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viernes, 14 de abril de 2017

CUENTO SOBRE LA PASIÓN.



GOTITA DE SANGRE (CONTINUACIÓN)

El pajarito bajo al lugar donde Jesús derramó su preciocísima sangre; inclinó su cabecita en señal de adoración y, con su pico, revolvió esa tierra impregnada de sangre. Sus ojitos estaban cargados de sueño y cansado, dobló sus patitas quedándose dormido en ese bendito lugar donde se realizó la segunda efusión de sangre del Salvador. Al amanecer emprendió el vuelo en busca de Jesús. Se dirigió a la casa de Caifás, pero no estaba ahí; fue al templo y no lo encontró; cansado y triste preguntó a uno de sus compañeros:
--- ¿No has visto a un hombre de tés trigueña vestido con una túnica blanca?
---- He visto muchos hombres gritando como locos en la casa del procurador y nunca he tenido tanto miedo como el de esta mañana. Presiento que algo muy grave va a suceder: ¡No pensarás ir a ese lugar! Bien sabes que en todo momento debemos temer al hombre porque, sin Dios, es malo y perverso, siempre nos espía para matarnos o nos pone trampas para atraparnos y vendernos. Y en este día los veo como endemoniados.
--- No me interesa eso; quiero encontrar a Jesús de quien me consta que es bueno e inocente. Además, es mi Dios y creador.
--- ¿Y cómo lo sabes?
--- Ayer por la noche, mientras oraba allá en el huerto de los olivos, escuché que lo llamaba "Padre mío" a Dios con una confianza filial poco común entre los hombres cuando se dirigen a Dios y vi cómo un ángel bajó del cielo para consolarlo. Ahí supe que Él es el Hijo de Dios.
Su compañero movió la cabecita como dudando de la veracidad de sus palabras.
--- Por lo visto no me crees.
--- La mera verdad no, quizá no pasaste muy bien la noche; por qué no descansas un poco.
--- No me importa que no me creas; gracias por tu información.
Se dirigió sin demora al palacio de Poncio Pilato. La gente, reunida en el palacio, vociferaba pidiendo la muerte de Jesús, mas a Él no se le veía entre ellos.
Las carcajadas y el alboroto provenientes del interior del palacio le facilitaron la búsqueda. Voló al lugar de donde procedía tal alboroto, se puso en un rincón seguro por temor a esa chusma que, tan entretenida en su maldad, no notaron su presencia. Miró unos instantes a Jesús y con gran indignación exclamo:
--- ¡Pobre, Jesús mío, cómo se han atrevido a poner sus malvadas manos sobre ti, despojándote de tus vestiduras y exponiendo tu purísimo cuerpo a las burlas y sarcasmos de esta plebe infame, salvaje y endemoniada!
Una vez despojado de sus vestiduras lo ataron, con violencia inaudita, a una columna con la intención de flagelarlo según la orden del procurador.
La flagelación era uno de los crueles suplicios usados por los romanos. Los instrumentos utilizados para tan cruel suplicio eran varios: el Flagelum o látigo que se componía de tres correas de cuero sujetas a un palo corto; las Virgas que eran varas flexibles de cualquier árbol; los Fustes o simples correas de cuero y, finalmente, el Flagrum o látigo de correas guarnecidas de volitas de plomo, de huesecillos o de puntas de hierro llamadas escorpiones. De todos, este último era el más inhumano pues penetraba en el cuerpo de la víctima desgarrándolo.
Amarrado a la columna esperó pacientemente a sus despiadados verdugos quienes no tardaron en presentarse llevando en sus manos los instrumentos antes mencionados. El pobre e impotente pajarillo sintió que un escalofrío recorría su pequeño cuerpo al pensar en el daño que le causarían a Jesús los verdugos, exclamó:
--- ¡Por caridad, no lo hagan! ¿No les basta con quitarle sus vestiduras? ¿por qué quieren flagelarlo? ¿qué mal les ha hecho para que le paguen con este denigrante castigo?
Nadie lo escuchó. Los verdugos iniciaron su ingrato trabajo golpeando el purísimo cuerpo de Jesús con tal precisión que no golpearon dos veces en el mismo lugar dejando muy amoratado su santísimo cuerpo, luego emplearon el Flagelum magullando su purísima humanidad, finalmente desgarraron su cuerpo con el Flagrum. La sangre corrió hasta el suelo empapándolo completamente.
La plebe, que lo rodeaba, al ver la sangre de Jesús pedía a los verdugos prolongaran más tiempo el castigo.
Todo lo soportó Jesús sin la más leve queja o gesto de dolor y sin pedir clemencia a sus verdugos quienes, asombrados por el silencio de la víctima inmaculada, se alejaron del lugar sin proferir palabra. El pájaro, desconcertado ante la actitud callada y sufrida del divino maestro y la ferocidad de los verdugos, dijo:
--- Si mi Jesús no les pide clemencia yo sí se las imploro ¡Oh, hombres, tengan compasión de Él! Miren cómo lo han dejado, bien veo que no hay parte de su cuerpo donde no lo hayan dejado.