utfidelesinveniatur

miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL SANTO ABANDONO. DOM VITAL LEHODEY


sacrificio de isaac

RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES
«Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos; tanto como el cielo se eleva sobre la tierra, los caminos del Señor superan a los nuestros». De ahí surgen un sinnúmero de malas inteligencias entre la Providencia y el hombre que no sea muy rico en fe y abnegación. Señalaremos cuatro.
1º La Providencia se mantiene en la sombra para dar lugar a nuestra fe, y nosotros querríamos ver. Dios se oculta tras las causas segundas, y cuanto más se muestran éstas más se oculta El. Sin El nada podrían aquéllas; ni aun existirían; lo sabemos, y con todo, en vez de elevarnos hasta El, cometemos la injusticia de pararnos en el hecho exterior, agradable o molesto, más o menos envuelto en el misterio.
Evita manifestarnos el fin particular que persigue, los caminos por donde nos lleva y el trayecto ya recorrido. En lugar de tener una ciega confianza en Dios, querríamos saber, casi osaríamos pedirle explicaciones. ¿Acaso un niño se inquieta por saber adónde le conduce su madre, por que escoge este camino en vez del otro? Por ventura, ¿no llega el enfermo incluso a confiar su salud, su vida, la integridad de sus miembros al médico, al cirujano? Es un hombre como nosotros y, sin embargo, hay confianza en él a causa de su abnegación, de su ciencia y de su habilidad. ¿No deberíamos tener infinitamente más confianza en Dios, médico omnipotente, Salvador incomparable? Al menos, cuando todo es sombrío en derredor nuestro y ni aun sabemos por dónde andamos, quisiéramos un rayo de luz. ¡Oh, si supiéramos siquiera darnos cuenta que la gracia es quien obra y que todo va bien! Pero ordinariamente no se dará uno cuenta del trabajo del divino decorador antes de que esté terminado. Dios quiere que nos contentemos con la simple fe y que confiemos en El, con corazón tranquilo, en plena oscuridad. ¡Primera causa de la pena!
2º La Providencia tiene distintas miras que nosotros, ya sobre el fin que se propone, ya sobre los medios destinados a su consecución. En tanto no nos hayamos despojado por completo del amor desordenado a las cosas de la tierra, querríamos encontrar el cielo aquí abajo, o por lo menos ir a él por camino de rosas. De ahí ese aficionarse, más de lo que está en razón, a la estima de gentes de bien, al afecto de los suyos, a los consuelos de la piedad, a la tranquilidad interior, etc., y que se saboree tan poco la humillación, las contrariedades, la enfermedad, la prueba en todas sus formas.
Las consolaciones y el éxito se nos presentan más o menos como la recompensa de la virtud, la sequedad y la adversidad como el castigo del vicio; nos maravillamos de ver con frecuencia prosperar al malo y sufrir al justo aquí abajo. Dios, por el contrario, no se propone darnos el paraíso en la tierra, sino hacer que lo merezcamos tan perfecto como sea posible.
Si el pecador se obstina en perderse, es necesario que reciba en el tiempo la recompensa de lo poquito que hace bien. En cuanto a los elegidos, tendrán su salario en el cielo; lo esencial, mientras aquél llega, es que se purifiquen, que se hagan ricos en méritos. ¡Es tan buena la prueba con este fin! No escuchando sino a su austero y sapientísimo amor, Dios trabajará por reproducir a Jesucristo en nosotros a fin de hacernos reinar con Jesús glorificado. ¿Quién no conoce por lo demás las bienaventuranzas anunciadas por el divino Maestro? Así, la cruz será el presente que El ofrecerá a sus amigos con más gusto. «Considera mi vida toda llena de sufrimientos -dijo a Santa Teresa-, persuádete que aquel es más amado de mi Padre que recibe mayores cruces; la medida de su amor es también la medida de las cruces que envía. ¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección que deseando para vosotros lo que deseé par mí mismo?» Lenguaje divino y sapientísimo, mas, ¡qué pocos lo entienden! Y ésta es la segunda causa de las equivocaciones.
