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miércoles, 18 de octubre de 2017

LA CIUDAD DE DIOS (O LA CAÍDA DEL IMPERIO ROMANO) SAN AGUSTÍN


DESTRUCCION DEL COLISEO ROMANO


LIBRO TERCERO. CALAMIDADES DE ROMA ANTES DE CRISTO
Capítulo XVI. De los primeros cónsules que tuvieron los romanos; cómo el uno de ellos echó al otro de su patria, y después de haber cometido en Roma enormes, parricidios, murió dando la muerte a su enemigo
A esta época debemos añadir también la otra hasta la cual dice Salustio que se vivió justa y moderadamente, mientras duró el miedo que tenían a las armas de Tarquino y se terminó la peligrosa guerra que sostuvieron con los etruscos; porque todo, el tiempo que éstos favorecieron a Tarquino en la pretensión de recobrar el reino padeció Roma una guerra cruel; y por eso dice que se gobernó la República justa y moderadamente, forzados del terror y no por amor a la justicia. En, este tiempo, que fue sumamente breve, cuán funesto fue el daño en que se incluyeron los cónsules, extinguida ya la potestad real, porque no llegaron a cumplir el año; pues Junio Bruto, despojando de su oficio a su compañero Lucio Tarquino Colatino, le desterró de la ciudad, y, a poco, viniendo a las manos en una batalla con su Contrario, cayeron ambos muertos, habiendo el primero quitado antes la vida a sus propios hijos y a los hermanos de su mujer, porque tuvo noticia de que se habían conjurado para restituir a Tarquino. Esta hazaña, después de haberla contado Virgilio como famosamente luego, piadosamente, tuvo horror de ella, porque habiendo dicho <que por conservar la dulce libertad el mismo padre hará dar la muerte a sus, hijos por haber maquinado contra ellos nuevas guerras>; luego exclama y dice: <Desgraciado, en fin, como quiera que entendieren este hecho los venideros.> Como quiera, dice, que los sucesos tomaren este hecho; esto es, como quiera que le engrandecieren y alabaren. En efecto, el que mata a sus hijos es desgraciado y desdichado, y como para consuelo de este infeliz, añadió: <Vencióle el amor de la patria y la inmensa ambición de gloria.> ¿Por ventura en Bruto, que mató a sus hijos (y que habiendo dado muerte a su enemigo, hijo de Tarquino, quedando él muerto de mano del mismo, no pudo vivir más, antes el mismo Tarquino vivió después de él), no parece que quedó vengada la inocencia de Colatino, su colega, que, siendo buen ciudadano, después de desterrado Tarquino, padeció inculpablemente lo que el mismo tirano merecía? Y aun el mismo Bruto, dicen, era pariente de Tarquino. Pero, en efecto, a Colatino le perjudicó la semejanza en el nombre, porque también se llamaba Tarquino; forzáranle, pues, a que muere el nombre y no la patria, y, al fin, a que en su nombre faltara esta voz y se llamara solamente Lucio Colatino; mas por esto nada perdió en su reputación, ni lo que sin desdoro alguno pudiera perder, y menos fue motivo para que al primer cónsul le depusieran de su cargo, y para que a un buen ciudadano le desterraran de su patria. ¿Es posible que sea gloria y grandeza un crimen tan execrable de Junio Bruto, tan abominable y tan sin utilidad de la República? ¿Acaso para cometer este crimen le venció el amor de la patria y la inmensa ambición de gloria? En efecto; después de desterrado Tarquino el Tirano, el pueblo eligió por cónsul, juntamente con Bruto, a Lucio Tarquino Colatino, marido de Lucrecia; pero con cuánta justicia atendió el pueblo a la vida y costumbres y no al nombre de su ciudadano, y con cuánta impiedad Bruto, al tomar posesión de aquella primera y nueva dignidad, privó a su colega de la patria, y del oficio, a quien pudiera fácilmente privar del nombre, si éste le ofendía, es cosa fácil de ver. Estas maldades se cometieron y estos desastres sucedieron cuando en aquella República los romanos se gobernaban y vivían justa y moderadamente. Asimismo, Lucrecio (a quien habían puesto en lugar de Bruto), antes de concluirse aquel mismo año, murió de una enfermedad, y así Publio Valerio, que sucedió a Colatino, y Marco Horacio, que entró en lugar del difunto Lucrecio, terminaron aquel año funesto y desgraciado en que hubo cinco cónsules; en este mismo, la República romana instituyó el oficio y potestad del consulado.
