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martes, 21 de marzo de 2017

UT NOS CREDIDIMUS CARITATE



¡TU IRAS A ROMA!

Yo no veía clara mi ida a Roma, diría más tarde Monseñor Lefebvre, no era un gran intelectual y  debía estudiar los cursos en latín… Ir hasta allá, y luego la Universidad Gregoriana y pasar exámenes difíciles. Hubiera preferido quedarme, como los seminaristas de mi diócesis, en el Seminario de Lille y convertirme en un simple párroco rural. Así me veía, siendo como un padre, el padre espiritual de una población a la cual uno se consagra para inculcarles la fe y las costumbres cristianas. Ese era mi ideal.
_Me gustaría quedarme en la diócesis, le dijo Marcel a su padre, y puesto que quiero trabajar en la diócesis, no vale la pena que me vaya a Roma.
_ ¡No, no, no! Tú iras con tu hermano. Tú hermano esta en Roma, así que tu iras con tu hermano; de ninguna manera te vas a quedar aquí, en la diócesis; además la diócesis…
Don René ya desconfiaba un poco, y por eso resolvió una vez más; “No no, Roma, será mejor.
“Así es como la providencia ha guiado mi vida, a cusa de la guerra. De no haber estallado la guerra, es evidente que mi hermano no hubiera hecho sus estudios en Versalles; habría entrado directamente con los misioneros, ya que sentía una vocación misionera. Pero en Versalles estaba el Padre Collin, que lo oriento Asia Roma...Si no, yo mismo hubiera ingresado en el Seminario de Lille, nunca habría ido a Roma; y eso habría cambiado completamente mi existencia, decía Monseñor.”
“¡Tú iras a Roma!” fue la decisión tajante del Sr. Lefebvre había sido tomada. Marcel no intento discutirla, por respeto a su padre; en su casa, el Sr. Lefebvre era la cabeza pensante. Era un hombre de principios, lucido sobre el liberalismo que infestaba muchos seminarios de Francia y resuelto a confiar a Marcel, con el permiso del Obispo de Lille, Mons. Hector Quilliet, en las segundas manos del Padre Le Floch.

EL DESMANTELEMIENTO DE UN BASTION.

