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viernes, 10 de noviembre de 2017

KAHAL-ORO. HUGO WAST


EL MURO DE LOS LAMENTOS 
Viendo lo cual Sarah tomó la palabra y pronunció en hebreo el versículo del capítulo 25 del Deuteronomio: "El hermano de mi marido no quiere continuar la posteridad de su hermano en Israel, casándose conmigo."
Zacarías no comprendía el hebreo, por lo cual ella se lo tradujo, y él respondió en idisch lo que se le ocurría, que fué casualmente, otro versículo: "No quiero tomarla."
Entonces el Roch arrojó un zapato de forma especial, que el recalcitrante mancebo tuvo que calzarse. Y ella, furiosa, con la mano derecha, se lo arrancó a tirones y lo escupió en el pie y en el rostro, y a coro con los fieles recitaron el otro versículo:
"Así se hará al varón que no edifique la casa de su hermano. Y su nombre será en Israel: la casa del descalzado."
Y Zacarías respondió, entre dientes, en mal español:
-¡Ahí me las den todas!
Entonces el Rosch dijo a Sarah lo que ella anhelaba:
-Tú puedes ahora casarte con cualquier hombre y recobrar tu dote y los bienes del muerto.
Y Zacarías, que no quería aparecer sin motivos, infringiendo una costumbre antigua, manifestó que estaba comprometido con Milka Mir, y en un rapto de lirismo la describió así:
-Para formarte una idea de su belleza ¡oh Rosch! tendrías que tomar una copa nueva de plata y llenarla de granos de granada, rodear el borde con una guirnalda de rosas y colocarla entre el sol y la sombra; y el esplendor de este objeto apenas llegaría a la mitad del brillo de la cara de Milka Mir.
El Roch inclinó el cabeza convencido. Pero Sarah, que sabía más que los rabinos contestó:
-¡Idiota! Eso está en el Talmud, y es el elogio de Johanann har Napah. Ni siquiera aciertas a elogiar a una mujer con palabras tuyas.
Y volvió a escupirlo y se alejó indignada.
La rendición de cuentas resultó larga y minuciosa. Zacarías era un hombre prolijo. Nada olvidó, ni el diezmo de la menta y del comino, según las palabras de Jesús.
Sólo tú sabes, Señor, si el saldo que arrojaron dichas cuentas en favor de la viuda, fue la mitad, o siquiera la quinta parte de lo que le correspondía.
Lo que todos sabemos, Señor, es que Zacarías no se habría permitido engañar a su hermano David, de estar vivo, porque el Talmud prescribe que: "No es permitido engañar a nuestro prójimo" (Baba Metsia).
Pero Zacarías había averiguado que el infeliz, puesto en capilla, se dejó convencer por el capellán militar y recibió el bautismo católico, media hora antes de ser fusilado.
Lo cual, lo rayaba del libro de los prójimos y lo incorporaba al gremio de los goyim o akum (perrs idólatras o cristianos).
Y el mismo sagrado Talmud dice: "Es lícito estafar a un goy" (Baba Kamma)... Pues conforme a la doctrina talmúdica, expresada en su Código civil y criminal (Choschem Hidmmischpat) "el dinero de los akum es semejante a un bien sin dueño".
Por final de cuentas Zacarías entregó a Sarah unas libranzas sobre Varsovia y un pasaje para Hamburgo. Y tuvo la generosidad de acompañada al vapor y despedir1e como se despide a alguien hasta la eternidad.
Esta, es una parte de la historia de Zacarías B1umen. Pero hay algo más. Las gentes no saben cómo continuó creciendo su enorme fortuna; pero yo lo sé y voy a decido para que no olvidemos que a Zacarías Blumen y a sus semejantes a Argentina les debe buena parte de su fama en el mundo.
Lo cual no significa que sus nombres hayan de quedar la historia al lado de los constructores de la nación.
Tal vez en el reverso de la medalla.
III
La conquista del mundo, in escuadras ni ejércitos Restauradas las ruinas de la guerra del Paraguay, sobrevinieron años de gran prosperidad, y se desarrolló en los argentinos el amor al lujo. Y como consecuencia, una afición desmedida a los géneros de seda, afición que el gobierno quiso contener, gravándolos con fortísimos derechos de aduana.
Zacarías Blumen se puso en contra del gobierno y en favor de los argentinos; y se dedicó a procurarles aquellas preciosas tejas, libres de impuestos fiscales.
