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miércoles, 1 de noviembre de 2017

EN LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS.

SAN AGUSTIN
    En este domingo vigésimo primero predicare algo sobre la fiesta que ayer con gran pompa y alegría celebró la Santa Madre Iglesia: LA FESTIVIDAD DE TODOS LOS SANTOS. Si la Iglesia así lo dispone entonces conviene que también nosotros la celebremos pues a esta alegría universal de la Iglesia se une la de la Congregación que, en una fiesta tan solemne, fue fundada. De esta manera la devosión y la alegría deben ser las disposiciones de nuestra alma dado que estamos celebrando o celebramos no a los que perecieron en el combate sino a los que vencieron, con la gracia divina, a los enemigos del alma y ahora tienen el premio y descansan de sus trabajos.
Su triunfo y su consecuente glorificación nos sirve de consuelo y de una no menos esperanza. Pues en estos días aciagos y difíciles nos es necesario encontrar en ellos el apoyo y la segura intercesión para superar nuestras miserias y elevar, cuando menos en este valle de lágrimas, nuestro corazón a la mansión celestial.
LOS DEFECTOS DE LOS SANTOS

Cuando el alma escucha algo sublime y elevado, considerando su miseria, puede desalentarse o desanimarse en el camino asía su salvación eterna porque considera que tal doctrina contenida en las bienaventuranzas solo la pueden practicar los santos. Nada mas alejado de la realidad que esta conclusión nuestro Señor nos las dijo a todos; pecadores y justos. Pues esto se lee en el evangelio de San Mateo: “ Y viendo Jesús a las turbas subió a un monte, y después de haberse sentado, se llegaron a Él sus discípulos...” Y si aun persistimos el desaliento pensemos que también los santos alcanzaron su galardón a pesar de sus miserias y, aunque suene un poco raro, A PESAR DE SUS DEFECTOS. Por si bien lo meditamos son parte de la miseria humana. Quizá esto ultimo nos pueda escandalizar a lo sumo o nos resulte extraño pero interesante a lo menos y no pasa desapercibido.
SAN JERONIMO
     Ahora bien, ¿es posible hablar de los defectos de los santos? Puede ser que para algunas almas de criterio estrecho y tímido les sea escandaloso, pero debemos verlo por el lado positivo o en otras palabras pienso que no hay nada más edificante; porque si se comprueba que los santos tuvieron los mismos o mayores defectos como los nuestros, podemos concluir con lógica rigurosa que nosotros podemos tener las mismas virtudes que ellos. Pero quiero recalcar de nuevo por esta razón nos es necesario tener esto en claro y bajo este aspecto es posible que los santos tuvieron defectos. Si se lee las vidas de los santos escritas con poca o ninguna critica histórica, contestaremos negativamente. Según ellas, sus héroes desde su nacimiento aparecieron sobre la tierra con una aureola de santidad jamás desmentida, como santos de nicho o rinconera; de niños no jugaban; de jóvenes, no reían; jamás una alteración en su carácter, ni un momento de debilidad en su animo, ni una expansión en su corazón, ni una sombra de imperfección en su conciencia... si así fueran los santos, harto motivo habría para desanimarnos, teniendo por imposible su imitación.
    A Dios gracias no es así, cierto tampoco negamos que han aparecido sobre la tierra, como una visión celestial, almas que más parecen ángeles que hombres, pero no es lo común y ordinario pues lo común y ordinario es que un santo “no nace se hace”, y luchando a brazo partido con sus miserias y defectos y hasta con hábitos pecaminosos, y que aun llegados a las cumbres de la santidad, conservan alguna huella de la región tenebrosa de donde partieron; como Cristo, en los esplendores de la gloria, conserva las cicatrices de su muerte ignominiosa.
    Pero quizá podríamos decir que canónicamente la santidad exige que se hayan ejercitado en grado heroico todas las virtudes o por lo menos alguna. Y para este grado heroico no basta algún acto aislado, si no que se requiere algo permanente y habitual.
    Por otra parte, teológicamente la santidad consiste “en la transformación del alma en Dios”, o sea en su perfecta divinización: de la naturaleza del alma, por la plenitud de la gracia; de las facultades del alma, por las virtudes infusas y sobre todo por los dones del Espíritu Santo en pleno ejercicio; de la actividad del alma, por la moción constante, o casi constante, del Espíritu Santo.
    Ahora bien, ¿cómo puede haber miserias en un alma que posee todas las virtudes en grado heroico, en un alma movida habitualmente por el Espíritu Santo? Para resolver esta dificultad debemos considerar a los santos en tres etapas sucesivas:
   1º Antes de empezar a trabajar en la perfección,....
   2º Durante el periodo largo y laborioso de su santificación, y es el tiempo propio de la ascesis, de la lucha tenaz para arrancar defectos y plantar virtudes.
   3º Llegados al termino, en esa época de madurez mas o menos larga que precede a la muerte.
SANTA MARIA MAGDALENA
    Así pues cuando hablamos de defectos en los santos, me refiero especialmente a esta segunda etapa, pero aun cuando han llegado a la tercera etapa o a la madurez de la santidad, es en rigor compatible con no pocas miserias humanas; y no solo de aquellas
que no suponen imperfección en el orden sobrenatural, sino aun de las que implican imperfección moral y aun pecado venial semideliberado, no habitual, sino accidental y de pura flaqueza.
    Y esto es lógico porque para poseer las virtudes en grado heroico no es necesario que todos y cada uno de los actos de los santos sean heroicos tengan la suma perfección. Tal perfección es sobrehumana, no es de la tierra y sólo en la  Sma. Virgen puede concebirse.
    Ni tampoco es necesario que el alma del santo sea movida por el Espíritu Santo en todo y cada uno de sus actos, aun los más insignificantes, ni que la correspondencia del santo sea tal que no flaquee ni un segundo. Esto más que heroico sería extraordinario y milagroso con relación a esto y para confirmarlo el concilio de Trento dice: “Si alguno dijere que el hombre, una vez justificado, no puede volver a pecar... o que puede evitar durante toda la vida todos los pecados, aun veniales, sin un privilegio especial de Dios, como la Iglesia lo afirma de la Bienaventurada Virgen María, que sea anatema.”