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sábado, 15 de abril de 2017

LA PASION DEL SEÑOR POR EL PADRE LA PALMA



SÁBADO SANTO
 vísperas de la resurrección
(FIN DEL LIBRO)
Los sacerdotes principales y los fariseos siguieron en su obstinada dureza para no creer, y permanecieron ciegos. No contentos con haber visto morir en la cruz al que odiaban sin motivo, seguían poniendo todos los medios para borrar su nombre de la memoria de los hombres.
Sin embargo, aun muerto, le temían. Los discípulos seguían escondidos por miedo a los sacerdotes, escribas y fariseos; y los fariseos, escribas y sacerdotes tenían miedo de los discípulos de Jesús. Temían que aquellos pocos discípulos, asustados, fueran a pregonar por todas partes que aquel muerto había resucitado, porque Él lo dijo, aumentando así, según ellos, sus embustes.
Los amigos se habían olvidado de la promesa de Jesús, parecían no creer en el cumplimiento de su promesa: «al tercer día resucitaré». En cambio sus enemigos se acordaban bien, y temían que fuese verdad. Y no podían permitir que eso ocurriera, que, de nuevo, todos creyeran en Él y restablecieran su título de Rey.
Ellos lo habían dicho: «No queremos que ése reine sobre nosotros» (Le 19, 14).
«Al otro día, al día siguiente a la Preparación, los sumos sacerdotes y los fariseos se reunieron ante Pilato (Mt 27, 62). No les importó para eso que fuera sábado y el día más solemne de la pascua. Solamente les preocupaba su odio contra Jesús, que no permitía dilación. Los más grandes celadores de la observancia del sábado, que se escandalizaban de que se curara a un enfermo en sábado, ahora, para calumniar a un muerto, no les importaba faltar a lo prescrito por la Ley, a eso no le llamaban quebrantar el sábado. Su odio sí que podía quebrantar el sábado, la misericordia de Jesús con los pobres y enfermos, no.
Dice el Evangelio que se presentaron «ante Pilato».
Esta vez no se preocuparon de quedar impuros, no le hicieron bajar al patio del pretorio, sino que entraron dentro. E hipócritamente le llamaron «señor», al que odiaban por ser representante de la dominación romana le llamaron señor; así pretendían adularle para conseguir su petición.
«Señor, recordamos que este impostor dijo cuando aún vivía: "Al tercer día resucitaré". Manda, pues, que quede asegurado el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos, lo roben, y digan luego al pueblo: "Resucitó entre los muertos", y la última impostura sea peor que la primera» (Mt 27,64).

Señor, las mentiras de ese hombre fueron tantas, que aun después de muerto nos preocupan. Necesitamos poner guardias en su sepulcro. Es verdad que debíamos haberlo pedido nada más ponerle allí, pero ¿quién puede acordarse de todo? Ahora, dándole vueltas al asunto, nos hemos acordado de que, mientras vivía, dijo al pueblo que había de morir crucificado, pero que al tercer día iba a resucitar. Así tenía engañado al pueblo; les hizo creer que era profeta porque les anunció con tiempo que iba a morir en la cruz, pero ya sabía él que la merecía por sus delitos; y ahora los tiene embaucados con la esperanza de que va a resucitar al tercer día. Pero pronto se desengañarán cuando vean que no resucita al tercer día.

Por esto, señor, te pedimos que mandes poner guardia en el sepulcro hasta que pase el tercer día porque no nos extrañaría que sus discípulos, para que parezca verdad su mentira, lo roben y luego digan que ha resucitado. No se atreverán a venir a decírnoslo a nosotros, pero lo irán pregonando entre la gente ignorante y lo creerán.
Es cierto que nosotros no lo creemos ni nos preocupan las habladurías del pueblo; pero no nos deja de preocupar que se extiendan esas mentiras: debemos velar por la fe y la pureza de nuestro pueblo. Fíjate, señor, que eran tantos los que le seguían mientras vivía que llegamos a temer la ruina... moral de nuestro país.
Si esto ocurría mientras estaba vivo, ¿qué ocurrirá si engañan al pueblo y todos creen que ha resucitado? El daño sería mucho peor que el de antes.
Conviene, señor, prevenir las cosas con prudencia.
Te rogamos que pongas guardia en el sepulcro porque aún estamos a tiempo de evitar este grave inconveniente.
Pilato escuchó a los sacerdotes y fariseos y se dio cuenta de que todavía le odiaban. Se sorprendió de que no les bastara con ver muerto a su enemigo, pero no quiso enemistarse con gente tan ladina y odiosa y les concedió lo que querían. Pero él también lo hizo de una manera muy sagaz y prudente.