Comprobarlas en el Japón o en Italia y ocultaba las en sus depósitos de la Banda Oriental, entre Montevideo y la Colonia.
Allí las recogían sus lanchas, más veloces y mejor tripuladas que las de la policía aduanera.
En una noche cruzaban el Río de la Plata y descargaban su rica mercancía en lugares secretos de la costa del Tigre o las barrancas de San Isidro.
En los gastos del negocio, Blumen incluía siempre una partida para el comisario de la región o para el jefe del resguardo. Lo que los argentinos llaman "coima". En lenguaje técnico se dice: "Lubricante, materia viscosa y fluida que se deposita en los ejes y engranajes para evitar que chillen."
A veces algún engranaje rechazaba el lubricante, y los pobres marineros de sus lanchas tenían que andar a tiros con los guardias aduaneros entre los sauzales de la costa y los meandros del Delta.
Pero tales accidentes apenas interrumpían el tráfico durante algunas semanas.
Zacarías curaba a los heridos, olvidaba a los muertos y echaba más lubricante o lograba que se removieran aquellas ruedas inferiores, que no se dejaban engrasar debidamente.
A pesar de estos gastos, las sedas de Blumen podían venderse en Buenos Aires a la tercera parte del precio de las que llegaban por legítimo puerto. Pero Zacarías se guaro daba de venderlas a ese precio, por no arruinar a sus honestos rivales. Se limitaba a rebajar las suyas a la mitad, lo cual le permitía realizar dos cosas buenas: no ganar más de un veinte por ciento y no fundir del todo a los comerciantes honestos. La experiencia le había enseñado que sólo gracias a la honestidad de los hombres, hay negocios para los pillos.
De las sedas pasó a los cigarros, a los encajes y a la morfina. Los buenos negocios son como las cerezas: en el tronquito de unos se enredan otros.
Y así él, buscando gentes discretas y hábiles que expendieran sus alcaloides, descubrió un nuevo filón.
Había observado que entre los centenares de miles de in· migrantes que los buques de Europa vuelcan sobre las indefensas playas argentinas, venían muchas damas ilustres, baronesas y condesas, de apellidos difíciles, ávidas de explotar sus buenos modales y el sonido de sus nombres: Condesa Kozlowsky; baronesa Zytnitzky.
Y había observado también-pues a Zacarías no se le escapaba ningún detalle-, que los caballeros porteños gastaban con placer su dinero en las guanterías y perfumerías y bombonerías atendidas por jóvenes extranjeras con nombres románticos.
En aquellos tiempos, cuando Oiga o Eva, o Abigail decidían cambiarse nombre, acudían a las óperas y se rebautizaban Gilda, Norma, Aida.
Ahora, las óperas han caído en desuso y las muchachas prefieren los nombres en inglés de las artistas de cine.
Zacarías fue el primero en Buenos Aires que relacionó esos dos hechos triviales al parecer; el cursi romanticismo de los caballeros, por quienes las jóvenes se cambiaban nombre y la sonoridad de ciertos apellidos de damas inmigrantes.
El mismo día que desembarcaron la baronesa Fanny Chmielnitzky y la condesa Ida Glück, que venía de Amsterdam con pasaje de tercera clase, Zacarías Blumen las abordó en el hotel de Inmigrantes, donde las alojó la munificencia del Estado.
-Si yo les doy plata-iba pensando el financista-a estas nobles damas para que fingiendo no conocerme, abran guanterías y bombonerías y florerías, con esas rubias muchachas que han venido en el mismo buque, y les cambien sus nombres bíblicos por otros árabes: Zaira, Saída, Zelmira, haremos buenos negocios.
De esta ocurrencia nacieron innumerables tiendas en todos los barrios de la ciudad, regenteadas por nobles señoras, vestidas de sedas brillantes y con gruesos collares falsos.
Zacarías Blumen las comanditaba secretamente y cada se· mana iba con su levita escrofulosa, su barba negra y su espalda arqueada a hacer balance y embolsar ganancias.
Buena porción de estas se destinaba a engrasar el complicado mecanismo de la policía porteña. Y, como la experiencia le había el15eñado que algunas ruedas no absorbían el famoso lubricante, Zacarías Blumen, antes de instalar una guantería visitaba al comisario del barrio. Y si lo hallaba insobornable se alejaba de aquella sección.
