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martes, 6 de junio de 2017

NACIMIENTO, GRANDEZA, DECADENCIA Y RUINA DE LA NACION MEXICANA


Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate,

Provocados por la misma Revolución, habían fundado o se habían adherido al Partido Católico, no teniendo por tanto, otra capacidad o experiencia política que la adquirida en el ambiente de absurda pugna de partidos y del sufragio universal en el corto tiempo qe
duró la euforia democrática.

En ese momento crucial en el cual estaban en juego y en grave peligro los supremos y trascendentales intereses religiosos, políticos y sociales, faltaban las relevantes personalidades con capacidad política o militar, y la jerarquía católica tuvo una absoluta preponderancia que daría funestos resultados.

El 26 de noviembre, el Comité Directivo de la Liga, entre otras cosas, pidió al Episcopado: No condenar el movimiento armado. Sostener la unidad de acción para la conformidad de un mismo plan y un mismo caudillo. Y formar la conciencia colectiva, por los medios que estuvieran a su alcance, en el sentido de que se trataba de una acción lícita, laudable, meritoria, de legítima defensa armada. Todos estos puntos fueron resueltos favorablemente y aprobados
unánimemente por el Comité Episcopal.

y la Liga dio a los jefes regionales y locales la consigna para un levantamiento general que debía estallar el día primero de enero de 1927, en combinación con una fuerza organizada y provista en los Estados Unidos que cruzaría la frontera avanzando hacia el Sur. Tal
fuerza nunca existió. Pero en muchos lugares estallaron simultáneos levantamientos.

Los Caballeros de Colón, organización de origen y independencia yanqui, por estar en desacuerdo con la resistencia armada, se separaron de la Liga. Según don Miguel Palomar y Vizcarra: "Esa entidad ha sido un instrumento de la conquista pacifica yanqui... y ha colocado la dirección de un sector de los mejicanos, a lo menos en ciertos aspectos religiosos, sociales y cívicos, en manos norteamericanas. "

El 15 de enero de 1927, en réplica al Jefe de Estado Mayor Presidencial, quien acusaba a los obispos de dirigir el movimiento armado, declaró el Comité Episcopal: "Respecto a movimientos armados, aunque el Episcopado es ajeno a ellos, hemos declarado ya, y no es un misterio para nadie que conozca la
doctrina de la Iglesia y la autoridad unánime de los grandes Doctores, que hay circunstancias en la vida de los pueblos en que es licito a los ciudadanos defender por las armas los derechos legítimos que en vano han procurado poner a salvo por medios pacíficos. En la Epopeya Cristera 'se trata no de una rebelión, sino de un movimiento de legítima defensa como lo saben muy bien quienes en publicas asambleas han desoída la voz del Episcopado y desatendido las firmas de prominentes intelectuales y de cerca de dos millones de ciudadanos mejicanos, emplazando a un pueblo
inerme, con alarde de fuerza y de desprecio al campo de batalla, que los hechos aducidos como pretendidas pruebas de que el Episcopado dirigía la Epopeya Cristera, a lo mas demostrarán que los católicos y aun algunos sacerdotes se han decidido a exponer heroicamente su vida por la reconquista de sus legítimos derechos, pero no demuestran que el Episcopado dirija un levantamiento, sino que existe un duelo terrible entre un pueblo que lucha por su libertad, y un Gobierno que se ha hecho sordo a sus clamores'. "El Jefe de Estado Mayor Presidencial no ha aducido prueba alguna de que el Episcopado Nacional sea responsable del actual movimiento de legítima defensa." 21

El once de febrero, Mons. González y Valencia, arzobispo de Durango y Presidente de la Comisión de Obispos Residentes en Roma, dirigió desde esa ciudad la siguiente Carta Pastoral: "Séanos ahora lícito romper el silencio, sobre un punto del cual Nos
sentimos obligados a hablar. Ya que en Nuestra arquidiócesis muchos católicos han apelado al recurso de las armas, y piden una palabra de su Prelado, palabra que Nos no podemos negar desde el momentos en que se nos pide por Nuestros propios hijos, creemos de Nuestro deber Pastoral abordar
de lleno la cuestión, y asumiendo con plena conciencia la responsabilidad ante Dios y ante la Historia, les dedicamos estas palabras: Nos, nunca provocamos este movimiento armado. Pero una vez que, agotados todos los medios pacíficos, este movimiento existe, a nuestros hijos católicos que anden levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: estad tranquilos en vuestras conciencias y recibid nuestras bendiciones." 22

El 22 del mismo mes, la Comisión de Obispos declaró a periodistas de los Estados Unidos:

"Hasta ahora no habíamos querido hablar para no precipitar los acontecimientos. Mas una vez que Calles mismo empuja a los ciudadanos a la defensa armada, debemos decir que los católicos de Méjico, como todo ser humano, gozan en toda plenitud de derecho natural e inalienable contra los injustos agresores, y es absolutamente cierto que Calles y los suyos
son injustos agresores."