DESTRUCCION DE ROMA
Capítulo XVII. De las calamidades que padeció la República romana después que comenzó el imperio de los cónsules, sin que la favoreciesen los dioses que adoraba
Entonces, habiendo respirado un poco del miedo que reinaba en sus corazones, no porque habían cesado las guerras, sino porque no les estrechaban con tanto rigor, es a saber, acabado el tiempo en que se rigieron justa y moderadamente de esta manera: <Después comenzaron los senadores a tratar al pueblo como esclavos, disponiendo de su vida y de sus espaldas al modo que acostumbraban los reyes defraudándolos del repartimiento de los campos, cargándose ellos con todas las propiedades y excluyendo a los demás del gobierno. Irritado el pueblo con estas crueldades, y, principalmente viéndose oprimido con los gravámenes de las deudas públicas y de las usura sufriendo y soportando a un tiempo con la ocasión de las continuas guerras la malicia y el tributo, acudió, armado al monte Sagrado y al Aventino, y entonces estableció para la defensa de sus derechos tribunos de la plebe y otras leyes, poniendo fin a las discordias y debates que reinaron entre ambos partidos la segunda guerra púnica.> ¿Para qué me detengo, pues, en escribir tantos sucesos, o para qué molesto a los que los hubieren de leer? Cuán miserable haya sido aquella República en tan largo tiempo, y por tantos años como mediaron hasta la segunda guerra púnica, con la inquietud continua de las guerras de afuera y con las discordias y sediciones de dentro, Salustio nos lo ha referido sumariamente; y así, aquellas victorias no fueron alegrías y contentos sólidos de bienaventurados, sino consuelos vanos de miserables, y unos motivos extraños y celos de personas inquietas que los convidaban a emprender y sufrir más y más terribles trabajos; y no se enojen con nosotros los virtuosos y juiciosos romanos, aun que no hay causa para pedírselo ni advertírselo, pues es evidente que no se han de irritar con nosotros en modo alguno, porque ni referimos cosas más pesadas ni las decimos más gravemente que sus propios autores; sin embargo, de que en el estilo y en el tiempo que, nos queda libre somos muy inferiores, y, con todo, para estudiar y aprender estos autores no sólo trabajaron ellos mismos, sino que hacen también trabajar en ellos a sus hijos; y los que se enojan ¿cómo me sufrieran si yo insinuase lo que dice Salustio? <Nacieron muchas revoluciones y discordias, y, al fin, las guerras civiles, pretendiendo ambiciosamente ser los señores absolutos bajo el honesto y disfrazado título de favorecer la causa de los padres o del pueblo, algunos pocos de los más poderosos, cuya gracia y fortuna seguían la mayor parte, concedían el honor de ciudadanos a los buenos y a los malos, no por los méritos o servicios que hubiesen hecho a la República, estando todos igualmente corrompidos, sino según que cada uno era más rico y más poderoso, para agraviar a otros; porque defendían la causa presente, y lo que se antojaba se tenía por bueno>. Y si a aquellos historiadores les pareció que tocaba a la honesta libertad no pasar en silencio las calamidades de su propia ciudad, a quien en otros muchos lugares les ha sido forzoso alabarla con grande gloria y exageración, ya que, efectivamente, no disfrutaban de la otra más verdadera, adonde se han de admitir y recibir los ciudadanos eternos, ¿qué obligación nos liga a nosotros (cuya esperanza en Dios, cuanto es mejor y más cierta, tanto debe ser mayor nuestra libertad), viendo que imputan y atribuyen a nuestro Señor Jesucristo los infortunios y calamidades presentes, Para desviar a los débiles y menos entendidos y enajenarlos de aquella ciudad, la única en que se ha de vivir eterna y bienaventuradamente? Ni tampoco contra sus dioses decimos cosas más abominables que sus mismos autores, que ellos leen y alaban, pues de ellos hemos tomado nuestros discursos, y en ningún modo somos aptos para referir tales y tantas particularidades como ellos dicen. ¿Dónde, pues, estaban aquellos dioses que por la pequeña y engañosa felicidad de este mundo creen ellos que deben ser adorados, cuando los romanos, a quienes con falsa y diabólica astucia se vendían para que les rindiesen culto andaban afligidos con tantas calamidades? ¿Dónde estaban cuando los forajidos y esclavos mataron al cónsul Valerio, procurando ganar el Capitolio que ellos habían ocupado, en el cual aprieto, con más facilidad pudo él socorrer el templo de Júpiter que a él la turba de tantos dioses con su rey Optimo Máximo, cuyo templo había librado del furor de sus enemigos? ¿Dónde estaban cuando fatigada la ciudad con infinitas desgracias, causadas por las sediciones y discordias civiles, y permaneciendo en parte sosegada, mientras esperaban el regreso de los embajadores que habían enviado a Atenas para que les comunicasen sus leyes, fue asolada con una insufrible hambre y cruel pestilencia? 