Lille había sido siempre un bastión de la catolicidad romana. Cuando en 1875 Philibret Vrau, hilador de Lille, presento a Pio IX su proyecto de establecer una Universidad Católica, explico al sumo Pontífice: “Nuestra única meta es crear en establecimiento que, inspirándose en las sanas doctrinas de la Iglesia y particularmente en las enseñanzas de su Santidad contenidas en el Sillabus, impregne todas las materias de la enseñanza de los verdaderos principios de la fe.”
Bajo León XIII, los patronos del norte, católicos y monárquicos, apoyados por “La Croix du Nort” y la “Semaine religieusede Cambrai” del canónico Delassus, combatieron a los sacerdotes demócratas Lemire, Six y Bataille (este último había fundado en Roubais en 1893, el primer sindicato obrero cristiano). Pero esos sacerdotes pronto se sintieron confortados por la política de “Ralliment”(adhesión) a la República, solicitada por el Papa. “le Sillon” (Sus principales errores; Pretende sustraerse a la autoridad de la Iglesia: primer error; Pretende nivelar todas las clases: segundo error;  Sus ideas brillantes en lenguaje vago y equívoco, y la necesidad de juzgarlas. Sus puntos esenciales en particular; 1. La dignidad humana mal entendida: a) por entender una emancipación política, económica e intelectual desmedida;  b) por reclamar un desproporcionado y desordenado poder político, económico y mora del individuo. Para una mayor comprensión de este movimiento consultar la Encíclica Nostre Charge Apostolique de San Pio X)  (Fundado 1873 Por Marc Sagnier quien (periodista y político francés)  recluto adeptos entre el clero joven que había seguido es política y en los ambientes innovadores de las facultades catolicas (Eugene Durtoit, el Padre Thellier de Poncheville). Durante el pontificado de S.S. San Pio X “Le Sillon” fue condenado (1910) y, para seguir de cerca el combate antiliberal se suprimió la Diócesis de Cambray y en su lugar se erigió la de Lille el 25 de octubre de 1913. Al recibir a su clero, Monseñor Charost, saludo a la “ciudad de Lille, que se ilumina por el sol de la verdad integra y rechaza con toda la tenacidad con la cual Dios ha adornado nuestra raza flamenca, el espejismo del falso y decepcionante liberalismo.
Pero la llegada de Benedicto XV estuvo acompañada de un regreso de perniciosas influencias; Monseñor Dellasus se retiro y se habilito a los Padres Six, y Eugene Duthoit; el primero quedo a cargo de las obras sociales de la diócesis y el otro se hizo cargo de los secretariados del norte. En 1919 Monseñor Charost autorizaba a un párroco de Roubaix, el Padre Debussche,  a promover sindicatos cristianos, porque no se veian otros medios para contrarrestar la acción revolucionaria de la Confederación Nacional del Trabajo.
René Lefebvre deploraba esta nueva orientación liberal; seguía aferrado al principio corporativo y simpatizaba con la Liga de la Acción Francesa, que captaba muchos miembros en los ambientes. No se adhirió, sin embargo, al Comercio de la Industria Textil ni aprobó sus métodos de reducción brutal de salarios, que provocaron huelgas casi insurreccionales de 1919 a 1921, en especial en las fabricas de Turcoing, Eugéne  Mathon, presidente del consorcio, presento una denuncia en Roma contra los sindicatos obreros cristianos, a los que acusaba de “participación en la lucha de clases”. René Lefebvre también era de la misma opinión, pero se quedo al margen de ese debate, en las cual ambas partes estaban equivocadas.
En esa misma línea de conducta, decidió alejar a su hijo menor de la atmosfera liberal que se introducía también en los seminarios de la diócesis, y ubicar a Marcel en un clima de serenidad y de seguridad doctrinal de Roma, del que disfrutaba su hijo mayor. Monseñor Quilliet, que intentaba mantener la diócesis en su antigua fidelidad al magisterio pontificio, accedió al pedido del industrial y no pudo menos que recomendarle a Marcel que se hiciera bien romano.

SEMINARISTA EN ROMA.

Bajo la egida del Espíritu Santo y del Corazón Inmaculado de María
El ingreso en Santa Chiara, 25 de octubre 1923.
Pese a la ausencia de su hermano, que estaba cumpliendo con su servicio militar y de Robert Leupoutre que había ingresado en el seminario de Annapes, Marcel Lefebvreviajo en compañía de de sus compañeros de colegio, Andre Frys y Georges Leclercq. Al acercarse a Roma, todos se arrimaban a las ventanillas del tren para divisar la cúpula de San Pedro: “¿Sabia Marcel que le tocaría a  el escribir una página de la historia de esa ciudad a la que, como Dios llamamos eterna”?
EN La Vía Santa Chiara nuestros neófitos, introducidos por su ángel de la guarda Henri Fockedey, encontraron frente a la entrada una Virgen de mármol, inclinada y dulce: “Tutela domus” imitando a su ángel, Marcel se arrodillo, algo titubeante, ante esa Señora a la que aprendería a conocer mejor: no salía ni se entraba nunca sin honrarla con un saludo al que ella no dejaba de corresponder, luego Marcel, precedido de su mentor, tomo posesión de su habitación. Posesión era mucho decir, puesto que Vivian de a dos: las habitaciones habían sido duplicadas para dar alojo a 220 seminaristas de diferentes regiones y batallones; seminaristas diocesanos, “escolásticos” espirítanos, “canónicos” de Saint Maurice en Valais, etc. Así pues, Marcel compartió su habitación con Georges Picquenard, un año mayor que él, de la diócesis de Leval.
Macel iba y venía por los cuatro pisos del armonioso edificio cuadrado, desde la terraza, dominaba la loggia (en la que aprendió a orientarse en el bosque de cúpulas de la ciudad), hasta el sombrío claustro, bordeado por una hermosa columnata de granito rosa que rodeaba un patio interior, fresco y colorido, en cuyo centro, sobre una fuente inagotable, el Señor mostraba su Sagrado Corazón: In die illa eritfons patens. Al lado de la capilla, corazón de la casa, reunía a los seminaristas en la estrechez de su coro, junto al sencillo altar de mármol blanco y del Corazón Inmaculado de María, refugio de los pecadores.
En el corazón de la Ciudad Eterna
Al día siguiente de su llegada, lo dedico íntegramente a familiarizarse con la ciudad. Los seminaristas fueron a San Pedro, y se encontraron con la majestuosidad misma del edificio, con la decoración y las obras de arte, con los textos fundamentales que adornan el gran friso dorado de las naves de la cúpula, un verdadero tratado De Romano Pontifice.
Encarecidamente recomendamos al lector leer la Carta Notre Charge Apostolique, DONDE San Pio X condena a al movimiento Le Sillon, el texto esta copiado íntegramente de los apuntes de Monseñor Marcel Lefebvre, cuando impartió las clases del Magisterio de la Iglesia en el Seminario de Eccone Suiza allá por los años 1979- 1980
CAPITULO 3

