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sábado, 25 de febrero de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS




Cómo la pureza de la indiferencia se ha de practicar en las acciones del amor sagrado. 

Uno de los mejores músicos del mundo, que tocaba el laúd a la perfección! ensordeció tanto, en poco tiempo perdió enteramente el uso del oído.
Sin embargo no dejó, por esta causa de cantar y de pulsar delicada y maravillosamente su instrumento, merced a la gran habilidad que en ello tenía, y que su sordera no le había arrebatado. Mas, porque no sentía ningún placer en su canto ni en su música, pues, privado del oído, no podía darse cuenta de la dulzura y de la belleza de los sonidos, sólo cantaba y tocaba el laúd para contentar a un príncipe, del cual había nacido súbdito y a quien se sentía muy inclinado a complacer, obligado, además, como estaba, por haberse criado, durante su juventud, en su casa.
Por este motivo, sentía un placer sin igual en darle gusto, y, cuando su príncipe daba muestras de complacerse en su canto, quedaba transportado de alegría. Más acaecía, a veces, que el príncipe, para poner a prueba el amor de este amable músico, le mandaba cantar, y en seguida lo dejaba en su cámara y se iba de caza; pero el deseo que el cantor tenía de acomodarse al gusto de su señor, hacía que continuase cantando con la misma atención que si el príncipe hubiese estado presente, aunque, en verdad, no sentía en ello ningún gusto; porque ni sentía el placer de la melodía, porque le privaba de él la sordera, ni el de agradar al príncipe, porque estaba ausente y no podía gozar de la dulzura de sus hermosos cantos.
A la verdad, el corazón humano es el verdadero cantor del himno del amor sagrado, y es también el arpa y el salterio. Este cantor se escucha por lo regular, a sí mismo, y siente una gran complacencia en oír la melodía de su canto. En otros términos: cuando nuestro corazón ama a Dios, saborea las delicias de este amor y recibe un contento indecible de amar un objeto tan amable. Y en esto estriba la variación a saber, en que, en lugar de amar este santo amor porque tiende a Dios, que es el amado, lo amamos porque procede de nosotros, que somos los amantes. ¿Quién no ve que, haciéndolo así, no buscamos a Dios, sino que nos volvemos hacia nosotros mismos, amando el amor en lugar de amar al amado, es decir, amando este amor, no por el contento y beneplácito de Dios, sino por el placer y el contento que de este amor sacamos? Luego, el cantor que, al principio, cantaba a Dios y para Dios, canta ahora más a sí mismo y para sí mismo que para Dios; si se complace en cantar, no es tanto para alegrar los oídos de Dios, cuanto para alegrar los suyos. Y, puesto que el cántico del amor divino es el más excelente de todos, lo ama también más, no por causa de las divinas excelencias que en él son alabadas, sino porque el aire del canto es, por ello, más delicioso y agradable.

Manera de conocer el cambio en el sujeto este santo amor

Fácilmente conocerás esto, Teótimo, porque si este ruiseñor canta para agradar a Dios, cantará el himno que sabrá que es más agradable a la divina Providencia. Pero, si canta por el placer que siente en la melodía de su canto, no cantará el cántico que es más agradable a la celestial bondad, sino el que más le guste a él y en el cual crea que podrá encontrar mayor deleite.
Bien podrá ocurrir que de dos cantos verdaderamente divinos, el uno se cante porque es divino y el otro porque es agradable. El cántico es divino, pero el motivo que nos hace cantar es el deleite espiritual que en él buscamos.
¿No ves - diremos a un obispo - que Dios quiere que cantes el himno pastoral del divino amor en medio de tu grey, que este mismo autor te mandó, por tres veces, apacentar, en la persona del apóstol San Pedro, el primero de todos los pastores? ¿Qué responderás a esto? Que en Roma y en París hay más deleites espirituales, y que el divino amor se puede practicar allí con más suavidad. ¡Dios mío! no es por vuestro agrado que este hombre quiere cantar, sino por el gusto que siente en ello; no os busca a Vos en el amor, sino el contento que le causa el ejercicio de este amor. Los religiosos desearían cantar el cántico de los prelados, y los casados el de los religiosos, con el fin, según dicen ellos, de poder mejor amar y servir a Dios. iAh! os engañáis a vosotros mismos, mis queridos amigos; no digáis que es para mejor amar y servir a Dios, sino para servir vuestro propio contento, al que amáis' más que al contento de Dios. También en la enfermedad se encuentra la voluntad de Dios, y, ordinariamente, más que en la salud. Si amamos, pues, la salud, no digamos que es para mejor servir a Dios; porque ¿quién no ve que lo que buscamos no es la voluntad de Dios en la salud, sino la salud en la voluntad de Dios? Es sin duda, muy difícil amar a Dios sin amar a la vez, el placer que causa el amarle: pero,  no obstante, hay mucha diferencia entre el contento que produce el amor a Dios porque es bello, y el que produce el amarle porque su amor nos es agradable. Debemos, pues, buscar en Dios el amor de su belleza, y no el placer que hay en la belleza de su amor. El que, cuando ruega a Dios, se da cuenta de que ruega no atiende perfectamente a la oración, porque distrae su atención de Dios, a quien ruega, para pensar en la oración, por lo cual ruega. El mismo cuidado que muchas veces ponemos en no distraernos es, con frecuencia, causa de grandes distracciones. La simplicidad, en las acciones espirituales, es lo más recomendable. ¿Quieres contemplar a Dios? Contémplale y atiende a esto porque, si reflexionas y vuelves los ojos hacia ti para ver cómo le contemplas, ya no contemplas a Él, sino que contemplas tu actitud, a ti mismo. El que ora, con fervor, no sabe si ora o no ora, porque no piensa en la oración que hace, sino en Dios, a quien la hace. El que ama con ardor no vuelve su corazón sobre sí mismo, para mirar lo que hace, sino que lo detiene y lo ocupa en Dios, a quien aplica su amor. El cantor celestial se complace tanto en dar gusto a Dios, que no recibe ningún goce de la melodía de su voz, sino porque ésta agrada a su Dios. ¿Ves, Teótimo, a este hombre que ruega a Dios, y al parecer con tanta devoción, y que es tan fervoroso en los ejercicios del amor celestial? Aguarda un poco y verás si es Dios a quien ama. ¡Ah! , en cuanto cese la suavidad y la satisfacción que sentía en el amor, y lleguen las sequedades, lo dejará todo y no rogará sino como de paso. Pues bien, si era Dios a quien amaba, ¿por qué ha dejado de amarle, ya que Dios siempre es el mismo? Amaba la consolación de Dios, y no el Dios de la consolación. Muchos, ciertamente, no se complacen en el amor divino, sino cuando es confitado con el azúcar de alguna suavidad sensible, y fácilmente harían como los niños, los cuales cuando se les da miel sobre un pedazo de pan, lamen y chupan la miel, y echan, después, el pan; porque si la suavidad pudiese ser separada del amor, dejarían el amor y se quedarían con la suavidad. Estas personas están expuestas a muchos peligros o al peligro de volver atrás, cuando los gustos y los consuelos faltan, o al de gozarse en vanas suavidades, bien ajenas al verdadero amor.

