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sábado, 22 de julio de 2017

DIOS BAJA AL INFIERNO DEL CRIMEN


PRÓLOGO
JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR
Lo imposible ha sucedido: he llegado a ser lo que siempre desprecié…y exalto la actualidad. Yo, que he detestado toda la vida la literatura de fantasmas, escribo ahora acerca de un fantasma en el sentido estricto de esta palabra en relación con la literatura, pues el hombre de quien me propongo hablar exhaló su último suspiro en Eddyville, Kentucky, exactamente a la una y veintidós minutos de mañana del 26 de febrero de 1943, sobre la silla eléctrica de la prisión del Estado de Kentucky.
Aquel día, muchos periódicos de los Estados Unidos, y todos los del Estado de Kentucky, cometieron una grave equivocación al decir que Tom Penney, asesino convicto de Marion Miley y de su anciana madre, había pagado con su vida tal crimen, cometido el 28 de septiembre de 1941.
Semejante afirmaron distaba mucho de la verdad, pues el hombre que se sentó en la silla eléctrica aquella glacial mañana de febrero no era Tom Penney, el asesino.
No trato de alarmar a nadie. Intento, sencillamente, establecer los hechos. Tom Penney, el asesino, había muerto catorce meses antes en la tarde del domingo 21 de diciembre de 1941, en la cárcel del Condado de
Fayette, en Lexington, Kentucky, y allí había sido enterrado. Digo esto, porque el cuerpo al que el verdugo hizo llegar cuatro violentísimas descargas eléctricas el 26 de febrero de 1943 pertenecía a un hombre totalmente distinto del bandido Tom Penney, que, con Bob Anderson, había entrado en la adrugada del último domingo de septiembre de 1941 en el Club de Campo, de Lexington, del que salieron con las pistolas casi descargadas y un mísero botín de 130 dólares en sus bolsillos, después de matar a una mujer y herir gravemente a otra Decir a quién se aplicó la máxima pena del Estado en aquella mañana de febrero es una de las causas por las que escribo este reportaje. Aunque sólo esta revelación sería motivo suficiente para saltar de alegría, para cambiar de parecer y hasta para quebrantar el silencio trapense. Tom Penney, el asesino, había dicho una vez que para él Dios era tan sólo una palabra compuesta de cuatro letras que para nada afectaban a su vida, como si fueran sencillamente la v, la x, la y y la z. Pero el hombre que entró en la Cámara de la Muerte de Eddyville acompañado del grueso alcaide de la prisión, Jess Buchanam, había escrito pocos días antes: Para mí, la paz sólo está en Dios y con Dios. Hasta que no esté con El, con su Madre y con sus Santos, seré un miserable. El hombre que ataron con las correas a la silla eléctrica aquella mañana de febrero había dicho repetidas veces: Yo sé bien que la muerte es el único camino hacia Dios, y siento la impaciencia de encontrar mi camino.
Además de hablar de un hombre que ansiaba la muerte, quiero contar aquí la milagrosa historia de su segundo nacimiento, empleando en gran parte sus propias palabras. Palabras que tengo ante mí en doscientas veintiuna cartas, dos poemas, dos tercios de una autobiografía y un testamento autógrafo. De las cartas, casi cincuenta fueron escritas en aquellos catorce meses transcurridos entre el día en que el asesino Tom Penney Murió y la sombría madrugada en que cuatro fuertes descargas cortaron la vida del cuerpo del hombre sentado en la silla eléctrica de Eddyville. Aunque todas ellas llevan la firma de Tom Penney, espero que el lector decida si una sola de sus líneas fue escrita por Tom Penney el criminal.
Este, pues, es el profundo sentido de mi reportaje. Lo escribo no sólo para referir la grandeza del alma de aquel que murió en la silla eléctrica, sino para demostrar al lector que su propia alma, como las de todos los seres humanos, tiene un altísimo valor. He considerado necesario escribir este libro del mundo de nuestros días, porque aun cuando sobre todos mis libros pesen testimonios irrecusables de la gracia de Dios, la mayar parte de ellos son más o menos eruditos: biografías, autobiografías, artículos para revistas y expertas glosas relatando brillantemente la conversión de algún personaje.
