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miércoles, 13 de septiembre de 2017

JUANA TABOR 666. HUGO WAS

SAN TARCICIO, MARTIR DE LA EUCARISTIA


Cincuenta mil hombres del servicio secreto fueron movilizados para buscar al niño, y doscientos mil agentes de uniforme, diseminados desde Roma hasta la frontera, hallábanse prontos para auxiliarlos.
Ciro Dan, que había realizado el rapto valiéndose de sus secuaces, servidores o camareros del emperador y hasta del papa, guardó al chicuelo en lo alto de aquel edificio, inviolable por su carácter diplomático; el día de su coronación lo mandó
traer.
El pobrecito, temblando de miedo, se aproximó al trono.
Otros corazones se habrían compadecido al oír su inocente balido de cordero:
—¡Mamá, yo quiero irme con mamá! —clamó en italiano.
—Háblame en esperanto —le dijo Ciro Dan—, y yo mismo te llevaré a tu casa.
—No sé esperanto —respondió el pequeñuelo—; sólo sé italiano.
—¿Eres católico?
—¡Sí!
—Si me obedeces y haces lo que te mando, te llevaré a tu casa. ¡Escupe sobre esto!
Y le presentó la patena.
Al ver la hostia, la carita del niño resplandeció en forma sobrenatural. Una intuición divina, tal vez su ángel de la guarda, tal vez la gracia del bautismo, le reveló que aquella Forma estaba consagrada y era la purísima carne del Hombre-Dios. Y fue a arrodillarse para adorarla, pero no se lo permitió la dura mano que lo retenía.
—Si no escupes la hostia —le dijo Ciro Dan—, no te llevaré a la casa de tus padres y morirás como Jesús de Nazaret.
—¡Llevadme a mi casa, por amor de Dios!
Jezabel le susurró al oído:
—¡No llores! ¡Mírame! ¿Quieres que yo te lleve? ¿Me tienes miedo? El pequeño Torloni la miró y se echó a su cuello.
—¿Has hecho tu primera comunión?
—Sí, el año pasado, en el día de la Virgen. Desde entonces he comulgado todos los días.
—¿Y quién te ha dicho que esta Forma está consagrada?
—Nadie, sino que veo los ángeles a su alrededor, adorándola. ¿Vosotros no los veis?
—¿Tienes miedo de morir clavado en una cruz?
—¡Sí, sí! ¡Llévame a mi casa...!
—¡Escupe, entonces, la hostia!
El niño se apartó bruscamente de la joven, como de una víbora.
—¡No, no, no! —gritó con sorprendente energía, flor milagrosa que brotaba de su debilidad y de su pavor.
Dos de los jenízaros se arrojaron sobre él, lo desnudaron impúdicamente y lo tendieron sobre la cruz. El espanto hizo enmudecer a la víctima.
Ciro Dan descendió del trono. Su padre le entregó el martillo y los clavos, y él, sin una sombra de compasión, hundió el primero de un recio martillazo en la palma de aquella inocente mano. Un alarido horrible desgarró los aires.
—¡Mamá, mamá!
—¿Vas a escupir la hostia?
—¡No! ¡No! ¡No!
Los jenízaros movieron la cruz para que su joven señor no tuviera que cambiarse de sitio, se hundió el segundo clavo en la otra mano y finalmente otro en los dos pies crispados y tiernos, maniobra difícil que exigió muchos dolorosísimos martillazos, entre ayes desgarradores.
Al alzar la cruz para empotrarla en la pared, el horrible dolor hizo perder el sentido al crucificado.
Ya en el cielo de Roma se habían apagado los últimos fulgores del crepúsculo, y en la sala no se había encendido ninguna lámpara.
Más la sangre cristiana durante una hora manó silenciosamente y alumbró con un resplandor divino aquel misterio de iniquidad.
Nadie advirtió de qué fuente procedía la luz. Y mientras agonizaba el heredero de la ilustre casa romana, Ciro Dan cogió del incensario de Jezabel la marca de hierro que estaba calentándose desde el comienzo de la ceremonia y mandó a los circunstantes que le mostrasen el brazo derecho desnudo, y vio que todos tenían su cifra menos los rabinos, a quienes él mismo imprimió el signo de su posesión.
No lo conmovieron las humilladas y llorosas caras de los viejos y de nuevo calentó la marca, y como viese que el niño había muerto, se volvió furioso y estampó en la sagrada hostia el sacrílego número.
En ese momento cayeron desde los cielos sobre el mundo tres ayes apocalípticos: ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! Se apagó el milagroso resplandor y desapareció la hostia sacratísima, y aunque no había ni puertas ni ventanas abiertas, penetró una bestia horrorosa que llegó arrastrándose hasta el sillón de la derecha. Era un dragón de color de sangre, con siete cabezas coronadas de oro y diez cuernos que despedían azufrado fulgor.
Crujió el trono cuando la bestia se encaramó sobre él.
