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jueves, 30 de marzo de 2017

UT NOS CREDIDIMUS CARITATE. VIDA DE MONS. LEFEBVRE


Una revelación


Las expresiones de gratitud, veneración y afecto hacia su Superior romano lloverán a menudo en las palabras de Monseñor Lefebvre durante sus sermones o conferencias espirituales. Así, en el sermón de su jubileo sacerdotal, el 23 de septiembre de 1979, se complacerá en evocar «la elevada dirección del querido y venerado Padre Le Floch, Padre amado, Padre que nos enseñó a ver claro en los acontecimientos de la época, comentándonos las encíclicas de los Papas."
«Jamás agradeceré lo bastante a Dios -decía- haberme permitido conocer a ese hombre realmente extraordinario».
Monseñor Lefebvre decía que las enseñanzas del Padre Le Floch fueron para él una «revelación»:
Fue él quien nos enseñó lo que eran los Papas en el mundo y en la Iglesia, y lo que habían enseñado durante un siglo y medio: el antiliberalismo, el antimodernismo, el anticomunismo y toda la doctrina de la Iglesia sobre estos temas. Nos hizo comprender y vivir realmente este combate emprendido por los Papas con absoluta continuidad para preservar al mundo y a la Iglesia de esas plagas que hoy nos oprimen. Eso fue para mí una revelación.
¿En qué fue una revelación? El antiguo alumno del colegio de Tourcoing nos lo explicaba claramente: Durante mis estudios no había entendido antes lo que está en juego en este combate de la Iglesia por la Iglesia y por la Cristiandad". Recuerdo [...] haber llegado al Seminario con ideas equivocadas que fui corrigiendo durante mi Seminario. Yo creía, por ejemplo, que era excelente que el Estado estuviese separado de la Iglesia. ¡Sí, yo era liberal! Esa confesión desencadenó, evidentemente, la risa de sus oyentes, los seminaristas de Écone: ¡Monseñor Lefebvre había sido liberal! Y ¿cómo ocurrió su conversión intelectual? Simplemente, decía, escuchaba las conversaciones de mis compañeros mayores. Escuchaba sus reacciones y, sobre todo, lo que mis profesores y mi superior me enseñaban. Y me di cuenta de que, en efecto, tenía muchas ideas falsas. [ ... ] Me sentía feliz de poder aprender la verdad, me sentía feliz de comprender que estaba equivocado, que tenía que cambiar mi manera de concebir ciertas cosas, y eso sobre todo estudiando las en cíclicas de los Papas que nos mostraban precisamente todos los errores modernos: esas magníficas encíclicas de todos los Papas hasta San Pío X y el Papa Pío XI.
Para mí -insistía-, fue una revelación total. Y así iba naciendo poco a poco en nosotros el deseo de conformar nuestro juicio con el de los Papas. Nos preguntábamos: ¿C6mo juzgaron los Papas los acontecimientos, las ideas, los hombres, las cosas de su tiempo? Y el Padre Le Floch nos mostraba" las ideas directivas de esos Papas en sus encíclicas: siempre las mismas, exactamente las mismas. Eso nos enseñó [...] cómo había que juzgar la historia [...], y eso es lo que se nos quedó grabado",
«Tal como juzgaron los Papas»: la preocupación constante de Monseñor Lefebvre sería la de inscribirse en la continuidad de juicio de los Papas y no tener ninguna idea personal, sino ser simplemente fiel a la «verdad de la Iglesia, la que siempre Ella ha enseñado» Vivimos siempre en estado de cruzada Ahora bien, la Iglesia siempre había enseñado a la vez que combatía.
El Padre Le Floch -decía Monseñor Lefebvre-, nos hizo entrar y vivir en la historia de la Iglesia, en ese combate que las fuerzas perversas sostenían contra Nuestro Señor. Eso nos movilizó contra este funesto liberalismo, contra la Revolución y las potestades del mal que trabajan para derribar la Iglesia, el reino de Nuestro Señor, los Estados católicos y la cristiandad entera.
La mayor parte de los seminaristas abrazaban ese combate, y los demás no se quedaban, explicaba también Monseñor Lefebvre: «Tuvimos que elegir: o dejar el seminario si no estábamos de acuerdo, o continuar y entrar en el combate-F. Pero entrar en ese combate significaba comprometerse de por vida: «Creo que toda nuestra vida sacerdotal (y episcopal) quedó orientada por ese combate contra el liberalismo.
Ese liberalismo era también el de los católicos liberales, «gente de doble cara» que se dice católica pero que «no puede soportar la verdad íntegra ni que se condenen los errores, a los enemigos de la Iglesia, y que estemos siempre en estado de cruzada».
«Eso es -concluía Monseñor Lefebvre-, vivimos en estado de cruzada, en estado de combate continuo, y esta cruzada -precisaba- puede exigir el rnartirio-".
Bajo la bandera de Cristo Rey y Sacerdote

