utfidelesinveniatur

lunes, 11 de septiembre de 2017

DIOS BAJO AL INFIERNO DEL CRIMEN




CAPÍTULO I
EL DESASOSIEGO DE AUSTIN PRICE
Guy Maupin salió apresuradamente de la cárcel del Condado, de Fayette y echó a andar ligero por Short Street. En unas cuantas zancadas llegó al Cuartel General de Policía de la ciudad. Empujó la puerta, atravesó el pasillo y, sin llamar, entró en el despacho del jefe. Austin Price estaba leyendo el Heraldo de la mañana.
— ¿Muchos elogios para el departamento de detectives, jefe?
La voluminosa cabeza de Price asomó por encima del periódico. Su expresivo gesto fue a la vez un saludo y una invitación a tomar asiento.
—Los periodistas sólo tienen un idioma, Guy. Los elogios de esta mañana son los mismos de todas las mañanas.
——Bueno. Después de las censuras que nos han dedicado durante diez días, deben tener la decencia de darnos una tregua...
— ¿La decencia?—dijo Austin Price, medio riendo y echándose hacia atrás en su butaca—. Lo que me gustaría saber es por qué han tomado a la Policía de la ciudad por una sucursal de la patrulla del Condado y por qué me han escogido como blanco y no se meten con el Sheriff. Nosotros nos hemos ocupado del caso, y, realmente, no es de nuestra incumbencia.
—Desde luego que no. El Club de Campo de Lexington está a más de tres millas de distancia de la ciudad. A pesar de todo, yo no siento que nos hayamos metido en el asunto.
—Ni yo tampoco —replicó el jefe—. Pero ¿por qué los periódicos se meten con nosotros?
—Eso quisiera yo saber —dijo Maupin, echándose hacia atrás el sombrero—. Lo que más me intriga de los periódicos es el silencio que guardan sobre la rapidez con que hemos desenredado la maraña. Fíjese: el domingo 28 de septiembre saltamos de nuestras camas para encontrar a la conocidísima estrella de golf Marion Miley, en pijama y tendida en el suelo
de su habitación en el Club de Campo, con un balazo en la espalda y otro de su habitación en el Club de Campo, con un balazo en la espalda y otro que la atravesaba el cerebro. Un poco más allá, su madre, Elsie Ego, malherida con tres tiros en el vientre, a consecuencia de los cuales murió el miércoles. ¿Y qué encontramos además de los dos cuerpos? Una alcoba en
desorden, tres cápsulas de una automática del 32 sobre un colchón y dos botones de chaqueta de hombre.
—Eso era todo—murmuró Price.
—Los elegantes chicos de la Prensa dijeron al mundo que se trataba de un asunto íntimo. Pero usted fue más elegante, y nos aseguró que era un asunto local, y me encargó echar las redes. A los dos días justos sabíamos exactamente lo que queríamos saber. Antes de una semana habíamos dado por teletipo a todos los Estados la descripción de los asesinos. Si los entremetidos de los periódicos y los teléfonos nos hubiesen dejado solos, podríamos haber actuado más de prisa todavía.
—Ellos nos dieron la pista del automóvil —objetó Price, tranquilamente.
— ¡La pista! —gruñó Maupin—. Hablamos con un reportero que
había visto un Buick sedán de dos tonos aparcado en el Club el domingo por la mañana ¡Preciosa y valiosa información que nos desorientó completamente! Nos hubiera hecho perseguir un Buick verde que los ex presidiarios habían robado en Parrot. Georgia. No, jefe. La realidad es que usted sólo siguió la pista que la sustancia gris de su cerebro le aconsejaba seguir, aunque los periódicos graznaban como si los asesinos nos hubieran pasado sus tarjetas de visita, y nosotros nos hubiéramos negado a recibirlos.
—Los periodistas locales se sintieron ultrajados porque yo instituí conferencias de Prensa con las que trataba de jugar limpio—dijo Price, sin inmutarse.
—Sí. Y ellos también jugaron limpio con usted, ¿no? Recuerde los titulares: La Policía local camina a ciegas, y F. B. I. (1) debe ser consultado, etc. Y luego el silencio absoluto durante dos días.
Una leve sonrisa se dibujó en el rostro del jefe.
Hubo algo peor que esos titulares, Guy: el viejo afán de las masas de matar a un hombre que desconocen...
—Pero nosotros hicimos que lo conocieran pronto.
—Dios nos ayudó a hacerlo.
1 Servicio de identificación Criminal.
—Claro que sí. Pero ello fue sólo una prueba de que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos. Recuerde los hechos. El 28 de septiembre se cometió el crimen. El 1 de octubre no tenía usted en sus manos más que los dos cadáveres. Y el 9 había capturado al criminal y logrado su confesión...
—No tanto, Guy, no tanto. El día 9 recibí una llamada de Fort Worth, Texas, comunicándome haber detenido a un individuo cuyas señas coincidían con la descripción que les habíamos enviado.
— ¡Venga, venga, jefe!... Dijeron más que eso. Dijeron que habían detenido a dos hombres en un sedán de dos colores, marca Buick, modelo 1941, con matrícula de Kentucky. Dijeron que uno de ellos era de Lexington (el hombre que buscábamos: Tom Penney), y que el otro, Leo Gaddys, también ex presidiario, había estado trabajando en Louisville recientemente.

