utfidelesinveniatur

martes, 4 de abril de 2017

UT NOS CREDIDIMUS CARITATE. VIDA DE MONS. LEFEBVRe



Las Conferencias de Santo Tomás.

En honor del Doctor Angélico, se impartían en el Seminario modestas «Conferencias de Santo Tomás» concebidas para estimular entre los filósofos y los teólogos el gusto por el estudio de las cuestiones actuales a la luz de Santo Tomás y de los Papas.
El 2 de diciembre, en presencia de Monseñor Chollet, Arzobispo de Cambrai, Georges Michel sentó en el banquillo de los acusados a la Declaración de los Derechos del Hombre. Esa conferencia adquiriría la fama de que luego hablaremos. El caso es que Monseñor Chollet añadió el siguiente epílogo a la exposición del joven teólogo: «Sólo Dios es un derecho puro... mientras que nosotros somos al principio una deuda, y sólo tenemos derechos para satisfacerla»45. Hermosa expresión de la naturaleza objetiva del derecho y afirmación de la primacía del bien común, nociones ignoradas por el individualismo liberal de la Revolución.
Más tarde Pierre de La Chanoine refutaría la libertad de pensamiento, de conciencia y de cultos; y Robert Prévost, a quien algún compañero tildaba de «demócrata» (opinión tolerada por el Padre Superior, pero despreciada por el Padre Voegtli), expondría con valor la génesis del laicismo". Algunas de estas conferencias se imprimieron entonces en folletos de difusión restringida, mientras que el Padre Roul publicó en 1931 su obra La Iglesia católica y el derecho común".

Dos novicios en la familia

Marcel Lefebvre se embebía por todos los poros de su alma de las enseñanzas que se le prodigaban por todas partes con mano tan generosa. Después de Navidad, al enviar su felicitación de Año Nuevo a sus padres, les deseaba «principalmente avanzar en la perfección. El deseo de perfección que lo animaba era compartido por sus hermanos mayores: en Pascua de 1924 se enteró por su madre, fiel corresponsal, de la entrada de su hermana Jeanne en el Noviciado de María Reparadora en Tournai. En cuanto a su hermano René, se hallaba terminando su servicio militar en el XV Regimiento Acorazado en Douai. En agosto los dos hermanos, de sotana, se encontraron con sus dos hermanas en Saint-Savin, en los Pirineos.
Christiane contaba cómo René no había alcanzado aún toda la dignidad de un eclesiástico. Tarareaba incluso en su presencia canciones de la Alhambra, por lo que se ganó un reproche de Marcel: « ¡Pero René, no le vas a enseñar a tu hermana canciones de cuartells ", Pues bien, más profundo de lo que parecía, y resuelto a realizar su vocación misionera sin más demora, René ingresó en el Noviciado de los Padres del Espíritu Santo, en Orly, el5 de octubre de 192451.

