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martes, 9 de mayo de 2017

LA VIDA DE MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE



Armado de esa fuerza totalmente teologal, Marcel acalló las añoranzas, se sobrepuso a las repugnancias y decidió hacer cuanto pudiera por la unión y la paz, para facilitar la delicada tarea del Padre Berthet y mantener el buen espíritu. No sin razón algunos compañeros lo apodaron «el ángel» del Seminario, y uno de sus compañeros pudo decir de él que «se imponía por su piedad, su espíritu de obediencia y su dedicación al trabajo».
Inscrito en la Gregoriana en el curso mayor de segundo año de teología, Marcel Lefebvre se inició en el derecho canónico con el Padre Felice- Maria Cappello, cuyo confesionario en San Ignacio siempre se veía abarrotado, y que murió como un como santo después de treinta y ocho años de docencia. Consultado de todas partes, sacaba la amplitud pastoral y la resuelta seguridad de sus respuestas del dominio que tenía de los más elevados principios.
Supo hacer amar a Marcel el espíritu maternal y ordenado de la Iglesia, que se expresa en su derecho.
En las clases de teología dogmática de los Padres Heinrich Lennerz y Lazzarini, el seminarista Marcel no se conformó con aprender las tesis, ya que prefería el ordo disciplinae tan formador de la Suma Teológica de Santo Tomás. Finalmente, después de aprobar los exámenes el 27 de junio y el 2 de julio, consiguió el grado de bachiller en teología.
Un juicio crítico sobre una orientación liberal Pero la dedicación al trabajo y el espíritu de obediencia no le impedían a nuestro seminarista ser perspicaz. Inexorablemente, el nuevo Superior imprimió una nueva orientación al seminario.
Monseñor Lefebvre guardaría del Padre Berthet esta imagen realista: «Un hombre de doble cara, de apariencia tradicional pero al mismo tiempo muy conciliador. ¡Basta ya de condenaciones, de lucha, de combate contra los errores.
Ahora bien, ese claro alejamiento del antiliberalismo del Padre Le Floch se lo dictaba al Padre Berthet el mismo Papa: El Santo Padre -escribía el nuevo rector para los hechos de Santa Chiara- en una audiencia de casi una hora, y Su Eminencia el Cardenal prefecto de la Congregación de Universidades y Seminarios en repetidas entrevistas, me indicaron claramente las directivas que hay que seguir [...] los excesos que hay que prevenir y los escollos que hay que evitar.
En otra audiencia privada, concedida al Padre Berthet el 22 de abril de 1928, y luego en la audiencia que concedió el 16 de junio de 1928 al Seminario Francés, Pío XI felicitaba al rector por haber «interpretado tan bien las intenciones del Sumo Pontífice en la dirección del Serninario",
Marcel Lefebvre escuchó esas palabras. ¿Comprendió que Pío XI era la causa del cambio de espíritu del seminario? ¿Captó que el Papa mismo había ordenado el espíritu de conciliación en vez del espíritu de cruzada? Es poco probable, porque su devoción a Pío XI se mantuvo intacta y no acusó al Papa cuando confesó mucho más tarde, hablando de los años del Padre Berthet: «Bueno, esos últimos años fueron un poco difíciles en el Seminario a causa de eso».
Para convencerse de la realidad de un cambio de orientación, basta con leer la clarísima exposición que hizo de ella el Bulletin général des spiritains en 1932 bajo la pluma del Padre Dhellemmes: La formación práctica de los alumnos con vistas a la acción que tendrán que ejercer algún día -escribía- fue implementada con el debido discernimiento. Según el deseo reiteradas veces expresado por el Santo Padre, es preciso ante todo enseñarles a tener una justa apreciación de las circunstancias en las que los principios han de adaptarse a las contingencias de la vida.
Evidentemente, Marcel Lefebvre había aprendido del Padre Le Floch que los principios están hechos para cambiar el estado de cosas, y no el estado de cosas para adaptar los principios. Tras ese embrollo había algo más que una cuestión de palabras, porque el Padre Dhellemmes precisaba: En efecto, la tendencia de los jóvenes los lleva al integrismo: los principios, según ellos, reclaman una aplicación completa y absoluta. Su intelectualismo exagerado tacha enseguida de timidez, debilidad o ignorancia a toda conducta que no sea conforme con sus rigurosas deducciones, cuando no hay que ver en ello, en realidad, más que una adaptación racional y legítima de las directivas establecidas por medio del razonamiento!".
Eso suponía la extinción del sano entusiasmo que había encendido el Padre Le Floch en el espíritu de sus alumnos, la negación del «vivir sólidamente de principios» que era la alegría de su vida. Marcel Lefebvre era demasiado tomista para aceptar que se pudiesen abandonar los principios. Con Santo Tomás, sabía bien que cuando no se puede aplicar un principio por el infortunio de los tiempos, se aplica entonces otro principio, un principio más elevado y general, pero sin abandonar nunca los principios.
Dicho esto, para él, los principios primigenios, sobre todo si conciernen al derecho natural o divino, no perdían nunca sus derechos y no había que abandonarlos sin esperanza; como tampoco se podía alabar sin reservas la acción que se derivaba de los principios últimos, por adaptada que pudiera estar a las contingencias. Ahora bien, el Padre Dhellernmes concluía: «Así se explica la desaprobación con que algunos trataban todas nuestras organizaciones sociales, profesionales o internacionales, que, de entrada, les parecían contrarias a los principios de orden y de autoridad». Entre esa desaprobación bien justificada y una aprobación imprudente, Marcel Lefebvre ya había escogido.
Por eso las conferencias que dio Monseñor Pie en el Seminario sobre el Ralliemenr'", las del Padre Arnou sobre la Institución de Ginebra y las de Monseñor Liénart sobre el sindicalismo, obligaron al seminarista a ejercitar su juicio crítico, sobre todo cuando el Obispo de Lille comenzaba así su exposición, hablando del clero: «Somos la levadura que fermenta la masa, y con nuestra doctrina y nuestra fe debemos mezclarnos con las ideas contemporáneas», para terminar de la siguiente manera: «Los sindicatos cristianos formarán las inteligencias y los corazones, e impregnarán de fe la vida social».