De lo cual resultó que algunos cuarteles de la ciudad no fueron favorecidos por el progreso; pero en otros fundó Zacarías tantas sucursales que los vapores de Europa no le suministraban ya suficientes baronesas y condesas y tuvo que hacerlas venir de su tierra expresamente.
A veces, desbordado por el éxito de los negocios, cuando hallaba una mula vieja de buen aspecto, que se llamaba como quien dice Juana Pérez, él mismo le otorgaba ejecutoria de nobleza y la Juana Pérez, desde ese día, entraba a llamarse: baronesa Taiba Rubinstein.
Tuvo también que preocuparse de las jóvenes empleadas,  lo cual no era escaso quebradero de cabeza y 1o obligó a hacer varios viajes a Europa y a establecer corresponsales discretos en distintas naciones.
Al cabo de algunos años tuvo la satisfacción de ver su obra perfecta. Poseía cuarenta o cincuenta sucursales en la Capital Federal y muchas en las ciudades del interior. Y de tal manera había organizado sus agencias europeas y hasta asiáticas, que Buenos Aires acabó por ser el principal mercado para ciertas mercaderías.
¡Al César lo que es del César! Buenos Aires debe a Zacarías Blumen y a otros extranjeros como él, lo más ruidoso de su nombradía en aquellas naciones, de donde importaban sus baronesas y sus modistillas; y gracias a tales industrias, la ruta de Buenos Aires, o como dijeron los franceses: "le chemin de Buenos- Aires", proporcionó argumento a comedias y librejos que han dado mucho lustre al nombre argentino.
Es justo, pues, que tales inmigrantes que al amparo de las leyes más liberales del mundo han ganado el dinero más su· cio de la tierra, labrándonos de paso una linda fama, vivan en las páginas de este libro, aunque sea con nombres supuestos.
Y nadie se queje, pues los nombres que se usan aquí han pertenecido, y algunos siguen perteneciendo, a personajes de carne y hueso, cuyos retratos, impresiones digitales y demás circunstancias, guárdanse en los prontuarios de nuestra policía. Ad perpetuam rei memoriam.
Naturalmente, estos negocios los manejaba Zacarías Blumen por intermedio de agentes, subagentes, inspectores apoderados y comisionistas que, a menudo, no tenían la menor noticia de él.
Su buena fama habría sufrido si la alta sociedad porteña, en cuyos salones acabó por deslizarse con la resplandeciente Milka Mlir, cubierta de pedrería auténtica, se hubiera percatado de que él era el capitalista de las baronesas que infestaban cierras barrios.
Zacarías cuidaba su reputación. Sólo quería aparecer como dueño del Banco Blumen y aspiraba a ingresar al Gran Kahal de Buenos Aires.
Pero fuese que alguien recordara su historia en la guerra del Paraguay, o fuese que, absorto en sus negocios, hubiese descuidado la política de su nación, el hecho es que a los sesenta años, poseedor de cincuenta millones de pesos, no tenía influencia alguna en el gobierno del pequeño Estado, que los judíos forman siempre dentro del gran Estado que los acoge.
Eso no debía continuar así. Un día, cuando los negocios le permitieron pensar en los destinos de Israel, se mezcló en las reuniones, derramó dinero y astucia, y en el mes de Kislew (noviembre) en la Asamblea General de los judíos fue elegido elector, miembro del colegio electoral que en la siguiente Pascua designaría a los que iban a formar el Gran Kahal.
¿Cómo se manejó en los pocos meses que van de noviembre a Pascua? Ello es que el modesto elector del mes de Kislew, en el mes de Nisan (generalmente abril), primero del año israelita, el 14, víspera de la fiesta de Pesach (Pascua), que dura una semana, durante la cual no se come pan con levadura, en conmemoración de la salida de Egipto, fue electo magistrado del Kahal.
Al año siguiente, un paso más, y se le designó Rosch, Jefe de la secreta institución, síntesis del poderío israelita.
Zacarías Blumen, como muchos otros de su nación, había perdido la fe en el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, pero conservaba el espíritu del Talmud.
Tenía el orgullo de su raza. Creía en Israel, predestinado para dominar al mundo. Había estudiado la Ley y sus comentadores, para estar en condiciones de usar de la palabra en las asambleas de la Sinagoga.

Veneraba fanáticamente la 1/hora, porque su contenido, los cinco libros de Moisés, no solamente son la doctrina, sino también la historia guerrera y gloriosa de su pueblo.