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miércoles, 19 de julio de 2017

LA VIDA DE LA GRACIA, VIDA ETERNA COMENZADA


La vida interior del cristiano supone el estado de gracia, que es lo contrario del estado de pecado mortal. Y en el plan actual de la Providencia, toda alma o está en estado de gracia o en estado de pecado mortal; con otras palabras, o está de cara a Dios, último fin sobrenatural, o está de espaldas a Él. Ningún hombre se encuentra en el estado puro de naturaleza, porque todos están llamados a un fin sobrenatural que consiste en la visión directa de Dios y en el amor que se sigue a esa visión. A este soberano fin quedó ordenada la humanidad desde el día mismo de la creación, y, después de la caída, a este mismo fin nos conduce el Salvador, que se ofreció en holocausto por la salvación de todos los hombres.
Indudablemente no basta, para llevar verdadera vida interior, el estar en estado de gracia, como lo está un niño después del bautismo o el penitente luego de la absolución de sus pecados... La vida interior supone además la lucha contra todo lo que nos inclina a volver al pecado, y una constante aspiración del alma hacia Dios. Pero si tuviéramos conocimiento profundo del estado de gracia, comprenderíamos que él es no solamente el principio y fundamento de una verdadera vida interior muy perfecta, sino también el germen de la vida eterna. Conviene hacer en esto hincapié desde el principio, recordando las palabras de Santo Tomás: "Bonum gratiae unius majus est quam bonum naturae totius universi: el más ínfimo grado de gracia santificante importa más que los bienes naturales de todo el universo" (I-II, q. 113, a. 9, ad 2); porque la gracia es el germen de la vida eterna, incomparablemente superior a la vida natural de nuestra alma y aun a la de los ángeles.
Esta consideración es la que mejor nos puede hacer ponderar el precio de la gracia santificante que recibimos en el bautismo, y que nos es devuelta por la absolución, si hemos tenido la desgracia de perderla (1).
Preciso nos es para conocer el valor de un germen o semilla venir en conocimiento de la planta que de ella ha de nacer. Para saber, por ejemplo, en el orden de la naturaleza, el valor del germen contenido en una bellota, preciso nos es haber podido contemplar la encina que de ella se originó.
En el orden humano, para comprender el valor del alma racional que dormita aún en un infantillo, preciso es entender las posibilidades del alma humana en un hombre que ha llegado al total desenvolvimiento intelectual. De manera semejante no nos es dado comprender el precio y valor de la gracia santificante que reside en el alma de un niño bautizado, como en todas las de los justos, si no hemos considerado, aunque sea a la ligera, lo que será el total desenvolvimiento de esta gracia en la vida de la eternidad. Preciso es considerarlo, ilustrados por la luz de las mismas palabras del Salvador. Son esas palabras espíritu y vida y son al paladar más dulces que todo comentario. El lenguaje del Evangelio, el estilo de Nuestro Señor nos ponen en más íntimo contacto con la contemplación que el lenguaje técnico de la teología más segura y elevada. Nada más saludable que respirar el aire purísimo de estas cumbres de donde manan las aguas vivas del río de la doctrina cristiana.
(1) Ya desde el principio de un tratado de la vida interior, conviene formarse elevada idea de la gracia santificante, cuya noción olvidó totalmente el protestantismo, siguiendo a muchos nominalistas del siglo XIV. Para Lutero es justificado el hombre no por una nueva vida que le es infundida, sino por la-imputación externa de los méritos de Cristo; de modo que no es necesario que sea interiormente transformado, como tampoco le es necesaria para su salvación la observancia del precepto de la caridad sobre todos los demás. Esto es simplemente desconocer en absoluto la vida interior de la que habla el Evangelio. Doctrina tan lamentable fue preparada por la de los nominalistas, para quienes la gracia es un don no esencialmente sobrenatural, más que da moralmente derecho a la vida eterna; como el papel moneda que, no siendo más que papel, da derecho, por un precepto legal, a percibir tal cantidad de dinero. Lo cual equivale a negar la vida sobrenatural y a desconocer la esencia misma de la gracia y de las virtudes sobrenaturales.

