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miércoles, 20 de septiembre de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL


                                                             


NOTA. Es increíble que Rusia actualmente sea, aunque cismática, mas católica que la actual Iglesia Modernista la cual NO TIENE NADA DE CATOLICA. La Iglesia Ortodoxa rusa a pesar de los pesares, sigue manteniendo los principios católicos y morales, a que se debe este fenómeno raro? La separación de occidente desde el año 1000 de nuestra marco, en cierta manera, una separación de Roma Catolica en aquellos momentos cruciales en la vida de un país y si bien es cismática eso no fue obstáculo para mantener su religión que emana de la católica en un autentico sentido de la palabra. Los siglos no han quitado ese catolicismo al que llaman cristiano por venir de la Iglesia primitiva a pesar de los grandes avatares a los que se ha visto constreñida a soportar en los cuales soporto crueles persecuciones y origino muchos mártires cuyo martirio será reconocido algún día por la verdadera Iglesia Católica la cual, en la actualidad sufre una de sus mayores persecuciones en virtud del enemigo que ya se encuentra dentro de su ceno. Esta NUEVA IGLESIA no tiene ninguna relación con la Iglesia de siempre menos con la Ortodoxa rusa a la cual llama a su ceno, pero los jerarcas ortodoxos rusos de ninguna manera quieren saber nada de estos lobos con piel de oveja. Muchos intentos por parte de los MODERNISTAS se han hecho para unirlos y así disfrutar según ellos de una “plena comunión”, pero estos se han visto frustrados permanentemente si llegar hasta el momento a nada. Puede considerarse este hecho como una triste realidad? De ninguna manera, porque habría de arriesgar su tesoro milenario a unos piratas sin religión ni fe? La providencia escribe en renglones torcidos y en ellos ha escrito de forma misteriosa el papel que esta ejercerá aun por encima de la Iglesia Modernista si que ella pueda parar de ninguna manera el torrente avasallador de unaortodoxia que, aunque cismática, sin embargo aun mantiene el fermento verdadero de la religión católica verdadera a la cual fermentara de nuevo no sin antes un cataclismo, razón por la cual, mientras esta iglesia modernista dure nunca Rusia se “convertirá a ella” simplemente porque son dos polos totalmente opuestos que no convergen en ningún momento ni convergerán hasta qe la verdadera Iglesia vuelva a ser restaurada
 
 
 
VI. LOS TRES PRINCIPALES GRADOS DEL PROCESO
COSMOGÓNICO.
En la mente divina, los cielos y la tierra, el mundo superior y el mundo inferior, fueron creados juntamente en un solo principio que es la Sabiduría substancial, la unidad absoluta del todo. La unión de los cielos y la tierra, fundada en principio (re'shith), al comienzo de la obra creadora, debe realizarse de hecho en el proceso cosmogónico e histórico que ha de concluir en la perfecta manifestación de esa unidad en el Reino de Dios (Malkhuth).
La unión realizada actualmente supone una separación previa, que se manifiesta en la existencia caótica de la Tierra, existencia vacía y estéril, sumergida en las tinieblas (joshek) y en el abismo (th'hom). Había que colmar el abismo, iluminar las tinieblas, hacer fecundo el seno estéril y, por último, mediante la combinada acción de los dos mundos, producir una existencia semiterrestre y semiceleste, capaz de comprender en su unidad a la totalidad de la criatura y vincularla a Dios con libre y viviente lazo, encarnando en una forma creada a la eterna Sabiduría divina.
El proceso cósmico es la unificación sucesiva del mundo inferior o terrestre, cuyo origen fue el estado caótico y discordante: thohu vabohu. En ese proceso, según lo revela el sagrado relato del Génesis, vemos a dos principios o factores productivos : el uno absolutamente activo, Dios con su Verbo y su Espíritu; el otro que en parte coopera con su propia fuerza al orden y plan divinos y los realiza, y en parte sólo ofrece un elemento puramente pasivo y material. En efecto, cuando se trata de producir las plantas y los animales, dice el texto: «Vayo'mer JElohira, tad'she' ha 'arets deshe' jeseb maz'riaj zeraj, etc.» «Et dixit Deus: germinet térra herbam virentem et facientem semen, etc.» Y en seguida: «.Vatotse' ha'arets deshe jeseb maz'riaj zeraj l'minehu, etc.» «Et produxit térra herbam virentem et facientem semen juxta genus suum.» Y más adelante: uVayo'mer /Elohim: toise' ha'aréis, nephesh jayah Vminah, etc.» «Dixit quoque Deus: Producat terra animam viventem in genere suo.» Es, pues, evidente que Dios no crea inmediatamente las diferentes manifestaciones de la vida física, sino que sólo determina, dirige y ordena la fuerza productiva de ese agente llamado tierra, es decir, la naturaleza terrestre, la materia prima, el alma del mundo inferior.
