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miércoles, 12 de abril de 2017

LA PASION DEL SEÑOR


JESÚS LLEVADO ANTE PILATO

Esto dijo el Salvador a Pilato para desengañarle de su error, y también a los sacerdotes que decían que merecía la muerte por levantarse como rey frente al César de Roma. «Mi reino no es de este mundo». Tu reino sí que es de este mundo, y yo no trato de quitártelo, sino de darte el reino eterno. Esto es lo que a ti debería importarte, y lo que deberías investigar para ser fiel al César. Yo te aseguro que ningún rey de la tierra debe temer a mi reino porque, «si mi reino fuera de este mundo, Yo tendría criados y ministros» como tienen los otros reyes, y tendría soldados «los cuales lucharían por Mí para que no cayera en manos de los judíos» (In 18,36). Pero, tan lejos estoy de estas cosas que a un discípulo mío que intentó defenderme con una espada, se lo prohibí, y le amonesté por ello. No, mi remo no es de aquí.

Así tranquilizó el Señor a Pilato, por tres veces dijo que era rey, y que tenía reino, porque no podía mentir ni ocultar el que su Padre le había dado; pero otras tres veces dijo que su reino no era de aquí, con lo que le quitó el temor de que quisiera levantarse contra el Cesar e impedir que se le pagaran tributos.
«Por tanto -dijo Pilato-, aunque tu reino no sea de este mundo, ¿tú eres rey?». Y el Señor dijo: «Así es, Yo soy rey». Contestó luego el Señor a la segunda pregunta que le había hecho el juez: ¿Qué has hecho?, y dijo: «Yo nací para esto, y para esto vine al mundo: a ser testigo de la verdad», para decir y hacer siempre la verdad. No dudes de lo que te he dicho porque yo no digo más que ,la verdad, para esto nací y para esto vine al mundo, desde entonces no he hecho otra cosa más que decir y hacer la verdad. «Todos los que aman la verdad me escuchan» (Jn 18, 37). Con esta respuesta le hizo saber el motivo por el que los sacerdotes le odiaban, que no era otro que haber dicho la verdad, y ellos en cambio estaban muy lejos de ella.
«¿Y qué es la verdad?», dijo Pilato. Pero, sin esperar respuesta, se levantó y salió fuera donde estaban los sacerdotes esperando.

Parece que de esta entrevista Pilato quedó satisfecho y convencido de que Jesús no era culpable ni merecedor de la muerte que pedían. Él mismo aseguraba que no tenía reino ni lo pretendía en este mundo, y lo demostraba al comparecer sin ningún signo de realeza. Respecto a lo del otro mundo no quiso indagar ni entablar discusión con los sacerdotes y pontífices.
Tampoco ahondó sobre el tema de la verdad: el Salvador le había dicho que Él decía la verdad y que los que la amaban le escuchaban, pero, con el desdén que suelen usar los que tienen autoridad, dijo: « ¿Y qué es la verdad?», e inmediatamente se levantó sin esperar respuesta, haciéndole ver que no le preguntaba para interesarse, demostrándole que tenía más autoridad que El, y así le cortaba y le dejaba de hacer caso. O quizá fue que, pues le estaban esperando los pontífices y sacerdotes, no quiso hacerles esperar más y, estando como estaba satisfecho de las respuestas de Jesús salió a darles el resultado, y les dijo: Yo he examinado a este hombre sobre lo que le acusáis, «y no encuentro en él motivo alguno para condenarle a muerte». Y dio así testimonio de la inocencia del Salvador, y de la injusticia y apasionamiento de sus acusaciones.
Al. ver los sacerdotes lo mal que iban las cosas, y suponiendo que el Salvador había respondido a Pilato  hablando de su reino espiritual, les pareció que con aquellas mentiras había trastornado al juez y había desviado amañadamente la pregunta, y empezaron a gritar: ¡Está bien eso de que su reino no es de este mundo, y trae «alborotado a todo el pueblo enseñándolo por toda Judea, desde Galilea», donde empezó a juntar discípulos y a crear escuela. Hasta Jerusalén ha llegado su doctrina.

Quizá dijeran esto último porque hacía poco, en la Fiesta de los Ramos, toda Jerusalén se había levantado preguntando: «¿Quién es éste?».
Pero como Pilato veía el asunto tan revuelto, deseaba librarse de él. Al oír la palabra Galilea, «preguntó si aquel hombre era galileo, y al saber que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió, porque estaba en Jerusalén aquellos días» (Le 23, 6-7).


