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lunes, 11 de septiembre de 2017

EL KAHAL ORO. HUGO WAS


Zacarías bebió una copa y preguntó suavemente: -¿Tiene usted la libre disposición de sus bienes?
-Todavía no; pero cuando el viejo usted sabe, nadie es eterno y un día u otro también a él le tocará el turno. Mi madre ya murió, y de ella tenemos, cada uno de los hermanos, dos millones. Si el viejo no se funde, por trabajar demasiado, heredaremos otros cinco o seis millones, cada uno.
-¡Dios del Talmud! Continúe, niño, me interesa.
-Pongamos que no sean más que cinco; que no sean más que cuatro. Cuatro que tendré y dos que tengo son seis. ¿Puede un mozo vivir en París y en Londres y en Viena con la renta de seis millones?
-¡Ya lo creo! ¡Más que vivir! Puede morirse si se empeña en gastar su renta.
-¿Y cuál sería la de seis millones?
-Según en qué los invirtiera. ¿Casas? ¿Campos? ¿Vacas?
-¡Ni casas, ni campos, ni vacas! ¡Dinero contante! ¡Buenas hipotecas! Mi padre y mis hermanos son unos infelices. Echan los bofes por adelantar sus capitales; viven comprando y vendiendo; mejorando sus estancias, edificando sus terrenos; levantándose al alba y trabajando como negros todo el día.
Zacarías asintió. Las gentes citaban como ejemplo la laboriosidad de los Adalid.
-La gran ambición de mi padre es que lo llamen pionneer del progreso argentino. ¡Qué estupidez! ¡Tome otra copa! Y óigame bien. Usted es judío, y yo soy cristiano, pero tengo más confianza en los que van a la Sinagoga, que a la Catedral.
-Muchas gracias.
-Me refiero a negocios. Ningún judío se empobrece. En cambio, los cristianos viven dando tumbos. - También suele ser verdad.
-Yo quiero entonces confiar mis asuntos a un banco judío
- ¿Cómo el Banco Blumen?
-Eso es. Cuando a mi padre le toque el turno… ¿usted? me entiende? No aceptaré ni una vaca, ni un terreno, ni una hectárea de campo. Si me obligan a aceptar, lo liquidaré en el acto, y le entregaré a usted el dinero, y usted lo colocará en buenas hipotecas. No me ha dicho qué renta pueden dar seis millones de pesos... ¿Otra copa? Y ahora, mi banquero y amigo, dígame por qué esa rubia lo trata de tú y lo llama Zabulón...
Zacarías inventó cualquier explicación y salió del paso como pudo. El mozalbete, en realidad, apenas le escuchó. En los salones danzaban elegantes parejas, y él envidiaba a los mayores aquellos placeres, vedados todavía para un colegial.
Zacarías aprovechó ese instante para escabullirse. Ya se había entrenado en la alta vida social. Ya lo habían visto en correcta indumentaria y nueva fisonomía. En adelante lloverían las invitaciones.
-¡Ah Milka! de no haber sido tú tan hermosa, yo sería dueño del corazón de Sarah Zyto. Y ella no se acordaría de llamarme Zabulón. ¡Maldito sea!
Era una historia antigua. Los viejos Zyto de Polonia, a raíz de uno de esos frecuentes pogrom, en que los judíos son perseguidos a sangre y fuego, emigraron a la Argentina, con su única hija, Sarah, que tenía cinco o seis años.
Mala suerte y peor salud. Murieron dejando en la miseria a Sarah, de quince años, que no tardó en hallar amparo en casa de los mellizos Zabulón, pues se casó con uno de ellos, David, el más juicioso y tímido y tartamudo.
Buenos y laboriosos muchachos, David y Matías. Habían llegado de Varsovia sin más bienes que sus lustrosas levitas y dos pastelillos de felpa, a guisa de sombreros.
Llegaron en tiempos propicios, pues no tardó en estallar la guerra.
Desde la antigüedad el judío ha preferido la guerra a la paz, porque ésta no engendra negocios.
Cuando hay príncipes que se disputan y pueblos que se entrematan, el ojo acostumbrado a leer los caracteres hebraicos del Talmud, sabe, también descubrir soberbias oportunidades.
