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viernes, 22 de septiembre de 2017

NACIMIENTO, GRANDEZA, DECADENCIA Y RUINA DE LA NACION MEJICANA



Con toda razón podía escribir el valiente Obispo de Huejutla:
"Nuestros soldados perecen en los campos de batalla acribillados por las balas de la tiranía, porque no hay quien les tienda la mano, porque no hay quien se preocupe por ellos, ni quien secunde sus heroicos esfuerzos enviándoles elementos de boca y guerra para salvar a la patria. Queremos armas y dinero para derrocar a la oprobiosa tiranía que nos oprime y fundar en Méjico un gobierno honrado que garantice el ejercicio de las verdaderas libertades."
En el curso de las negociaciones para el apoyo de los cristeros por el Episcopado, el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado de la Santa Sede, se mostró escéptico respecto a la seriedad del movimiento armado, a lo cual replicó el egregio Arzobispo de Durango: "-Eminencia: estamos en un círculo vicioso: unos dicen que no se les ayuda, porque el movimiento no es serio, y otros que no es suficientemente serio, porque no se les ayuda. Eminencia, hay que romper ese círculo ayudando al movimiento para que, si no es serio, se haga." 37
La seriedad del movimiento armado cristero no se medía por la nobleza de la causa, ni por el heroísmo y la abnegación de quienes la defendían, sino por el número y calibre de los cañones y por sus 11 gruesos batallones".
Pero" donde todo falta Dios asiste". Los cristeros arrebataban las armas y municiones al enemigo y vivían de la explotación de los recursos de las regiones donde operaban, estableciendo autoridades
civiles, judiciales y administrativas, y un justo y ordenado sistema de contribuciones.
Los ricos mejicanos: grandes hacendados, hombres de negocios y principales industriales y comerciantes en general, preocupados sobre todo por sus intereses materiales, se convirtieron en poco simpatizantes y aun enemigos de los cristeros y se negaban o resistían a contribuir, por lo cual, el peso de la guerra, aun en lo económico, recaía sobre la clase media y humilde.
"Los ricos fueron nuestros peores enemigos... porque la guerra cuesta dinero y destruye propiedades, y el dinero y los grandes patrimonios son de los ricos, y se ven afectados por la guerra, por lo que, como el joven rico del Evangelio, dejan a Dios por la riqueza.
"Bendito sea Dios que el cobro de contribuciones está dando buenos resultados... mucho más de lo que me esperaba. Los pobres sobre todo se están portando heroicamente. La mayor parte de los ricos están renuentes, pero creo que se tendrán que rendir, sobre todo al ver que sus esperanzas parecen resultar fallidas, o sea lo de la ofensiva (federal), pues se ve ya con toda claridad que no sólo no son capaces de destruimos, pero ni aun de dispersamos." 38
No se hacía saber o recordar a los acaudalados los límites del derecho de propiedad y sus deberes para con la comunidad en situación de grave necesidad, como era entonces el caso de Méjico.
Cuando los cristeros por diversos medios exigían el cumplimiento de dichos deberes, no faltaban obispos y clérigos que se solidarizaban con los ricos acusando a los cristeros de ladrones, llegando alguno a decir que "eran peores que los del gobierno".
Además de las contribuciones, era necesario hacer requisiciones y pedir "prestamos". Para obligar a los ricos a dar la contribución a la cual estaban obligados por las exigencias del bien común, tenían los cristeros que recurrir en ocasiones al secuestro. En general procedían con honradez y moderación pecando más de escrupulosos que de severos o injustos. En el caso de los secuestros, rara vez se llegó a la ejecución.