En ellos he recorrido toda la gama: desde las Confesiones de San Agustín y la Apología del Cardenal Newman hasta el Ahora veo de Arnold Lunn y La montaña de los siete círculos de Thomas Merton. Pero aunque esos testimonios sean maravillosos, pueden llevarnos a olvidar que cada alma es tan infinitamente preciosa para Nuestro Señor Todopoderoso, que El no ahorrará esfuerzos para salvar al más insignificante o al peor de todos nosotros, haciéndonos llegar hasta las puertas de la muerte, para tendernos en ella Su mano y librarnos del infierno. Pero para que esta ayuda de Dios sea eficaz, debemos fijarnos en la conducta del hombre de Eddyville.
Este libro, pues, está escrito para aquellos que desean la revelación de las verdades más hondas del alma y de las almas sumergidas en la Verdad.
Quienes busquen otra cosa, harán bien en no leerlo y dedicarse a las historietas cómicas y los crucigramas de los suplementos dominicales de los periódicos.
Puesto que mi libro es una revelación de Dios, permítaseme hacer como nuestro Padre San Bernardo, quien recordaba siempre cómo en la tarde del Viernes que ahora llamamos Santo, un hombre —sólo uno— se salvó en lo alto del Calvario. Uno —decía—, así que ninguno de nosotros debe nunca perder la esperanza; uno solamente, que podíamos haber sido uno cualquiera de nosotros. Este milagro del Calvario se repitió en Eddyville la noche a la que me refiero. Murieron tres hombres, pero sólo uno de ellos... Dejo que Miriam Crouse hable por mí en sus versos: Tres hombres compartieron la muerte sobre una colina, pero solamente murió uno.
Los otros dos
—un ladrón y el propio Dios se habían encontrado.
Tres cruces inmóviles había clavadas en el Calvario donde los delincuentes eras condenados.
Sobre una de ellas, un hombre roto, tronchado, moría maldiciendo.
De otra colgaba un ladrón implorante, que, como los penitentes arrepentidos, encontraba a Cristo próximo a él sobre el patíbulo.
Tres hombres compartieron la muerte en Eddyville, pero uno solamente... Bueno, permítaseme empezar la historia de la salvación de su alma donde comienza la historia de la salvación de todas las almas, incluso la de la Madre de Dios: en Getsemaní: Es del Getsemaní de América y no del de Palestina del que hablo. Pero ambos están tan estrechamente unidos en el Tiempo y para la Eternidad, que el hombre vacilante entre dos caminos aquella tarde de octubre de 1941 podía muy bien haber sido lo mismo el Padre Jorge Donnelly, el apóstol San Juan o uno de sus sucesores del siglo XX. Estaba a punto de tomar la decisión de volver por Covington, y, sin embargo, por una razón inexplicable, casi una extravagancia, decidió regresar a su casa pasando por Lexington. Esta decisión fue la que mató a Tom Penney el asesino y condujo a la silla eléctrica en Eddyville a otro hombre distinto. El que el Padre Jorge tomara aquella dirección era, sin duda, la voluntad de Dios. Si es verdad que las manos del Padre Jorge empuñaban el volante y su pie apretaba el acelerador, todavía es más verdad que quien realmente conducía su coche aquella tarde era Jesucristo.
Mientras el sacerdote corría a través de la tarde de octubre, se sentía envuelto en una sensación de paz y de bienestar. Su breve retiro entre los muros grises de esa Ciudad de Dios que es el Convento de Getsemaní, le había tenido apartado de las fuentes de belleza que ahora volvía a ver a su alrededor. Su cigarro ardía perfectamente; el motor ronroneaba devorando las millas; nada puede extrañar que se sintiera satisfecho al considerar que la vida es bella. Los árboles, a un lado y a otro del camino, estaban pletóricos de color; el cielo y la tierra, recién lavados por la lluvia del día anterior, y el grato aroma del otoño embalsamaba el aire. El Padre Jorge conducía su coche, sin imaginar, ni por lo más remoto, que muy pronto iba a encabezar el reparto de un drama, que terminaría, no en la sombría cámara de la muerte en la prisión del Estado de Kentucky, sino en la antecámara del Cielo, deslumbrante de vivísima luz.
¡Qué hondo misterio!... Pero en la vida humana todo es profundamente misterioso. Mientras el Padre Jorge atravesaba la campiña fragante del otoño, hacia Lexington, el jefe de Policía de esta ciudad, Austin Price, y Guy Maupin, jefe del departamento de Identificación, trataban de esclarecer otro misterio: el de Tom Penney el asesino.