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miércoles, 7 de junio de 2017

RUSIA Y LA IGLESIA UNIVERSAL



Estimados lectores nunca he leído algo tan hermoso sobre el Verbo Eterno en ningún cismático como en Vladimiro Solovief. Es sorprendente creo y estoy seguro que ningún fiel actual puede escribir algo tan alto y profundo como lo hace Solovief, y Solovief representa a la Rusia Cismática a aquella que hoy está en boca de todos admirados por su tecnología militar, pero muchísimos ignoran su profunda espiritualidad reflejada en sus filósofos como el Solovief, esta es la fuerza vital que puede dar al mundo una segunda oportunidad y si esta nación se convierte al verdadero CATOLICISMO NO AL MODERNISMO actual. Aquí está el semiento y la razón por la cual Nuestro Señor Jesucristo se puede valer para azotar a la humanidad y deshonrar a su Santísima Madre tan cuestionada o ignorada por los mismos que se dicen católicos y han puesto en entredicho sus profesáis reveladas en su aparición en Fátima.

 

No de otra manera ocurre (mutatis mutandis) con las dos otras hipóstasis. Por otra parte, no obstante esta mutua dependencia o más bien a causa de ella, cada una de las tres hipóstasis posee la plenitud absoluta del ser divino. El Padre nunca está limitado a  la existencia en sí o a, la realidad absoluta y primordial (actus purus); traduce en acción esta realidad, opera y goza, pero nunca lo hace solo, opera siempre por el Hijo y goza siempre con el Hijo en el Espíritu.

Por su parte, el Hijo no es únicamente la acción o manifestación absoluta; también tiene el ser en sí y el goce de este ser, pero no los posee sino en su unidad perfecta con las otras dos hipóstasis: El posee el ser en sí del Padre y el gozo del Espíritu Santo. Y este, por último, como unidad absoluta de los dos primeros, es necesariamente lo que ellos son y posee actu todo lo que son ; pero lo es y lo posee por ellos y con ellos.

Cada una de las tres hipóstasis posee, así, el ser absoluto y por completo: en realidad, acción y goce.

Cada una es, pues, verdadero Dios. Pero como esta plenitud absoluta del ser divino sólo pertenece a cada una conjuntamente con las otras dos y en virtud del lazo indisoluble que la une a ellas, resulta de esto que no hay tres dioses. Porque para ser completas las hipóstasis deberían darse aisladas. Ahora bien, aislada de las otras ninguna de ellas puede ser verdadero Dios, ya que, en semejante condición, ni siquiera puede ser. Es lícito representarse a la Santísima Trinidad como tres seres separados, porque de otro modo no podría representársela. Pero la insuficiencia de la imaginación nada prueba contra la verdad de la idea racional, clara y distintamente reconocida por el pensamiento puro. En verdad no hay más que un solo Dios indivisible, que se realiza eternamente en las tres fases hipostáticas de la existencia absoluta; y cada una de estas fases, que siempre es interiormente completada por las otras dos, contiene en sí y representa a la Divinidad entera, es verdadero Dios por la unidad y en la unidad, y no por exclusión y en estado separado.

Esta unidad efectiva de las tres hipóstasis resulta de la unidad del principio, y tal es la segunda razón de la monarquía divina o, por mejor decir, un segundo aspecto de esta monarquía. Sólo hay en la Trinidad una causa primera, el Padre, y de ahí proviene un orden determinado que hace depender ontológicamente al Hijo del Padre y al Espíritu Santo del Padre y del Hijo. Este orden se basa en la misma relación trinitaria. Porque es evidente que la acción supone la realidad y que el gozo supone a ambos.

 

I I I . LA ESENCIA DIVINA Y SU TRIPLE MANIFESTACIÓN.

 

Dios es. Este axioma de la fe lo confirma la razón filosófica que, conforme a su propia naturaleza, investiga el ser necesario y absoluto, aquel cuya razón de ser está íntegra en sí mismo, que se explica por sí mismo y que puede explicar toda cosa.

Partiendo de esa noción fundamental hemos distinguido en Dios : el triple sujeto, supuesto por la existencia completa, y su esencia objetiva o la substancia absoluta poseída por dicho sujeto según tres relaciones diferentes, en el acto puro o primordial, en la acción segunda o manifestada y en el tercer estado o goce perfecto del mismo. Hemos mostrado cómo esas relaciones, no pudiendo basarse ni en una división de partes, ni en una sucesión de fases condiciones ambas igualmente incompatibles con la noción de la Divinidad, suponen en la unidad de la esencia absoluta la existencia eterna de tres sujetos relativos o hipóstasis consubstanciales e indivisibles, a las que pertenecen, en sentido propio y eminente, los nombres sagrados de la revelación cristiana: Padre, Hijo y Espíritu.

Ahora debemos definir y nombrar a la misma objetividad absoluta, a la substancia única de esta Trinidad divina.

Ella es una. Pero como no puede ser una cosa entre varias, un objeto particular, es la substancia universal o todo en la unidad. Dios, al poseerla, posee en ella todo. Ella es la plenitud o totalidad absoluta del ser, anterior y superior a toda existencia parcial.

