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jueves, 13 de abril de 2017

GOTITA DE SANGRE.


N. B. En mis siete años como capellán de las hermanas de la Fraternidad escribí, con la gracia de Dios este pequeño cuento sobre la pasión de Nuestro Señor Jesucristo, espero les guste. R. P. Arturo Vargas Meza


En mi país existe un pajarillo de una singular rareza, su tamaño es como el de un gorrión, de color  rojo oscuro semejante a una gota de sangre y su copete de color negro. Tiene un trino suave. Esta especie parece estar en extinción pues solamente he visto unos quince o veinte de ellos en mi vida. Cuando por primera vez lo vi, lo observé por un largo rato pensando: "Cuán grande es la sabiduría divina al crear estas insignificantes avecillas para mostrarnos que, por medio de ellas, podemos llegar al conocimiento de su existencia. Pero ¿por qué Dios N.S. le dio ese color y no otro? ¿Quieres saber por qué? Ármate de paciencia y lee en estas pocas páginas la razón de su color rojo oscuro y su copete negro.
     Era la última Pascua que Jesús pasaría con sus discípulos en Jerusalén. El jueves santo Jesús se trasladó de Betania a Jerusalén; por el camino sus discípulos le preguntaron dónde le gustaría que dispusieran lo necesario para la cena, Jesús les dio las instrucciones pertinentes y ellos se adelantaron para cumplirlas. Los últimos rayos del sol iluminaban  el cielo azul de aquella región dándole un color rojizo, varias parvadas de pájaros surcaban el cielo buscando refugio pues la noche se acercaba. Una de esas bandadas cruzó el camino por donde iba Jesús con sus discípulos; a uno de ellos, de color café oscuro se le conmovió el corazón de compasión al mirar a Jesús tranquilo, sereno, pero con una profunda tristeza. Detuvo su vuelo posándose en uno de los tantos arbustos que rodeaban el camino; uno de sus compañeros, al ver cómo se separaba de ellos, lo siguió hasta donde estaba.
--- ¿Por qué te has apartado de nosotros? Pronto caerá la noche, el contesto:
--- He detenido mi vuelo porque ese hombre de blanco llamó poderosamente mi atención.
---  No sé qué miras en él; además, de ellos debemos cuidarnos, como lo sabes.
--- Lo sé; pero Él es muy diferente a todos, es incapaz de hacernos daño o desearnos mal alguno.
--- ¿Por qué estás tan seguro?
--- Su rostro sereno y apacible refleja una gran bondad; sin embargo percibo en él un gran dolor y una profunda tristeza que oprime su bondadosísimo corazón; quisiera saber la causa y no pienso dejarlo solo.
--- Bueno haz como quieras. Y sin reflexionar en todo cuanto le dijo su compañero emprendió el vuelo. En ese momento Jesús pasó cerca de él, le miró y agradeció su gesto de compasión; él se estremeció profundamente  ante su dulce y serena mirada. Desde ese momento quedó más íntimamente unido a Él, le siguió; pero lo perdió de vista cuando entró al cenáculo con sus discípulos. Volando de un lado a otro, con suma inquietud le buscaba hasta que por fin lo vio en la primera planta de la casa; se acercó a una de las ventanas del cenáculo y pacientemente esperó.
La disposición del cenáculo era al estilo romano, es decir, en el centro estaba una mesa baja y en tres de sus lados unos lechos a modo de divanes casi al ras del suelo quedando un lado vacío para el servicio. La voz de Jesús llegaba claramente a los oídos del pájaro; con sus ojitos muy abiertos seguía cada uno de sus movimientos. Veía cómo, conforme pasaban los minutos, la aflicción poco a poco anegaba cada vez más su santísimo corazón sumergiéndolo en un mar sin fondo de amargura. Con palabras y gestos buscaba quien entre sus discípulos lo consolara pero ellos también estaban tristes y soñolientos; esta incomprensión aumentaba su amargura. La pobre avecilla nada podía hacer para consolarlo, con todo se decía a si mismo:
