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martes, 2 de mayo de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS

Dos Hijos de San Francisco


"Homo vult decipi". "El hombre quiere ser engañado" es un proverbio latino que al considerarlo atentamente revela una gran verdad, y al mismo tiempo produce un sentimiento de pena por la estulticia humana.
A pesar de una amarguísima experiencia, todavía hay personas y aun católicos sinceros, que afirman y escriben y dicen, que el comunismo tiene un fondo de justicia, refiriéndose naturalmente a la mala situación de las clases humildes y trabajadoras, de las que el comunismo se presenta como el redentor, o por lo menos como el necesario resultado de esas injusticias y explotaciones que muchas veces ha sufrido la clase proletaria de las sociedades.

El Sumo Pontífice Pío XI, de feliz memoria, declaró de una vez por todas, que el comunismo es intrínsecamente malo. Ahora bien, si en él hubiera ese fondo de justicia que le otorgan sus amigos, y aun muchos de sus enemigos, podría admitirse que el remedio económico, el sistema de redención del mal social fuera equivocado, absurdo, lo que se quiera, pero no por ello podría jamás el guardián de la moral cristiana, declararlo "intrínsecamente malo".
Y si el Papa lo ha proclamado así, es que precisamente el mismo fondo del comunismo, no tiene nada de justicia, porque como el mismo Soberano Pontífice, y aún los mi:mos corifeos del comunismo lo han revelado, es el ateísmo militante, el sistema que encarna la conspiración anticristiana, que anhela la destrucción del orden cristiano fundado en el Evangelio; y todo lo demás, que predica y de lo que hace gala, no es otra cosa que un disfraz, una careta de compasión fingida con la que oculta su fondo perverso, y que sabe de antemano que, precisamente por aquello de que al hombre le gusta ser engañado, producirá el efecto deseado de engrosar las filas de su partido, con los crédulos a quienes deslumbren sus falsas promesas.
Si ha habido en el mundo, después de Jesucristo, algunos más amantes de los pobres, hasta hacerse pobres con ellos; más compasivos de su miseria y sus males, hasta dar su vida, su tranquilidad, sus comodidades y todo lo que el mundo puede ofrecer de grato al hombre, por remediarlos, elevarlos y defenderlos de los perversos que los agobian con su injusticia, han sido, sin duda, los hijos del Poverello de Asís, San Francisco.
El pueblo humilde de todas las naciones, en todas las latitudes, ha considerado con reverencia el humilde sayal, que los viste y los iguala casi con sus harapos, consciente de que en ellos siempre ha encontrado a los verdaderos amigos y defensores de los miserables de la tierra.
Tales eran en efecto dos hijos de San Francisco de Asís, Fray Junípero de la Vega y Fray Humilde Martínez, el primero sacerdote y el segundo hermano lego, sumamente estimados en las ciudades y villorrios del interior de la República.
Su sayal de franciscanos, les abría la puerta por doquiera, porque en México, a los caracteres ya dichos de todos los hijos del pobrecito de Asís, se une el heredado instintivo reconocimiento en ellos de haber sido los primeros evangelizadores de nuestros indios. No creo que haya mexicano consciente que ante la figura de cualquier franciscano, que pasa a su lado, no evoque naturalmente la memoria de Fray Pedro de Gante, de Fray Toribio de Motolinía, de Fray Martín de Valencia o de Fray Juan de Zumárraga, tan unido este último a la dulce aparición de María Sma. de Guadalupe, nuestra más preciada gloria.
Si el comunismo fuera en realidad lo que aparenta, si tuviera ese fondo de justicia que gratuitamente le atribuyen algunos, los franciscanos serían para él intocables, y en México especialmente debía levantárseles estatuas en cada centro del partido comunista.
Pero como en el verdadero fondo, no es otra cosa que la conspiración anticristiana, donde quiera que ha triunfado de un modo o de otro, las primeras víctimas de su insania, han sido esos humildes frailes hijos del pueblo, que comprendiéndolo como pocos de los otros hijos de la Iglesia Católica, con su celo apostólico y su mismo ejemplo de pobreza y humildad, lo han sostenido siempre en esa fe cristiana, que ellos primeramente le infundieran.
Fresca está aún en la memoria de todos los hombres contemporáneos la vil hazaña del comunismo-nazismo en los albores de su triunfo en Alemania, tachando a toda la gloriosa Orden Franciscana de corrompida en las costumbres y de avara de los bienes materiales, y llevando a un gran número de sus hijos, a los tribunales que a pesar de todas las consignas e intrigas, se vieron precisados a declarar inocentes de tantos crímenes, como se les atribuían a los humildes hijos de San Francisco.
Pero al menos en el centro de la Europa civilizada, los conspiradores quisieron guardar las apariencias, con aquellos tribunales a los que no lograron cohechar, ni amedrentar ni con todo el poder de Hitler.
Mas en el martirio de los dos franciscanos mexicanos, ni siquiera se dignaron hacer eso los perseguidores. Ningún crimen, ni aún calumniosamente se les achacó; ninguna sombra de proceso se intentó contra ellos.
A algunos de nuestros mártires, como hemos visto se les imputaba el horroroso crimen de estar de acuerdo con los ideales cristeros; a Fray Junípero y Fray Humilde, ni eso siquiera; ni hubieran podido hacerlo porque a nadie, ni a sus mismos partidarios hubieran engañado. Se les asesinó únicamente por ser religiosos franciscanos católicos... ¡y nada más!
Era Fray Junípero en efecto un santo fraile que ejercía con los prójimos de las clases humildes un apostolado fecundo y salvador. Nadie acudió a él que no saliera confortado en sus dudas, consolado en sus penas o socorrido en sus necesidades. Jamás se metió en cuestiones de cerca o de lejos políticas. Evidentemente, allá en lo íntimo de su alma, se dolía de la situación lamentable de sus hermanos los católicos; quizás en sus oraciones pedía el triunfo necesario de los cristeros para remediarla; pero no se le oyó manifestación alguna de aprobación o desaprobación. El se contentaba con ejercer su ministerio, para sostener la fe de los débiles y su esperanza en Dios, y para llevar a El cuantas almas pudiera.
Cuando estalló la persecución se encontraba en Coroneo, del estado de Guanajuato haciendo sus Ejercicios Espirituales, y enfermó de gravedad, pero Dios, le conservó la vida para más altas hazañas. Una vez restablecido, sus superiores le enviaron a Zamora de Michoacán donde pronto se dio a conocer de los fieles por su celo apostólico, atrayéndose así el cariño y la reverencia de ellos.
Fray Humilde, era el tipo del leguito franciscano, sencillo como una paloma, decidor y alegre siempre, inculcando a todos la devoción y la imitación de Nuestro Padre San Francisco, como se le llama por los mexicanos desde tiempo inmemorial, al Santo de Asís. Se le conocía una gran afición y pericia en la fotografía, a la que con permiso de los superiores se dedicaba, para multiplicar por ese medio las imágenes de los santos más hermosas que encontraba, y haciendo sobre todo honor a su nombre, con una humildad encantadora y perfecta.
Fray Humilde era muy conocido en Querétaro en donde pasó algunos años en el ilustre convento de la Cruz, entregado a los oficios domésticos en servicio de sus hermanos los frailes. Y cuando Fray Junípero fue enviado a Zamora, para acabar de restablecer su salud, se le dio por compañero y ángel custodio del buen anciano.
¿Por qué o cómo estos dos hijos de San Francisco precisamente, se hicieron el objeto de las iras del general Fox, o de aquel general a quien se vio alguna vez comprar un automóvil de quince mil pesos para la caballada del ejército! o mejor dicho, con el dinero suministrado por el Ministerio de la Guerra para las pasturas de la caballada; las que solía suplir echando a las bestias en los campos cultivados de los campesinos del Bajío o de otras partes? Por más que he indagado no encuentro otro motivo para ese odio particular, sino el que estos eran muy dignos representantes de los franciscanos apóstoles de México.
El caso es que de pronto dio la orden de que se buscara y aprehendiera a los dos frailes. La orden no fue tan secreta, que no la supieran algunos amigos de Fray Junípero, y los superiores de la Orden le dieran orden de que escapara como pudiese junto con Fray Humilde, lo que hizo inmediatamente en el auto de un amigo, dirigiendo su rumbo a La Piedad de Cabadas. Pero en el camino, un jefe agrarista ¡otra vez los agraristas! reconoció a los dos frailes y por orden de sus propias pistolas, los aprehendió y remitió al general Fox, otra vez a Zamora.
Recibiólos el general, y sin averiguación alguna, dio orden a un grupo de sus soldados, que los llevaran a un tren militar que salía y en alguna de las estaciones, que habían de recorrer, los acabaran con algunos tiros certeros.
Los soldados no tuvieron más que obedecer y los subieron a una plataforma del tren custodiados siempre por ellos.
Refiérese que en el camino, Fray Junípero, se echó a llorar silenciosamente, lo que visto por uno de los soldados, movido a compasión por el anciano, se atrevió a pedir al jefe de la escolta le perdonara la vida.