Seminarista en Roma (1923-1930)

Bajo la égida del Espíritu Santo y del Corazón
Inmaculado de María

El ingreso en Santa Chiara, 25 de octubre de 1923

Pese a la ausencia de su hermano, que estaba cumpliendo el servicio militar, y de Robert Lepoutre, que había ingresado en el Seminario de Annapes, Marcel Lefebvre viajó con alegría en compañía de sus compañeros del colegio, André Frys y Georges Leclercq. Al acercarse a Roma, todos se arrimaban a las ventanillas del tren para divisar la cúpula de San Pedro: «¡Ahí estál» ¿Sabía Marcel que le tocaría a él escribir una página (¡y qué página ... !) de la historia de esa Ciudad a la que, como a Dios, llamamos Eterna?.
En la Vía Santa Chiara nuestros neófitos, introducidos por su «ángel de la guarda» Henri Fockedey, encontraron frente a la entrada una Virgen de mármol, inclinada y dulce: Tutela domus. Imitando a su ángel, Marcel se arrodilló, algo balbuceante, ante esa Señora a la que aprendería a conocer mejor: no se salía ni se entraba nunca sin honrada con un saludo al que ella no dejaba de corresponder. Luego, Marcel, precedido de su menor, tomó posesión de su habitación. Posesión era mucho decir, puesto que vivían de a dos: las habitaciones habían sido «duplicadas»? para alojar a los casi 220 seminaristas de diferentes regiones y «batallones»: seminaristas diocesanos, escolásticos»" espirítanos, «canónigos» de Saint-Mau- rice-en-Valais, etc. Así pues, el joven Lefebvre tuvo que compartir su habitación con Georges Picquenard, un año mayor que él, la Diócesis    de Lavalde de  Marcel iba y venía por los cuatro pisos del armonioso cuadrilátero, desde la terraza, denominada loggia (en la que aprendió orientarse en el bosque de cúpulas de la Ciudad), hasta el sombrío claustro, bordeado por una hermosa columnata de granito rosaque rodeaba un patio interior, fresco y colorido, en cuyo centro, sobre una fuente inagotable, el Señor mostraba su Sagrado Corazón: In die illa erit fons patens, Al lado, la capilla, corazón de la casa, reunía a los seminaristas en la estrechez de su coro, junto al sencillo altar de mármol blanco y del Corazón Inmaculado de María, refugio de los pecadores".


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