Pilato no les negó los soldados que le pedían para que no pudieran decir, si no lo hacía, que los romanos tenían la culpa de lo que sucediese. Pero tampoco dio la orden a los soldados, así no podían decir que los había puesto de acuerdo con los discípulos de Jesús para que les impidieran robar el cuerpo. A tanto tuvo que llegar la sutileza de Pilato para no quedar enredado en la maraña de aquellos envidiosos hipócritas.
Les dijo: «Tenéis guardia, id y aseguradlo como sabéis» (Mt 27,65). Ya tenéis guardia, bastante la habéis usado para vuestros fines; hasta mis soldados os obedecen. Mandadles, vosotros sabéis hacerla mejor que yo.
Parece que Pilato quería burlarse veladamente de su crueldad, con su ironía. Y demostraba también que estaba harto de ellos y de todo aquel asunto en que le habían envuelto.

«Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia» (Mt 27,66). Ellos mismos fueron como soldados, quisieron asegurarse por sí mismos. El sepulcro no tenía más que una entrada, solamente por allí podían robar el cuerpo, y sobre la entrada estaba ya puesta una gran piedra. Sin duda rodaron la piedra, que era redonda como una piedra de molino antiguo. Era fácil de hacer correr porque estaba apoyada sobre un declive y José tapó la entrada fácilmente; pero quizá era más difícil destapar la entrada porque había que correr la piedra en sentido contrario al declive, subiéndola por él. Pero lo hicieron para asegurarse de que el cuerpo del muerto seguía allí. Luego volvieron a cerrar y «sellaron la piedra». Quizá lo hicieran con cuerdas, y poniendo en las ranuras cera con el sello del Sanedrín. Y dejaron los muchos soldados que trajeron bien distribuidos: unos junto a la puerta del sepulcro y otros alrededor, para ver al que se acercaba y prohibírselo.

No era necesaria tanta cosa por miedo a los discípulos, que ni se les había ocurrido juntarse para robar el cuerpo. Tenían miedo de ser vistos en público. Tuvo el Señor que buscados y mandados a llamar, cuando resucitó. Pero era necesario esta seguridad que pusieron los mismos judíos para que supiéramos bien a ciencia cierta que había resucitado, para que sus mismos enemigos no tuvieran motivo alguno para no creer.
Ellos mismos habían buscado sus propios testigos, los soldados, si no les creyeron luego fue sólo culpa suya; fueron los hombres que ellos mismos eligieron quienes les dijeron aquella mañana que Jesús había resucitado, no los discípulos.
¡Desdichados y miserables judíos! -dice San Atanasio-. El que rompió las cadenas de la muerte, ¿no iba a poder romper los sellos de la sepultura? Daos prisa en guardar el sepulcro, sellad la piedra, poned soldados, de esta manera engrandecéis más la maravilla de la resurrección; pusisteis centinelas que fueron testigos y pregoneros de la Resurrección del Señor.

La Virgen María espera la Resurrección de su Hijo

El día anterior la Virgen se había ido del huerto donde enterraron a su Hijo haciéndose a sí misma mucha fuerza para arrancarse de allí. Probablemente vivía durante aquellos días en casa del amigo de Jesús que le cedió el comedor para que celebraran la cena de pascua.  
Volvió aquella tarde camino de la Ciudad. Pasó de nuevo por el Calvario y se le removió el corazón de dolor con el recuerdo. Juan la acompañaba. Oscurecía; por las calles donde pasaban había su Hijo arrastrado su dolor con la cruz a cuestas; pero Juan, al darse cuenta, la llevó por otro sitio a la casa.          

Mucha gente la reconocía, al pasar, como la Madre del crucificado a quien vieron llorar al pie de la cruz. Todos seguían comentando el suceso, y unos le defendían y otros le condenaban; por eso también la llevó Juan por un camino más solitario, para que no oyera cosas que la harían sufrir.

