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miércoles, 31 de mayo de 2017

LA VIDA DE MONS. LEFEBVRE




Por otra parte, ya tenía «una fuerte personalidad con convicciones muy definidas y sólidas», que manifestaba cuando la sana doctrina estaba en juego. En resumen, era un seminarista de «exquisita amabilidad», que gozaba de un «aura indiscutible", generoso y servicial. «Era un modelo para nosotros -afirmaba otro testigo-, siempre sonriente, siempre afable; y así nos lo presentaba el buen Padre Berthet-". Si a ese conjunto tan contrastado y bien equilibrado de rasgos y cualidades sumamos su calma habitual y espíritu de organización; y si por encima de todo observamos su buen juicio y su ciencia de los principios bien asimilados, en suma su cabeza bien formada, hay que reconocer que estamos en presencia de una personalidad de primer orden, capaz de prestar los mejores servicios a la Iglesia.

La vocación misionera

El Padre Marcel iba a entrar, pues, al servicio de la diócesis. Sin embargo, su alma se encontraba en otra parte. Desde hacía algunos años buscaba otra cosa. A inicios del curso de 1928 había vuelto su incertidumbre sobre la dirección de su vocación. Hablando de su segundo hijo a la tía Bernardina, la Sra. Lefebvre escribía: «Le ruego oraciones especiales por él, mi querida tía, porque no me parece definitivamente orientado".

El ejemplo de sus cuatro hermanos y hermanas religiosos lo impulsaba a desear un don más perfecto de sí mismo.

Además de esto, el Padre Berthet había emprendido en el seminario una propaganda misionera, razón por la cual el Padre Pédron vino el 21 de abril de 1929 para hablar de la obra misionera en África. Pasó revista a todo: las lenguas, los catequistas, el pequeño número de misioneros, la amenaza del islam; y concluyó: «Sean misioneros con la oración o con la limosna", Monseñor Shanahan, el gran Obispo de Nigeria, llegó el 21 de enero de 1930 para explicar el éxito misionero de sus escuelas católicas.

Por otra parte, las cartas que a Marcel le escribía su hermano René se hacían cada vez más apremiantes: ¿Qué vas a hacer en Lille? ¡Vente conmigo a Gabón!», a un campo de apostolado más urgente y más exigente.

El 23 de marzo de 1930 Marcel Lefebvre expuso en la conferencia de Santo Tomás el adagio «Fuera de la Iglesia no hay salvación»?". A menudo, meditando sobre San Juan (1 San Juan, 5, 12) Y San Pablo (Romanos, 10, 14-15), se preguntaba: «¿Cuántos tendrán la fe y por consiguiente la vida eterna? ¿Quién se salvará entre los paganos?». Y más adelante confiaría a sus seminaristas: «Esa pregunta explica en gran parte, seguramente, nuestra vocación».

¿No nos estaba revelando aquí el origen de su propia vocación misionera? Porque añadía: «El solo hecho de plantearnos esa pregunta debe darnos el espíritu misionero».

No esperó a irse de Roma para tomar su gran decisión, y después de rezar con fervor y de madura reflexión, le escribió a su Obispo. Veamos lo que, sobre esto, le explicaba el Sr. René Lefebvre al Padre René el 13 de julio: No quiero dejar pasar la decisión de Marcel sin comentarla contigo. Nuestro querido Marcel se ha ido de Roma, y he sentido vivamente la pena que ha experimentado por ello. Nos había avisado de la petición que le había hecho a Monseñor Liénart de entrar en los Padres del Espíritu Santo. Quedamos muy, pero muy sorprendidos por ello, porque no suponíamos en él la vocación de misionero. Si tal es la voluntad de Dios, nos sentimos muy dichosos. Deo gratias. De todas formas, yo no lo veía bien en el clero secular. Doy gracias a Dios por esta gracia tan grande. Es para nosotros un acontecimiento importante. Sabemos ahora lo que son las separaciones. Pero no hemos de olvidar que todo lo que tenemos está en manos de Nuestra Señora-".

Así pues, Marcel había escrito a Monseñor Liénart. El Obispo no era un hombre que se opusiese a las vocaciones misioneras, muy por el contrario.

No obstante, cuando un seminarista solicitaba ir a las misiones, la costumbre general en Francia era retenerlo un año al servicio de la diócesis. Ésa fue la respuesta que el Padre Marcel recibió del obispado; y no le costó comprenderla, ya que su petición no había sido la única, Su madre explicaba esto mismo al Padre René:

Marcel es el mismo de siempre, tranquilo, apacible, da gusto verlo. Monseñor lo guardará un año en la diócesis, cerca de Lille ha dicho, y no en el ministerio. Su partida, como la de otros dos que están en su mismo caso, lo pondría en un gran aprieto... Marcel no ha querido insistir, siguiendo el consejo que le habían dado

¿Pensaba el Obispo nombrarlo profesor en un internado? ¿Le explicó Marcel el poco gusto que sentía por la docencia? El caso es que al final del verano recibió su nombramiento como vicario en Marais-de-Lomrne. Así pues, cumpliría en una parroquia su «año de penitencia», como lo llamaban los seminaristas un poco irrespetuosamente. Faltaba saber si para él sería realmente una penitencia ..