Herodes se burla de Jesús como si estuviera loco

Herodes, llamado Antipas, era tetrarca de la provincia de Galilea. Sus hermanos eran Filipo, tetrarca de Iturrera, y Arquelao, que fue tetrarca de Judea. Por eso, desde hacía tiempo, Judea estaba gobernada por procuradores, y Poncio Pilato era ya el sexto que había tenido. Los tres hermanos eran hijos de Herodes el Grande, el que mató a los inocentes de Belén al querer matar al Salvador. Herodes Antipas era, pues, el tetrarca de Galilea cuando Jesús fue preso y condenado. Este Herodes era tan deshonesto que había tomado a la mujer de su hermano Filipo, Herodías, y públicamente vivía en adulterio con ella, y porque Juan el Bautista le reprendía su vida y su escándalo le mandó matar después del baile de Salomé, por deseo de la misma Herodías. Era tan ambicioso, que por conseguir el reino de Judea, que habían quitado a su hermano Arquelao, no le importaba hacer cualquier cosa para crearse simpatías entre el pueblo judío. Quizá por esa razón vino a Jerusalén a celebrar la Pascua, y por la misma razón mandó más tarde matar a Santiago y encarceló a Pedro (Hech 12,2 ss.). Herodes estaba enemistado con Pilato porque éste, hacía poco, había dado muerte a unos galileos en el Templo mientras ofrecían un sacrificio' pero también porque si demostraba su enemistad con Pilato sabía que se granjeaba la simpatía de los judíos, aunque evidentemente no podía ser muy amigo de quien gobernaba la provincia que deseaba para él. Estos eran los monstruos que gobernaban, y en sus manos estaba la causa del Salvador.
Ante la inocencia de Jesús y la rabia de los sacerdotes, Pilato decidió tener una deferencia con Herodes, y le envió un preso tan insigne como si fuera un regalo real. Pensaba también que por ser Herodes judío entendería mejor las acusaciones que se le hacían como Rey Mesías, y podría defenderle con más conocimiento de las acusaciones. Cualquiera que fuese el motivo, Pilato deseaba desembarazarse de este caso tan enmarañado, y se comportó como un mal juez porque sabiendo la verdad no quiso defenderla. Prefirió confiar el problema a un hombre deshonesto y ambicioso.

Es de suponer que los sacerdotes y pontífices, ya que no consiguieron su intento con Pilato, se alegraran cuando Jesús fue llevado a Herodes porque sabían de él que deseaba favorecerles. Le recordarían que ese Hombre era el que persiguió su padre, teniéndole por sospechoso cuando era un niño; y le repetirían también que alborotaba el pueblo, para que hiciera con Él lo que debía, ya que lo tenía entre las manos.
De esta manera todos los tribunales y jueces que había en Jerusalén conocieron la causa de Jesús Nazareno, y su inocencia.

Corrió la voz desde el pretorio de Pilato que llevaban a Jesús al palacio de Herodes; ante esta noticia y los sacerdotes que salían, se volvió a reunir la gente para verle pasar. Iba atado como antes. Salió un recadero para avisar a Herodes de parte de Pilato. También algunos sacerdotes y poritífices se adelantaron para informar a Herodes de sus quejas; luego llegó el Salvador entre los guardias.

«Herodes se alegró enormemente de verle, porque hacía mucho tiempo que le deseaba conocer por lo que había oído decir de Él, y deseaba también verle hacer algún milagro en su presencia».
«Le hizo muchas preguntas». Le diría que se alegraba de que en su provincia, en Galilea, se hubiese criado un hombre tan insigne; le diría que hacía tiempo deseaba conocerle; que había llegado a él la fama de sus milagros y de su doctrina; le prometía interceder a su favor si le satisfacía un deseo que tenía... Le preguntó si era a Él a quien vinieron a adorar los magos de Oriente, por cuya venida se alborotó tanto su padre y toda la ciudad; le preguntó si Él era, como algunos decían, el Bautista que él había hecho matar y había resucitado (Mt 14, 2). Le preguntaba también si eran verdad todos los milagros que se decían de Él, porque si lo eran, parecía una cosa más que humana; por eso le pedía que hiciese allí algún milagro, ya que hacía tantos, y gratis, le insistía en que hiciese un milagro recordándole que él era su juez y su rey, y que en su mano estaba el librarle o entregarle a la muerte.