De la perplejidad del corazón que ama sin que sepa que agrada al Amado

Muchas veces no sentimos ningún consuelo en los ejercicios del amor sagrado, y, como los cantores sordos, no oímos nuestra propia voz, ni podemos gozar de la suavidad de nuestro canto al contrario, aparte de esto, nos sentimos acosados de mil temores, turbados de mil ruidos, que el enemigo hace en torno de nuestro corazón sugiriéndonos el pensamiento de que quizá no somos agradables a nuestro Señor de que nuestro amor es inútil y aun falso y vano, pues no nos causa ningún consuelo. Entonces trabajamos no sólo sin placer sino con gran tedio, no viendo ni el fruto de nuestro trabajo ni el contento de Aquel por quien trabajamos.
Es cuando es menester dar pruebas de invencible fidelidad al Salvador, sirviéndole puramente por amor a su voluntad, no sólo sin placer, sino también entre este diluvio de tristezas, de horrores, de espantos y de ataques, como lo hicieron su gloriosa Madre y San Juan, el día de su pasión, los cuales, entre tantas blasfemias, dolores y angustias mortales permanecieron firmes en el amor, aun en aquellos momentos en que el Salvador, habiendo retirado todo su santo gozo a la cumbre de su espíritu, no irradiaba alegría ni consuelo alguno de su divino rostro, y en que sus ojos, cubiertos de obscuridad de muerte, no despedían sino miradas de dolor, como el sol despedía rayos de horror y espantosas tinieblas.

Cómo el alma, en medio de estos trabajos interiores, no conoce el amor que tiene a Dios, y de la muerte amabilísima de la voluntad.

El alma que anda muy cargada de penas interiores si bien puede creer, esperar y amar a Dios, y, en realidad, así lo haga, sin embargo no tiene fuerza para discernir ni cree, espera y ama a su Dios, pues la angustia la llena y la abate tan fuertemente, que no puede volver sobre sí misma para ver lo que hace; por esta causa, figura que no tiene fe, ni esperanza, ni caridad, sino tan sólo fantasmas e inútiles impresiones de estas virtudes que siente sin sentirlas, y como extrañas, mas no como familiares de su alma.
Las angustias espirituales, hacen el amor enteramente puro y limpio; porque, cuando estamos privados de todo goce, por el cual podríamos estar obligados a Dios, nos une a Dios inmediatamente, voluntad con voluntad, corazón con corazón, sin que anden de por medio ningún consuelo o pretensión. ¡Qué afligido está el pobre corazón, cuando, como abandonado por el amor, mira en todas direcciones y no lo encuentra, según le parece! ¿Qué podrá, pues, hacer el alma que vive en este estado? En tales momentos, Teótimo, no sabe cómo sostenerse, entre tantas congojas, y sólo tiene fuerza para dejar morir su voluntad en las manos de la voluntad de Dios, a imitación del dulce Jesús, el cual, cercado a la muerte, exhalando el último suspiro, dijo con una gran voz y con muchas lágrimas: Padre, en tus manos encomiendo mi  espíritu palabras que fueron las últimas de todas y por las cuales el Hijo muy amado dio la prueba suprema de su amor al Padre. Nosotros, cuando las convulsiones de las penas espirituales nos priven de toda suerte de alivio y de los medios de resistir, pongamos nuestro espíritu en manos del eterno Hijo, que es nuestro verdadero padre, y bajando la cabeza en señal de asentimiento a su beneplácito, entreguémosle toda nuestra voluntad.