 

Cap. 4: Coadjutor de barrio obrero (1930-1931)

 

Durante largo tiempo la economía de Lomme, pequeña aldea del oeste de Lille, estuvo dominada por las lavan derías emplazadas en su marisma, «Le Marais»; en 1930 todavía quedaban treinta y ocho de ellas, las cuales, situadas al borde de los canales, evacuaban sus aguas residuales hacia el canal del río Deule. Sin embargo, el desarrollo del pueblo se debía al establecimiento de la hilandería Verstraete en La Maladrerie en 1857, y luego a la de las hilanderías Delesalle (1905) y Paul Leurent (1912) en Le Marais. Por último, en 1921, con la estación ferroviaria de maniobras de La Délivrance, Lomme se convirtió en una ciudad de obreros y de ferroviarios que atraía las industrias metalúrgicas y cuya población pasó de 2.465 habitantes en 1856 a 9.000 en 1900 y 20.684 en 1931.

En esa época, Lomme incluía tres parroquias: Lornrne- Bourg (con La Délivrance), Mont-a-Camp y Le Marais. Esta última era la más poblada, con 7.700 habitantes", procedentes en su mayoría de la región de Boulogne, castigada por el desempleo, y vivían en casas idénticas alineadas a lo largo de calles interminables. Así pues, el Cardenal había asignado acertadamente a Marcel Lefebvre a esta simple pero activa parroquia obrera, pensando que un apostolado con los más humildes sería, para ese joven burgués, hijo de empresario, una mejor iniciación apostólica que un ministerio de docencia con la juventud de la élite social de la que procedía.

Al frente de la encantadora iglesia parroquial de Le Marais, Nuestra Señora de Lourdes, de un sobrio estilo neorrománico, imitación de la basílica mariana de Lourdes, estaba la rectoría, bonita casa aislada en la plaza de la iglesia, con un gran jardín lindante al parque municipal. En esta casa parroquial se presentó el Padre Lefebvre en agosto o septiembre de 1930.

-Aquí estoy -dijo con su vocecita tranquila. El Párroco, llamado por una de sus dos sobrinas que atendían la casa, contempló al joven sacerdote, que repitió tranquilamente:

-¡Aquí estoy! ¿Qué quiere usted hacer conmigo?

El Párroco estaba seguramente al corriente de la llegada de ese segundo vicario que le enviaba Monseñor; empero, no pudo evitar la siguiente reflexión, bastante chistosa porque la dijo amablemente, en tono de broma:

-Bueno, mire usted, yo no pedí un segundo coadjutor, no lo necesitaba. Creía que ya tenía bastante con uno.

-¡Ah, bueno!

-Sí, para una parroquia como la nuestra no veía la necesidad de tener un segundo coadjutor.

-¡Oh! -dijo el recién llegado con una sencillez que desarmaba-, de todas formas trataré de ayudar en algo.

Entonces el Párroco, vencido, sólo atinó a decir:

-Pero sea usted bienvenido, por supuesto; está usted en su casa. Vamos a darle una habitación".

Eso de encontrar una habitación en aquella casita no estaba tan claro, pero lo cierto es que Marcel Lefebvre diría más tarde: «El Párroco consiguió alojarme al final", La colaboración fue buena desde el principio. El Párroco, el Padre Émile Delahaye, era un buen sacerdote, fino, paternal, un pastor a quien amaban sus fieles, de unos sesenta años y muy activo. El primer coadjutor, el Padre Paul Deschamps, de la edad de Marcel, era como él antiguo alumno del Sagrado Corazón de Tourcoing'' y un «ex alumno del Padre Deco».

Actividades parroquiales

La parroquia desbordaba realmente de actividades de toda clase, y las ceremonias litúrgicas ocupaban el primer lugar. Se honraba al Sagrado Corazón con un nutrido programa cada primer viernes de mes: a las seis de la mañana, exposición del Santísimo Sacramento seguida de la Misa; a las siete y cuarto, Misa de comunión de los niños; por la tarde, adoración del Santísimo Sacramento de tres a cinco y de siete a ocho; y a las ocho, bendición con el Santísimo y acto de desagravio al Sagrado Corazón. El domingo había Misa rezada a las seis, ocho y nueve (la Misa de nueve estaba reservada para los niños de catecismo); la Misa mayor era a las diez de la mañana; a primera hora de la tarde, a las tres, tenían lugar las Vísperas y la exposición del Santísimo, y luego el catecismo de perseverancia. Cada mes se dedicaba un domingo a la «comunión general», ya fuera de los niños, de las jovencitas o de los hombres y jóvenes.