Filosofía y contemplación

Decidido a afrontar con valentía su «tercer año» de filosofía, Marcel Lefebvre volvió a Roma el 20 de octubre de 1924. Entre los nuevos seminaristas encontró a un joven sacerdote irlandés, John Charles Mc Quaid, futuro Arzobispo de Dublín. Comenzaba el Año Santo. En noviembre, Marcel pudo ver al Cardenal Merry del Val celebrando «con una devoción conmovedora». Al contarles su emoción a sus padres, su madre anotó: «Marcel nos escribe cartas desbordantes de Roma, disfruta de todas las ceremonias actuales en honor del Año Santo y cada vez se siente más feliz de pertenecer a la Iglesia» En la Gregoriana, la clase preferida del joven estudiante era la del Padre Attilio Munzi sobre teodicea: por fin, en esa cima de la filosofa, se podía respirar un poco de aire puro; a pesar de su debilidad, la razón humana puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios y a la contemplación de sus perfecciones infinitas. Ahora bien, las sutilezas del Padre Munzi, que eran las de su maestro Cayetano, el gran comentarista de Santo Tomás, «hacían casi difíciles las cosas fáciles», aunque sólo para disfrutar luego de la alegría del descubrimiento y del progreso de la inteligencia, «porque sólo se ama y se comprende lo que es arduos ".
Cuando le resultaba demasiado «arduo», el joven Lefebvre iba a consultar al «repetidor» de filosofía en Santa Chiara, el Padre Joseph Le Rohellec'". Se hada la cola a la puerta de su habitación, y siempre se conseguía una respuesta. Resultaba maravilloso ver al Padre alcanzar un grueso volumen de Santo Tomás, citar un texto, buscar los pasajes paralelos con una rapidez que manifestaba una larga intimidad con el santo Doctor, cotejados entre sí, completados unos con otros, y hacer salir de ellos la doctrina del Maestro ... Y entonces una gran sonrisa iluminaba su rostro".
Porque naturalmente, en Santa Chiara, por aprobación tácita pero notoria del Padre Le Floch, se seguía a Santo Tomás de Aquino, ya Santo Tomás en el texto, el texto de su Suma Teológica, como lo había ordenado y mandado San Pío X en su Motu Proprio Doctoris Angelici del 29 de junio de 1914. Así pues, reinaba en el seminario la fiebre tomista, como atestiguaba el Padre Berto: Cinco años de ese régimen debían crear tomistas y, a decir verdad, nada en nuestra educación conducía a otra cosa y todo conducía a eso; por supuesto no a hacer de nosotros teólogos tomistas, pretensión ridícula, pero sí al menos tomistas en teología, y tomistas de convicción y de estudio.
En las «repeticiones» públicas que el Padre Le Rohellec daba en el seminario, Marcel apreciaba «el hábito del profesor de remontarse a los principios y resolver por medio de ellos todos los problemas, esa forma de reducido todo a la unidad del ser, que da una idea de la sublime armonía de la Creación».
El seminarista buscó el principio más unificador. Por eso le escribió al Padre bibliotecario la siguiente nota: «Desearía, Padre, la Revue des sciences philosophiques et thelogiques, abril de 1909, Padre del Prado: De veritate fundamentali philosophiae christianae. El principio que ahí leyó era sencillo: «Existe en los seres creados una distinción real entre esencia y existencia». El corolario inmediato es que sólo Dios es el ser, no participado ni recibido.
Dios es a sé, existe por sí mismo, mientras que nosotros somos ab alio, existimos por otro. Además, la aseidad es la definición que Dios dio de Sí mismo a Moisés: «Yo soy el que soy» (Ex. 3, 14). De ahí se deduce que no tenemos el ser por nosotros mismos. Entonces el seminarista se puso a meditar esta verdad: «Yo no soy nada, nada sin Dios, lo recibo todo de Él, luego lo recibo todo de Nuestro Señor Jesucristo, que es Dios». Esa verdad se convirtió en «su disposición fundamental: reconocimiento de nuestra nada ante Dios y de nuestra dependencia continua con relación a Él, en nuestra existencia y en nuestra actividad»  
Fue entonces cuando Marcel Lefebvre disfrutó verdaderamente de la filosofía.
Vacaciones en Umbría. Una prueba para la vocación

Las cabezas cansadas recibían con gusto las pequeñas vacaciones, sobre todo las de Pascua. La casa de campo de San Valentino se abría a una colonia de alpinistas novatos. El año anterior, Marcel se había inscrito en el Club Alpino Italiano, y había hecho la ascensión del Pizzuto, Pero, al parecer, ese año prefirió imitar a los antiguos peregrinos y participar en sus méritos caminando a pie, bastón en mano y mochila a la espalda, solicitando una modesta hospitalidad en los viejos conventos franciscanos o en las casas parroquiales de las pequeñas aldeas de Umbría.
Pasábamos la noche en esas pequeñas aldeas -contaba- donde nos maravillaba comprobar la relevancia de que gozaba el sacerdote. Él lo era todo: juez, alcalde, conocía a todo el mundo, y era recibido con alegría por todas las familias. Nada se hacía sin el sacerdote, y todo lo hada con un celo y una entrega admirables, viviendo de manera excepcionalmente pobre. Viniendo de Francia, donde el espíritu laico había penetrando tan profundamente que el sacerdote era considerado casi como un extraño en el pueblo, todo eso suponía para mí una diferencia muy grande".
El joven estudiante rezó con fervor en la tumba de su segundo Santo patrono en Asís y, fortalecido desde todos los puntos de vista por su peregrinación, hizo el último esfuerzo del tercer trimestre y el 27 de junio de 1925 consiguió con un feliciter su doctorado en filosofía.
El verano le permitió cambiar de aires ayudando? a un sacerdote en un patronato parroquial de jóvenes. Allí se quedó atónito al ver que algunos sacerdotes sostenían discusiones vehementes, duras y lamentables, que provocaban distanciamientos y casi rupturas. Y confieso --dedo- que eso me hizo sufrir tanto que mi vocación llegó a tambalear durante mi seminario. Me decía: es lamentable tener que vivir en estas condiciones y encontrarse en una casa parroquial donde se van a presenciar tales enfrentamientos.
Marcel Lefebvre retuvo la lección toda su vida: «Hay que tomar propósitos firmes y hacer todo lo posible para nunca ser motivo de escándalos”.