¿Dónde estaban cuando, en otra ocasión, padeciendo hambre el pueblo, creó por primera vez un prefecto que cuidase de la provisión del pan, y creciendo el hambre sobremanera, Espurio Melio, por haber proveído libremente de trigo al hambriento pueblo, incurrió en el crimen de haber intentado alzarse con el señorío de la República, siendo a instancia del mismo prefecto, por orden expresa del dictador Lucio Quincio, viejo ya decrépito, asesinado por Quinto Servilio, general de la caballería, ni sin una terrible y peligrosa revolución de la ciudad? ¿Dónde estaban cuando, en una cruel peste, viéndose el pueblo fatigado por mucho tiempo y sin remedio con sus dioses inútiles, determinó hacerles nuevos lectisternios, lo que jamás antes había hecho, para lo cual solían colocar unos lechos o mesas ricamente aderezadas en honra de los dioses, de donde esta ceremonia sagrada, o, por mejor decir, sacrílega, tomó el nombre? ¿Dónde estaban cuando por diez años continuos, peleando con mal suceso contra los vejos, el ejército romano padeció muchos y muy terribles estragos y calamidades, los que se hubieran acrecentado si al cabo no le socorriera Furio Camilo, a quien después condenó la ingrata ciudad? ¿Dónde estaban cuando los galos ocuparon a Roma y la saquearon, quemaron e hicieron infinitas muertes? ¿Dónde cuando aquella funesta peste causó tan terribles daños, en la cual murió también Furio Camilo, que defendió a aquella República ingrata primeramente de las armas de los veyos y después la libertó de la irrupción de los galos, y con ocasión de este contagio mortífero se introdujeron los juegos escénicos, que fue otra nueva infección en las costumbres y vida humana, que es lo más doloroso, aunque quedaron ilesos los cuerpos de los romanos? ¿Dónde estaban cuando se fomentó otra pestilencia más grave, nacida, a lo que se sospecha, de los mortales venenos de las matronas, cuya vida y costumbres causaron más funestas desgracias que la mayor peste? ¿O cuando en las Horcas Caudinas, estando cercados por los samnitas ambos cónsules, con su ejército, fueron forzados a concluir con ellos unas paces tan vergonzosas, quedando en rehenes 600 caballeros romanos, y los demás, perdidas las armas y despojados de sus insignias y vestidos, pasaron humildemente debajo del yugo de los enemigos? ¿O cuando estando todos gravemente enfermos de la peste muchos perecieron en el ejército, a causa de los rayos que cayeron del cielo? ¿O cuando asimismo, por otro intolerable y funesto contagio, fue obligada Roma a traer de Epidauro a Esculapio, como a dios médico, porque a Júpiter, rey universal de todos, que ya había mucho tiempo que presidía en el Capitolio, las muchas liviandades a que se entregó siendo joven no le dieron, quizá, lugar para estudiar la Medicina? ¿O cuando, conjurándose a un mismo tiempo sus enemigos los lucanos, brucios, samnitas, etruscos y galos senones, primeramente les mataron sus embajadores y después rompieron y derrotaron el ejército con su pretor, muriendo con él siete tribunos y 13,000 soldados? ¿O cuando en Roma, después de graves y largas discordias, en las cuales, al fin, el pueblo se amotinó y retiró al Janicolo? Siendo tan terrible este infortunio y calamidad, que por su causa hicieron dictador a Hortensio, nombramiento que sólo se ejecutaba en los mayores apuros, quien habiendo sosegado al pueblo murió en el mismo cargo, suceso que antes no había acaecido a ningún dictador, el cual, para aquellos dioses, teniendo ya presente a Esculapio, fue culpa más grave.
