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jueves, 1 de junio de 2017

EL CONCILIO VATICANO II. ¿FUE UN CONCILIO CATOLICO?



1960 un año clave para la cristiandad, no solo el año del Concilio Vaticano II sino también el termino de la Iglesia de siempre y el resurgimiento de una Iglesia que rompió totalmente con su pasado, un pasado glorioso y lleno de la acción divina y de la gracia.
¿Porque a las nuevas generaciones no se nos dio la oportunidad de mantenernos en contacto con la Iglesia de siempre? Porque se nos quiere obligar a seguir a la Iglesia moderna o nueva? A quienes Dios Nuestro Señor les ha dado la gracia de vivir en aquella época en la cual se daba la verdadera Misa en los altares de todo el mundo, conocen muy bien la diferencia entre la Misa de Siempre y la actual, conocen la santidad de una y la inutilidad de la otra. Dice un dicho, “nadie da lo que no tiene” y en verdad lo menos que tiene esta nueva misa es la santidad de donde emana la vida espiritual y se asentaron por mucho tiempo los valores éticos y morales que rigieron los destinos de muchas almas.
Hoy eso se ha terminado a cambio de una falsa paz porque esta nueva Iglesia, al haberse separado de la mies verdadera, no puede producir más que abrojos y espinas y, lo peor, una falsa paz sin Dios. No es de extrañar que los acontecimientos actuales, cuyo presagio no es nada bueno, desemboquen en una tan temida guerra producto del alejamiento de Dios y de los errores difundidos desde ese año 1960 en toda la sociedad católica, errores introducidos a propósito dentro del seno de la misma Iglesia Católica con el pérfido fin de protestantizarla y, en consecuencia, llevar a las almas no a la vida eterna sino al infierno porque el clero actual también a lanzado su grito infernal, “Non serviam” o este otro, “Nolumus regnare super nos” en donde se ponen directamente contra Dios verdad absoluta a la cual deben aspirar todas las almas redimidas por la Sangre del Cordero Inmaculado.
Esta nueva “religión” es tan tirana que debió imponerse por la fuerza so pretexto de desobediencia a Dios y han hecho tan pesado el yugo que ni ellos mismos lo llevan, pero si se benefician de sus prebendas al fin y al cavo, dicen ellos, los fieles son “ignorantes” y seguirán y aceptaran como ovejitas o borreguitos todo cuanto les digamos. Me pregunto, esta actitud anti Dios no desatara la cólera divina? O es que Dios, mirara con beneplácito como esta turba infame destruye lo que a Él tanto le costó? Su propia vida.
En lo particular no me extrañaría que Nuestro Señor esté preparando un gran castigo para unos, un aviso para otros y un retorno a la Iglesia de siempre y este puede ser la tercera guerra mundial bien merecida y bien ganada porque aun los pocos que comprenden la problemática se han quedado quietos, se han amoldado a la “comodidad” o han hecho pactos con los enemigos de Dios y de su Iglesia a pesar de los extensos escritos de almas verdaderamente celosas de la Gloria de nuestro Buen Dios. Una de estas almas celosas de esta gloria pone a vuestra disposición, después de un estudio profundo, los errores que esta Iglesia enemiga de Dios han envenenado las almas y las haya hecho caer en un sueño profundo cuyo fin es el infierno sino despiertan antes. Le dejo a él la palabra
 
RESUMEN DE LOS ERRORES DEL CONCILIO VATICANO II
 
INTRODUCCION
Se le imputa al Vaticano II (1962-1965), en general, una mente poco o nada católica, a causa del antropocentrismo, tan inexplicable como innegable, que rezuman todos sus documentos, como también la simpatía que manifiesta por el "mundo" y sus engañosos valores.
Más en concreto, se le imputan ambigüedades notables, contradicciones patentes, omisiones significativas y, 10 que más cuenta, errores graves en la doctrina y la pastoral.
Naturaleza jurídica ambigua
del último concilio
Procede recordar, a título preliminar, que la ambigüedad se insinúa hasta en la naturaleza jurídica efectiva del concilio Vaticano II: dicha naturaleza no está clara y parece indeterminada, porque el Vaticano II quiso declararse mero concilio pastoral, razón por la cual no pretendió definir dogmas, ni condenar errores. Por eso, las dos constituciones suyas que se adornan con el título de "dogmáticas" (Dei Verbum, sobre la revelación divina, y Lumen Gentium, sobre la Iglesia) son tales tan sólo de nombre, porque conciernen a materias relativas al dogma de la fe.
El concilio se quiso degradar a sí mismo, apertis verbis, a «magisterio ordinario sumo y manifiestamente auténtico» (Pablo VI), figura insólita e inadecuada para un concilio ecuménico, que encarna desde siempre un ejercicio extraordinario del magisterio, el cual se da en el momento en que el Papa decide ejercer excepcionalmente sobre toda la Iglesia-junto con todos los obispos, reunidos por él en concilio, la summa potestas, que le compete por derecho divino. Tampoco aclara las cosas la referencia al carácter "auténtico" de dicho magisterio, porque con tal término se entiende generalmente un magisterio "calificado", pero calificado nada más que en razón de la autoridad de la persona, no en razón de su infalibilidad. El magisterio mere authenticum no es infalible, mientras que sí lo es el "magisterio ordinario infalible". Como quiera que sea, la infalibilidad del magisterio ordinario no presenta las mismas características, las mismas notas, que la del magisterio extraordinario, por lo que no cabe aplicarla a un concilio. Baste pensar, al respecto, que los obispos concurren en el tiempo al magisterio ordinario infalible en cuanto se hallan dispersos por todo el orbe (enseñando la misma doctrina a pesar de su dispersión), no en cuanto se reúnen en un concilio.
Sea cual fuere la naturaleza jurídica efectiva del vaticano Il, lo cierto es que no quiso impartir una enseñanza dotada de la nota de infalibilidad; tan es así que el propio Pablo VI dijo que los fieles debían acoger las enseñanzas conciliares "con docilidad y sinceridad"; es decir, precisamos nosotros, que debían prestarles lo que se ha llamado siempre "asentimiento religioso interno" (que es el que se requiere para los documentos pastorales, por ejemplo).
Dicho asentimiento resulta obligado, pero a condición de que no haya razones graves y suficientes para no darlo; y ¿qué razón es más grave que la constituida por la alteración del depósito de la fe? Cardenales, obispos y teólogos fieles al dogma estigmatizaron ya repetidamente, durante el tormentoso desarrollo del concilio, las ambigüedades y los errores que se infiltraban en sus textos, errores que hoy, después de cuarenta años de reflexiones y de estudios cualificados, estamos en posición de determinar con más precisión todavía.
 
Errores en el discurso de inauguración
y en el mensaje al mundo
 
No pretendemos que sea completa nuestra sinopsis de los, errores imputados al Vaticano II; con todo, creemos haber identificado un número suficiente de errores importantes, comenzando por los contenidos en el discurso de inauguración y en el mensaje del concilio al mundo del 20 de octubre de 1962; se trata de textos que, aunque no pertenecían formalmente al concilio, lo encaminaron, sin embargo, en el sentido querido por el ala progresista, esto es, por los novadores neomodernistas.
 
DISCURSO DE INAUGURACION.
 
El célebre discurso de inauguración de Juan XXIII contiene verdaderos y propios errores doctrinales, además de diversas profecías desmentidas ruidosamente por los hechos (“En el presente orden de cosas, en el cual parece apreciarse un orden nuevo de relaciones humanas, es preciso reconocer los arcanos designios de la Providencia divina... »).
1 ER. ERROR: UNA CONCEPCIÓN MUTILADA DEL MAGISTERIO
Radica en la increíble afirmación, repetida por Pablo VI en el discurso de inauguración de la 2a sesión del concilio, el 29 de septiembre de 1963, según la cual la santa Iglesia renuncia a condenar los errores: «Siempre se opuso la Iglesia a estos errores [las opiniones falsas de los hombres], Frecuentemente los condenó con la mayor severidad. En nuestro tiempo, sin embargo, la Esposa de Cristo prefiere usar de la medicina de la misericordia más que de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de su doctrina sagrada más que condenándolos».
El Papa Roncalli faltaba a sus deberes de vicario de Cristo con esta renuncia a usar de su autoridad, que procedía de Dios, para defender el depósito de la fe y ayudar a las almas condenando los errores que acechan su salvación eterna. En efecto, la condena del error es esencial para la preservación del depósito de la fe (10 cual constituye el primer deber del Pontífice), dado que confirma a fortiori la doctrina sana, demostrando su eficacia con una aplicación puntual.
Además, la condena del error es necesaria desde el punto de vista pastoral, porque sostiene a los fieles, tanto a los más cultos como a los menos cultos, con la autoridad inigualable del magisterio, de la cual pueden revestirse para defenderse del error, cuya "lógica" es siempre más astuta y más sutil que ellos. No sólo eso: la condena del error puede inducir a reflexionar al que yerra, poniéndolo frente a la verdadera sustancia de su pensamiento; como siempre se ha dicho, la condena del error es obra misericordiosa ex sese.