sus miembros, le hicieron vivir penando entre horribles tormentos, o, por mejor decir, le hicieron morir muchas veces. Vendiéronse en almoneda, como si fueran granjas, algunas nobles ciudades, y entre ellas una, como si mandaran matar a un particular delincuente, decretaron toda ella pasada a cuchillo. Todo esto se hizo en paz, después de concluida guerra, no por abreviar en conseguir la victoria, sino por no despreciar la ya alcanzada. Compitió la paz sobre cuál era más cruel con la guerra, y venció; porque la guerra mató a los armados, y la paz, a los desnudos. La guerra se fundaba en que el herido, si podía, hiriese; mas la paz estribaba no en que el que escapase viviese, sino que muriese sin hacer resistencia.