Como lo atestigua Denis Fahey"; las lecturas que se proponían a los seminaristas o se hacían en el comedor les hacían contemplar con Godefroid Kurth'" «el Cuerpo Místico de Cristo transformando la sociedad pagana del Imperio Romano y preparando el movimiento creciente de reconocimiento del programa de Nuestro Señor Jesucristo Sacerdote y Rey»; les ayudaba a comprender con el Padre Deschamps" que «las revoluciones provocaban la exclusión del gobierno de Cristo Rey con la intención de eliminar finalmente la misa y la vida sobrenatural de Cristo sumo Sacerdote». El De Ecclesia del Padre (luego Cardenal) Billot, S.]., les hacía «captar el sentido de la realeza de Cristo y el horror al liberalismo». Con las enseñanzas del Cardenal Pie aprendían «el significado pleno del "Venga a nosotros tu reino", esto es, que el reino del Señor debe establecerse no solamente en las almas individuales y en el cielo, sino también en la tierra mediante la sumisión de los Estados y de las naciones a su gobierno. Destronar a Dios sobre la tierra es un crimen al que no hemos de resignarnos jamás».
«El Syllabus del Papa Pío IX y las encíclicas de los cuatro últimos papas -decía Fahey- fueron el objeto principal de mis meditaciones sobre la realeza de Cristo y sus relaciones con el sacerdocio».
Marcel Lefebvre hizo lo mismo.
En San Pedro, cuando visitaba la basílica, Fahey se quedaba un buen rato en la Confesión y allí prometía al primer Papa «enseñar la verdad sobre su Maestro como él y sus sucesores, los Romanos Pontífices, querían que se enseñases ".
La verdad sobre Cristo Rey y Sacerdote, a la luz de los Papas, en el combate contra los adversarios de esta verdad, era también el depósito sagrado que Marcel Lefebvre decidió transmitir.

3. Un filósofo contemplativo

¡Esa buena y antigua Gregoriana! Pero antes de transmitir, había que dejarse formar. El 5 de noviembre la Universidad Gregoriana abrió sus puertas para la lectio brevis a la bandada pintoresca y multicolor de setecientos seminaristas que llegarían a ella cada mañana desde todas las callejuelas adyacentes, los alemanes vestidos de rojo, los hispanos de azul y negro, y los religiosos en toda la variedad de sus sayales. De esa lección inaugural recitada en un latín cantarín y voluble por el Padre Lazzarini, Mareel sólo entendió algunas palabras. Se quedó casi desanimado.
Pero no tardaría en arreglárselas", Se inscribió en la Facultad de Filosofía, en el curso de «segundo año, cuyo ritmo diario incluía dos o tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde.
Hacían falta tres minutos para cruzar la Piazza della Minerva y llegar, en la Vía del Seminario, al alto portal del Palazzo Borromeo que, después de la expoliación del Colegio Romano en 1870, albergaba la Universidad Gregoriana. Su nombre original era el que le dio su creador San Ignacio: Colegio Romano?.
Allí Louis Billot había enseñado, como un dívus Thomas redivivus, el tomismo y el combate contra el modernismo y contra el liberalismo, al que calificaba de «perfecta y absoluta incoherencia, por la oposición que sus partidarios establecen entre los principios y la práctica, ya que los principios que ellos dicen aceptar no son sino las reglas prácticas de acción, que precisamente se niegan a admitir». Creado Cardenal por San Pío X en noviembre de 1911, tuvo que dejar la docencia, pero en 1923 todavía seguía siendo el maestro ideal, venerado por los Padres y seminaristas de Santa Chiara.
Aridez metafísica y verdades políticas antirrevolucionarias No sin esfuerzo, el joven estudiante llegó a saborear «la única y verdadera filosofía del sentido común y de lo real»43 que ofrecía el Padre Charles Boyer en su clase de lógica y de metafísica general, que hacía las delicias de las mentes más especulativas que Marcel.
Aprobó el examen el 2 de julio con la calificación de bene probatus.
Le costó tener que «hacer pura filosofía sin relación con la fe»; faltaban las aplicaciones y consecuencias cristianas de los principios filosóficos; ahora bien -pensaba el alumno- «la filosofía no escapa al dominio universal de Nuestro Señor, es la sierva de la teología», y por eso ha de ser «asumida por la gracia, del mismo modo que la naturaleza humana de Nuestro Señor por su naturaleza divinax,
La política que enseñaba el Padre Lorenzo Giammusso en su clase de ética apasionaba a Marcel Lefebvre. Exponía las verdades que acababan con los mitos revolucionarios de la «voluntad popular» y de «la armonía de las libertades de las personas»; y concluía que la sociedad civil, tal como la concibió el Autor de la naturaleza, debía honrar a Dios con un culto público. La filosofía se convertía en el trono de Cristo Rey. (pag. 77)