Después de esto surgieron por todas partes tantas y tan crueles guerras, que, por falta de soldados, recibían en la milicia a los proletarios, los cuales se llamaron así porque su único y principal encargo era multiplicar la prole y generación, no pudiendo por su pobreza servir en la guerra. Entonces los tarentinos trajeron en su favor a Pirro, rey de Grecia (cuyo nombre, en aquel tiempo, era muy famoso), quien se declaró enemigo acérrimo de los romanos; y consultando éste al dios Apolo sobre el suceso que había de tener la guerra, le respondió con un oráculo tan ambiguo, que cualquiera de las dos cosas que sucediese podía quedar con la reputación y crédito de adivino, porque dijo así: Dico te, Pyrrhe vincere posse romanos, y de esta manera, ya los romanos venciesen a Pirro, o Pirro a los romanos, el agorero seguramente podía esperar el éxito, cualquiera de las dos cosas que sucediesen Y ¿qué estrago y matanza padeció uno y otro ejército? No obstante, Pirro fue más venturoso en el combate, de modo que ya pudiera, interpretando en su favor a Apolo, publicarle y celebrarle por adivino si luego en esta batalla no llevaran lo mejor los romanos. En medio de la tribulación y despecho que causaban las guerras, sobrevino igualmente una peligrosa peste en las mujeres, porque antes de que al tiempo natural pudiesen parir las criaturas, morían con ellas, estando aún embarazadas, en lo cual, a lo que entiendo, se excusaba Esculapio, diciendo que él profesaba la facultad de médico mayor y no la de partera; del mismo modo perecía el ganado, siendo ya tan terrible la mortandad, que llegaron a persuadirse las gentes que se había de extinguir la generación de los animales. Y ¿qué diré de aquel invierno tan memorable en la Historia, que fue sobremanera cruel y riguroso, durando en la plaza por espacio de cuarenta días la nieve tan elevada, que ponía horror, helando también el Tiber? Si esto sucediera en nuestros tiempos, ¡qué de cosas y cuán grandes nos dijeran éstos! Y asimismo, ¿cuánto duró el rigor de aquella funesta peste? ¿Cuán excesivo fue el número de los que mató? La cual, como empezase a continuar aún más gravemente por otro año, teniendo en vano presente a Esculapio, acudieron a los libros Sibilinos, que son un género de oráculos; según refiere Cicerón en los libros de Divinatione, en que más se suele creer a los intérpretes que conjeturan como pueden o como quieren sobre las cosas dudosas. Entonces, pues, dijeron que la causa del contagio era porque muchas personas particulares tenían ocupadas varias de las casas consagradas a los dioses; y así libraron en esta ocasión a Esculapio de la indisculpable calumnia de ignorancia o desidia; ¿y por qué motivo, pregunto, se habían ido muchos a vivir en aquellas casas sin prohibírselo ninguno, sino porque inútilmente y por mucho tiempo habían acudido a pedir remedio a tanta multitud de dioses? Así, poco a poco, los que los reverenciaban desamparaban las casas para que, como baldías; por lo menos sin ofensa de nadie, pudiesen volver a servir a las necesidades de los hombres, y las que entonces, con toda diligencia, se renovaron y taparon con ocasión de aplacar la peste, si no volvieron a estar otra vez de la misma manera encubiertas y por haberlas desamparado, sin duda que no se tuviera por tan grande la noticia y erudición de Varrón, pues escribiendo de las casas consagradas a los dioses, refiere tantas de que no se tenía noticia y estaban olvidadas; pero entonces, más procurando inventar una aparente disculpa para con los dioses que el remedio necesario para atajar la peste.