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miércoles, 2 de agosto de 2017

FIN DEL LIBRO LOS MÁRTIRES MEXICANOS


Epílogo
He terminado esta mi labor, que forzosamente tenía que ser incompleta, no por falta de voluntad ciertamente, sino por la falta de datos, que no he podido obtener. Muchas personas tuvieron la bondad, que nunca agradeceré lo bastante, de atender a mi súplica, y me escribieron en sendas cartas lo que sabían de algunos de nuestros mártires, por haber sido testigos presenciales de los sucesos. Pero acerca de la mayoría de ellos, tuve que contentarme con lo que se escribiera en la misma época de la persecución, naturalmente seleccionando con cuidado las fuentes de información.
A pesar de esto, no me pesa el trabajo que he hecho, porque creo haber conseguido el fin que me propusiera al emprenderlo. Este fin era el que no se pierda por completo la memoria de las grandes gestas, de estos verdaderos héroes mexicanos, en toda la extensión de la palabra.
Hace veinticinco años, todos los católicos mexicanos, más aún, los católicos de todo el mundo, (y no temo exagerar al afirmarlo) vibrábamos de emoción y santo entusiasmo, al oír o leer los relatos de la heroicidad de tantos mexicanos, que no dudaron un punto en dar su vida, y muchos entre tormentos sólo comparables a los que sufrieron los cristianos de la Iglesia primitiva, a trueque de no renegar de la fe, que recibieran en su bautismo y traicionar a nuestro Rey y Señor Jesucristo, aceptando otro señor y otras leyes en desacuerdo con el Evangelio, o segregándose de la única verdadera Iglesia fundada y sostenida hace ya veinte siglos, por el mismo Hijo de Dios hecho Hombre para redimirnos y conducirnos a la eterna bienaventuranza.
"¡Antes muertos, maltratados, abofeteados, quemados vivos, despojados de todo bien terrenal, que traidores e impíos! "¡Padres, hermanos, amigos, patria terrenal, posición social, bienes de fortuna, la misma vida, la ofrecemos en holocausto completo, absoluto, llenos de santa alegría, si es necesario hacerlo, para sostener, proclamar y defender los derechos inolvidables de Jesucristo, Rey de Reyes y de Naciones! ¡ Es hora de agradecer, no sólo con palabras y fervoroso culto, sino con hechos y cuanto más costosos y dolorosos mejor, lo que María Santísima, la dulcísima Señora aparecida en el Tepeyac, para hacer de nosotros una nación civilizada, ha llevado a cabo con su bendición y patrocinio! ¡Gracias a Ella tenemos el incomparable honor de ser una nación católica! ¡No queremos desmerecer ni en lo más mínimo de ese timbre de gloria!".
Tal era la disposición de ánimo de la inmensa mayoría católica mexicana en aquellos días luctuosos. Y que Dios aceptara el sacrificio de muchos de nuestros hermanos, era para confirmar y acrecentar tales sentimientos.
Que una vez más, se confirmaba así el apotegma de Tertuliano: Sanguis martyrum, semen christianorum.—La sangre de los mártires es semilla de cristianos.
La fama de tales sucesos pasó por la cima de nuestros montes y cruzó los mares de uno y otro hemisferio. Y en todas partes del mundo, amenazado ya por la misma conspiración anti-cristiana, producía los mismos efectos de entusiasmo, y el nombre de "México Mártir" se leía con admiración en todos los periódicos de todas las lenguas civilizadas.                                     