Dijeron que en el fondo del coche habían encontrado un casquillo de pistola automática de calibre 32 y un par de zapatos femeninos de sport. Esta llamada tenía todo el valor de una confesión.
—No hubiera pensado usted lo mismo si llega a venir conmigo a FortWorth—dijo el jefe, repitiendo la leve sonrisa que iluminara antes sus facciones.
—Nunca me ha dicho cómo obtuvo la confesión, jefe. ¿Costó trabajo hacer hablar a Penney?
Price sacudió la cabeza.
—Hacerle hablar precisamente, no. Hacerle decir la verdad, ya fue más difícil. Cuando yo llegué, el sábado 11 de octubre, Tom Penney llevaba dos días y dos noches hablando y bromeando con los policías y periodistas de Fort Worth, pero sin decir ni pío. Le habían detenido el día 9 con Leo Gaddys y una mujer. La muchacha y Gaddys fueron puestos en libertad en seguida. Penney continuaba detenido para que yo le interrogara. Negó rotundamente su participación en el crimen del Club de Campo, y dio una explicación detallada de todos sus pasos desde que salió de Louisville, el 1 de octubre. Claro que lo interesante para mí era lo que había hecho antes deesa fecha.
Price se balanceó en su sillón antes de continuar.
—Dormí tranquilamente aquel sábado, y el domingo, después de oír misa a primera hora, arreglé una entrevista a solas con Penney. Me lo trajeron al despacho a las nueve de la mañana. No era el mismo cuando nos despedimos. Para mí, la identificación de los asesinos de la señorita Miley
era evidente; pero había comenzado a entrever un misterio mayor.
— ¿Cuál?
— ¿No recuerda que encomendé a usted y a sus agentes detener a Bob Anderson en cuanto supimos que era suyo el coche que conducía Penney cuando le arrestaron? Ustedes le encontraron en El gato y el violín, su Club de noche en Louisville. Anderson juró que no se había movido de la ciudad
desde hacía unas semanas. Pero nosotros sabíamos que había estado vagabundeando por Newport, la ciudad vecina, hace justamente un mes, porque se le había visto por todas partes conduciendo ese Buick en compañía de un ex presidiario y otras gentes sospechosas.
—Joe Hoskins se encargó del asunto..., y encontró a Anderson tan fresco como una lechuga...
—Es un hombre al que nunca podremos dominar...
—No lo hemos intentado. Penney cantó lo mismo que Baxter.
—Sí. Es posible que cantara. Pero sólo después de haber sometido a Bob Anderson a un doble interrogatorio he visto claro. Él fue quien dijo a Penney que cogiera su coche para escaparse e inventó el que se lo habían robado.
— ¡Vaya coartada!
—La más apropiada. Él la utilizará como último recurso para darnos que hacer.
— ¿Cómo, si ya tenemos todas las piezas reunidas? Penney confesó ante usted en Texas, y dijo que el asesino fue Anderson. Aquí, en Lexington, después que usted lo trajo, declaró que Skeeter Baxter, el guarda del Club de Campo, había tramado el plan. El mismo día (el viernes último) detuvieron a Baxter. En menos de cuatro horas había cantado de plano, coincidiendo con lo dicho por Penney. El sábado, Penney nos indicó dónde estaban escondidas las pistolas; y, en efecto, encontramos dos automáticas del 32 y el 38. Ayer, en el F. B. I. adquirí el convencimiento de que los casquillos que nos enviaron y los recogidos en el Club eran iguales. Si tenemos las pistolas y los pistoleros, no sé cómo Anderson puede darnos que hacer...
— ¿Les ha sido verdaderamente útil Penney?
La pregunta parecía formulada casualmente; pero Maupin conocía a su jefe. Price era tenido por hombre que sabía escuchar hasta el final, y rara vez interrumpía a su interlocutor. El jefe de la Identificación había recogido todo cuanto no se había dicho en los interrogatorios, y se extrañó de la pregunta.
Sacó su pipa, y mientras la llenaba, dijo, lentamente:
—Yo estuve con Joe Harrigan desde las ocho de la noche del jueves hasta las siete de la mañana del viernes. Durante cerca de once horas estuvimos interrogando a Tom Penney. Gracias a Dios, el hombre se decidió finalmente a decir toda la verdad, pues de otra manera seguiríamos todavía haciéndole preguntas y recibiendo sus sonrientes respuestas, llenas del más agudo y cortante sarcasmo que jamás he oído. Ese muchacho tiene talento,
lengua suelta y muy pocas simpatías por los representantes de la autoridad.
—Y ¿es verdad, Guy, que la bala recogida por usted en el piso del Club de Campo era del 38? ¿Eh?—gruñó Maupin.
—Penney asegura que la pistola de ese calibre era la suya.
Maupin no respondió.