Y a la luz de aquellos siete pares de ojos y en el medroso silencio de las profundidades satánicas, hablaron una tras otra las siete bocas de la bestia prorrumpiendo en blasfemia.
Esa noche Ciro Dan desapareció de Roma. Ni su padre ni su madre supieron adónde se había ido.
También desapareció Jezabel, con quien él mantuvo una larga plática.
Y en esa larga plática, de labios de ella, uno de los rabinos alcanzó a oír el nombre de otra gran ciudad en un lejano país.

CAPÍTULO V
Rahab
Fray Plácido esa noche tuvo un sueño que truncó la campana del hermano Pánfilo.
En vano permaneció un rato sentado sobre su jergón, para atar los cabos de sus recuerdos.
Como las nubes deshechas por el huracán no se reconstruyen nunca tales cuales fueron, así los sueños del fraile no pudieron rehacerse.
No eran pues sueños proféticos, anuncios del Señor que de serlo, habrían perdurado en su memoria.
Se santiguó de nuevo, se lavoteó en una palangana de hiero y se encaminó a la sacristía por el desierto claustro en que sus sandalias sonaban con arcaico rumor. Sin que hubiera ninguna lámpara encendida, todo aparecía envuelto en una claridad lechosa, merced al resplandor que derramaban sobre la ciudad nubes artificiales de un gas luminoso.
A esa hora el hermano Pánfilo preparaba sobre la ancha mesa de la sacristía los ornamentos sagrados para la primera misa, que debía comenzar al filo de la medianoche.
En el movedizo arenal del mundo cuyas instituciones se extinguían o se transformaban, solamente la Iglesia Católica, con sus dogmas eternos y su liturgia milenaria permanecía impasible, torre de piedra en mitad del desierto. Cada uno de los ornamentos, la dorada casulla, el alba flotante de cándida tela, la estola, el manípulo, todas aquellas prendas de que le revestía la mano arrugada y temblorosa del sacristán, eran idénticas a las usadas desde siglos y siglos por otros sacerdotes; y las oraciones con que acompañaba cada gesto venían repitiéndose por millones de bocas desde la más remota antigüedad.
Sonaron las cien en el reloj de la sacristía y en todos los relojes de la ciudad.
Conforme al nuevo uso, dividíase el día en cien horas de cien minutos cada una, y era cada minuto poco más de ocho segundos antiguos, el espacio de una jaculatoria. Pero los relojes no las anunciaban por campanadas que habría sido difícil contar, sino por voces que una radio lanzaba a los aires.
Fray Plácido, revestido ya y precedido de un monaguillo soñoliento, llegó al altar de San José, donde todo conservábase igual desde tres siglos por lo menos: el atril para el misal, las vinajeras con el agua y el vino para la consagración, la campanilla para el sanctus y las dos velas litúrgicas, cuyas vacilantes llamitas no se avergonzaban ante el resplandor de la luz difusa que impregnaba el éter.
Los fieles llenaban la anchurosa nave del templo y muchos se agrupaban alrededor del confesionario del otro fraile del convento recién elegido superior, fray Simón de Samaria, que confesaba desde las doce de la noche hasta las dos, hora de su misa.
La pequeña comunidad de los gregorianos, algo más de media docena de individuos, estaba orgullosa de él y esperaba que su prodigiosa fama despertaría las vocaciones que la orden necesitaba urgentemente para no extinguirse.
Fray Plácido se alegró al ver rodeado de penitentes el confesionario de fray Simón. Creía que ése era el ministerio más difícil del sacerdote y el más propio para que la sal de la tierra se mantuviera en su genuino sabor.
Observó sin embargo una novedad, que lo distrajo varias veces durante la misa.
Entre los penitentes columbró a Juana Tabor, aquella joven semiconvertida por fray Simón.
Era la primera vez que acudía al confesionario, pues ella hasta entonces lo había consultado en el locutorio de la comunidad; y era eso lo que convenía no siendo aún católica.
¿Habría adelantado tanto la misteriosa catecúmena, que entraba de lleno en la más penosa de las experiencias, cual es la confesión?
Muy poco sabía de ella el viejo fraile. Tampoco sus amigos íntimos que lo visitaban a diario en su celda, Ernesto Padilla y Ángel Greco, más viejos que él los dos y que conocían a todo el mundo, sabían nada de aquella mujer de nombre sonoro y misterioso, que había comprado al Gobierno la antigua quinta de los jesuitas en Martínez, cerca de Buenos Aires.
Un día, en aquella casa en que antes se bendijo a Cristo, celebróse una gran fiesta profana, y la hermosura y la riqueza de Juana Tabor se hicieron proverbiales.
Vestíase como una princesa india: manto blanco sobre los cabellos negros sencillamente alisados; sandalias de oro y una cinta roja ciñendo la hermosísima frente. ¿Era un simple adorno u ocultaba alguna deformidad o cicatriz? ¡Misterio!
