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miércoles, 19 de abril de 2017

LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO SEGÚN SAN BUENAVENTURA




En cuanto a la primera visión, ha de decirse que los apóstoles contemplaron a Cristo nuestro Señor en las criaturas del mundo como Creador eminente por sus propiedades. Respecto de lo cual se dice en el libro de la Sabiduría, c.13: “Pues por la grandeza y hermosura de las cosas creadas, por razonamientos, se llega al Creador de ellas”. Lo invisible de Dios, en efecto, se conoce por las cosas que han sido hechas, por la subida, como por escala intermedia, del conocimiento de las criaturas al conocimiento de Dios, ya que, como dice San Bernardo, "la grandeza y hermosura de las cosas creadas pregonan clamorosamente la grandeza y hermosura de Dios". Cuya razón es que la sabiduría del artífice se refleja en la obra y reluce en el efecto. Por donde David canta: “Los cielos pregonan la gloria de Dios”. Y éstas son las palabras que explica e! Damasceno cuando dice: "Los cielos narran la gloria de Dios, no porque emitan voces perceptibles al oído, sino por ofrecer a nuestros ojos grandezas propias por donde nos es dado venir en conocimiento de la potencia del Creador, pues precisamente por la hermosura de las cosas creadas llegamos, de discurso en discurso, a admitir y glorificar a su hacedor, proclamándole como óptimo artista". Por eso no cabe hacer alto en la hermosura de las cosas creadas, sino que es preciso, por el contrario, pasar de la hermosura creada al Creador supremo. Proceder de otra manera sería hacer del camino término, inversión que es sumo abuso y suma perversidad.
Respecto a lo cual escribe San Agustín, De lib. arbitrio II c.16: "¡Ay de ellos! si, abandonando a ti, guía verdadero, andan vagueando por tus huellas y si, en lugar de amarte, aman tus signos sin atender a lo que están insinuando".

En cuanto a la visión segunda, hase de decir que los apóstoles contemplaron en la naturaleza asunta a Jesucristo nuestro Señor como redentor universal que resucita con cicatrices. Refiriéndose a esto, dice el Señor en San Lucas, c.24: “Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo”. Nuestro Señor Jesucristo quiso llevar a los apóstoles a la convicción de la identidad existente entre su cuerpo paciente y su cuerpo resucitado. Y para probárselo quiso, según los designios de la divina providencia, conservar en su cuerpo glorificado las cicatrices de las heridas recibidas durante su pasión. Y no sin razón: porque donde los accidentes en nuestro caso, cicatrices- continúan siendo los mismos, es preciso que sea uno mismo su sujeto de inhesión -en nuestro caso, el cuerpo de Cristo-; imposible es, en efecto, que el accidente cambie de sujeto. Y por eso fue por lo que  el Señor ponía primero a la vista las manos; donde se conservaban las cicatrices, diciendo: mirad mis manos; conclúyese después a la identidad entre el cuerpo paciente y el cuerpo resucitado al añadir: Soy yo mismo. Es decir: soy el que padeció, y no otro. Asimismo acerca de esta visión dice el Señor en San, Juan, c.20: “Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano. Y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel”, A propósito de lo cual escribe San Gregario: "Me sirvió menos María Magdalena, pronta en creer, que Tomás, pertinaz en dudar. Tomás, en efecto, dudando tocó las cicatrices y amputó de nuestro pecho la llaga de la duda, pues bienaventurados los que no vieron y creyeron ", y en cuanto a la tercera visión, los apóstoles contemplaron en propia conciencia a nuestro Señor Jesucristo como remunerador universal que reina en el cielo. Y en relación con esto dice San Mateo, c.5: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Como se ve, para ver a Dios en la propia conciencia se requiere la limpieza del corazón. Por eso San Agustín dice, De Trinitate XIV c.17: "El que se renueva en el conocimiento, en justicia y santidad verdadera, progresando en perfección de día en día, transfiere su amor de lo temporal a lo eterno, de lo carnal a lo espiritual y de lo visible a lo inteligible". A lo cual debe además añadirse que, para ver a Dios, no sólo se requiere purificarse del pecado, sino también separarse del amor mundano, teniendo presente aquello del salmo: “Vacad, y ved que el Señor es suave”. Vacad, esto es, cesad -de las obras y deseos del siglo, aquietando el alma; y ved, esto es; ved al Señor, llegando a El por el éxtasis de la contemplación...