—Entonces, me parece que tratará de basar su defensa en el hecho de que el único disparo que él hizo no hirió a ninguna de las dos mujeres.
Precisamente, me enseñó una carta que había escrito a su madre el último lunes por la mañana, en la que decía: No creas nada de lo que dicen los periódicos. Como de costumbre, tratan de presentar como convicta a una persona antes que lo esté. Yo puedo decirte una cosa, madre, que te debe tranquilizar: yo no soy un reo de asesinato. Y ahora poseo una prueba definitiva de ello.
— ¿Qué quiere decir Penney con eso?—preguntó Maupin, moviendo la pipa entre sus dientes.
—Lo mismo que usted acaba de decirme. Que él disparó su pistola.
Pero usted ha probado que su bala estaba en el suelo de la alcoba del Club de Campo...
—Lo cual no le librará de la silla eléctrica —dijo el detective, cruzando sus piernas y sonriendo un poco compasivamente—. La ley es terminante. Tom Penney no ha matado a ninguna de las Miley, pero será declarado cómplice del doble asesinato, y es bastante. Porque yo pienso proseguir este caso por mi cuenta, y solicitar el mismo veredicto y la misma sentencia para los tres. Aunque ya sabrá usted que ellos pretenden tres
procesos diferentes.
Mientras el jefe se quitaba las gafas para limpiar sus cristales, Maupin continuó:
—Eso será una gran ayuda para Jim Park, el fiscal, y para su colaborador, que supongo será Harry Miller. Podrán utilizar a Penney y a Baxter contra Anderson, e incluso a Penney contra Baxter, si es que tienen necesidad de ello.
Price carraspeó un poco ruidosamente, y dijo:
—No creo que el fiscal salve la vida a Tom como premio a sus declaraciones.
—Y más vale que no lo haga. La ciudad está muy excitada con el crimen, y serían capaces de linchar a Penney. Marion Miley no sólo era una chica guapa, sino una figura popular.
Price guiñó los ojos. Le divertía el cacareo gutural de Maupin, quien continuó:
—Es de esperar que no ocurra semejante cosa. Penney está en la cárcel del Condado de Fayette y la cárcel del Condado de Fayette está en la ciudad de Lexington, donde, por fortuna, estamos bastante civilizados. Pero, dígame... ¿Qué está pensando?... No parece usted el mismo... ¿Acaso su mujer?...
—No. Está perfectamente—replicó Price, tranquilizado por la última pregunta—. La operación ha sido de poca importancia, y, además, se encuentra en las mejores manos posibles. Sor María Lorenza es hermana suya, como usted sabe.
El detective se puso en pie, sorprendido.
— ¿La monja del Hospital de San José es cuñada suya?... La he conocido, lo mismo que a otras monjas, cuando fui a ver a la señora Miley.
Me hizo una profunda impresión.
—A todo el mundo se la hace. Voy a ir esta tarde a primera hora a ver a mi mujer. Mi cuñada me llamó hace un rato para decirme que está completamente bien.
—Entonces... ¿Por qué está usted preocupado?
—Por Tom Penney.
—Ese sí que está a las puertas de la muerte.
—Quizá por eso no se me va de la imaginación.
— ¡Oh!... Piense en su hoja de servicios.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Maupin se echó atrás el sombrero, se quitó la pipa de la boca y
extendió sus manos sobre el borde del buró de su jefe. Inclinándose hacia Price, dijo:
—Nunca sospeché que fuera usted blando con ningún criminal, jefe.
¿Por qué le preocupa ese individuo? Es un mal actor. Le hemos tenido diez veces en nuestras manos, y, por lo menos, cinco de ellas ha cumplido condena en Frankfort. Es un delincuente habitual. La ciudad, el Estado y la sociedad ganarán mucho con su eliminación.
La gran cabeza de Price se hundió en el cuenco de sus dos manos, mientras sus codos arrugaban el periódico, abandonado sobre la mesa.
—Me asombra que lo sea—murmuró—. Desde luego, no le viene de herencia. Su padre era un profesor de inglés. Su madre tiene excelentes cualidades. Desde la muerte de su marido, alquila habitaciones. No se debe, pues, su mala conducta al ambiente familiar, ni tampoco a la vecindad o las
malas compañías. A mi juicio, el único sitio en que pudo adquirir esas inclinaciones criminales sería nuestro correccional, en donde conoció a Anderson.

—Pero no durante su primera estancia en él, jefe —objetó Maupin—. Ya, en 1926, Penney había sido condenado a tres años de correccional por robo, de los cuales sólo permaneció dos. Cuando conoció a Anderson, en 1934, cumplía otra condena de veinte años por un asalto a mano armada cometido en 1930, en el que hirió de arma de fuego a dos dependientes de una tienda de comestibles. Anderson sólo estaba condenado a cinco años, por haber desvalijado un almacén.