Los ensayos litúrgicos para preparar las grandes festividades estaban a cargo del Padre Lefebvre. El coro cantaba Misas polifónicas (como la Misa de Gounod) en las grandes ocasiones. Había reuniones de madres cristianas, reuniones de los Amigos de San Juan y reuniones de la Federación Nacional Católica, fundada por el general de Castelnau. El patronato tenía tres secciones: los hombres (plaza Ronde), los jóvenes y los niños, cuyas actividades tenían lugar los jueves y domingos por la tarde en el patronato de San José, en la calle Kuhlmann n. 236.

El Padre Lefebvre se encargó del patronato de los jóvenes; y más tarde alabaría mucho esta institución: «El patronato, organizado por un vicario, ha sido muy útil. Los patronatos han desaparecido... es una lástima. Los contactos entre el vicario y los jóvenes permitían que esos chicos se confiaran posteriormente a un sacerdote al que conocían". En Le Marais, el patronato de los jóvenes organizaba sesiones recreativas durante las cuales se representaban obras de teatro edificantes. El Padre Lefebvre tenía que supervisar los ensayos. Organizó también para su patronato sesiones de cine, presentando películas de Charles Chaplin. Reconocería más tarde «que tuvo en los inicios de su sacerdocio un celo a veces demasiado natural», y que no confió suficientemente en los medios plenamente sobrenaturales que, sin «muletas» técnicas, hacen a las almas fervorosas y apostólicas.

En cuanto a los «Círculos», estaba el de jóvenes de trece a veintiún años y también el de adultos, el domingo después de Misa hasta la una de la tarde, en el que se jugaba a las cartas. El Padre Lefebvre no dejaba de presentarse en esas reuniones: «Siempre tenía tiempo -decía un veterano-, nunca venía con prisas", El primer coadjutor estaba al frente de laJOC parroquial; Marcel no tuvo nada que ver en ella directamente.

Los catecismos (de primera comunión, comunión solemne y de perseverancia) se repartían entre los tres sacerdotes; Marcel tuvo que preparar a los niños de primera comunión para su «comunión privadas", que tuvo lugar el día de Navidad, en la Misa de siete.

¡Con qué cuidado explicó a los niños las grandes verdades de la salvación, para grabar en su corazón que Dios los amaba y que debían amar a Dios! No era de esos sacerdotes que confiaban con demasiada facilidad la catequesis a algún buen fiel, diciéndole: «¡El catecismo lo dará usted igual de bien que yo!». No. A él le parecía importante que fuera un alma sacerdotal la que formase por sí misma el alma maleable de esos pequeños en el amor a Jesús, Víctima y Pan de Vida, por la estrecha afinidad que el sacerdote tiene con esos misterios. Además, el recuerdo imborrable de la dedicación, de los consejos y de la piedad de un buen sacerdote, ¿no sería para esas almas la chispa de la que podía nacer la llama de la vocación o la luz que disipase las dudas de la adolescencia? El Padre Lefebvre daba sus primeros pasos en la predicación; predicaba con calma, sin texto, desde lo alto del púlpito, comentando sobre todo el Evangelio. Era bastante largo en sus sermones!', y al principio le costó adaptar su teología al auditorio de modo que sus feligreses pudiesen comprenderlo". Le gustaba recurrir a Santo Tomás, a quien citaba al predicar sobre el amor al prójimo: «Debemos amar al prójimo para que exista en Dios o por lo que hay de Dios en él». Aplicando esa verdad a los sermones de matrimonio, comentaba: «No hay que amar en el cónyuge lo que va contra Dios o aleja de Él, y por eso no hay que fomentar tampoco sus defectos»!", En las relaciones con los fieles, el Padre Lefebvre se mostraba bondadoso con los niños, aunque sabía ser severo cuando hacía falta.

«Más bien expansivo y desenvuelto» con los hombres y los jóvenes, nunca se mostraba distante, sino siempre sonriente. Procuraba no desedificar a nadie, lo cual era incluso una de sus reglas de pastoral, porque sabía que los feligreses juzgan la religión por el sacerdote. « ¡Anda! -dicen-, mira a ese Padre que acaba de llegar». Muy pronto saben con quién están tratando. ¿Qué es lo que prueba a la gente la verdad de la Iglesia? La santidad: eso se ve. Es preciso que la gente sepa que su sacerdote es un hombre de Dios y no un lugareño mediocre, aburguesado, que se va de vacaciones como los demás, o un hombre «bien situado» sin más".