La Providencia sacude recios golpes y la naturaleza se lamenta. Hierven nuestras pasiones, el orgullo nos reduce, nuestra voluntad se deja arrastrar. Profundamente heridos por el pecado, nos parecemos a un enfermo que tiene un miembro gangrenado. Estamos persuadidos de que no hay para nosotros remedio sino en la amputación, mas no tenemos valor para hacerla con nuestras propias manos. Dios, cuyo amor no conoce la debilidad, se presta a hacernos este doloroso servicio. En consecuencia nos enviará contradicciones imprevistas, abandonos, desprecios, humillaciones, la pérdida de nuestros bienes, una enfermedad que nos va minando: son otros tantos instrumentos con los que liga y aprieta el miembro gangrenado, le hiere la parte más conveniente, corta y profundiza bien adentro hasta llegar a lo vivo. La naturaleza lanza gritos; más Dios no la escucha, porque este rudo tratamiento es la curación, es la vida. Estos males que de fuera nos llegan, son enviados para abatir lo que se subleva dentro, para poner límites a nuestra libertad que se extravía y freno a nuestras pasiones que se desbocan. He aquí por qué permite Dios se levanten por todas partes obstáculos a nuestros designios, por qué nuestros trabajos tendrán tantas espinas, por qué no gozaremos jamás de la tranquilidad tan deseada y nuestros superiores harán con frecuencia todo lo contrario de nuestros deseos. Por esto tiene la naturaleza tantas enfermedades; los negocios, tantos sinsabores; los hombres, injusticias, y su carácter, tantas y tan inoportunas desigualdades. A derecha e izquierda somos acometidos de mil oposiciones diferentes, a fin de que nuestra voluntad, que es demasiado libre, así probada, estrechada y fatigada por todas partes, se despoje al fin de sí misma y no busque sino la sola voluntad de Dios. Más ella se resiste a morir, y ésta es la tercera causa de los disgustos.
La Providencia emplea a veces medios desconcertantes.
« Sus juicios son incomprensibles»; no sabríamos penetrar sus motivos, ni atinar con los caminos que escoge para ponerlos en ejecución. «Dios comienza por reducir a la nada a los que encarga alguna empresa, y la muerte es la vía ordinaria por la que conduce a la vida; nadie sabe por dónde pasa.» Y, por otra parte, ¿cómo su acción va a contribuir al bien de sus fieles? Nosotros no lo vemos y aun frecuentemente creemos ver lo contrario. Mas adoremos la divina Sabiduría que ha combinado perfectamente todas las cosas, estemos bien persuadidos de que los mismos obstáculos le servirán de medios y que llegará siempre a sacar de los males que permite el invariable bien que se propone, es decir, los progresos de la Iglesia y de las almas para la gloria de su Padre.
En consecuencia, si consideramos las cosas a la luz de Dios, llegaremos a la conclusión de que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y éxitos que son un castigo.
Citemos algunos ejemplos entre mil, para poner estas verdades en todo su esplendor. Dios se compromete a hacer de Abraham el padre de un gran pueblo, a bendecir todas las naciones en su raza, y he aquí que le ordena sacrificar al hijo de las promesas. ¿Olvidó acaso la palabra dada? Ciertamente que no: mas quiere probar la fe de su servidor y a su tiempo detendrá el brazo. Se propone someter a José la tierra de los Faraones, y comienza por abandonarle a la malicia de sus hermanos; el pobre joven es arrojado a una cisterna, conducido a Egipto, vendido como esclavo, después pasa en la cárcel años enteros, todo parece perdido, y, sin embargo, por ahí mismo es por donde le conduce Dios a sus gloriosos destinos. Gedeón es milagrosamente elegido para librar a su pueblo del yugo de los madianitas, improvisa soldados que apenas serán uno contra cuatro. En lugar de aumentar su número, el Señor despide a la mayor parte, no conservando sino trescientos y, armándolos de trompetas, de lámparas, con cántaros de barro, les conduce, ¿a dónde, diremos, a la batalla o al matadero? Y con este inverosímil ejército es pon el que asegura a su pueblo una sorprendente y segura victoria. Más dejemos el Antiguo Testamento.
Después de las ovaciones y de los ramos, Nuestro Señor es traicionado, prendido, abandonado, negado, juzgado, condenado, abofeteado, azotado, crucificado y pierde su reputación. ¿Es así como asegura Dios Padre a su Hijo la herencia de las naciones? Triunfa el infierno y todo parece perdido, no obstante, por ahí mismo nos viene la salvación.
Para confundir lo que es fuerte, Jesús escoge lo que es débil.
