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lunes, 23 de octubre de 2017

LAVIDA DE MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE


Consciente de la trampa, el Padre superior zanjaba el tema con Pío XI: «El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir en ningún campo la colaboración con él de parte de los que quieren salvar la civilización cristiana-", El Padre Lefebvre concluía: Roma locuta est, causa finita est: Roma ha hablado, el asunto está cerrado. Era su fórmula, igualmente, en las elecciones para las Asambleas constituyente y legislativa en 1946, el Superior no dudó en dar sugerencias precisas de voto: aconsejó votar por el Partido Republicano de la Libertad -un partido «realmente de derecha», decía un antiguo alumno porque no era ni izquierdista, ni radical, ni democristiano. Y en el referéndum de octubre de 1946, que debía aprobar la Constitución de la IV República, el Padre Lefebvre recomendó votar «No», como De Gaulle, pero por razones muy distintas:
“Dios Y la Iglesia -decía-, quedan excluidos de la Constitución en la escuela, en el matrimonio y en la propiedad. Toda la moral está en juego.
El Padre Superior fue también «categórico al dirigirse a los fieles que asistían a Misa». Eso impactó a los demás Padres:
-¡Ah!, Padre Lefebvre, fue usted un poco duro.
Pero sus pequeñas reflexiones sólo provocaban su sonrisa y esta respuesta:
-¡Hay que decir la verdad! ¡Cómo agradecía al cielo el amor por las verdades completas recibido en Santa Chiara! El sentire cum Ecclesia era su norma: a los seminaristas les daba esta consigna:
No tener pensamientos que no sean conformes a la verdad de la Iglesia.