 ----Quisiera ser uno de ellos para derramar, en su afligido corazón, algunas palabras alentadoras.
Presenció el lavatorio de los pies, la traición de Judas, la institución de la Santa Eucaristía y las sentidísimas palabras de su último sermón. Después se dirigió al Huerto de los Olivos. Salieron de la ciudad y bajaron por el valle hondo y sombrío; en lo más profundo de él pasaba un arroyo llamado Torrente Cedrón. Del otro lado de este arroyo, en la falda del monte de los olivos, se hallaba el huerto de Getsemaní o Huero de los Olivos a donde Jesús solía ir  con mucha frecuencia por ser un lugar solitario y apartado. Una vez ahí dejó a sus discípulos y se retiro a orar. El pájaro buscó un lugar cercano para mirar todo. Desde ese allí vio cómo se apoderó de Jesús un gran temor, un gran desaliento y una inmensa tristeza. Tanto el temor como el desaliento y la tristeza oprimían su corazón causándole una congoja mortal. El pájaro, muy preocupado y sumamente consternado, veía cómo sufría sin poder mitigar un poco su dolor.
Jesús se arrodilló en el suelo desnudo orando unos instantes. Luego se levanto y fue hacia sus discípulos a quienes hallo dormidos. Volvió al mismo sitio orando de nuevo, por segunda vez interrumpió su oración y se dirigió de nuevo a sus discípulos encontrándolos dormidos con sentidas palabras, les reprochó su actitud:
---- Pedro ¿No pudiste velar una hora conmigo? Velad y orad para que no entréis en tentación, porque el espíritu está pronto pero la carne es flaca.
Después retornó al lugar, elevando por tercera vez su plegaria, más larga y fervorosa que las anteriores. Fue tan intensa que, por los poros de su santísimo cuerpo, sudó sangre que corría hasta el suelo mojándolo con ella. Los ojitos del pequeño pájaro se llenaron de lágrimas y su corazoncito se estremeció al mirar la sangre de Jesús y con voz entrecortada preguntó:
---- Señor ¿cuáles son las causas de semejante dolor?
Jesús, con una gran mansedumbre, contestó:
---- ¡Oh, pequeña y compasiva criatura! Son muchas las causas de mi inmenso dolor; pero te diré algunas: es tan grande mi amor por mi Padre Eterno que mi gran deseo es que también los hombres lo amen. Mas, por desgracia, son muy pocos los que lo aman y muchos los que lo odian y le ofenden. ¡Si se dieran cuenta de su gran bondad y paternidad ciertamente no le ofenderían tanto y le amarían mucho! Pero no se dan cuenta y por eso siento un entrañable dolor al verlo relegado, olvidado e incluso ofendido. Mi Padre y Yo creamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y él, como agradecimiento, se enemistó con nosotros y eso me duele mucho porque no sabe el gran mal que a sí mismo se ha hecho al no tener, para siempre, mi gloriosa visita y compañía. No soporté verle enemistado y condenado para siempre y, compadeciéndome de su infortunio, tomé sobre Mí todos sus pecados para satisfacer  la Justicia de mi Padre y pagar la deuda que él había contraído y, no sólo salí fiador de los pecados ajenos, sino que los he tomado como propios. Mi congoja crece aún más al ver su ingratitud y su pésima correspondencia a mi amor; pero no todos serán ingratos algunos para conseguir el fruto de la redención, sufrirán mucho pues veo sus tentaciones, luchas, ayunos, vigilias, penitencias, cansancios, trabajos, persecuciones, deshonras, dolores y martirios. Todo lo siento como mío. Ahora entiendes parte de mi tristeza, pavor.
--- Sí, amado Señor mío.
El Padre Eterno escuchó, con solicitud paternal, la suplica de su amado Hijo y, si bien no apartó el cáliz de dolor, sí le consoló enviándole un Ángel quien lo reconfortó y lo animó. Al terminar su oración se retiró del huerto.

Quienes esto lean por favor recen un Padre Nuestro por quien fue mi correctora desde el punto de vista literario: Teresa Unía profesora de literatura en la Universidad de Córdoba Argentina.