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martes, 28 de noviembre de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY



Es porque el amor, en efecto, no vive tan sólo de lo que recibe; vive aún más de lo que da; su mejor alimento será siempre el sacrificio. Así acontece hasta en las cosas humanas: el hijo que ha costado más dolores y lágrimas a su madre, ¿no será por ventura el más amado? De la misma manera el alma se une a Dios en la medida en que sabe abnegarse por Él; la unión de corazón y de voluntad, cimentada por el hábito del sacrificio, será siempre la más sólida, y por decirlo así, inquebrantable. Más, ¿sobreviviría la que ha nacido de las suavidades del amor? Quizá. Pero hay necesidad de que la prueba venga a reforzarla y mostrar lo que vale. Cuando Dios nos prodiga inefables ternuras y nos acaricia amorosamente como un padre que estrecha a su hijo contra su corazón, nuestra alma emocionada, anhelante, enloquecida, sale de sí misma, se da por entero y se entrega con sinceridad. Mas el amor propio está muy lejos de morir definitivamente y hasta puede hallar su más delicado alimento en las dulzuras de esas emociones. Para completar la obra de las divinas ternuras, para robustecer la debilidad de la naturaleza y el reinado de la santa dilección, será, pues, imprescindible la acción lenta y dolorosa de la prueba bien aceptada. Dejémonos crucificar de buena gana: en el Calvario fue dada a luz nuestra alma y en la cruz hallará siempre la vida. El dolor es, pues, el alimento necesario del santo amor y por cierto muy sustancial. Un alma iluminada lo declara así: tanto más experimenta un alma que Dios se le comunica y le abraza, cuanto la favorece más el Señor, permitiendo que sea humillada y que reconozca su incapacidad y que sienta su inutilidad. «El amor divino crece en el dolor. Cuando éste es más punzante, tanto más vivos son los ardores del santo amor. Cuanto más pesa la tristeza sobre un alma, tanto más siente las llamas del divino amor, y su corazón deja escapar palabras de fuego.» Nuestro Señor le pondrá frecuentemente en la imposibilidad de comulgar a causa de enfermedad, pero El compensará esta privación del pan eucarístico, partiendo en mayor abundancia el pan de la tribulación. En una palabra, «el dolor es el pan sustancial de que Jesús quiere alimentarla»; ella lo entiende así y pide tan sólo que no se harte jamás de este manjar divino. Este es el lenguaje de todas las almas grandes, que por alcanzar la unión tan deseada con el Dios de su corazón, atravesarían el fuego y el hielo, sin que esto quiera decir que son insensibles al dolor.
Mas el amor dulcifica el padecimiento, y hasta lo busca y desea. «¡Cuántas crucecitas encuentro cada día!, decía un alma ardiente. Amo esas cruces, aun cuando me causan mucho dolor, porque si no lo sintiera me parecería que no amo. Si no padeciera, amando tantísimo a mi Dios, no sería feliz y me creería juguete del demonio.» La venerable María Magdalena Postel dice: «Cuando se ama, no hay trabajo para el que ama, pues es tanta la dicha que se halla en padecer por el objeto amado.» Y San Francisco de Sales nos revelará el secreto de este heroísmo: Ved las aflicciones en sí mismas, son pavorosas, vedlas en la voluntad divina, son amores y delicias. Si miramos las aflicciones fuera de la voluntad de Dios, tienen su amargura natural; mas considéreselas en este beneplácito eterno y son todo oro, amables y preciosas, mucho más de lo que puede decirse. Las medicinas desagradables ofrecidas por una mano cariñosa las recibimos con alegría, sobreponiéndose el amor a la repugnancia. La mano del Señor es igualmente amable, ya distribuya aflicciones, ya nos colme de consolaciones. El corazón verdaderamente amante, ama aún más el beneplácito de Dios en la cruz, en las penas y en los trabajos, porque la principal virtud del amor consiste en hacer sufrir al amante por la cosa amada.»
En fin, el amor justifica la Providencia y la aprueba en todos sus caminos. El Hijo de Dios cree a su Padre celestial, le adora, confía en El, pero sobre todo le ama, y amándole tiene gusto para todo cuanto viene de Él, aun cuando su divina Providencia fuere en apariencia dura y severa. De esta manera su amor filial recibe con escrupuloso respeto todo cuando es enviado del cielo. San Francisco de Sales no miraba bien que uno se quejase del tiempo: ¡hace mal tiempo, hace mucho frío, qué calor! «semejantes reflexiones –decíanos convienen a un hijo de la Providencia que siempre ha de bendecir la mano de su Padre». El amor divino obra de la misma manera cuando intervienen las causas segundas y la malicia humana: por encima de los hombres y de los acontecimientos ve a su Amado, al Dios de su corazón, y con amor filial, con respecto inalterable besa la mano que le está hiriendo.