4. Sana doctrina, vida espiritual y celo misionero

Fuera de la Iglesia no hay salvación

La «verdad de la Iglesia-" es ante todo la necesidad que tiene todo hombre de pertenecer a la Iglesia para salvarse. El dogma «Fuera de la Iglesia no hay salvación» era para el Padre Lefebvre «la razón de ser del apostolado misionero», porque el bautismo de agua y la fe explícita en Jesucristo son, según la Providencia ordinaria de Dios, la puerta de la Iglesia.
Por eso atacó al Padre de Lubac cuando publicó un opúsculo titulado El fundamento teológico de las misiones. El jesuita, invocando «la luz del Verbo que ilumina a todo hombre» y las «mil formas anónimas de la gracia de Cristo», concluía: «Es falso decir que, sin el misionero, el «pagano» esté irremediablemente condenado al infierno».
Sin considerar siquiera los argumentos heterodoxos del Padre de Lubac, que los Padres dominicos Labourdette y Nicolas subrayaban para refutar al jesuita, el Padre Lefebvre, con el realismo de su experiencia africana, afirmaba:
Las teorías del Padre de Lubac son claramente disolventes del celo misionero. Parece ser, un hecho claro, y un hecho de experiencia, comprobar que aunque un cierto número de paganos hayan sabido corresponder a la gracia inicial, les es muy difícil perseverar en ella en el medio en que viven.
En Marcel Lefebvre, la ciencia del misionero iba acompañada de la precisión de la formulación teológica, Afirmaba que el orden sobrenatural no es opcional, y veía en la Santísima Virgen «el escudo de la fe y el pilar del orden sobrenatural»: «la herida de la ignorancia -decía- es la más grave de las heridas del pecado original, ya que priva a las almas de la luz»:
La muerte puebla el infierno de millones de almas que la ignorancia ha sumergido en el vicio o en el egoísmo.
El Padre Lefebvre quiso ilustrar la fuerza de estos principios con testimonios de misioneros de paso por Mortain: la tarde de Pascua de 1947 su propia hermana, Sor Marie-Gabriel, hizo «visitar» a los escolásticos los dispensarios, guarderías infantiles y escuelas bulliciosas de Camerún. El martes después de Pentecostés, 27 de mayo, Monseñor Pierre Bonneau, a quien no había vuelto a ver desde Mvolyé, y que acababa de ser consagrado Obispo el 16 de febrero en Douala por el Cardenal Liénart, fue a hablar sobre el clero indígena, Al día siguiente, al amanecer, Marcel salía con Monseñor Bonneau hacia Lourdes, a la consagración episcopal de su amigo, jean Baptiste Fauret, designado Vicario Apostólico en Loango.
-Ya sabe usted -le dijo Bonneau por el camino-, que se han tenido que proveer varios vicariatos uno tras otro.
-Sí, Bangui, y ahora Douala y Loango.
-y también Dakar, pues Monseñor Grimault ha presentado su dimisión.
-Sí, y Libreville, después de la muerte del querido Monseñor Tardy el 28 de enero.
-Sí... y se piensa un poco en usted.
Estaba claro que Monseñor Bonneau «tanteaba el terreno».
Pero, en su humildad, el Padre Marcel se dijo: ¿Cómo pueden pensar en mí? Además ¿no me han apartado del apostolado de director» En fin, será lo que decidan los Superiores", «La Filosofía prepara a una vida de unión con Dios»
Sucedía a veces que sus seminaristas comparaban Mortain y su sana libertad con la escuela dura y rigurosa del Noviciado: «¡Por fin estamos lejos del Noviciado!», decían. El Padre Lefebvre sintió en ese grito del corazón una cierta pérdida de fervor, una disminución de la búsqueda de la formación espiritual y de la santidad. El modo excesivamente intelectual con que estudiaban su filosofía era un serio escollo. Sobre eso les hizo una advertencia:
No es normal, debería ser al revés. Después del noviciado, los estudios deberían motivar su vida espiritual en lugar de disminuida, porque, en definitiva, una vez comprendida y amada, la filosofía acaba en Dios, que está presente en todas partes y que es incomprensible, esto es, que rebasa nuestra pequeña inteligencia. Aquí se abre la puerta de la fe.
La filosofía -decía también a sus alumnos- prepara para la santidad, para una vida de unión con Dios. [...] La verdadera ciencia conduce lógicamente a la humildad; la falsa ciencia, la que se queda a medio camino y no llega hasta las conclusiones, conduce al orgullo y al engreimiento.
El remedio era fácil: Santo Tomás. Por eso el Padre Superior recorría la Suma Teológica en las conferencias espirituales. Concibió un «tríptico de la vida espiritual» para desarrollar en tres años, como lo explicaría más tarde en Écone:
El primer año hacía estudiar al «hombre injusto» con todas las consecuencia del pecado original; el segundo año trataba del «hombre justo», regenerado por la gracia, con sus virtudes, los dones del Espíritu Santo, las bienaventuranzas.
Y en el tercer año (si me hubiese quedado tres años) habría desarrollado los medios que hacen pasar al hombre de su estado de injusticia al estado de justicia: primero Nuestro Señor mismo [su obra de Redención], luego los medios de santificación que Él instituyó: la Misa, los sacramentos, la oración, el cumplimiento de la voluntad de Dios y los medios para luchar contra nuestros defectos y adquirir las virtudes. Habría terminado con las postrimerías, y por lo tanto con la plena justificación.
Un antiguo alumno recordaba esas conferencias:
¡Todo era siempre Santo Tomás, Santo Tomás, Santo Tomás...! Veníamos del Noviciado, donde no se nos hablaba tanto de Santo Tomás. [...] Así que [en Mortain] nadábamos en Santo Tomás; a mí me gustaba".
El Padre Superior hacía sus exposiciones tomistas con su voz tranquila, salpicadas de recuerdos africanos, sin pretensiones oratorias. «No era un orador, era más bien pesado», decía uno de sus alumnos, que habría preferido un estilo más «atractivo». «No era un orador -decía otro- pero lo escuchábamos-'".

