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viernes, 15 de septiembre de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR LEFEBVRE



Una verdadera empresa al servicio de las almas

Para esos trabajos, la habilidad de los Hermanos era un bien
inestimable. Estaba, en primer lugar, el Hermano Roch, ya mayor, que se ocupaba de los jardines y formaba a los chicos en los cultivos; también estaba encargado del cuidado de los corderos y del aprisco (en la parte de las Hermanas había cabritos). Había llegado a Gabón en 1899 y permanecería allí durante sesenta años, hasta su muerte en Lambaréné el 10 de febrero de 1959. Albañil, carpintero, techador, se había convertido en un auténtico maestro artesano, capaz de levantar un edificio, techado y amueblado. Le gustaba el trabajo bien hecho. Personalidad atractiva, el Hermano Roch se ganaba la simpatía de todos. En Libreville lo confundían a veces con el Obispo, y en Lambaréné con el Superior. Siempre de una regularidad ejemplar, muchas veces el primero en la capilla, sus carupaneros y la gente lo apreciaban mucho por sus finas bromas: cualidades todas que tenía en común con el Padre Marcel. Por encima de todo, lo querían porque era muy caritativo.
Los amplios edificios de la carpintería ocupaban el terreno situado entre el camino y el Ogooué; el Hermano Arcade (hermano del Padre Talabardon, muerto en la guerra), secundado por el Hermano Marcien 139 y luego por el Hermano Barthélemy, y ayudado por su aprendices, iba a talar los árboles y cortar madera en el bosque, transportaba luego los maderos y fabricaba con ellos toda clase de armazones y cascos de piraguas, pinazas, remolcadores y chalanas, cuya venta procuraba a la misión recursos capitales. El presupuesto esbozado por el Padre Lefebvre da fe de ello. Las cifras están en francos de 1945. Monseñor Marcel Lefebvre

Gastos

Ingresos

Personal de la Misión ........
85.000
Subsidio de la

Escuelas de la Misión

Propagación de la Fe ..........
40.000
y anexos en la selva ............
125.000
Subsidio del Gobierno

Construcciones y forma-

a las escuelas ......................
80.000
ción de los aprendices ........
45.000
Estipendios de Misas .........
10.000
Catecismo y ministerio ......
65.000
Donativos de europeos ......
30.000


Colectas entre los nativos ...
20.000


Taller de la Misión .............
140.000
Total ..................................
320.000
Total .................................. 320.000