Esta substancia universal, esta unidad absoluta del todo, es la sabiduría esencial de Dios (Hokhmah, Sophia). La cual posee en sí el poder oculto de toda cosa y a su vez es poseída por Dios, de triple manera. Ella misma lo dice: (iYhovah qanani re'shith darko, qedem mifjalayv, meaz. Dominus possedit me in inicium viarum suarum, oriens operationum suarum, ab exordio. » También: «Mejolam nissakti, merosh, miqadmey-arets. Ab aeterno ordinata sum, a capite, ab anterioribus térras » (1). Y para completar y explicar esta triple manera de ser, agrega todavía: «Va'ehyeh 'etslo, 'amon, va'ehyeh shajaskujim yom yom. Et eram apud eum (scílicet Dominum, Yhovah), cuncta componens, et delectabar per singulos dies. Ab seterno erat apud eum» (2). El me posee en su ser eterno: «a capite cuncta componens» : en la acción absoluta; «antequam térra fieret delectabar» : en el goce puro y perfecto. En otras palabras, Dios posee su substancia única y universal, o su sabiduría esencial, como Padre eterno, como Hijo y como Espíritu Santo. Luego, teniendo una sola y misma substancia objetiva, esos tres sujetos divinos son consubstanciales.

La Sabiduría nos dice en qué consiste su acción: en componer el todo, «eram cuncta componens». También nos dirá en qué consiste su gozo: uMsageqeth Ifcmayv bkhol-jeth; msageqeth bthebhel 'artso, vshajashujay 'eth-bney ' Adam. Ludens coram eo omni tempore; ludens in universo térrae ejus, et delicia meae, cum filiis hominís» (3). Jugando en Su presencia en todo tiempo, jugando en el globo terrestre, y mis delicias con los hijos del Hombre.

¿Qué es, pues, ese juego de la Sabiduría divina y por qué tiene ésta sus delicias supremas en los hijos del hombre? Dios, en su substancia absoluta, posee la totalidad del ser. El es uno en el todo y tiene todo en su unidad.

Esta totalidad supone la pluralidad, pero una pluralidad reducida a la unidad, actualmente unificada.

Y en Dios, que es el eterno, esta unificación es también eterna. En El la multiplicidad indeterminada no existiendo nunca como tal, nunca se ha producido actu, sino que de toda eternidad ha estado sometida y reducida a la unidad absoluta según sus tres modos indivisibles : unidad del ser simple o en sí en el Padre; unidad del ser activamente manifestada en el Hijo, que es acción inmediata, Verbo del Padre; y finalmente, unidad del ser penetrado del gozo perfecto de sí mismo en el Espíritu Santo, que es el corazón común del Padre y del Hijo.

Pero si el estado eternamente actual de la substancia absoluta (en Dios) es ser todo en la unidad, su estado potencial (fuera de Dios) es ser todo en la división.

Es la pluralidad indeterminada y anárquica, el caos o to apeiron de los griegos, die schlechte Unendlichkeit de los alemanes, el thohu vabohu de la Biblia.

Esta antítesis del Ser Divino es suprimida de toda eternidad, reducida al estado de posibilidad pura por el hecho mismo, por el acto primo de la existencia divina.

La substancia absoluta y universal pertenece de hecho a Dios. El es, eterna y primordialmente, todo en la unidad; es, y esto basta para que el caos no exista. Pero esto no basta a Dios mismo, que no solamente es el Ser, sino el Ser perfecto. No basta afirmar que Dios es, debe poderse decir por qué es. Subsistir primordialmente, suprimir el caos y contener a todo en la unidad por el acto de su Omnipotencia, es el hecho divino que pide su razón propia. Dios no puede contentarse con ser de hecho más fuerte que el caos, debe serlo también de derecho. Y para tener el derecho de vencer al caos y reducirlo eternamente a nada, Dios debe ser más verdadero que él. El manifiesta su verdad oponiendo al caos no sólo el acto de su Omnipotencia, sino además una razón o idea. Debe, pues, distinguir su totalidad perfecta de la pluralidad caótica y, a cada posible manifestación de ésta, responder en su Verbo con una manifestación ideal de la unidad verdadera, con una razón que demuestre la impotencia intelectual o lógica del caos que intenta manifestarse.

Conteniéndolo todo en la unidad de la Omnipotencia absoluta, Dios debe contener también a todo y en la unidad de la idea, universal. El Dios fuerte debe también ser el Dios verdadero, la Razón suprema.

A las pretensiones del caos infinitamente múltiple debe oponer, no solamente su Ser puro y simple, sino también un sistema total de ideas, de razones o de verdades eternas, cada una de las cuales represente, por su vinculación lógica indisoluble con todas las otras, el triunfo de la unidad determinada sobre la pluralidad anárquica, sobre el mal infinito. La tendencia caótica, que empuja a cada ser particular a afirmarse exclusivamente como si fuera el todo, queda condenada como falsa e injusta por el sistema de ideas eternas que da a cada uno un lugar determinado en la totalidad absoluta, manifestando así, con la verdad de Dios, su justicia y su equidad.