"En efecto, la mala voluntad de los ricos llevaba a los cristeros a de tenerlos y a exigir rescate, como lo demuestra el caso de Autlán, en mayo de 1929. Los ricos católicos de este lugar llenos de entusiasmo por las victorias cristeras de marzo y abril, y creyendo inminente la caída del gobierno habían ofrecido al general Degollado, de manera espontánea, una gruesa suma de dinero... A principios del mes de mayo, les hizo saber Degollado que habían llegado el momento da cumplir su palabra y, ante su negativa repetida se irritó ... y se encargó a José Gutiérrez que la cobrara de grado o por fuerza... Se les dieron 48 horas para decidirse en el curso de las cuales... Gutiérrez se llevó consigo 7 rehenes... Pidiose a las familias de los prisioneros que entregaran la cantidad pedida en un plazo de 10 días, sin lo cual se procedería a la ejecución de los rehenes. El dinero no se entregó y degollado puso en libertad a los prisioneros, que le prometieron pagar lo más pronto posible, cosa que jamás hicieron. Y Degollado dijo a sus soldados: 'Ni medio centavo fueron capaces de ofrecer estos señores, no para ayuda de la causa a que hasta cierto punto están obligados pues ni siquiera para rescatar a sus familiares... Convencido estoy que no debemos esperar nada de nuestros ricos hermanos. Continuaremos la lucha como hasta ahora ha sido, ayudados por Dios, por nuestra clase media y humilde, que si bien lo vemos, con eso nos basta.
CATEDRAL DE COLIMA
"Lo módico de estos recursos obligaba a la adopción de medidas extraordinarias: dos secuestros en tres años, que no produjeron nada, ya que las minas no quisieron pagar y los cristeros no se decidieron a matar sus rehenes... En cuanto a la requisa de los bienes de las haciendas y los préstamos impuestos al tomar una plaza, los cristeros solían tener vergüenza de pedir dinero y más aun de tomarlo. Así, cuando conquistaron Fresnillo, impusieron una contribución a la compañía minera norteamericana y le entregaron un recibo de 3,000 pesos. El cajero les dijo que en la caja fuerte había 50,000 pesos que podían tomar y que él no aguardaba más
que su orden para entregárselos, pues era simpatizante. Así éramos de tontos, concluye Aurelio Acevedo." 39
Con el dinero recaudado por los cristeros y con los recursos
que por su parte obtenía la Liga valiéndose de diversos medios, se compraban en el mismo Méjico algunas armas, municiones y otros elementos, los cuales eran principalmente transportados y distribuidos por las heroicas y beneméritas Brigadas de Santa Juana de Arco.
Los habitantes de las poblaciones secundaban admirablemente a los cristeros que luchaban en el campo. El año de 1927, un grupo de jóvenes empleadas de Guadalajara, constituyó la Primera Brigada de Santa Juana de Arco. Poco después, con un grupo de ex alumnas del aristocrático Colegio de Sagrado Corazón, como base, se constituía en Colima la Segunda Brigada. Ya principios del año de 1928, el Consejo Supremo dirigía a diez mil muchachas de todas las clases sociales.
Estas damas, a costa de grandes trabajos y sacrificios, y sin
temor al ultraje, a la prisión o a la muerte que muchas sufrieron, llevaban armas, municiones y diversos recursos a os cristeros.
Ocultaban y cuidaban a heridos o enfermos y obtenían valiosos informes. En los centros de abastecimiento establecidos en las poblaciones se les entregaban cargas de 15 a 20 kilos de diversos efectos que ocultas en sus ropas de campesinas llevaban a los combatientes. Preferentemente caminaban de noche, ocultándose durante el día.
Esos miles de hombres que en diferentes lugares espontánea-
mente se habían lanzado a la guerra al doble grito de ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! pronto alcanzaron un apreciable grado de organización y disciplina llegando a constituir un verdadero ejército al cual generalmente se dio el nombre de Guardia Nacional.
Ciertamente no era un ejército integrado por ángeles, todos
con la misma pureza de intención y del cual hubieran completa
mente desaparecido las pasiones, los vicios o pecados inherentes a la naturaleza humana caída. Como tampoco eran ángeles los Cruzados de San Luis o los Tercios del Gran Duque de Alba, don Juan de Austria y Alejandro Farnesio, que en Alemania y Flandes combatieron a los herejes. Pero sí constituían un ejército de una rara moralidad, muy poco común en los ejércitos. Un ejército de "hombres de
orden, de una moralidad como no ha habido ni habrá tropas en Méjico". Un ejército pobre en armas, riquísimo en virtudes militares.
Después de fracasado el absurdo intento de lograr no
sólo la neutralidad, sino también el apoyo del gobierno
de los Estados Unidos y de la jerarquía católica y los católicos del mismo país a la epopeya cristera, a la resistencia armada de los católicos mejicanos contra la tiranía callista, se destituyó a René Capistrán Garza y se nombró a Luis G. Bustos como representante de la L. N. D. L. R. en los Estados Unidos.
Todavía muy influenciados algunos obispos, sacerdotes y
seglares, y aun algunos miembros del Comité Directivo de la Liga, del catolicismo liberal que se había respirado durante la tiranía porfirista, e imbuidos de un derrotismo fatalista, pensaron en la conciliación con la Revolución de signo liberal y socialista, procurando y admitiendo además la intervención y la tutela yanqui, no solo sobre la política, sino también sobre la Religión.
La Comisión de Obispos Mejicanos Residentes en Roma,
presidida por el Arzobispo de Durango, informaba en junio de 1927 a los Prelados de Méjico:
"3°._ Mons. Díaz estuvo en Roma desde el 11 hasta el 25 de abril.
Su actitud para con nosotros fue de reserva. Pudimos ver claramente su poca simpatía y confianza en la Liga. Expresó su parecer de que no era posible en Méjico el establecimiento de un Gobierno netamente católico, sino que estimaba conveniente un Gobierno de transición, liberal y con elementos del mismo género como Félix Díaz y otros... "
En agosto del mismo año, el Padre Rafael Martínez del Campo
informaba al Comité Directivo de la Liga sobre las conclusiones a las cuales había llegado con el padre Wilfrid Parsons, ambos de la Compañía de Jesús, en conversación con él en Nueva York, entre las cuales se encuentran las siguientes:
"7'.- El Sr. René Capistrán Garza y los suyos hicieron con la más sana intención los esfuerzos que estuvieron en su mano para obtener de los Estados Unidos dichos elementos. Desgraciadamente no lo lograron, fundamentalmente porque se creyó en los Estados Unidos que acaudillaban una guerra religiosa.
"8°._ Es un hecho que existe el derecho de hacer esa guerra religiosa y que esa guerra es simpática en Méjico. Pero en los Estados Unidos esa guerra jamás obtendrá ni los elementos necesarios, ni el apoyo de la Casa Blanca. Para la mentalidad americana ofrece las siguientes dificultades: repugna a ella el que el pueblo luche con el gobierno, pues está acostumbrada a la perfecta inteligencia entre ambos. Repugna a ella la presión de los anticatólicos sobre los católicos, pero de igual modo repugna la presión de éstos sobre aquellos, presión que teme como resultado de una guerra religiosa. Es evidente que la mayoría protestante no ve con buenos ojos esa guerra. En cuanto a la minoría católica temerá siempre desencadenar un conflicto religioso en los Estados Unidos, si apoya una guerra religiosa en Méjico ... "
El profesor Alberto María Carreño, viejo amigo de Mons. Díaz
Barreta, ambos enemigos de la resistencia armada católica que consideraban era un obstáculo que había que destruir para obtener el apoyo de la Casa Blanca y de la opinión pública de los Estados Unidos en la solución de conflicto religioso, fue enviado por la Liga para colaborar con Luis G. Bustos, su representante en dicho país.
Reunidos en Nueva York Mons. Díaz Barreto, Alberto María
Carreño, Luis G. Bustos y el general José Ortiz Monasterio, militar porfirista, pusieron punto final a un proyecto para solucionar el conflicto religioso dando fin a la resistencia armada católica ya que "no sólo el Presidente y el Departamento de Estado sentíanse opuestos a todo movimiento armado en vista de la definida opinión pública en contrario ... "

Con tal fin se organizaría un partido llamado Unión Nacional, integrado por "liberales", "revolucionarios honrados" y "católicos" i y cuyo programa sería el "restablecimiento de la Constitución de 1857, depurada de cuanto se opusiera al memorial del Episcopado enviado a las Cámaras. A través de este partido se llegaría al establecimiento de un gobierno constituido por un triunvirato formado por un liberal, un revolucionario y un católico". Así se renunciaba y se desechaba la idea de un gobierno netamente católico
pare establecer un gobierno liberal de transición que mereciera la aprobación del Departamento de Estado, la bendición del Delegado Apostólico en Washington, y la buena voluntad de la opinión pública yanqui dando así satisfacción a las aspiraciones del gobierno y del pueblo de los Estados Unidos.