La obra de los aprendices apuntaba a formar jóvenes, catecúmenos o bautizados, en la práctica de un oficio, con el fin de facilitar el establecimiento de familias cristianas. La formación práctica en los talleres se completaba con clases de formación general, un curso profesional, conferencias espirituales y un catecismo diario.
Secundariamente, los aprendices participaban en el mantenimiento de la Misión.
Si se piensa también en la escuela normal que formaba instructores y maestros para las escuelas, si se tiene en cuenta el dispensario de las Hermanas que cuidaba diariamente a sesenta pacientes, se podrá tener una pequeña idea de la hermosa empresa espiritual y temporal que tuvo que administrar el Padre Marcel durante dos años.
Finalmente, en las cuatro grandes fiestas del año: San Pedro y
San Pablo (fin de curso), San Miguel (inicio de curso), Navidad y Pascua, las orillas se llenaban de piraguas que llevaban «al poblado de los cristianos», construido para ellos junto a la misión, a las familias de los poblados aun los más alejados, para vivir allí como una cristiandad las fiestas litúrgicas, la vida del misionero y lo espiritual esta tejida de lo temporal y lo eterno: es lo que constituye vocación espedfica. El Padre Marcel estaba realmente en su elemento.
El Reino de los cielos avanzaba, con mis de 450 bautismos por año en Larnbaréné, De 1932 a 1945, el número de católicos gaboneses pasó de 33.800 a 85.471, aunque con una disminución del crecimiento a partir de 1940. En la Misión San Francisco Javier ese Reino tenia que encarnarse también en la rutina diaria. Y para eso, el Padre Lefebvre era «un hombre de gobierno» que sobresalía en «el rendimiento de los servicios de la Misión»!".
Primum vivere: primero hay que vivir. La guerra se alargaba y
había que organizarse. En la estación seca, desde el fin de las clases, después de confeccionar las redes, los chicos armaban su campamento de pesca en el lago Niogo, al norte, propiedad de la Misión, y luego secaban el pescado, como en Ndjolé, y lo guardaban en toneles. Las chicas, por su parte, iban al lago Zilé, al este, a la plantación que también era propiedad de la Misión. El excedente de las pescas y de los cultivos alimenticios se vendía y servía para comprar provisiones de mandioca e incluso de arroz, que enloquecía a los chicos, los cuales decían, hablando de su Padre nutricio: «¡Hemos conseguido al hombre de Dios! ¡Éste es, aquí está!».
Además, el Padre Lefebvre consiguió un fusil y encontró a un
cazador y a un pescador para alimentar a los chicos con carne y pescado fresco, con carpas apetitosas del lago Zilé.
-¿Qué tal, chicos...? -preguntaba con una sonrisa- ¿Se come bien?
-¡Sí, Padre, se come bien desde que llegó usted! Ahora se come muy bien.
No contento con mejorar las comidas, el Padre Superior quiso perfeccionar las instalaciones industriales. Un viejo horno de ladrillos que funcionaba al lado del cementerio fue reemplazado por uno más grande, situado cerca del poblado de los cristianos. Asimismo, mandó traer un grupo electrógeno y un pequeño equipo auxiliar.
Gracias a ellos se pudo iluminar toda la Misión, y se conectó el torno de la carpintería al equipo auxiliar. «¡Éste es el hombre de Lambaréné! -decía la gente-, él nos trae la luz». Después el Padre Marcel mandó arreglar la senda que conducía del poblado a la Misión, para convertida en una ruta transitable. Un día, una ceiba (un árbol muy grande) que el Padre Lefebvre había hecho talar, cayó de modo que obstruyó la carretera: costó mucho cortada allí mismo!".
Un incidente parecido fue fotografiado muestra la imagen muestra al Padre Lefebvre al lado de la camioneta totalmente nueva que había comprado y conducía él mismo, deliberando con dos Hermanos y un indígena ante el tronco voluminoso que impedía el paso.
También reemplazó el viejo coche de los Padres por otro, de un modelo antiguo pero en buen estado. ¿Cómo hacía para conseguir y comprar todas esas máquinas en plena guerra? Esa misma pregunta se hacían también sus colaboradores, por lo demás muy satisfechos con las mejoras.
Eso no era todo. El Padre Lefebvre elaboró el proyecto de levantar más el campanario, y él mismo llevó el agua corriente al piso de las habitaciones de los Padres. Finalmente, previendo el desarrollo del barrio Isaac, al otro lado del agua, salió hacia allí un hermoso día con su ayudante Pierre Paul, brújula y machete en mano, con el fin de delimitar un terreno que había logrado adjudicarse para construir en él la capilla de Nuestra Señora del Ogooué. Se construyó a medida para que pudiera adaptarse a la estructura metálica que le facilitó un hangar de aviones del astillero Aubertiri'v'. En el lugar se estableció un catequista.
Hay que señalar que los bwitistas frecuentaban a veces ese barrio.
De hecho, el fundador de la familia Isaac de Lambaréné, Jean-Marie Isaac, había sido uno de los raros europeos iniciados en la secta. Así, algunas noches los tam-tam y otros instrumentos de madera hueca resonaban con un ritmo endiablado, y los hombres, atiborrados de facóquero y vino de palma, luego de reunirse en su tenebroso conciliábulo, con el rostro cubierto de máscaras impenetrables, comenzaban a danzar a la luz de las antorchas, haciendo contorciones y pasando por encima ante la pupilas dilatadas del gentío que se amontonaba alrededor. Eso era lo que no le gustaba al Padre Marcel; por eso, más de una vez fue allí, acompañado de forzudos aprendices, para intentar dispersar a esas gentes que lavan “el bwite”, como se decía. Tras la fachada de esas tradiciones turbias, malsanas y a veces francamente lascivas, veía claramente el poder de los demonios como para tener el menor deseo de dialogar.
Cierto es que no atacaba directamente a los hechiceros, pero si se enteraba de que algún cristiano o catecúmeno volvía a caer en el fetichismo, no lo toleraba. Una vez se le vio ir hasta la misma casa del culpable y, bajo la mirada temerosa de éste, destruyó a golpes de machete un fetiche bien característico.
La corrupción de la religión en el fetichismo era un asunto muy sensible para el Padre Marcel, sobre todo en los sacrificios que ofrecían los africanos, no como señal de sumisión a Dios, sino como modo de alejar a los malos espíritus que los rodeaban, a veces muy realmente. Así pues, explicaría luego Monseñor Lefebvre, creen en los demonios, pero viven atemorizados, y sus sacrificios están viciados desde el principio, llegando incluso a practicar sacrificios humanos. Es la religión apartada de su verdadero objeto. En la verdadera religión, la oblación de la víctima o de la ofrenda significa nuestra oblación interior".
Muerte heroica del Sr. René Lefebvre
Entretanto, las noticias de la guerra oprimían periódicamente
con esperanzas o angustias el corazón de los misioneros. El 8 de noviembre de 1942 el desembarco aliado en el norte de África alimentó algunas esperanzas. El 30 de enero de 1944 el futuro del África negra se definía en la conferencia de Brazzaville.
Al poco tiempo, el desembarco de Normandía preludiaba la
liberación de Francia. Una semana después, el Nord libre anunciaba la muerte del Sr. René Lefebvre, padre de nuestro misionero.
En cuanto se declaró la Segunda Guerra Mundial había vuelto a trabajar para el servicio secreto belga; y así pudo transmitir información, alojar en su casa a soldados prófugos y también a civiles que deseaban alistarse en Inglaterra, y encaminarlos hacia su destino. Tras ser detenido por la Gestapo el 21 de abril de 1941, fue a dar a la prisión. En su última carta, con fecha del 9 de septiembre de 1941, así les escribía a su familia y a sus amigos: Vosotros sabéis que muero como católico francés y monárquico, porque para mí Europa y el mundo entero sólo pueden encontrar la estabilidad y la verdadera paz mediante la institución de monarquías cristianas.
Condenado a muerte en Berlín el 28 de mayo de 1942 por «contactos con el enemigo y reclutamiento de jóvenes capaces de levantarse en armas contra el Reich alemán», fue internado finalmente en el presidio de Sonnenburg. Encargado de confeccionar calzado con paja humedecida que le cortaba los dedos y le arrancaba la piel a jirones, consiguió sin embargo sabotear su obra: seguía siendo un patriota.
El frío, la humedad y los forúnculos no pudieron doblegar ni su devoción (rezaba sin cesar su rosario) ni su confianza en la victoria de su patria. A consecuencia de una hemiplejía seguida de un síncope, por el que el guardián le propinó una fuerte paliza, murió en febrero de 1944 como auténtico miembro de la resistencia y heroico artífice de una libertad francesa reconquistada.