En sí misma dicha alma es sólo una fuerza indeterminada y desordenada, pero capaz de aspirar a la unidad divina, deseosa de reunirse con los cielos. Y sobre ese deseo obran el Verbo y el Espíritu de Dios, sugiriendo al alma ignorante las formas cada vez más perfectas de la conjunción de lo celeste y lo terrestre y determinándola a realizarlas en el medio del mundo inferior.
Pero como el alma de este mundo es en sí una dualidad indefinida (aoristos dyas), también es accesible a la acción del principio anti divino que, no habiendo podido dominar a la Sabiduría superior, obsesiona a su antitipo inferior, el alma del mundo, para obligarla a permanecer en el caos y en la discordia y, en lugar de realizar en formas armónicas y regularmente ascendentes la conjunción de los cielos y la tierra, llevarla a producir monstruos desordenados y fantásticos.
De este modo el proceso cósmico, que es, por un lado, encuentro pacífico, amor y matrimonio de los agentes, celeste y terrestre, es, por el otro, lucha mortal entre el Verbo divino y el principio infernal por la posesión del alma del mundo. De ello se sigue que la obra de la creación, en cuanto proceso doblemente complicado, sólo puede producirse en forma lenta y gradual.
Que ella no sea obra inmediata de Dios, la Biblia acaba de declararlo formalmente. Y el hecho confirma ampliamente la palabra sagrada. Si la creación de nuestro mundo físico emanara directa y exclusivamente de Dios mismo, sería una obra perfecta en absoluto, una producción serena y armónica, no sólo en el todo, sino en cada una de sus partes. (La creación no es una obra ab intra, es decir, que este dentro de la trinidad sino una obra ad extra fuera del seno trinitario)
Mas la realidad está lejos de corresponder a tal idea.
Solamente desde su punto de vista que todo lo abarca (kol 'asher jasah) (1), con una mirada —sub specie eternitatis— puede Dios declarar que la creación es perfecta: tob maod, val de bona. En cuanto a las diferentes partes de la obra consideradas en sí mismas, no merecen en la palabra de Dios más que una aprobación relativa o ninguna. En esto, como en todo lo demás, la Biblia está de acuerdo con la experiencia humana y la verdad científica.
Si consideramos al mundo terrestre en su estado actual y sobre todo en su historia geológica y paleontológica, muy bien documentada en nuestro tiempo, descubrimos en él los aspectos característicos de un laborioso proceso, determinado por principios heterogéneos que solamente a la larga y mediante grandes esfuerzos alcanzan unidad estable y armónica, Nada se parece menos que esto a una obra absolutamente perfecta que procediera directamente de un solo artifex divino. Nuestra historia cósmica es un lento y doloroso alumbramiento. Vemos en ella signos manifiestos de lucha interior, sacudimientos y convulsiones violentas, tanteos a ciegas, esbozos inconclusos de creaciones fracasadas, nacimientos monstruosos y abortos.
Todos aquellos monstruos antediluvianos, aquellos paleozoa, megaterios, plesiosaurios, ictiosaurios, pterodáctilos, etc., ¿pueden acaso pertenecer a la creación perfecta e inmediata de Dios? Si cada especie de esas criaturas monstruosas fuera tob maod, valde bona, ¿por qué han desaparecido definitivamente de nuestra tierra, dando lugar a formas más acabadas, más armoniosas y mejor equilibradas? La creación es un proceso gradual y laborioso. Esta es una verdad bíblica y filosófica, tanto como un dato de ciencia natural. Como el proceso supone la imperfección, supone por lo mismo un progreso determinado, que consiste en la unificación cada vez más profunda y completa de los elementos materiales y las fuerzas anárquicas, en la transformación del caos en cosmos, en cuerpo vivo capaz de servir para la encarnación de la Sabiduría divina. Sin entrar en detalles cosmogónicos, señalaré únicamente los tres principales grados concretos del proceso unificador.
