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domingo, 9 de abril de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR





VIERNES SANTO (CONTINUACIÓN)

Tendría frío el Señor aquella madrugada, y sueño; la cara desfigurada de golpes y salivazos; despeinado, de los tirones que le dieron; cardenales en las mejillas, y la sangre coagulada y seca. Así apareció en público el Señor por las calles, y todos le miraban espantados y sobrecogidos. Estaba claro para todos que, tal como le habían tratado y le llevaban, no era sino para condenarle.

El rumor se extendió de prisa por toda la Ciudad, y llegó a oídos de la Virgen María. Le contaron que habían sacado a su Hijo de la cárcel, que le estaban llevando por las calles hacia el Sanedrín para juzgarle. La Virgen María escuchó aquello con el corazón partido de dolor. Salió de prisa de la casa para ver a su Hijo.
María Magdalena la siguió, y las otras mujeres, y Juan iba con ellas. En cambio, los demás apóstoles estaban desperdigados y escondidos de la gente, sin duda preocupados también de lo que sucedía con el Señor. No deja de ser sorprendente que hallándose el pueblo tan alborotado nadie molestara lo más mínimo a la Virgen nuestra Señora. Toda su cruz y su martirio fueron interiores, en el corazón, dentro del que ofrecía su Hijo  al Eterno Padre, y a sí misma se ofrecía, llena de amargura, pero obediente y enamorada.


Estaba ya el Señor como reo delante del senado judío y mandaron que lo desataran, para tomarle declaración y así pudiera responder con más libertad. Esto lo hacían con todos los reos, y también lo hicieron con el Señor, porque San Marcos señala que luego le volvieron a atar para llevarle a Pilato (15, 1).

Estando así, desatado y en presencia del Sanedrín, ya no buscaron testigos, sino que continuaron sobre lo declarado la noche antes. Le preguntaron: «Si tú eres Cristo, dínoslo» (Le 23,67). Lo mismo le habían preguntado días antes en el Templo: « ¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres Cristo, dínoslo claramente» (Jn 10,24). Y se lo dijo tan claro que le llamaron blasfemo y quisieron apedrearle; las piedras que se quedaron sin tirarle querían tirárselas ahora, y matarle, por eso le preguntaron: «Si tú eres Cristo, dínoslo claramente».

El Señor, que veía en sus corazones, respondió: Sé que «si os lo digo», porque Yo lo diga «no me vais a creer; y si intentara probároslo con la Ley y los Profetas y «os hiciera preguntas sé que no me vais a querer responder, y aún menos me vais a poner en libertad» (Lc. 22, 67-68). No merecéis la respuesta que preguntáis, porque queréis saber la verdad para condenarme por ella. Pero tampoco quiero que nadie piense que por miedo a la muerte no digo la verdad. Os vaya decir la verdad: este hombre que veis aquí, como reo, juzgado por vosotros, le veréis pronto sentado a la derecha del poder de Dios para ser vuestro Juez y el de todo el mundo.

Al oír esta respuesta, que era toda verdad, para armar mejor su acusación le dijeron: « ¿Luego tú eres Hijo de Dios?». En el modo de decirlo se notaba su burla, la mofa que hacían de Jesús, a quien consideraban un loco y un mentiroso. Soñaba ser Hijo de Dios, decía que vendría sentado sobre las nubes a la derecha de Dios..., ¡bien pronto estaría clavado en una cruz entre dos ladrones! Así, su pregunta no disimulaba su ironía: « ¿Así que tú eres Hijo de Dios?», ¿Tú, hijo de un pobre carpintero, tú, un hombre de malas costumbres comilón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores: tú, endemoniado y blasfemo, ¡tú dices que te sentarás a la derecha de Dios!? ¿Dices que te veremos venir sobre las nubes? Sí..., en el aire colgado te veremos, en medio de otros ladrones, y no en las nubes ni a la derecha de Dios como tú dices.

Se dio cuenta el Señor de la malicia de esta pregunta, y lo que pretendían con ella, pero quiso responder con la verdad y con la misma entereza que había respondido la noche antes: «Sí, Yo soy ese que vosotros decís».
Al oír la respuesta y al ver que se mantenía en lo dicho, se consultaron entre sí unos con otros y dijeron: « ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? ¡Lo podemos ser nosotros mismos que hemos oído la declaración de su boca!» Habían oído dos, cosas suficientes para darle muerte. Habían oído de Él que era Cristo, el Ungido Rey de los judíos. y también que era Hijo de Dios. Esta segunda afirmación era, según ellos, una blasfemia contra Dios por la cual debía morir. Y llamarse Rey de los judíos era un crimen de lesa majestad contra el César romano, por la cual tenía pena de cruz, según la ley romana. Con estas dos acusaciones decidieron llevar al reo a Pilato para que ejecutase él la sentencia.