LA VIDA ETERNA PROMETIDA POR EL SALVADOR A LOS HOMBRES
DE BUENA VOLUNTAD
La expresión "vida eterna" es rara en el Antiguo Testamento, en el que la recompensa de los justos después de la muerte es presentada con frecuencia en forma simbólica, en la figura, por ejemplo, de la tierra prometida.
Esto se comprende tanto más fácilmente, cuanto que los justos del Antiguo Testamento, después de su muerte, debían esperar a que la Pasión del Salvador y el sacrificio de la Cruz tuvieran lugar para ver abiertas las puertas del cielo.
En el Antiguo Testamento todo estaba ordenado primariamente a la llegada del Salvador prometido.
En la predicación de Jesús todo va inmediatamente ordenado a la vida eterna. Y si con atención escuchamos sus palabras, echaremos de ver cuánto esta vida de la eternidad difiere de la vida futura a que aludían los mejores filósofos, como Platón. La vida futura de que esos filósofos hablaron, era a sus ojos de orden puramente natural, y la enseñaban como "una bella suerte que hay que correr" (1), sin poseer certeza absoluta acerca de ella. El Salvador, en cambio, pone en sus palabras la certeza más absoluta, al hablar no sólo de la vida futura, sino de una vida eterna superior al pasado, al presente y al porvenir; vida totalmente sobrenatural, medida como la vida íntima de Dios, de la que es participación, por el único instante de la inmoble eternidad.
Nos enseña Jesús que es estrecho el camino que conduce a la vida eterna (2); que para conseguirla es preciso vivir alejados del pecado, observar los mandamientos divinos (8).
En muchos pasajes del cuarto Evangelio afirma: "Aquel que cree en mí posee la vida eterna" (4), es decir: aquel que cree en mí, que soy el Hijo de Dios, con fe viva unida a la caridad y a la práctica de los mandamientos, ese tal tiene en sí la vida eterna iniciada. La misma enseñanza nos da en las ocho bienaventuranzas, desde el comienzo de su predicación (B): "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque C1) En el Fedón se describe del mismo modo la vida futura  de ellos es el reino de los cielos... bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados...; bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ‘‘ ¿Qué otra cosa es pues la vida eterna, sino esa hartura, esa visión de Dios en su reino? A los que padecen persecución por la justicia, se les dice en particular: "Alegraos y vivid en gran regocijo, porque vuestra recompensa es grande en los cielos" (1). Más claramente aún, antes de la Pasión, Jesús enseña, según San Juan, xvn, 3: "Padre, es llegada la hora en que ha de ser glorificado vuestro Hijo, a fin de que vuestro Hijo os glorifique a vos, ya que le habéis dado autoridad sobre toda carne, a fin de que a todos aquellos que le habéis confiado, él les dé la vida eterna.
Y esta vida eterna es que os conozcan a vos, único Dios verdadero, y a aquel que vos habéis enviado, Jesucristo".
San Juan Evangelista nos explica estas palabras del Salvador cuando escribe: "Amadísimos míos: nosotros somos ahora hijos de Dios, y lo que seremos un día todavía no ha sido manifestado; pero sabemos que el día de esta manifestación, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (2).
Lo contemplaremos tal cual es y no solamente por la manifestación de sus perfecciones en las criaturas, en la naturaleza sensible o en el alma de los Santos según se transparenta en sus palabras y en sus actos; lo veremos cara a cara, como es en sí mismo.
San Pablo añade: "Ahora le vemos (a Dios) como en reflejo, de una manera oscura; pero entonces le veremos cara a cara; hoy lo conozco en parte, pero entonces lo conoceré como yo soy conocido" (3).
San Pablo no dice, notémoslo bien, lo conoceré como me conozco a mí mismo, como conozco el interior de mi conciencia.