¿Quién es ésa?, dirían. Es la madre de Jesús, y hablarían de ella. ¡Pobre madre!, dirían en voz baja. ¡Tener un hijo así...! Otros al veda se detendrían, y se sentirían obligados a decirle alguna palabra de consuelo.
Ella lo agradecía emocionada, «guardando todas estas cosas en su corazón».
Llegaron a la casa, y allí, que nadie la miraba, rompió a llorar. Vio la mesa en que había cenado Jesús con sus discípulos, y ninguno de ellos estaba allí, sólo Juan la acompañaba.
Dijo que quería retirarse a su habitación. Y se fue a llorar y a rezar a solas, puesto su corazón en Dios, en la esperanza alegre del nuevo día.
Vinieron después las otras mujeres y preguntaron por ella; Juan les dijo que estaba en su cuarto y que no la molestaran.
La Virgen, sola, esperaba. Sola en su fe, rezaba a Dios. «Dondequiera que esté el cuerpo, allí se congregarán las águilas» (Mt 24, 28). La Virgen, como un águila real, que solía levantar su vuelo a lo más Alto y mirar el Sol de hito en hito, estaba ahora abrazada al amor de este cuerpo muerto de Jesús.
Le parecía todavía ver a su Hijo, allí mismo, donde la noche antes se despidió de ella. Pasaba por su memoria todo aquel día de dolor, yendo y viniendo con Él a los tribunales, la presencia de su Hijo cuando Pilato le presentó al pueblo azotado, coronado de espinas, sangrando; vio la mirada de su Hijo en aquel encuentro camino del Calvario, las largas horas viéndole morir al pie de la cruz. Se repetía a sí misma la admiración por su silencio, su obediencia al Padre Eterno, su amor a los hombres, y todo lo repetía admitiéndolo y grabándolo en su corazón. Recordaba todas aquellas cosas extasiadas, le venía a la memoria cada detalle, y lo valoraba como se valora un tesoro, porque aquél era realmente su Tesoro.  
No podía hacer otra cosa si aquel era su Amor: oía sus gemidos en la cruz, le llegaba aún el eco de sus divinas palabras, y sus lágrimas y su sangre parecía que le quemaban el corazón. Sus manos y sus pies heridos cuando le bajaron de la cruz, ¡cómo deseaba abrazarle de nuevo! ¡Pronto! Cuánto tardaban las horas en pasar.
Veía cómo se llevaron sus amigos aquel cuerpo muerto, y pedía con lágrimas al Eterno Padre que lo resucitara. Sabía de su Hijo la seguridad que tenía en su Padre Dios, una vez había dicho: «Padre, Yo sé que Tú siempre me escuchas» (Jn 11, 42), creía sin el menor resquicio de duda que Jesús iba a resucitar, y su alma perdía el dolor y se alegraba en la esperanza de ver pronto a su Hijo vivo, y de abrazarle. Se llenaba de alegría imaginándose ya al Hijo resucitado.
Pero luego pensaba en los discípulos de su Hijo que habían huido, y se preocupaba por ellos, deseaba tenerlos cerca, deseaba que estuvieran presentes con ella a la Resurrección de Jesús.
Pasó la noche, y al día siguiente, sábado, decidió resolver su preocupación de la noche anterior y, con maternal solicitud, habló a sus amigas, seguidoras de Jesús.
Algunas, como sabemos eran madres de los apóstoles de Jesús: Salomé, madre de Santiago; María, madre de Santiago el menor y de José, que era discípulo, y estaba también allí la madre de Simón y de Judas Tadeo, que quizá fuera la misma María. Habló con ellas, que como madres, también sentían con la Virgen la cobardía de sus hijos. Decidieron buscarles y encontrarles. ¿Dónde estarían? Quizá Juan lo supiera, quizá la Virgen supiera dónde estaba Pedro, pues había ido a ella para pedirle perdón.
Todos volvieron a su Madre. Podían estar contentos y agradecidos de que fuera su Madre quien intercedía por ellos, y se había preocupado de buscarles. Se sentían avergonzados y le rogaron que perdonara su cobardía, que hablara bien de ellos a Jesús, para que también les perdonara. Su Madre empezó a hablar de otra cosa y les abrazó como a su Hijo.
Ni los apóstoles ni los discípulos terminaban de creer en la Resurrección de Jesús. Pero la Virgen, que les vio tan débiles y asustados, intentó animarles y hacerles creer. No podía ver que los hombres que su Hijo había elegido para la conquista del mundo estuvieran tan acobardados y sin fe. Sabía la Virgen María que su Hijo los amaba, le habían contado que la noche del jueves mandó a los que venían a prenderle que les dejaran ir sin molestarles, y, además, había sido nombrada Madre de ellos. Ya les quería hacía tiempo, algunos incluso eran parientes suyos, [cómo no les iba a querer y tanto! Mientras el Señor no resucitara, ella era la encargada de esta familia. Ella tenía que proteger con su fe y su esperanza, con el amor de su Hijo, esta naciente Iglesia, débil, asustada. Nació así la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre.
Pasaron todos el sábado junto a la Virgen María, «descansaron según la Ley» (Le 23,56). Todos querrían saber cómo habían ocurrido las cosas desde que ellos le abandonaron huyendo. Y ella se lo contaría, les diría cómo su Hijo había sido afrentado y azotado por ellos, cómo había muerto por su amor, y, para animarles a creer, les diría que toda la gente se marchó del Calvario arrepentida, golpeándose el pecho, cómo el centurión romano lo llamó Hijo de Dios en voz alta, les recordó que, mañana, iba a resucitar. Pero ellos no acababan de creer, aunque no dijeran nada para no herirla. La Virgen María se había como olvidado de su pena para acudir a la necesidad de los apóstoles, quería que no fueran débiles, que no tuvieran ya miedo, y les insistía: ¡Mi Hijo lo ha dicho, «al tercer día resucitaré»! Aun con todo, ellos no acaban de creer. Ella era la única luz encendida sobre la tierra, nuestra esperanza, en quien había nacido la Sabiduría. Madre sin temor, amable, del buen consejo, prudente. Ella era la Virgen fuerte y fiel. Nuestra alegría. El refugio de los pecadores que no acaban de creer.