Jesús, condenado a muerte, es entregado a Pilato


No confiaron este traslado de Jesús desde el Sanedrín a Pilato a tres o cuatro comisarios ni a los encargados ordinarios de la justicia, sino que «todos los jueces», ancianos, letrados y sumos sacerdotes, se levantaron irritados y enfurecidos y «le llevaron ellos mismos a Pilato» (Lc 23, 1). Lo hicieron así para asegurar más la ejecución de la sentencia, y obligar con su presencia a que Pilato se diera prisa. Así se cumplió lo que Él había dicho, que los sacerdotes principales «le habían de entregar a los gentiles», y también lo dice el libro del Éxodo: «Toda la multitud de los hijos de Israel le matará» (12, 6).

Para este trayecto desde el Sanedrín hasta el pretorio de Pilato le volvieron a atar, le ataron por las manos y el cuello, con cadenas de hierro, como era costumbre hacer cuando se entregaba un delincuente que había confesado su delito para que se ejecutase la sentencia.
Era ya completamente de día cuando trasladaron a Jesús, y el rumor de lo que pasaba se había extendido hasta el último rincón; así que había mucha más gente y el ruido y vocerío era mucho mayor. Y ya todos decían que le habían condenado a muerte porque la decisión del Sanedrín había sido unánime: «Llevaban al Señor de las manos de Caifás para entregado a las de Pilato» (18, 28), esto es lo que quiere decir San Juan: que pasaba de la jurisdicción eclesiástica a la civil.

Judas se ahorca

Quizá Judas no pensaba que este asunto fuera tan adelante, ni que la malicia de los sacerdotes fuera tanta que quisieran matar de verdad al Salvador; quizá esperaba que se contentaran con un castigo más moderado, con una pena corporal o con el destierro. Pero al ver que la noche anterior en casa de Caifás le habían condenado a muerte (Mt 27, 3), que todo el Sanedrín había confirmado luego esta sentencia, que le estaban llevando al pretorio para que Pilato la ejecutase, se desespero tarde la noche anterior.
Fue el demonio que le tenía ciego y le hizo cometer aquella traición, fue el demonio el que, ahora, le hizo ver su pecado y le llenó de inquietud y de miedo.
Ya que conocía su culpa y le pesaba haberla hecho, podía haberle dolido por amor al Señor, podía haber llorado delante de Dios, corno Pedro, podía haber ido a la Virgen María para que le alcanzara el perdón de su Hijo. Pero como hombre que siempre ha sido falso y mentiroso, que siempre se ha guiado por la hipocresía ante el Señor, en este momento no supo dar con el verdadero camino. No le dolía el haber ofendido a Dios, no deseaba enmendarse y servirle, su arrepentimiento no le llevó a una verdadera penitencia sino a la desesperación, ahogándose en su propio pecado. Le dolía por sí mismo, por haberse equivocado, porque los hombres iban a odiarle, pero no por amor a Dios.
Trató en primer lugar de deshacer la mala venta que había hecho: devolvió a los sacerdotes su dinero, corno si, por eso, ya no tuviese él la culpa del daño que sufriese el Salvador. Fue a los sacerdotes en el momento en que estaban acusando al Señor para darle muerte: «les devolvió las treinta monedas, diciendo: He pecado porque entregué a un hombre inocente» (Mt 27, 3), no quiero guardar un dinero tan mal ganado ni menos que, por él, se me eche a mí la culpa de lo que padece este hombre. Ahora vosotros no tenéis excusa de vuestra maldad si seguís diciendo que yo era su discípulo y lo entregué. ¡Mentí! Yo le conozco y he vivido con El y he hablado con Él y os aseguro y juro que este hombre es justo, ¡es santo! Si le vendí fue por mi culpa, reconozco mi pecado. Para que veáis que es cierto renuncio al dinero que me disteis, no quiero que quede en mi poder el precio de este hombre: ¡tornad vuestro dinero!