Resultado de lo cual será ver que el Señor es mano suave, digo, a causa de la dulcedumbre de la delectación sapiencial, dulce objeto de experiencia, accesible solamente al alma, cuyo afecto está purgado de la fealdad del pecado y cuyo entendimiento está separado de las especies sensibles, fantasmas de la imaginación y razones filosóficas. Hace aquí al caso aquello de San Agustín, De Trinitate c.17: "Esta es la visión cuyo inflamado deseo arrebata al alma toda entera: tanto más ardiente cuanto más pura; tanto más pura cuanto más elevada a cosas espirituales, y tanto más elevada a cosas espirituales cuanto más muerta a cosas de la carne."
 Y, por último, la tercera parte que se nos propone en las palabras del tema se refiere a la delectación de la jocundidad interna cuando se sobreañade: Se llenaron de gozo. Donde es de saber que nadie puede experimentar el gozo de la delectación sapiencial si primero hablamos según apropiación no es iluminado por la sabiduría del Hijo, no es adoptado como hijo adoptivo por la potencia del Padre y no está lleno de las delicias del Espíritu Santo. Por eso los apóstoles y sus imitadores, a fin de que tuvieran gozo perfecto de delectación interna, se llenaron de gozo por tres motivos: primeramente por conocer la primera verdad, después por conseguir la herencia saludable y, por último, por pregustar la suavidad divina. Por lo primero, su gozo fue verdadero o tal que removía la falsedad; por lo segundo, su gozo fue perpetuo o tal que excluía el término; y por lo tercero, su gozo fue pleno o tal que satisfacía todos los deseos.

Respecto de lo primero, el motivo por el que se alegraron los apóstoles verdaderamente sin mezclar su gozo con la falsedad consiste en el conocimiento de la primera verdad. Acerca de esto dice Jeremías, c.15: “Convirtióse en gozo tu palabra y en alegría de mi corazón”. Lo cual significa que la palabra divina, una vez que ha sido creída, encierra, cuando se entiende, deleite tan maravilloso, que se torna gozo y alegría del corazón creyente, iluminado por la luz de la inteligencia. Por donde dice San Bernardo: "Nada entendemos con más agrado que aquello que creemos con la fe". Tal es el hecho, aun cuando el hombre no asienta a la primera verdad movido por la evidencia de la razón, sino a impulsos del amor, y así sucede que la razón humana no anula el mérito, sino aumenta el consuelo del corazón.
Respecto de lo segundo, el motivo por el que los apóstoles se alegraron perpetuamente, esto es, sin que su gozo admitiese término prefijado, consiste en la consecución de la herencia perdurable. Y de esto dice San Lucas, c.10: “Alegraos y saltad de gozo porque vuestros nombres están escritos en el cielo”.-A propósito de lo cual dice la Glosa: "El que por las obras que presentare, sean celestiales, sean terrenales, está señalado como con letras o caracteres, tenga por cierto que se halla eternamente grabado en la memoria de Dios." Por lo tanto, cuando los discípulos de Cristo hacen obras celestiales, su morada está ya en los cielos. Se hallan con razón adscritos al reino perdurable, cuyo recuerdo hace al alma toda entera vibrar de gozo al presente según la fe recta y la esperanza en expectativa. La razón es porque el olor de la herencia celeste lleva tras sí toda el alma al gozo, excitando en ella ansias eternas.

Y, por último, respecto de lo tercero, el motivo por el que los apóstoles se alegraron sobre esencialmente, esto es, por elevación sobre sí mismos, consiste en el complemento de todo deseo al influjo de la degustación de la suavidad divina. Y a esto se refiere Isaías, c.66, cuando dice: “Alegraos con Jerusalén de alegría todos los que con ella hicisteis duelo, para que maméis y seáis llenos de la leche de sus consolaciones; para que chupéis y abundéis en las delicias de toda su gloria”. Según esto, los que desean llegar al éxtasis de la contemplación, deben primero ejercitarse como activos en los lamentos de la penitencia, pues entonces es cuando el alma contemplativa mama la dulcedumbre de la gracia y se sacia de la leche de las consolaciones del Espíritu Santo, y en tal grado que, toda llena y toda rebosante, sube sobre todo lo humano, se eleva hasta el cielo, queda, sobrepasándose a sí misma, suspensa en lo alto y, enajenándose de sí misma, se deleita y se regocija entre transportes de interna alegría, de suerte que más parece ebria que sobria. Por donde en la Sagrada Escritura esta celestial dulcedumbre se llama a veces gusto, y a veces embriaguez. Pues bien; si por una gotita que se desliza del torrente de tan gran dulcedumbre y se derrama en el alma humana Dios produce en ella embriaguez tan perfecta, ¿cuánto más perfecta será la del cielo, donde el alma quedará totalmente embriagada y sumergida en el piélago inmenso de la felicidad infinita? Si una sola gota basta ahora, en la tierra, para derretir, endulzar y regocijar el alma tan perfectamente que no es posible expresado ni explicado, piensa cuán incomprensible será todo aquel abismo de gozo que te inundará después en el cielo. Por donde San Crisóstomo concluye: "Alegrémonos al vemos dignos de la grandeza de los dones que recibirnos ahora como viadores, y esperamos gozar después como comprensores." Pidamos, pues, etc.