5. Un jefe muy humano

El mismo seminarista decía también: «Lo apreciábamos mucho; lo queríamos realmente, porque era muy sencillo y muy directo». A uno de los más jóvenes, que tenía buena voz, el Padre Lefebvre le pidió que le ayudase a ensayar el canto de los Prefacios de la Misa, porque no tenía un canto muy afinado.
Recibía fácilmente a los seminaristas -decía otro- para hablar, para decir lo que había que decir, con su vocecita tan suave".
Al acercarse las vacaciones de verano de 1946, el Padre Rector diseñó el plan de vacaciones de sus escolásticos: unos tenían que quedarse en el lugar, otros tenían que ir a otras casas de la Congregación o a ayudar en los campamentos de vacaciones, porque normalmente no se permitía volver con la familia.
Sin embargo, «el Padre Lefebvre, que era muy abierto de espíritu, un poco a la vanguardia en cierto modo, se dijo: "Como la mayoría son hijos de la guerra, les hará bien poder ir a ver a sus familias". Y a muchos se los permitió». Los suizos, que no eran tanto «hijos de la guerra», no esperaban nada por ese lado; pero también a ellos les dijo: «¡Voy a considerarlo, según los casos de salud delicada».
Un día, dos suizos esperaban a su puerta, Emmanuel Barras y Auguste Fragniere, que no eran particularmente enfermizos.
-Auguste -dijo el primero-, si hay dos que se van a quedar aquí, somos nosotros.
El primero entró, se sentó y oyó que el Superior le decía:
-Señor Barras, me parece que lo que necesita usted es un poco de descanso.
-Pero, Padre -dijo el celoso escolástico-, a mí me parece que estoy bien de salud.
-No, no, no, usted está más delgado, y me parece cansado.
-¡Ah! -concluía el Padre Barras-, poco me faltó para saltarle al cuello y darle las gracias. Era un hombre muy humano, muy humano".
En otras vacaciones, el Padre Lefebvre les permitió a los suizos (siempre ellos) que fueran a pie al Monte Saint-Michel.
Era una novedad --explicaba André Buttet-. Nos había asignado a dos franceses, uno de ellos Francois Morvan. Teníamos una tienda y una bicicleta; el ciclista iba por delante para encontrar una granja. Nos llevó una semana.
La mutua confianza que reinaba entre Padres y escolásticos sorprendía a los compañeros de visita en Mortain, tanto como el amplio margen de iniciativa que ésta permitía a los alumnos, Tales eran los frutos del gobierno tan humano del Padre Superior.
Así era como el Padre Lefebvre consideraba las relaciones correctas de la autoridad y de la obediencia. La Francia de la Liberación padecía una crisis de autoridad, que había engendrado la crisis de obediencia de la Francia Libre. Para volver a recuperar el sentido de la obediencia, había que mostrar el rostro auténtico de la autoridad. El Padre Superior daba el ejemplo, y los seminaristas comprendían ese lenguaje. Un día les pidió desarrollar por escrito e ilustrar con ejemplos una hermosa descripción que les dio de la autoridad:
Puede decirse que la autoridad es totalmente divina en su principio, poderosa y suave en su esencia, admirablemente fecunda, mensajera de orden, de prosperidad y de paz si, movida por el don de consejo, tiene por sostén a la prudencia.
La paz la manifestó con los prisioneros alemanes internados cerca del Seminario. André Butte contaba: Algunos de ellos trabajaban en el parque. Los reconocíamos por su vestimenta, y los saludábamos: «Guten tag!». Recuerdo que, en Navidad, fuimos a cantar en su campo; su capellán, el Padre Diebold, había conseguido el permiso de las autoridades francesas y el Padre Lefebvre había dicho que sí,.. ¡a pesar de que su propio Padre había muerto en Alemania, por las privaciones padecidas en un campo de concentración alemán! Hay circunstancias en que el amor a los enemigos roza el heroísmo.
Tantos recuerdos traban lazos de amistad y de deferencia.
Yo lo quería --concluía simplemente otro antiguo alumno de Mortain'",
Su bondad no le impedía al Padre Superior ser perspicaz sobre sus hijos:
Encontré en los queridos escolásticos -habría de decide el día de su consagración episcopal a Monseñor Louis Le Hunsec una generosidad, una buena voluntad, un amor a la verdad y a la ciencia que me produjeron una gran satisfacción. [...]
Descubrí en ellos almas selectas.