El judío no ama la guerra como soldado, sino como proveedor de los soldados y prestamista de los gobiernos.
Ciertamente, alguna vez ha tenido que formar en las filas y marchar al frente.
Pero siempre ha hallado manera de cumplir la avisada máxima del Talmud: "Si partes a la guerra, no vayas adelante, sino atrás, a fin de que puedas vol. ver el primero." (Pesdchim, 112 b.)
Los dos Zabulón tenían buen ojo, y eran capaces de convertir en oro no solamente el hambre y la sed de un ejército, sino también la sangre, el dolor y hasta la derrota. Y lo hacían con una sencillez enternecedora y una dulzura invencible.
Eran, pues, los tiempos de la guerra del Paraguay, que se inició en noviembre de 1864, y duró más de cuatro años.
Parece increíble que la pequeña nación paraguaya resistiera tan largo tiempo contra los ejércitos aliados de la Argentina, el Brasil y el Uruguay.
Conviene explicar que en aquella época el Paraguay tenía mejores arsenales, astilleros, telégrafos y ferrocarriles que la Argentina.
Francisco Solano López, su ominoso presidente vitalicio, había logrado reunir más de sesenta mil soldados, en sus famosos campamentos de Cerro León, Encarnación y Humaitá, y provocó la guerra pará hacerse conocer del mundo.
Un día de noviembre del 64, en plena paz, se animó a desafiar al Brasil, apoderándose de un vapor mercante, que tocó en Asunción.
Y meses después, todavía en paz con la Argentina, invadió su territorio y pasó a degüello las tripulaciones de dos vapores de su escuadra, sorprendidos en Corrientes.
Entre los proveedores de las tropas argentinas, que partieron a los lejanos campos de batalla, deslizándose David y Matías. Aquél, según dijimos, ya era casado con la joven Sarah Zyto, que se quedó en la ciudad para servirle de corresponsal.
Vendiendo aguardiente y tabaco, y contrabandeando yerba del Paraguay, que es insustituible para los buenos tomadores de mate; pasándose del campamento argentino, al de los brasileños o de los uruguayos; y en ocasiones metiéndose furtivamente hasta en las líneas paraguayas, es decir, traficando con el enemigo, los mellizos Zabulón, en cuatro años, ganaron centenares de miles de pesos fuertes.
Infinitas penurias y verdaderos peligros. Tan verdaderos que al fin se produjo la tragedia.
Su don de oportunidad, que los hacía caer a tiempo, y volverse
indispensables, pues siempre tenían dinero listo; su discreción, su paciencia, su mansedumbre, su sagacidad vulpina, virtudes históricas de su raza, y hasta el ser dos personas tan idénticas que resultaba imposible saber cuándo se trataba de David y cuándo de Matías, y facilitaba ciertos negocios y muchas coartadas, explican su éxito.
Más tanto va el cántaro al agua.
Un día los centinelas brasileños sorprendieron a Matías volviendo de las líneas paraguayas, y se tuvo indicios de que había llevado noticias.
Consejo de guerra inmediato y pena de muerte dentro de las veinticuatro horas.
El prisionero mandó llamar a su hermano para despedirse.
Desde el campamento argentino acudió el dulce David, deshecho en lágrimas y más tartamudo que nunca.
Y el cauto Matías le hizo una extraordinaria proposición.
-¿No te crees capaz de obtener mi gracia, del presidente Mitre, general en jefe de los ejércitos aliados?
-¡Hermano mío, más querido que la misma Sarah! No me creo capaz ni de obtener la vida de un caballo, ni de una vaca, ni de un ratón; mucho menos la tuya. Soy tímido y tartamudo como Moisés. No me tientes y prepárate a morir…
-No, hermano mío: tengo una idea salvadora. Tú eres tímido, pero yo soy audaz; tú eres tartamudo, como Moisés, pero yo soy elocuente como su hermano Aarón.
-¡Es verdad!
-Estoy seguro de que si el general Mitre me escuchara, me concedería su gracia.