Oyólo el buen fraile, y volviéndose a él le dijo: "No lloro por mí, hijo mío, que una muerte como ésta es envidiable; lloro porque os vais a manchar con un horrible sacrilegio matando a un sacerdote y un religioso".
Llegados a Falconi, estación del ferrocarril, bajaron a Fray Junípero y sin otra formalidad lo fusilaron, dejando casi a flor de tierra su cadáver a la orilla de los rieles.
Fray Humilde ya no estaba allí. Aun antes de llegar a la estación, un soldado lo había atravesado con la bayoneta y echado su cadáver desde el tren en movimiento en las aguas de un charco pantanoso que bordeaba la vía ferrocarrilera.
Cuando el crimen se supo en Zamora los habitantes se indignaron como es de suponer, y no habiendo otra cosa que hacer salieron a lo largo de la vía para buscar los cadáveres. Fray Humilde fue prontamente encontrado en el pantano; a su hermano y superior Fray Junípero hubo alguna dificultad en hallarlo, pero al fin en la estación de Falconi, vieron la tierra removida y a un metro de profundidad hallaron el cadáver del buen fraile mártir de Cristo.
Condujeron a los dos en ataúdes, rápidamente adquiridos, a Zamora y el pueblo que lo supo, en imponente manifestación salió a recibirlos.
Naturalmente el gobierno impidió que el cortejo fúnebre pasara pollas calles céntricas de la población y hubo de ir por los arrabales hasta el cementerio, en donde varias familias acomodadas ofrecían sus propias criptas para darles sepultura, y hubo de escogerse una, cuyos propietarios habían sido muy amigos de los dos santos frailes.
Era el 6 de febrero de 1928.