De gira por los lagos

Mientras tanto, el Padre Marcel llevaba la liberación cristiana de la esclavitud del pecado a los poblados y canteras forestales durante sus viajes.
A. bordo de la barca a motor llamada Madouaka, visitaba las canteras del lago Gomé, al oeste. El estado de los trabajadores, como en las minas, le inspiraba gran compasión la esclavitud. Las condiciones de trabajo y de pago y el alojamiento son deplorables, sobre todo en las minas. Los indígenas son capaces de trabajar bien, 'siempre que cuenten con el entorno y la atmósfera del poblado, y también con los auxilios religiosos que desean.
El Padre Lefebvre no dejaba de hacerle esa observación al jefe de la cantera cuando lograba reunir a los trabajadores para la Misa y las confesiones. A veces, para llegar a las, canteras alejadas, había que «dar vueltas y vueltas», cargando el Padre con su cartapacio y su ayudante Pierre-Paul con el maletín. Un día recorrieron treinta kilómetros por los caminos.
El Padre Lefebvre -informaba su acompañante- «estaba muy dispuesto a la caminata y su estilo era sorprendente, porque andaba de forma muy ligera, apoyándose sólo en las puntas de los pies; era muy ágil». Por lo demás, en la Misión caminaba de la misma manera, inclinado hacia delante y sobre la punta de los pies: eso daba un poco de miedo a los niños, y por ello le dieron al Padre el apodo de «Kodo kodo».