El 21 de abril comunicó Adalberto Tejeda, Secretario de Gobernación, a Ilmo. Sr. D. José Mora y del Río, Arzobispo Primado de Méjico y Presidente del Comité Episcopal, y a cinco prelados más, la orden de expulsión de Méjico, dando lugar al siguiente diálogo:

"Tejeda: Ustedes son los jefes de la revolución, y por su silencio, después de la Pastoral del Arzobispo de Durango, declarando que los seglares católicos
están justificados al recurrir a las armas para defenderse, ustedes son culpables de tomar parte en la revolución. Mons. Mora y del Río: Señor, el Episcopado no ha promovido ninguna revolución, pero ha declarado que los seglares católicos tienen el derecho innegable de defender por la fuerza los derechos inalienables que no pueden proteger por medios pacíficos. Tejeda: Esto es rebelión.- Mons. Mora y del Río: Esto no es rebelión. Esta es legítima
defensa contra la tiranía injustificable.- Tejeda: Contra la autoridad legal. Mons. Mora y del Río: En cuanto a la autoridad de su Gobierno, todo el mundo sabe cuál es la legalidad de las elecciones que lo elevaron al Poder.
".24

Tiempo después, en réplica a Canales, subsecretario de Gobernación, encargado del despacho, escribía Mons. José de Jesús Manríquez y Zárate, intrépido obispo de Huejutla: "El señor Canales, los revolucionados y todo el mundo deben saber
que, cuando el gobierno de un pueblo, extraviando la senda de la justicia se convierte en verdugo de la sociedad traicionándola, corrompiéndola y lanzándola al abismo de la desgracia; cuando subvierte los principios fundamentales del orden moral y social; cuando atenta contra sus instituciones y
contra su misma existencia, el pueblo -de quien próximamente, según la doctrina católica, reciben los gobernantes el poder y la soberanía- tienen el
altísimo derecho de eliminar al tirano, reasumiendo la soberanía de la cual es fuente próxima.

"Es necesario que el pueblo se dé cuenta de estas verdades, no sólo por el instinto certero que lo caracteriza, sino también de una manera racional. Los jefes de los pueblos no son dueños y señores absolutos de la sociedad que gobiernan. Sobre ellos está Dios, Autor y Moderador de todas las
sociedades, a cuyas leyes eternas e inviolables deben acatamiento y obediencia. Está también el pueblo a quien
Dios confiere directamente el poder
y la autoridad para gobernarse. Ese poder, no pudiéndolo ejercer ordinariamente la sociedad por sí misma, lo comunica a un hombre
o a un cuerpo
moral para que dicten leyes, instruyan juicios y administren justicia. Tal poder, derivado del pueblo como de fuente próxima, de Dios como de último
principio, ha sido dado, no para destrucción, sino para conservación y edificación de la sociedad misma. En consecuencia, cuando el encargado de procurar el bien público se convierte en azote del pueblo, cuando, lejos de conservarla procura eficazmente su ruina, el pueblo queda desligado de los compromisos con el gobernante y debe avocar la soberanía para darla a otro que use de ella dentro de los fines marcados por el Autor de las sociedades.

"Nosotros no sostenemos la soberanía popular a la manera del liberalismo. No afirmamos que el pueblo sea el soberano absoluto de sus destinos, puesto que el pueblo mismo depende de Dios y debe sujetarse a sus leyes eternas. Afirmamos y sostenemos que, dentro de esa dependencia, el pueblo está sobre el soberano temporal en el sentido de que puede reasumir la soberanía despojando a los hombres públicos de todo poder, siempre que éstos obren contra el bien de la sociedad que están obligados a procurar y atentan contra su misma existencia. No sólo, sino que asentamos que el pueblo tiene la obligación de Ley Divina natural y positiva, de despojar a tales tiranos de todo poder público, para salvar a la sociedad que perece en sus garras.

"Esta obligación, decimos, es de ley natural porque toda sociedad está obligada a mirar por su propia existencia, de consiguiente, a oponerse con toda energía a los elementos que procuran su ruina. Es mayor esta obligación en la sociedad que en el individuo, como es más preciosa la vida de un cuerpo moral que la existencia de un simple ciudadano.

"Además, existe una obligación de derecho divino positivo que ordena la conservación de los pueblos, por lo que leemos en el Antiguo Testamento que Dios mismo constituyose en Caudillo de su pueblo escogido al repeler las injustas agresiones de otros pueblos que intentaban su destrucción.

"Y no se diga que la Providencia velaba sobre el pueblo de Israel solamente por conservar las antiguas tradiciones y preparar la venida del Mesías, porque si Dios mostrase tan cuidadoso de su pueblo judío del cual había de nacer el Mesías, y que era sólo una sombra y figura del pueblo cristiano, ¡cuánto no cuidará de este nuevo pueblo que es la Nación Santa y la gente escogida en la que se han cumplido las promesas de la Redención!”Ahora bien; si toda la historia del pueblo de Israel es una lucha continua contra los pueblos gentílicos que lo acechaban sin cesar, lucha aprobada y ratificada, y algunas veces mandada por el mismo Dios ¿ quién duda que es una confirmación plena e irrefutable del deber que incumbe a los pueblos de la nueva alianza de conservar y defender los tesoros inefables de gracias y de verdad adquiridos a costa de la Sangre Preciosísima del Hijo de Dios?

"Convenimos en que la tal defensa debe contenerse de ordinario dentro del espíritu de mansedumbre propio del Nuevo Testamento…

¡