5. AMOR DE NUESTRO SEÑOR
En este camino del amor y del abandono, Nuestro Señor Jesucristo posee singular atractivo para cautivar las voluntades y arrebatar los corazones. Siendo Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, se ha hecho hombre como nosotros; es Dios, que ha llegado a ser nuestro hermano, nuestro amigo, el Esposo de nuestras almas; Dios maravillosamente puesto a nuestro alcance, Dios revestido de incomparable encanto para nosotros. La Santa Humanidad es la puerta que nos convenía para penetrar en los secretos de la Divinidad; y ofrece a nuestro pensamiento un precioso apoyo, a nuestro corazón un delicioso atractivo, a nuestra voluntad un modelo proporcionado. Jesús es el Salvador, a quien todo se lo debemos; Cabeza que nos comunica la vida. Camino que debemos seguir, y Guía que va delante de nosotros, Viático que sostiene nuestras fuerzas, término que debemos esperar, único galardón a que aspiramos. Es para nosotros alfa y omega, principio y fin.
A excepción de los atractivos de la gracia que siempre hay que respetar, nunca se encomendará bastante a las almas piadosas que nada antepongan a Nuestro Señor en sus devociones. La práctica más recomendada por los Maestros de piedad es la de seguirle principalmente al Calvario y al altar. Muchos, sin embargo, prefieren honrar su Sagrado Corazón o su santísima Infancia. Lo esencial es que se tenga muy a menudo a Jesús a la vista para contemplarle, en el corazón para amarle, en la voluntad para conocerle e imitarle.
Después, que cada cual siga su atractivo y busque al buen Maestro allí donde con más facilidad le encuentre. En cualquiera de sus misterios hay todo lo que se precisa para satisfacer las aspiraciones y las necesidades más variadas; es siempre la víctima voluntaria que se dirige al sacrificio, el Esposo que nos invita al sufrimiento, su vida entera no ha sido sino cruz y martirio.
Jesús Niño, por no hablar sino de Él, tiene la mano tan fuerte como dulce, y es lo suficiente sabio para no perjudicar a sus amigos. Un día, «durante la Santa Misa, se presenta a una religiosa con una multitud de cruces en sus manos. Las había de todos los tamaños, pero sobre todo pequeñas, y eran tan numerosas que apenas las podía sostener, y la dijo graciosamente: ¿Me quieres con todo mi cortejo? (Su cortejo eran las cruces.) ¡Oh!, sí, amable y gracioso Niño -díjole ella-, os quiero con todo vuestro cortejo. Venid, que os quiero acoger».
Santa Teresita del Niño Jesús se había ofrecido a su dulce Amigo, «para ser no su pequeño juguete de valor que los niños se contentan con mirar, sin atreverse a tocarlo, sino como una pelotita de escaso precio, que pudiera arrojar al suelo, empujar con el pie, rasgar, arrinconar, o bien estrecharla contra su corazón, si tal fuese su gusto». En una palabra, quería divertir al Niño Jesús y entregarse a sus caprichos infantiles. El escuchó su petición y no tardó en romper el pequeño juguete, «queriendo sin duda ver lo que contenía dentro». Imposible describir en términos más graciosos una ruda crucifixión, una verdadera muerte a sí misma, bastando la dulce mano del Niño Jesús para esta forzada labor.
La Pasión es el atractivo más general; éste fue el de Nuestro Padre San Bernardo. «Desde el principio de mi conversión -dice-, a fin de suplir los méritos que a mí me faltaban, puse sobre mi corazón un hacecito de mirra, formado de todas las ansiedades y amarguras de mi Salvador. En él coloqué las privaciones de su infancia, los trabajos de su predicación, las fatigas de sus viajes, sus vigilias en la oración, sus tentaciones y sus ayunos, sus lágrimas de compasión, los lazos tendidos a sus palabras, las traiciones de los falsos hermanos, los clamores, las bofetadas, los sarcasmos, las injurias, los clavos, todos los tormentos que cuenta el Evangelio y que El padeció en tan crecido número por nuestra salvación... Nadie podrá arrebatarme este hacecito, que siempre conservaré sobre mi corazón. Estoy persuadido de que la sabiduría consiste en meditar estas cosas; y en esto he  cifrado la perfección de la justicia, la plenitud de la ciencia, las riquezas de la salvación, la abundancia de los méritos. De ahí me viene la suave unción de la consolación. Esto es lo que me levanta en la adversidad, lo que me sostiene en la prosperidad, lo que en las alegrías y tristezas de la vida me conduce con seguridad por el camino real, y lo que aparta los males que de una y otra parte me amenazan... Por esto, tengo con frecuencia estas cosas en mi boca, y vosotros lo sabéis; Dios sabe que las tengo siempre en mi corazón, es evidente que de ellas están llenos mis escritos. No hay para mí más sublime filosofía aquí abajo que la de conocer a Jesús y a Jesús Crucificado.»