Ya indicamos el primer grado, determinado por la gravitación universal, que hace del mundo inferior una masa relativamente compacta y crea el cuerpo material del universo. Esta es la unidad mecánica del todo.
Aun cuando las partes del universo sean una a otra exteriores, están libadas en conjunto por una cadena indisoluble: la fuerza de atracción. Por más que persistan en su egoísmo, éste es desmentido por la inclinación invencible que empuja a una Hacía otra, manifestación primordial del altruismo cósmico. Logra en ello el alma del mundo su primera realización como unidad universal v celebra su primera unión con la divina Sabiduría.
Pero, excitada por el Verbo creador, aspira a más perfecta unidad, y con esta aspiración se desprende la masa ponderable y transforma su poder en otra materia sutilizada y rarificada que llaman éter. El Verbo se apodera de esta materia idealizada como del vehículo propio de su acción formadora, proyecta fluidos imponderables hacia todas las partes del universo, envuelve a los diversos miembros del cuerpo cósmico en una red etérea, manifiesta las diferencias relativas de estas partes, las pone en relaciones definidas y crea así la Segunda unidad cósmica, más perfecta e ideal: la unidad dinámica realizada por la luz, la electricidad
y los demás imponderables, que sólo son modificaciones o transformaciones del mismo y único agente.
El carácter de este agente es el puro altruismo, es una expansión ilimitada, un continuo acto de darse.
Por perfecta que sea en sí misma la unidad dinámica del mundo, sólo consigue envolver la masa material en todas sus partes, pero no se apodera interiormente de ellas, no las penetra hasta el fondo de su ser, no las regenera. El alma del mundo, la tierra, y en el éter luminoso la imagen ideal de su celeste amado, pero no se une realmente a él.
Sin embargo, ella aspira siempre a la unión, no quiere limitarse a contemplar los cielos y los astros brillantes, a bañarse en los fluidos etéreos. Absorbe la luz, la transforma en fuego vital y, como fruto de esta nueva unión, produce de sus entrañas toda ánima viviente en los dos reinos de las plantas y los animales.
Esta nueva unidad, la unidad orgánica, que tiene como base y como medio la materia inorgánica y los fluidos etéreos, es tanto más perfecta cuanto con alma más activa y universal forma y gobierna un cuerpo más complicado. En las plantas la vida se manifiesta objetivamente en sus formas orgánicas; ella es, además sentida por los animales en sus movimientos y efectos subjetivos; y, por último, es comprendida por el hombre en su principio absoluto.
La tierra, vacía, tenebrosa e informe en su origen, luego gradualmente envuelta por la luz, formada y diferenciada, la tierra, que, recién en la tercera época cosmogónica, sintiera vagamente, y confusamente expresara como en un sueño, su potencia creadora en las formas de la vida -vegetal —esas primeras conjunciones del polvo terrestre con la belleza de los cielos—, la tierra, que en ese mundo de las plantas, sale por vez primera de sí misma en el libre movimiento de los cuadrúpedos y se eleva sobre sí en el vuelo aéreo de ;as aves, la tierra, después de haber difundido su ánima viviente en las innumerables especies de la vida vegetal y animal, se concentra por fin, entra en sí y reviste la forma que ha de permitirle encontrar a Dios cara a cara y recibir directamente de Él, el soplo de la vida espiritual. Entonces la tierra conoce al cielo y es conocida por él. Entonces los dos términos de la creación, lo divino y lo extra divino, lo superior y lo inferior, se convierten realmente en uno, se unen actualmente y gozan con su unión. Porque no puede conocerse verdaderamente sino por una unión real, ya aunque el conocimiento perfecto debe ser realizado y la unión real debe ser idealizada para que llegue a ser  perfecta. Por esto la unión por excelencia, la de los sexos, es llamada por la Biblia conocimiento.
La Sabiduría eterna, que es en principio la unidad de todo y enteramente la unidad de los opuestos —unidad libre y recíproca—, halla por fin un sujeto en el cual y por el cual pueda realizarse completamente. Lo encuentra y se regocija. «Mis delicias —dice—, mi gozo por excelencia con los hijos del Hombre.»