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viernes, 2 de junio de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS





Cómo nuestro Señor practicó todos los actos más excelentes de amor

 

Después de haber hablado tan largamente de los actos sagrados del amor divino, para que más fácil y santamente conserves su recuerdo, voy ahora a ofrecerte un compendio y resumen de los mismos. La caridad de Cristo nos apremia dice el gran Apóstol. Sí, ciertamente, Teótimo esta caridad nos fuerza y hace violencia con su infinita dulzura, practicada durante toda la obra de nuestra redención, en la cual apareció la  benignidad y el amor de Dios para con los hombres; porque ¿qué, no hizo este divino Amante en materia de amor?

1.0 Nos amó con amor de complacencia, porque tuvo sus delicias en estar con los hijos de los hombres, y en atraer al hombre hacia Sí, haciéndose Él mismo hombre

2.° Nos amó con amor de benevolencia estableciendo su propia divinidad en el hombre, de manera que el hombre fuese Dios.

3.° Se unió a nosotros por un lazo incomprensible, adhiriéndose y abrasándose tan fuerte indisoluble e infinitamente con nuestra naturaleza, que jamás cosa alguna estuvo tan estrechamente vinculada y adherida a la humanidad, como lo está la santísima divinidad, en la persona del Hijo de Dios.

4.° Se difundió en nosotros, y, por decirlo así, derritió su grandeza para reducirla a la forma y a la figura de nuestra pequeñez, por lo que fue llamado fuente de agua viva, rocío y lluvia del cielo.

5.° Estuvo en éxtasis, no sólo porque, como dice San Dionisio, salió fuera de Sí mismo, en un exceso de su amorosa bondad, extendiendo su providencia a todas las cosas y permaneciendo en todas ellas; sino también, porque, según dice San Pablo, se dejó a Sí mismo, se vació de Sí mismo, se despojó de su grandeza y de su gloria descendió del trono de su incomprensible majestad y, sí es licito hablar así, se anonadó a Sí mismo para venir a nuestra humanidad, llenarnos de su divinidad, colmarnos de su bondad, elevarnos a su dignidad y damos el divino ser de hijos de Dios.

6.° Admiróse muchas veces por amor, como le ocurrió con el centurión y con la cananea.

7.° Contempló al joven que hasta entonces había guardado los mandamientos, Y deseó encaminarlo hacia la perfección.

8.° Reposó amorosamente en nosotros y aun con alguna suspensión de sus sentidos, como en el seno de su madre y en su infancia.

9.° Tuvo ternuras con los pequeñuelos, a los que tomó en sus brazos y acarició amorosamente; con Marta, con Magdalena Y con Lázaro, sobre quien lloró, como también sobre Jerusalén.

10.° Estuvo animado de un celo sin par, el cual, como dice San Dionisio, se convirtió en celos, y alejó, en cuanto estuvo en su mano, todo mal de su amada naturaleza humana, con peligro y aun a costa de su propia vida, echando de ella al diablo, príncipe de este mundo, que parecía ser su rival.

11.° Padeció mil dolencias de amor; porque ¿de dónde podían proceder estas divinas palabras: Con un bautismo he de ser bautizado, y ¡cómo tengo oprimido mi corazón hasta que lo vea cumplido? Veía la hora en que había de ser bautizado con su sangre, y desfallecía, mientras no llegaba: el amor que nos profesaba le apremiaba a librarnos, con su muerte, de la muerte eterna y así se entristeció, sudó sangre de angustia, en el huerto de los Olivos, no sólo por el extremado dolor que su alma sentía, en la parte inferior de su razón, sino también por el amor que, por nosotros, sentía en la parte superior de la misma; el dolor le infundía espanto ante la muerte, y el amor grandes deseas de ella, de suerte que un rudo combate y una cruel agonía se entabló entre el deseo y el horror a la muerte, hasta provocar una gran efusión de sangre, que manó, como de una fuente, chorreando hasta el suelo.

12.° Finalmente este divino Amante murió entre las llamas y los ardores de su infinita caridad para con nosotros y por la fuerza y la virtud del amor, es decir, murió en el amor, por el amor, para el amor y de amor. Porque, aunque los crueles suplicios fueron suficientísimos para hacer morir a cualquiera, con todo jamás la muerte hubiera podido entrar en la vida de Aquel en cuyo poder están las llaves de la vida y de la muerte, si el divino amor, que mueve estas llaves, no le hubiese abierto las puertas para que pudiese saquear aquel divino cuerpo y arrebatarle la vida; pues el amor no se contentó con haberlo hecho mortal por nosotros, sino que le quiso muerto. Murió por propia elección y no por la vehemencia del mal. Nadie me arranca la vida sino que Yo la doy de mi propia mano y soy dueño de darla y dueño de recobrarla” Fue ofrecido - dice Isaías, porque Él mismo lo quiso, y así, no se dice que su espíritu se fue, le dejó y se separó de Él, sino, al contrario, que fue Él quien lo entregó exhaló y lo puso en manos del Padre eterno y hace notar San Atanasio que inclinó la cabeza para morir, en señal de asentimiento, cuando llegó la muerte, lo cual, si así no fuera, no se hubiera atrevido a acercarse a Él; y clamando con una voz muy grande, envió su espíritu al Padre, para dar a entender que, así como tenía bastante fuerza y aliento para no morir, tenía también tanto amor, que no podía vivir sin hacer volver a la vida, con su muerte, a los que, sin esto, jamás hubieran podido evitar la muerte ni pretender la verdadera vida. La muerte del Salvador fue un verdadero sacrificio, y un sacrificio de holocausto, que Él mismo ofreció a su Padre por nuestra redención. Porque, si bien las penas y los dolores de su pasión fueron tan grandes y tan fuertes, que cualquiera otro hombre hubiera muerto de ellos, con todo, en cuanto a Él, nunca hubiera muerto, si no hubiese querido y si el fuego de su infinita caridad no hubiese consumido su vida. Fue, pues, Él mismo el sacrificador que se ofreció a su Padre, y el que se inmoló por amor.

Sin embargo, esta muerte amorosa del Salvador no tuvo lugar por vía de arrobamiento.

Porque el objeto por el cual su caridad le llevó a la muerte no fue tan amable que pudiese arrebatar a aquella alma divina, la cual salió de su cuerpo impelida y lanzada por la afluencia y la fuerza del amor, como arroja la mirra su primer licor, por su sola abundancia, sin que nadie se lo saque ni la exprima, según lo que el mismo Señor dijo, como ya lo hemos notado: Nadie me arranca ni arrebata la vida, sino que la doy de mi propia voluntad. ¡Dios mío, qué brasero, para inflamar nos en la práctica de los ejercicios del santo amor a un Salvador tan bueno, el ver que Él los practicó por nosotros, que somos tan malos! Esta es; pues, la caridad de Cristo que nos apremia.

 

LIBRO ONCE

Cómo todas las virtudes son agradables a Dios

La virtud es tan amable, por su propia naturaleza, que Dios la favorece donde quiera que la ve. Los paganos, practicaban algunas virtudes humanas y cívicas, cuya condición no excedía las fuerzas del espíritu racional. Puedes pensar, Teótimo, cuán poca cosa era esto. A la verdad, aunque estas virtudes tuviesen mucha apariencia, tenían de hecho muy poco valor, a causa de la bajeza de la intención de quienes las practicaban, los cuales no buscaban sino la propia honra, o algún fin muy insignificante, como las conveniencias sociales, o la satisfacción de alguna. ligera tendencia hacia el bien, la cual, no encontrando gran oposición, les inclinaba a la…