-También yo estoy seguro, porque hablas como un profeta. Pero estás preso y el general no te escuchará. ¡Prepárate a morir, querido mío!
-No, porque yo iré al general Mitre, y le diré.
-El centinela no te dejará pasar.
-Sí, me dejará pasar, si tú ocupas mi lugar. Nunca sabrán ellos, ni nadie, si eres tú o soy yo el que se queda preso, o el que sale. Recuerda que la misma Sarah, tu querida esposa...
David no acertaba con un argumento que disuadiera a su hermano Matías de aquella pavorosa ocurrencia. Hallaba de pésimo gusto explicarle que aunque eran tan parecidos que nadie los distinguía, él sentíase absolutamente distinto de su hermano.
Para él, Matías no era el mismo que David. Le causaría inmensa pena si fusilaran a Matías, pero mayor pena si fusilaran a David.
Silenciosamente se mesó las barbas, hasta que Matías le dijo con amargo desprecio:
-¡Mal hermano! ¡No quieres salvarme; cuando estoy pre· so por haber hecho negocios para ti! ¡Y cuántos buenos negocios tengo pensados! ¡Pero no quieres que viva!
-Sí, hermano mío, quiero que vivas. Pero sin oponerme a la voluntad del Eterno. El ha querido que seas tú el preso y tú el fusilado. ¿Qué puedo hacer yo, pobre hormiga, contra los designios de mi Creador? Discutieron una hora más. Matías se lamentaba de la~ grandes ideas que con él se irían a la tumba. Y David se horripilaba ante el riesgo de dejar viuda a la joven Sarah. ¡Viuda y sin posteridad!, es decir, que su nombre desaparecería de la haz de la tierra, tremenda visión para un buen judío.
Pero no de balde era uno tartamudo y el otro elocuente.
Acabó Matías por convencer a David. Y éste se quedó en la prisión y el otro partió para andar quince leguas a caballo y volver con el indulto.
Al darse el postrer abrazo, todavía David, agarrando por los hombros a Matías y mirándolo en el fondo de los ojos, le preguntó:
-Y si no consiguieras el indulto, ¿volverías 1o mismo?
-Sí, hermano; si no consiguiera tu indulto volvería lo mismo.
-Mi indulto no, el tuyo querrás decir.
-Como tú quieras; pero desde este momento, y puesto que eres tú el que se queda preso, el indulto que yo debo pedir no es el mío, sino el tuyo. ¡Adiós hermano mío! Pasó por delante de los centinelas, que no advirtieron el cambiazo, y voló a convencer al general Mitre; mientras David se quedaba sumido en los más tristes presentimientos.
No era buen jinete, pero galopó toda la tarde, a través de la selva correntina, hasta llegar a la carpa de Mitre. Pero el generalísimo de los ejércitos aliados estaba a veinte leguas de allí.
Ya no había tiempo de llegar.
Entonces Matías pensó qué debía hacer, si proseguir En busca de Mitre o volver a ocupar su sitio y libertar a su hermano.
Extraña terquedad la suya. ·Se empeñó en buscar a Mitre.
Y al fin dio con él, pero tres días después. Y cuando bañado en lágrimas le habló del asunto, el generalísimo le mostró un papel donde le daban cuenta de la ejecución de Matías Zabulón, fusilado por espionaje días atrás.
Quedó pulverizado, con el flaco mentón hundido en el pecho.
-¡Yo también voy a morir -dijo, en su desesperación. Y los que le oyeron, exclamaron: ¡Pobre hombre! do que se iba a suicidar.
-Puesto que Matías Zabulón ha muerto para la ley y David Zabulón ha muerto para mí, yo no puedo ser Matías ni soy David. ¡Yo también voy a morir! ...
Y se mató… civilmente.
Adoptó el nombre de su abuelo, Zacarías, y el apellido materno, Blumen, que en alemán significa flores. Era eufónico y poético.
Liquidó sus asuntos en el campamento y regresó a Buenos Aires, donde lo aguardaba Sarah, para arreglar cuentas.
No hablaron de negocios al principio. Los ojos hermosos de ella tenían fulgores románticos.
-Hermano mío, ¿has leído el Libro de Ruth?