6. Tomismo y romanidad


Un hombre que se toma la vida en serio

Más que nunca, Marcel se aferraba a lo esencial, a la fe de Pedro y de los mártires. Durante la semana de Pascua de 1928 organizó en muy poco tiempo la peregrinación de su madre y de su hermana Christiane. En las catacumbas de San Calixto, los peregrinos bajaron sesenta escalones y en la penumbra, sobre un altar iluminado sólo con velas, el amigo sacerdote Marcel Collomb celebró la Misa.
En las vacaciones de verano se reunió de nuevo con René y Christiane en Saint-Savin, Christiane entró en el Carmelo de Tourcoing el 24 de septiembre y René se embarcó el 18 de noviembre para Gabón. Así, uno tras otro, Jeanne, René, Bernadette, Christiane, abrazaron la vida religiosa. Y él, Marcel, ¿se quedaría como el único «secular»? Con ese interrogante volvió a Roma. ¿Le tentaba todavía la vida benedictina? En todo caso los domingos continuaba yendo muy a gusto a unir su voz con la de los monjes benedictinos de San Anselmo, en el Aventino, en su Misa conventual. Al inicio del curso de 1928 el Padre Superior lo había nombrado «ángel guardián» de dos nuevos (pronto serían cuatro) suizos alemanes. Uno de ellos, el Padre Alois Amrein, confió sus impresiones a las hojas de su diario personal:

Naturalmente, lo analizamos a fondo, y él también nos analizó con su mirada penetrante. No tiene un aspecto común. Sus rasgos son los de un hombre que se toma la vida en serio. Mis compañeros me han dicho: «Éste sabe lo que quiere y conseguirá lo que se, proponga». Me ha hecho buena impresión, me ha impactado”,

Ya entonces un buen administrador

El 22 de octubre, lunes, el Padre Amrein anotaba: «Marcel nos deja solos. Desde hace sesenta años, el catecismo está prohibido en
las escuelas ... , ya la juventud se la deja abandonada -hasta el Ll de febrero de 1929, añadía-o Entonces Marcel sale a la calle, y reúne a esos pobres niños». Se trataba de chicos a quienes los seminaristas, bajo la dirección de un seminarista más antiguo, catequizaban en italiano y preparaban para la confesión y primera comunión: pero ¡vaya usted a preparar para la primera comunión a un adolescente de trece o catorce años que no sabe leer! De cien inscritos, sesenta asistían con bastante regularidad al oratorio de la Obra en la Via dei Cestari, bautizada como «Obra de Santa Catalina» a causa de la Santa que figura bajo el altar de la vecina iglesia de la Minerva. La Obra ofrecía a los chicos un árbol de Navidad con regalos, un reparto de premios, o los beneficios de un retiro en Ponte-Rotto, etc.
Marcel Lefebvre se familiarizó, pues, con el italiano que hablaban sus ragazzoni. Ese año el Padre Larnicol conservó a Pierre Bonnichon en la dirección de la obra, y Henri Fockedey sucedió a Just Liger-Bélair en la dirección de los catecismos'F', Las habilidades prácticas de Marcel Lefebvre lo designaron para buscar recursos.
Con la ayuda de dos compañeros, entre ellos jéróme Criqui, administró la librería de libros nuevos y de ocasión. «Marcel Lefebvre conocía bien todo eso, sabía literatura, se ocupaba del pago y lo hacía bien», contaba el Padre CriquiI", Al lado se vendían jarras, alzacuellos, sombreros, y se retocaban las tonsuras. Las ganancias eran para Santa Catalina, y gracias al clérigo Lefebvre, cada seminarista podía adquirir su propia biblioteca; sólo había ahí «cosas buenas», comenzando por los documentos pontificios.