Este interior de mi alma yo lo conozco, indudablemente, mejor que los demás; pero aun así guarda para mí secretos; ya que no puedo medir toda la gravedad de mis pecados, directa o indirectamente voluntarios. Sólo Dios me conoce a fondo; los secretos de mi corazón sólo para sus ojos no son secretos.
Pero entonces, dice San Pablo, yo lo conoceré con la misma claridad con que soy conocido por él. De la misma manera que Dios conoce la esencia de mi alma y mi vida más íntima, sin el intermedio de ninguna criatura, y aun, añade la teología (*), sin el intermedio de ninguna idea creada. Ninguna idea creada, en efecto, es capaz de representar, tal cual es en sí, el puro destello intelectual eternamente subsistente que es Dios y su verdad infinita. Toda idea creada es finita,
y es un mero concepto de tal o cual perfección de Dios, de su ser, de su verdad o de su bondad, de su sabiduría o de su amor, de su misericordia o de su justicia. Pero estos diferentes conceptos de las divinas perfecciones son incapaces de hacernos conocer, tal cual es en sí misma, la esencia divina soberanamente simple, la Deidad o la vida íntima de Dios.
Estos conceptos múltiples son, comparados con la vida íntima de Dios o con la simplicidad divina, algo así como los siete colores del arco iris referidos a la luz blanca de donde proceden. Somos aquí en la tierra a modo de hombres que no habiendo visto jamás sino los siete colores, desearan ver la pura lumbre, fuente eminente de aquéllos. Pero en tanto que no hayamos contemplado la Deidad tal como es en sí, será inútil querer entender la íntima conciliación de las perfecciones divinas, en particular de la infinita Misericordia con la Justicia infinita.
Nuestras ideas creadas de los atributos divinos son como las teselas o piezas de un mosaico que hacen un tanto dura la fisonomía espiritual de Dios. Cuando paramos nuestra atención en su justicia, nos parece ésta demasiado rigurosa, y cuando discurrimos acerca de los dones gratuitos de su misericordia, acaso nos parecen arbitrarios. A las veces reflexionamos: en Dios justicia y misericordia se confunden; no existe distinción real entre ellas. Todo eso es verdad, pero también lo es que en esta vida no alcanzamos a comprender la íntima armonía entre estas divinas perfecciones. Para entenderla, preciso nos sería ver directamente, sin intervención de cualquier idea creada, la divina esencia tal como es en sí.
Esta visión constituirá la vida eterna. Nadie es capaz de expresar la dicha y el amor que de ella se seguirán en nosotros; amor de Dios tan intenso, tan absoluto, que nada será parte, en adelante, no sólo a destruirlo, pero ni siquiera a amortiguarlo; amor por el que nos regocijaremos sobre todo de que Dios sea Dios, infinitamente santo, justo y misericordioso; adoraremos todos los decretos de su Providencia, a la vista de la manifestación de su bondad. Nos compenetraremos con su propia beatitud, según expresión del mismo Salvador: "Alégrate, servidor bueno y fiel; porque has permanecido fiel en lo poco, yo te constituiré señor de cosas grandes: entra en el gozo de tu señor, intra in gaudium domini tui" (1). Veremos a Dios como él se ve directamente a sí mismo, sin llegar sin embargo hasta las profundidades de su ser, de su amor y de su poder; y le amaremos como se ama Él.
Veremos igualmente a Nuestro Señor Jesucristo, Salvador nuestro.
Tal es esencialmente la eterna bienaventuranza, sin hablar de la felicidad accidental que nos embargará al contemplar y amar a la Virgen María y a todos los santos, y particularmente a las almas que hubiéremos conocido durante nuestra peregrinación sobre la tierra.
<2) Mat., vil, 14.
(") Mat. xix, 17.
(*) Joan., v, 24; vi, 40, 47, 55.
(»> Mat., v, 3-12.