No existía idioma que ella no hablara a la perfección, y su trato era de una seducción extraña.
¿Hindú, europea, americana? De cierto nadie lo sabía. Ella decíase chilena, mas negábanlo quienes conocían los modismos de Chile que ella no usaba nunca. Aunque su tipo era caucásico, había en sus ojos un dejo de la raza amarilla, rasgo inexplicable y exquisito que dulcificaba el resplandor demasiado altivo de sus facciones.
No era bautizada. Fray Simón nunca hablaba de ella, lo cual inquietaba mucho a fray Plácido, que un día le dijo con alguna intención dos frases de la Sagrada Escritura, una de las cuales alegró el siempre nublado rostro del superior, mientras la otra pareció irritarlo.
Y fue la primera aquella respuesta del Señor, cuando los fariseos le reprocharon su familiaridad con los pecadores: “Si un hombre tiene cien ovejas y una de ellas se descarría, ¿no dejará las noventa y nueve en la dehesa para ir al monte en busca de la extraviada?”
Al mismo fray Plácido, no sabía por qué, después de haber citado las palabras del divino Jesús, hijo de María, le vinieron a la mente otras del otro Jesús, el sombrío hijo de Sirach, y fue el amargo versículo del Eclesiástico: “Toda malicia es pequeña comparada con la malicia de la mujer.” ¿Era por ventura una prevención, un aviso para que desconfiase de la bellísima Juana Tabor? Algo antes de la medianoche, cuando fray Plácido iba en su misa por el ofertorio, una preciosa autoavioneta plateada que no halló lugar libre para aterrizar en la vecina plaza Stalin, se decidió a posarse como una paloma sobre el techo de la iglesia.
Descendieron de ella dos muchachas y dos mozos que vestían los trajes de moda.
Es oportuno advertir que a pesar de las infinitas revoluciones hechas para terminar con las clases sociales, las gentes en las cercanías del año 2000 seguían agrupándose en clases conforme a sus gustos, a sus envidias, a sus costumbres. Especialmente la envidia, a la cual se le diera en tiempos de Marx el nombre científico de lucha de clases, era más que nunca el motor principal de las almas.
Los dos mozos (Níquel Krom y Mercurio Lahres) vestían traje talar de seda amarilla, algo de toga romana y algo de albornoz africano.
En cambio, las dos jóvenes llevaban, según los últimos figurines de Yokohama, la ciudad más elegante del universo, pantalones de seda. Eran amplios los de Rahab
Kohen, nombre de la una, y ceñidos a la pierna los de Foto Fuma, la otra. En aquel fin de siglo los hombres usaban polleras y las mujeres pantalones.
Las dos muchachas vestían además elegantísimas blusas de cuero rojo sin mangas, lo que permitía verles en el brazo derecho, un poco arriba del codo, marcado a fuego, el número 666.
La azotea, dispuesta para el aterrizaje de los aviones, estaba iluminada por una fosforescencia opalina, cien veces más intensa que la de la luna en el plenilunio y sin la dureza de la cruda luz del sol.
Tal resultado se obtenía arrojando torrentes de un gas ozonizado, que se mantenía entre los 100 y 150 metros formando un toldo blanco y unido.
Ese gas electrizado a distancia, producía tan maravillosa claridad que las gentes acabaron por no echar de menos la del sol.
En las noches de viento la luz sufría ligeras oscilaciones, el toldo solía desgajarse, y aparecían pedazos de un cielo que, aun cuajado de estrellas, no merecía sino las maldiciones de los ciudadanos, porque ese fenómeno obligaba a las máquinas que hacían el gas a multiplicar su producción —con grandes gastos— para reponer lo que
el viento pampero o el norte habían barrido.
El solo inconveniente del sistema, para ojos de otros siglos, era que los habitantes  de las grandes ciudades ignoraban la belleza de los cielos estrellados. Millones de seres nacían, vivían y morían sin haber contemplado nunca una noche de luna.
¿Pero eso qué importaba? En todos los siglos ha habido quienes sin ser ciegos, jamás quisieron ver la salida del sol ni interrumpir el sueño para contemplar la estrella de la mañana.
Sin embargo, la belleza de la estrella de la mañana es tal que entre los horrores del Apocalipsis el Señor, para ponderar la grandeza del premio que destina a los que perseveren, lo compara con ella: “Al que guardare mis obras hasta el fin, yo le daré laestrella de la mañana.”
Discuten los intérpretes acerca del sentido de esta promesa, mas no los poetas, que la aceptan en su sentido obvio y directo, pues para ellos la estrella de la mañana es una de las maravillas de este mundo poblado de inadvertidas bellezas.
Los pasajeros de la avioneta habían bajado en los techos de San Gregorio con deseos de procurarse un buen sitio para oír el sermón del famosísimo padre, que tenia absorta y conmovida la ciudad. Sería una distracción nueva.