PROCESIÓN Y BENDICIÓN CON EL SANTÍSIMO SACRAMENTO CAMPAMENTO CRISTERO
Jamás podré olvidar, cuando ya la tempestad había amainado, y pudimos un grupo de mexicanos asistir a las grandes asambleas del Congreso Eucarístico de Budapest, en el que estaban representadas todas la^> naciones católicas del orbe, la ovación formidable con eme fue recibida la representación mexicana. ¡La gloria de nuestros mártires, nos cubría, aunque indignos, de refulgencias deslumbradoras, ante los ojos de nuestros hermanos húngaros, franceses, españoles, italianos, checos, austríacos, americanos del sur y del norte, asiáticos y africanos. . .! Escribiéronse libros en italiano, en francés, en inglés, en español, narrándose las gloriosas gestas.
El Soberano Pontífice Pío XI saludaba a los representantes de la Liga y de la A.C.J.M. con aquellas palabras que nunca se borrarán de nuestro corazón y nuestra memoria: ¡Salve, hijos y hermanos de mártires. . .!
Terminó la épica lucha de los cristeros, con los "arreglos", cuyo mérito o demérito, no voy a discutir ahora. . . Todavía, como era de temerse, dada la táctica de falsa hipocresía de estos conspiradores contra el orden cristiano, después de aquéllos, contra lo pactado, los perseguidores hicieron algunos mártires como acabamos de ver.
Pero después. . . poco a poco... al transcurrir de los años, el manto, no del olvido, (¿quién de los contemporáneos podrá olvidarlos jamás?), sino de nuestra ingénita apatía, ha ido cubriéndolos y nada se ha hecho o casi nada en vista de su glorificación en la tierra.
Estamos seguros de que nuestros gloriosos hermanos gozan ya de la corona inmarcesible de los mártires en el cielo. . . Pero aquí en la tierra, ¿por qué nos contentamos con el recuerdo, que habrá también de borrarse, si no se le reaviva frecuentemente, en las generaciones sucesivas? Nosotros, les jesuitas, tuvimos el honor de que uno de nuestros hermano el P. Agustín Pro, formara en esas filas de los que ganaban para ellos la eterna felicidad, y para nosotros un honor sin medida. Y hemos hecho todo lo que ha estado a nuestro alcance para obtener el fallo ineludible de nuestra Madre la Iglesia, para que se vea elevado al honor de los altares. . . Pero rin quitarle nada de su gloria al martirio del P. Pro, cuya causa como sabemos ha dado grandes pasos en el Santo Tribunal de Roma, es de justicia reconocer, que entre la pléyade augusta de héroes cristianos de aquella época, hubo martirios más espectaculares, más terribles y gloriosos, que el de nuestro hermano el P. Pro. . . Y ¿qué se ha hecho hasta ahora por depurar por medio de un proceso canónico en regla esas glorias de nuestros hermanos? Nada, o casi nada. Repito: no es olvido, es apatía. Y no debe ser tampoco, porque a la larga engendrará el olvido.
¡Ironías de la vida! Llenas están nuestras plazas y paseos de monumentos, y nuestras calles de nombres, de los que llamamos "héroes" y de muchos de los cuales, se podían decir con justicia las vibrantes estrofas de Núñez de Arce: ¡Ah no lo llores más! no lo merece.
No sufras ni batalles: El que mancha su sangre, el que envilece
Por plazas y por calles La augusta libertad; el que furioso Apela al hierro insano. . .
No es tierno padre, ni sensible esposo Ni honrado ciudadano.
Y en cambio, de los héroes auténticos, que no virtieron más sangre que la suya, y por el más noble de los ideales: el reinado de Cristo, en nuestra sociedad, en nuestras familias, en nuestras leyes, en nuestra vida nacional, ¿buscamos acaso su glorificación? ¡Ironías de la vida! No se diga, que la Iglesia nuestra Madre no está dispuesta a hacerlo, si, como es debido, de la investigación de un proceso canónico, resulta que realmente merecen los honores que deseamos para ellos: el caso del P. Pro nos daría un mentís rotundo.
¿Continuará confirmándose entre nosotros la sentencia evangélica: "Los hijos de las tinieblas son más prudentes que los hijos de la luz"? ¡Dios no lo quiera! Mis pobres artículos no llevaban en esta categoría de ideas, otro fin,  que refrescar la memoria de nuestros mártires, para estimularnos con su recuerdo a vencer nuestra apatía. ¿Lo conseguiré? Fuera de esto, otro intento no menos importante perseguía al escribir sobre nuestros mártires.
Hace unos dos años escribí un libro, sobre el carácter verdadero de la gran amenaza que se cierne sobre el horizonte de nuestras sociedades, ennoblecidas por la civilización cristiana, y que en los momentos actuales ha tomado el nombre de comunismo, y no es otra cosa que la gran conspiración contra el orden cristiano, surgida hace casi ya dos siglos, en medio de los fuegos fatuos, llamados "luces", por los mismos conspiradores, y encendidos por la podredumbre del filosofismo del siglo XVIII; cuyo primer estallido fue la Revolución Francesa, y que desvió con sus espejismos macabros y sus agitaciones continuas, las inmensas ventajas para la felicidad de les pueblos, que traían consigo los progresos naturales indudables de las ciencias y las artes, hacia las dos pavorosas guerras de principios de este siglo.    

Allí trataba más bien de las ideologías y de las consecuencias lógicas, que ya habían producido para mal de la humanidad, y que seguirían produciendo en lo sucesivo si a tiempo no se les ponía remedio.
Ahora, como confirmación de lo que dije, he querido mostrar con el ejemplo vivo y palpitante aún, en nuestro medio mexicano, todo el horror efectivo de las realizaciones del plan masónico-comunista, contra el orden cristiano.
Todas las hipócritas promesas de libertad, de igualdad, de fraternidad y demás zarandajas revolucionarias, ¡ cuántos dolores y amarguras, no han causado ya entre nosotros! Y sin embargo, todavía hay quienes esperan de esos instrumentos de Satán, una redención de la humanidad, un paraíso en la tierra que sólo podrá encontrarse, y cumpliendo en esta vida con las condiciones señaladas divinamente por Jesucristo, verdadero Redentor, en la patria de la eterna felicidad.
Por eso, tengo en las mientes la intención de continuar en otro u otros volúmenes, los relatos de las amarguras causadas por los crímenes de esa misma conspiración anti-cristiana en España, Polonia, Hungría, etc.; entre todos esos hermanos nuestros; en los mismos obreros y campesinos de todo el mundo, que han sido los más fácilmente engañados por las malvadas promesas de la Revolución Mundial, o "Conspiración contra el Orden Cristiano".
Mucho se ha escrito ya, y muy bien, sobre todo eso; pero no está por demás el poner al alcance de nuestro pobre pueblo, las revelaciones que autores dignos de crédito, víctimas muchas veces de la conspiración, han hecho para sus propios pueblos.
Que Dios me ayude en esta nueva empresa, y que mi pobre trabajo lo bendiga, para que sea fructuoso. Sin su ayuda especial nada podemos hacer.
                                                  


PADRE MIGUEL AGUSTÍN PRO


Sine me nihil potestis facere.