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domingo, 2 de julio de 2017

DOMINGO IV DESPUÉS DE PENTECOSTES.


“Hermanos: Creo que los sufrimientos de la presente vida no son comparables con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”. Con estas sentidas palabras comienza el domingo IV después de Pentecostés, porque el Apóstol de las gentes nos advierte de manera absoluta acerca de los sufrimientos y la gloria eterna. No lo dice como aquel que ve de lejos la verdad aseverada en las palabras anteriores sino como aquel que presencio, por la gracia de Dios, las cosas referentes a la vida eterna y al volver en si dijo: ¿Qué lengua podrá decir lo que Dios tiene preparado para aquellos que Él ama?
San Pablo (cuya fiesta acabamos de celebrar en días pasados) nos hace ver la, con visión clara, tanto la vida pasajera con sus afanes como la venidera de la cual él vio con sus propios ojos cuando según sus palabras, “fue arrebatado hasta el tercer cielo”. Lo dice con tal seguridad para excitar en nosotros el verdadero deseo de la vida eterna en medio de los padecimientos de la vida presente.
Nos da una idea, un aliento, un consuelo y una firme esperanza de el premio que nos espera si, por la gracia de Dios perseveramos en el bien obrar conforme a la doctrina de nuestro Salvador, pues con ellas alentó a los primeros cristianos de su época acompañada del ejemplo claro de sus sufrimientos sin cuento que tuvo mientras, como nosotros, fue viador de esta Iglesia militante.
Si hay algo en lo cual es probado nuestro espíritu o alma en esta vida pasajera es sin duda el sufrimiento en sus variadas formas cuya sucesión parecería infinita. Producto de ellos son los frecuentes desalientos, desánimos, tristezas, desconsuelos y otras tantas cosas con las que lidiamos todos los días y parecen no tener fin porque es tan oscuro el camino, solemos decir, que no vemos su fin, cuantas almas no han perdido la vida eterna por no tener confianza absoluta e infantil en las palabras del apóstol? Y, lo que es peor, cuantas más se perderán por no comprender el plan de la salvación eterna dado por el mismo Hijo de Dios hecho hombre mientras estuvo con nosotros en este mundo? Duele saber esto porque Él derramo su sangra por todos, pero no todos se salvaran sino muchos. Este es el misterio divino, del libre albedrio que “trastorno” los planes divinos sobre nuestra salvación, el pecado original fruto nefasto del libre albedrio. Mas nuestro Señor, en su sabiduría divina, nos proporciono el antídoto para librarnos de este pecado, permitió el sufrimiento como justo castigo para unos y como un consuelo para otros que “tomen su cruz y lo sigan” y, a la vez, una esperanza solida sin la cual nos era difícil creer que el sufrimiento bien llevado nos alcance tan excelente premio.
Santa Teresa de Jesús balbucea un poco habla de cielo de esta manera: “Ni los ojos vieron, ni los oídos oyeron, ni en corazón de hombre cupo lo que preparó DIOS para los que le aman. Tan crecido, dice S. Agustín, es aquel premio, que ni los ojos ni los oídos, ni el corazón humano, son capaces de comprender su grandeza; porque todo lo visible es corto, y cuanto se oye de aquella gloria es poco, y lo que se piensa no iguala con su grandeza.
Tal es y tan soberana, que ni alcanza la imaginación a representarla como es, ni el entendimiento a conocerla, ni se podrá entender, hasta que desnudos de este cuerpo mortal tire DIOS la cortina y eleve con la luz de su gloria' nuestro corto caudal a conocer su grandeza”.
Y San Gregorio hablando de lo eterno y de lo terreno nos dice: “si consideramos cuántos y cuáles son los bienes que nos son prometidos en el cielo despreciaremos por viles cuantos hay en la tierra; porque todo lo terreno comparado con lo celestial y eterno, por rico, que sea, es nada, y por deleitoso que parezca es carga, no alivio, nada satisface, nada consuela, todo lo de acá deja el corazón vacío. En tu gloria, Señor, hay hartura sin fatiga, y gozo sin temor, satisfacción sin límite, alegría sin tristeza, descanso sin sobresalto, paz con seguridad, salud sin enfermedad, consuelo sin lágrimas, vida sin muerte, eternidad sin fin, amor sin dolor, en una palabra: posesión de DIOS, sin perderle jamás, en que se dice todo”.
Y, por ultimo, Nuestro Señor Jesucristo dijo a santa Mectildis: “Para que conozcas más mi piedad te quiero mostrar el menor de mis Bienaventurados. Abrió los ojos la Santa y vio cerca de sí un varón de inexplicable hermosura, coronado como Rey, y con tal majestad, que sólo mirarle era de mayor deleite que gozar de cuanto tiene el mundo”.
 Preguntóle Santa Mectildis: ¿quién sois vos, Señor, y cómo llegasteis a tan soberana felicidad? Yo soy, respondió, el menor de los Cortesanos del cielo. Cuando viví entre los hombres fui un ladrón, que me ejercité en robar. Más porque obraba por ignorancia y mal natural heredado de mis padres, la Majestad de DIOS tuvo piedad de mí, y me dio gracia y lugar de penitencia.
Rematé en ella mi vida, y después de haber purgado mis pecados por espacio de 100 años en el Purgatorio, vine a la felicidad que ves, la cual ni puede tener fin, ni tiene comparación”.
Para darnos una idea del cielo los que militamos aun en este valle de lágrimas basta con estos tres ejemplos sobre la vida eterna que es el premio a nuestros sufrimientos en la tierra si los llevamos con amor según el beneplácito divino, es decir, según su voluntad y no la nuestra.
San Pablo dice otra gran verdad que es como la segunda parte: Con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”. La gloria que nosotros oímos la podemos deducir del último ejemplo concedido a la santa por Nuestro Señor Jesucristo con esta alma bienaventurada quien, como se dijo, paso 100 años en el purgatorio: Abrió los ojos la Santa y vio cerca de sí un varón de inexplicable hermosura, coronado como Rey, y con tal majestad, que sólo mirarle era de mayor deleite que gozar de cuanto tiene el mundo”. Y eso que es el menor en el reino de los cielos, que será el o la, mejor dicho, mayor en el reino de los cielos nuestra Santísima Madre la Virgen Maria? En cuyas palabras y esplendor de la gloria se nos presenta la luz de la gloria junto a lo que conlleva consigo”.

No nos abatamos ni mucho menos perdamos la esperanza de alcanzar esta felicidad eterna con la moneda de nuestros sufrimientos aquí en la tierra sino todo lo contrario creamos en la promesa fiel del Señor de los señores y Rey de reyes.