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domingo, 16 de abril de 2017

TIEMPO PASCUAL

Introducción.

EXPOSICIÓN DOGMÁTICA. Las fiestas de la resurrección se inauguran la noche de Pascua y se prolongan durante cuarenta días. Se completarán con las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés, coronamiento de los misterios de Cristo e irradiación de su vida sobre la nuestra por medio de su Espíritu.
El Tiempo Pascual es el tiempo de la vida nueva. Primero, la del Salvador, quien ya vive para siempre una vida que no pertenece a la tierra y de la que participaremos nosotros un día en el cielo.
Luego, la nuestra. Entre Cristo y nosotros hay algo más que la simple certidumbre de volver a verle; arrancados por él a Satanás, le pertenecemos como su conquista y participamos de su vida.
La semana de Pascua es la semana de los bautizados. Ellos han pasado de la muerte a la vida, de las tinieblas de los pecados a la vida de la gracia en la luz de Cristo. Reunidos en su Iglesia, participan de su fe y de su oración; ofrecen con ella, en acción de gracias, el sacrificio de los rescatados y encuentran en la carne sagrada de Cristo el alimento de una vida fraterna, que les une en la caridad.
Las exigencias morales de la nueva vida se recordarán a lo largo del Tiempo Pascua. Obedecen al principio, enunciado por san Pablo, de que, resucitado con Cristo, debe el cristiano elevar sus deseos hacia el ciclo, despegarse de las satisfacciones terrenas y hallar gusto por las cosas de lo alto. Obra del Espíritu Santo será acabar de formar en los bautizados « el hombre nuevo », que dé testimonio de Cristo resucitado por la santidad de su vida.

PREGÓN PASCUAL

Exulte ya la angélica turba de los cielos; exulten los divinos ministros, y por la victoria de Rey tan grande, resuene la trompeta de salvación.
Alégrese también la tierra, radiante de tanta luz, e iluminada con el esplendor del Rey eterno, sienta haberse ya disipado la oscuridad que tenía encubierto antes al mundo.
Alégrese también nuestra madre la Iglesia, adornada con los fulgores de tanta luz; y resuene este recinto con las festivas voces de los pueblos.
Por lo que vosotros, hermanos carísimos, que asistís a la maravillosa claridad de tan santa luz, unidos conmigo, invocad la misericordia del Dios omnipotente, para que, pues se dignó,
no por mis méritos, agregarme al número de los diáconos, difundiendo la claridad de su luz, pueda cantar las alabanzas de este cirio.
Por nuestro Señor Jesucristo, su Hijo, que con él vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios…
Verdaderamente es digno y justo, equitativo y saludable pregonar con todo el afecto del corazón y con el ministerio de la voz, al Dios invisible Padre todopoderoso, y a su unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo.
El cual pagó por nosotros al Padre eterno la deuda de Adán, y con su piadosa sangre borró la deuda del primer pecado.
Estas son, pues, las fiestas pascuales, en las que es inmolado aquel verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
Ésta es la noche en que, en otro tiempo, sacando de Egipto a los hijos de Israel, nuestros padres, les hiciste pasar el mar Rojo a pie enjuto.
Esta es la noche que disipó las tinieblas de los pecados con la luz de una nube.
Ésta es la noche que hoy, por todo el mundo, a los que creen en Jesucristo, apartados de los vicios del siglo y de las tinieblas del pecado, los vuelve a la gracia y los asocia con los santos.
Ésta es la noche en que, rotos los vínculos de la muerte, subió Jesucristo victorioso de los infiernos. Pues de nada nos sirviera el haber nacido si no nos hubiese redimido.
¡Oh admirable dignación de tu piedad con nosotros! ¡Oh inestimable dilección de caridad, para redimir al siervo has entregado a! Hijo! ¡Oh ciertamente necesario pecado de Adán, que con la muerte de Cristo fue borrado! ¡Oh culpa, que mereció tener tal y tan grande redentor!
¡Oh noche verdaderamente feliz, que sola mereció saber el tiempo y la hora en la que resucitó in qua Cristo de los infiernos.
Ésta es la noche de la que está escrito: y la noche será tan clara como el día, y la noche resplandecerá para alumbrarme en mis delicias.
La santidad, pues, de esta noche ahuyenta los pecados, lava las culpas y devuelve la inocencia a los caídos, y a los tristes la alegría; destierra los odios, prepara la concordia y doblega el orgullo del mando.
En esta noche de gracia, recibe, Padre Santo, el sacrificio vespertino de este incienso, que la sacrosanta Iglesia te ofrece por manos de sus ministros, en la solemne oblación de este cirio cuya materia labraron las abejas: Mas ya conocemos las excelencias de esta columna, que en honra de Dios va a lucir con fuego rutilante.
El cual, aunque dividido en partes, no sufrió detrimento de su luz; pues se alimenta de líquida cera, que la madre abeja fabricó para materia de esta preciosa lámpara.
¡Oh noche verdaderamente feliz que despojó a los egipcios y enriqueció a los hebreos! Noche en que los cielos se unen con la tierra, lo divino con lo humano.
Te rogamos, pues, Señor, que este cirio consagrado en honor de tu nombre persevere ardiendo, indeficiente, para disipar las tinieblas de esta noche; y, recibido en olor de suavidad, se mezcle con las celestiales lumbreras. El lucero de la mañana lo halle encendido; aquel lucero que no tiene ocaso; aquél que, volviendo de los infiernos, alumbró sereno al humano linaje.
Te pedimos, por tanto, Señor, que te dignes regir con asidua protección, gobernar y conservarnos a nosotros, tus siervos, y a todo el clero y al devotísimo pueblo, en unión de nuestro beatísimo Papa N. y nuestro obispo N., concediendo quietud de tiempos, en estos gozos  pascuales.
Mira también a aquéllos que con potestad nos rigen y, por don de tu inefable piedad y misericordia, dirige sus pensamientos hacia la justicia y la paz, para que, después de sus fatigas en la tierra, lleguen a la patria celestial con todo tu pueblo. Por el mismo Señor nuestro Jesucristo, tu Hijo: Que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos.