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viernes, 10 de marzo de 2017

LA PASIÓN DEL SEÑOR




LA TRISTEZA DEL SALVADOR


Se había despedido de su Madre, y el dolor con que ella se quedaba le desgarró el corazón.
y en todas estas cosas había procurado dominarse, poner buena cara, disimular lo que pasaba por dentro, para consolar a los suyos y cumplir con el deber de aquella última cena. Pero como la tristeza encerrada aún hace más daño al que la sufre, porque busca por dónde salir y tener un alivio y un desahogo, cuando el Señor se vio solo en el huerto, lejos de los ocho apóstoles que había dejado a la entrada, rompió a llorar; mostró toda su amargura, deseaba descansar el corazón, consolarse con el amor y la lealtad de los tres discípulos más queridos. Y fue a ellos a quienes dijo: «Mi alma está triste, hasta el borde de la muerte».
No era menor la pena que le producía ver la mala voluntad de sus enemigos. De su odio nacía el deseo de matarle, de inventarse injurias y nuevas maneras ~e torturarle de burlarse de Él en medio de su angustia.
Era como si los enemigos triunfasen sobre Él, caído y abandonado de Dios: «Dios le ha desamparado, perseguidle, cogedle, que no hay nadie que le salve» (Sal. 16, 11). Esta sensación de verse pisoteado por sus enemigos, de que había llegado el momento de volcar su odio contra El, hacía que llamara al Padre Eterno en su ayuda: «Mira, Señor, mi tristeza; mira cómo mi enemigo se ha levantado contra mí» (Lam 1, 9).
Y si el oír bramar a un toro o rugir a un león produce ya miedo, aun estando protegido, con sólo imaginar lo que haría esta fiera si estuviera libre, pensad en la angustia que produciría al Señor verse rodeado de tanta gente furiosa como fieras, y libres de poder hacer con Él lo que su odio les dictara. Porque, ciertamente, su pueblo, querido y elegido por El, se revolvió contra Cristo con la fiereza de un león; así lo indica el profeta cuando escribe: «Mi pueblo se convirtió para mí en un león salvaje; lanzó su rugido contra mí» (Jer 12,8).
A este odio de los sacerdotes principales y a esta mala voluntad de los poderosos del pueblo se refiere aquella profecía del salmo: «Me rodeó un gran número de novillos; me cercaron toros enormes; abrieron contra mí sus bocas rugiendo como leones rapaces» (21, 13).
El señor conocía ya antes esta mala voluntad de sus enemigos, que habían de ser sus jueces; conocía todos sus planes y los pasos que iban a dar para condenarle. Muchos años antes, el profeta Jeremías lo pondera muy especialmente, como algo que iba a causarle un gran dolor y sufrimiento: «Tú, Señor, me lo dijiste y lo supe; me hiciste saber sus maquinaciones. Yo quedé entre ellos, como un manso cordero al que llevan a la muerte» (11, 18).
Supo, además, el Señor que, al encontrarse rodeado por aquellos enemigos sin poder escapar -ni quererlo-, iba a ser abandonado también de sus amigos.
No tendría ya quien le defendiese ante las calumnias y acusaciones, nadie abogaría por su causa; entre aquella gente a nadie le importaría que muriera. De esto se quejaba El cuando decía: «Miro a mi derecha y veo que no hay nadie que se preocupe por mí; no tengo escapatoria, no hay nadie que me defienda» (Sal 141, 5).
El mismo expresa la angustia de este desamparo de los amigos: «Me deshice como el agua; se descoyuntaron todos mis huesos. Mi corazón es como cera que se derrite en mis entrañas» (SaI21, 15).
Tenía la muerte muy cercana, y veía en su imaginación todo el dolor que iba a sufrir, el tormento y la crueldad de la cruz. La imaginación muchas veces asusta más que la misma muerte, por eso a los condenados suelen taparles los ojos para que no vean ni el sitio ni el instrumento de su ejecución; se procura también distraer a los condenados de su obsesión de la muerte por evitarle s un poco la terrible ansiedad y el pavor de la espera. Pero el Salvador no tuvo a nadie que le aliviara, nadie tuvo misericordia de Él en aquella impaciente tensión de un condenado a muerte. «El agua de la tribulación entró hasta lo más hondo de mi alma» (Sal 68, 1). No podía dejar de pensar en la apasionada injusticia de los que iban a ser sus jueces, en la burla que iban a hacer de su afirmación de Hijo de Dios. Hasta los mismos esclavos le atarían para azotarle. Pensaba en el tropel de gente que le insultaría por las calles, camino de la casa del Pontífice. Los sacerdotes iban a presentar testigos falsos; le escupirían, le darían bofetadas, se reirían de Él...
Venía a su imaginación el momento en que Pilatos, por miedo y por respeto humano, le remitiría a Herodes; y Herodes le trataría de loco ante sus cortesanos.
Devuelto a Pilato, le haria azotar; los soldados le clavarían una corona de espinas para burlarse de su realeza, de Él, verdadero Rey de los hombres. Su corazón le daba vuelcos cuando pensaba en la sentencia pregonada públicamente por Pilato: condenado a muerte, y de cruz. Oía los aullidos de la gente fuera de sí. Y todo eso lo verían sus amigos, las mujeres que le habían seguido, su misma Madre ... No es posible ver tan claramente, y de antemano, el propio dolor y humillación y vergüenza, y no morir de tristeza.
Le era imposible apartar de su mente aquel terrible lugar: el Calvario. Vio cómo iba a ser crucificado, cómo era levantado en la cruz. Desnudo a la vista de todo el mundo. Rebajado a la categoría de un vulgar salteador de caminos, se veía allí, clavado, entre los dos ladrones. Durante más de tres horas iba a estar allí, colgado en la cruz, desamparado de sus amigos, insultado por sus enemigos. Su Madre le vería, oiría su desgarrador grito de agonía.
No podemos pensar que alguno de estos sufrimientos se le escatimara al Señor, no debemos pensar que algún sufrimiento le resultara fácil. Fue tanto el dolor que sintió que, de espanto, empezó a temblar y a aterrorizarse (Me 14, 33. Mt 26,37). «Comenzó a sentir pavor y angustia». «Comenzó a entristecerse y a angustiarse».
Para descansar un poco con sus tres amigos, les dijo: «Mi alma está triste, hasta el borde de la muerte».
Tengo angustia y tristeza de muerte. Siento tanto dolor que estoy a punto de morir. Me muero de triste~a ...
Quedaos un poco aquí, os lo ruego, quedaos conmigo.
Despertaos, no os durmáis. Hacedme compañía (Mt 26, 38).

Tanto fue su dolor como su amor infinito

A pesar de tanta tristeza y dolor, esto no impidió que el Salvador se ofreciese con prontitud a la muerte; por obedecer a su Padre y por salvar a los hombres.
Pero, al advertir la terrible carga que tomaba sobre sus hombros, «entró en agonía» (Le 22,43). Y perseveró haciendo más intensa su oración hasta sudar sangre de sus venas.
No os sorprenda que Jesucristo sufriera tanto; quizá muchos hombres se han visto en situaciones más crueles, pero recordad: «No llames valiente al que más heridas recibe, sino al que más sufre por ellas», y las soporta. Y nadie como Cristo tuvo un alma tan grande: su dolor fue a la medida de su amor; no comprendemos del todo su amor, por eso no comprendéis su dolor. (SAN JUAN DE AVILA. Audi filia, 79-80).
Jesucristo veía clara e íntimamente la esencia de Dios y, a su vista, vivía como arrebatado por el ansia de servirle, de amarle, con toda la fuerza inexpresable de su amor. Veía también todos los pecados cometidos por los hombres desde el comienzo del mundo, todos los que iban a cometer todavía contra Dios, y su dolor de ver ofender a la Divina Majestad era tan grande como grande era su deseo de que fuera bendecida y amada. No hay quien pueda comprender este amor, y así tampoco hay nadie que pueda alcanzar la hondura de su dolor.
Quizá hayáis leído que algunos hombres, tan amoroso arrepentimiento sintieron de sus pecados, que no cabiendo en ellos tanto dolor, perdieron la vida. Pensad: si una chispa de amor de Dios hizo morir así a algunos santos, ¿¡qué sufrimientos de muerte serían los que padeció el Señor, Él, cuyo amor a Dios y a los hombres no tiene medida, es fuego eterno!?
Su amor a los hombres: sólo Jesús sabía apreciar justamente la gran desgracia que es para el hombre ser enemigo de Dios; caracer para siempre de su amor y de su compañía. Solo Él podía entristecerse de verdad, al ver a los hombres, que tanto quería, en el grave peligro de su infelicidad eterna. Ver a Dios ofendido y a los hombres perdidos por el pecado era un cuchillo de doble filo que se le clavaba en el corazón. Deseaba la salvación de los hombres, aunque fuese tan a costa suya. Si San Pablo puede decir (2 Cor 11, 28) que le fatigaba interiormente más «la preocupación y el cuidado de las iglesias» que todo su cansancio físico y todas las persecuciones que padecía, ¿qué no sufriría el Señor por dentro si tenía una caridad infinitamente mayor que ese apóstol? Cristo nuestro Señor se había hecho cargo -había tomado como si fuesen suyos- de todos los pecados de los hombres, y se había prestado a pagar personalmente todas sus deudas, ante el Padre Eterno injuriado y ofendido. «Todos nosotros perdimos el camino, y el Señor puso sobre su Mesías los pecados de todos» (Is 53, 6). El amor de nuestro Señor aceptó esta rigurosa sentencia de la justicia divina, y cargó con todos los pecados que los hombres han hecho, hacen y han de hacer hasta que el mundo se acabe, sin dejar uno.
El Señor se dispuso a pagar con el dolor de su corazón. Es imposible contar el número y la maldad de los pecados de los hombres, pero aún más imposible es calibrar el dolor de Cristo.
Cristo no solamente salió fiador de culpas ajenas, sino que se presentó Él mismo como culpable, como si los pecados fueran suyos. Los que fían pagan como personas distintas al que fían, y no se les pega la deshonra de los delitos ajenos, al contrario, quedan más honrados porque pagan por algo que no les obliga.
Pero el Señor se hizo tan uno con nosotros como lo es la cabeza con el cuerpo: quiso que nuestras culpas se llamasen culpas suyas; por eso no solamente pagó con su sangre, sino con la vergüenza de esos pecados. «Mi ignominia está frente a mí todo el día, y se me enrojece la cara de vergüenza» (Sa143, 16). «La vergüenza cubre mi cara» (Sa168, 8). «Tú conoces la humillación que padezco, mi confusión y mi vergüenza» (v. 20).
A pesar de la vergüenza que el Señor padeció por nuestros pecados, pidió perdón por ellos con la misma vehemencia que si fueran suyos. A veces, cuando un hombre comete un delito, algunos de los que fueron sus amigos dicen no conocerle, para no poner en tela de juicio su propia honradez. Y si un amigo verdadero se atreve a ayudar al delincuente, lo hace siempre dejando claro que él no tuvo nada que ver con el delito de su amigo. El Señor, en cambio, se presenta a ayudamos a nosotros, delincuentes y pecadores, llamándonos amigos, hermanos, hijos suyos, llamándonos hasta miembros de su mismo cuerpo, unos con Él; y lo proclama a gritos ante el tribunal de la justicia divina.
Ruega que seamos perdonados, negocia nuestra 
Ruega que seamos perdonados, negocia nuestra absolución, se entrega Él mismo como malhechor para pagar nuestra pena. Aunque pidió tres veces en la oración que si era posible ocurrieran las cosas sin que Él tuviera que morir, estaba bien seguro que no conseguiría esa petición, porque se había hecho cargo de nuestros muchos pecados, los llevaba ya como suyos: «Los gritos de mis pecados hacen imposible mi salvación» (SaI21, 2).

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