-Sí, hermana mía.
-¿Te acuerdas algo de él?
-¡Ni una letra!
Entonces ella le entregó una edición de la Ley y los Profetas, escrita en sólidos y hermosos caracteres hebreos, pero compuesta en idisch que es una especie de alemán para el uso de los judíos de su raza.
Zacarías Blumen (llamémoslo así en adelante) no dio mayor importancia al capricho literario de Sarah, ni a los románticos fulgores de sus ojos, ni a la cadencia de sus palabras. Ni releyó el Libro de Ruth.
Entonces ella hojeó el Deuteronomio, uno de los cinco libros sagrados que forman la Thora, y le leyó el versículo 5° del capítulo 25, que dice así:
"Cuando los hermanos viviesen juntos y muriese uno de ellos, y no tuviese hijo, la mujer del muerto no se casará con hombre extraño; y su cuñado la tomará por mujer."
Esto era a fin de que el primogénito que ella diera a luz fuese llamado como el muerto y el nombre de éste no pereciera.
Mas como Zacarías no se apresuraba a cumplir con la ley, Sarah lo acorraló delante del rabino y de los ancianos de su nación, reunidos en la Sinagoga.
Era de mañana, y las pálidas velas del Hechal, donde se extendería la Sefer Thora, tenían aspecto funerario.
El Rosch revistió sus ornamentos: ciñóse en la frente, en las manos y en el antebrazo los minuciosos teffilin; separó con un apretado cinturón las partes nobles e innobles del cuerpo; se echó sobre el sombrero el thaled sacerdotal, adornado por los simbólicos flecos (zizith) y vuelto el rostro hacia Jerusalén y puesta la mano sobre el corazón, y juntos los pies, a la manera de los ángeles, porque Ezequiel ha dicho: "sus pies estaban derechos" (c. 1,v.7) entonó las dieciocho bendiciones (scemona esre) comenzando por aquella hermosísima que se recita debe hace cuatro mil años en las Sinagogas, y que Nuestro Señor Jesucristo rezó muchas veces:
"Bendito seas, Señor, Rey del Universo, que produces la luz y creas la oscuridad; que haces la paz y sacas las cosas de la nada, y día por día renuevas la obra de tu creación."
Después vuelto la cara a la concurrencia, en la que había muchas mujeres, desplegó un rollo de la Thora, leyó algunos pasajes y lo cerró, diciendo: "Esta, es la ley que nos ha dado Moisés."
Guárdalo respetuosamente y volviéndose al pueblo explicó la historia de Ruth la Moabita.
Hallábase entre las mujeres la joven y hermosa viuda de David Zabulón, que sentía llover sobre ella las miradas fogosas y textos sagrados; y estaba, también, muy resignado a su deslucido papel, Matías Zabulón, que iba a ser el chivo negro de los pecados ajenos.
Refirió el Rosch de qué manera Ruth, habiendo enviudado en el país de Moab, fué a Bethleem, por consejo de su suegra Noemí, y entró en casa de Booz, su pariente. Y Booz se desposó con ella para suscitar posteridad al muerto, "a fin de que su nombre no se borrara de entre sus hermanos".
-Tal se hacía en los tiempos antiguos! -exclamó el Rosch, despidiendo llamas por los ojos-; pero los judíos de ahora no quieren dar hijos a los muertos y se resisten a cumplir tan dulce ley de fraternidad.
Diciendo esto miró a Sarah Zyto y añadió para su coleto: -¿.Qué pretende ese animal de Zabulón? ¿Dónde va a hallar mujer más hermosa? Y en voz alta, prosiguió:
-Por la terquedad de Matías Zabulón y en defensa de los derechos de Sarah Zyto, debe procederse a la santa ceremonia Ibum y Caliza, mas no en la Sinagoga, lugar sagrado, sino en el campo, sitio de oprobio.
Todos sabían que Ibum quiere decir: tomar la viuda; y Caliza descalzarse el zapato. Zacarías debía optar entre que· darse con Sarah o entregarle un zapato.
Salió el Roch, a reculones, para no dar la espalda al Hechal, y 1o siguió el público en la misma forma.