Con doce pescadores ignorantes y sin prestigio se lanza a la conquista del mundo; nada son, pero El está con ellos. Deja a la persecución campear durante tres siglos, y, según su palabra profética, aquélla apenas ha de cesar; renueva a la Iglesia en lugar de destruirla y la sangre de los mártires es aún hoy día semilla de cristianos. La impiedad de los filósofos, las argucias de los heresiarcas se aprestan al asalto para extinguir las estrellas del cielo; y con eso precisamente se hace la fe más explícita y más luminosa. Los reyes y los pueblos bramarán contra el Señor y contra su Cristo, que es, sin embargo, su verdadero apoyo, mas llegado el momento que El ha escogido, «el Hijo del carpintero, el Galileo», siempre vencedor, encerrará a sus perseguidores en un ataúd y los citará a su tribunal. Mientras la tierra se agita en un sin fin de revoluciones, la cruz se mantiene enhiesta, indestructible y luminosa sobre las ruinas de los tronos y de las nacionalidades.
Quédanle medios propios suyos, medios inverosímiles, que Dios escogerá para salvar a un pueblo, conmover las muchedumbres, instituir familias religiosas.
Hubo un tiempo en que daba pena el reino de Francia; para arrancarlo de una pérdida total e inminente, Dios va a suscitar no poderosas armas, sino una inocente niña, una pobre pastorcilla de ovejas, y con este débil instrumento libra a Orleáns y conduce triunfalmente al Rey a Reims para ser consagrado. En nuestros días conmueve países enteros a la voz del Cura de Ars, el más humilde sacerdote rural, y a excepción de la santidad, hombre de menguado valer. Dios quería nuestra Orden: suscita tres santos para fundarla y le prepara las más abundantes bendiciones, y, sin embargo, la persecución que se dejó caer sobre nuestros Padres en Molismo los siguió a Cister. Se obliga a San Roberto por obediencia a dejar su obra sin terminar. San Alberico durante su gobierno y San Esteban durante algunos años apenas reciben novicios. La muerte hace sus vacíos y una epidemia arrebata la mitad de la pequeña Comunidad. Los supervivientes se preguntan, no sin ansiedad, si llegarán a tener sucesores o si su obra va a desaparecer con ellos.
¿Querrá la Providencia divina destruir sus piadosos designios? Todo lo contrario, quiere de este modo asegurarlos, pero a su manera; propónese santificar a los fundadores, pone en vigor todos los puntos de la Regla, establece sólidamente la observancia y la vida interior. Una vez preparada la colmena, atraerá las abejas por enjambres.
Dios revela a la venerable María Postel que ella ha de fundar, en medio de muchas tribulaciones, una Comunidad que será la más numerosa de la diócesis de Coutances.
Durante treinta años se la verá conducida por caminos oscuros, sometida a todo género de pruebas, contradicha por los acontecimientos, probada por repetidos fracasos. ¿Olvida acaso el Señor su promesa? Muy al contrario, así es como asegura su perfecto cumplimiento, elevando a la fundadora a la más encumbrada santidad, imprimiendo a la Congregación naciente el espíritu que deberá siempre animarla. San Alfonso de Ligorio, ilustre Fundador de los Redentoristas, se vio en sus últimos años indignamente acusado ante el Sumo Pontífice por dos de los suyos; es condenado, privado de su cargo de Superior General y hasta excluido del Instituto que le debía su existencia. Animábase leyendo la vida de San José de Calasanz, el Fundador de las Escuelas Pías, que fue como él perseguido, expulsado de su Orden y cuyo Instituto fue suprimido, y más tarde restablecido por la Santa Sede. Mas San Alfonso predice: que Dios que ha querido la Congregación en el reino de Nápoles, sabrá mantenerla en él, y que a ejemplo de Lázaro saldrá de la tumba llena de vida, cuando él ya no exista. «Dios ha permitido la dimisión -decía- para multiplicar las casas en los Estados Pontificios.» Y de hecho, cuando el santo anciano haya apurado hasta las heces el cáliz de las humillaciones y de los dolores, cuando haya sufrido su martirio con la más inalterable paciencia, el cisma, causa de este martirio, cesará como por ensalmo; la Congregación, más floreciente que nunca, extenderá sus ramas por todos los países. Así, aquella horrorosa tempestad que parecía iba a aniquilar el Instituto fue el medio elegido por Dios para propagarlo por el mundo entero, a la vez que consumaba la santidad del Fundador.