La Estrella de la mañana, radiante de alegría, vio cómo aquellas mujeres iban camino del sepulcro, aún muy «de madrugada, cuando todavía estaba oscuro» (Jn 20, 1).
Con esa solicitud de un alma amante, con ese deseo de darle los últimos auxilios al que ya no estaba en el sepulcro. Almas amantes cuyo ejemplo de amor al señor no encuentra emulantes hoy por hoy porque la caridad ha alcanzado niveles tan bajos que se han olvidado de la máxima divina: “Amaos los unos a los otros, ejemplo os he dado” porque el amor es diligente, odia la pereza, odia a los presuntuosos y los sabios de este siglo como ya se ha visto a lo largo de las páginas de la pasión y se da plenamente a los humildes de corazón muestras de esta gran verdad también se vieron y quedaron como para ejemplo nuestro. Pero el hombre de hoy ya no quiere ser humilde, sencillo y simple en su persona y ama lo condenado por el Señor, las cosas de ese siglo y sino odia el sacrificio lo acepta de mala gana como una molestia que debe evitarse de se posible y pocos muy pocos realmente entienden la misión sublime del Redentor del genero humano quien dio su vida por nosotros.
Hoy muchos rezan por la paz, pero,  ¿A qué paz se refieren? Ciertamentente no a la de DIOS SINO A LA DEL HOMBRE ¿Cuánto puede durar esta? Lo que tarda el humo al ser disuelto por el viento, nada. Otros se la piden a Dios, pero no dejan de ofenderle con sus pecados, aberraciones y diría aun mas con sus obsesiones en el error respecto a la ÚNICA VERDAD, en fin son pocos los que piden la verdadera Paz como Dios lo quiere, pero ello no basta para impedir el castigo.
Los bienaventurados en el cielo lo piden, este gran castigo recordemos lo escrito en el apocalipsis de San Juan, la humanidad lo necesita para purificarla de todo lo que ofende a Dios, por desgracia son muchísimos y lo piden las almas que aun le aman con corazón recto y sin doblez porque sienten perderse en este mundo descristianizado.
No hay quien pueda impedir el castigo que se cierne sobre la humanidad, nadie. Este ciertamente vendrá y hará su primera limpieza, pero, como dijo nuestra Señora en Fátima en 1917, no será el fin.