utfidelesinveniatur

martes, 7 de febrero de 2017

TRATADO DEL AMOR A DIOS LIBRO NOVENO

CAPITULO I

Del amor de sumisión, por el cual nuestra voluntad se une al beneplácito de 'Dios

De la unión de nuestra voluntad con la voluntad divina, que se llama voluntad de beneplácito.

Fuera del pecado, nada se hace sino por la voluntad de Dios llamada absoluta y de beneplácito, voluntad que nadie puede impedir y que sólo se conoce por sus efectos, los cuales, una vez se han producido, nos manifiestan que Dios los ha querido y dispuesto.
Hemos de sentir, una suma complacencia, al ver cómo Dios ejercita su misericordia por medio de diversos favores, que distribuye entre los ángeles y entre los hombres, en el cielo y en la tierra, y cómo practica su justicia por una infinita variedad de penas y de castigos; porque su justicia y su misericordia son igualmente amables y admirables en sí mismas, pues una y otra no son más que una misma y absolutamente única bondad y divinidad. Mas, porque los efectos de su justicia son ásperos y llenos de amargura, los endulza siempre, mezclándolos con los de su misericordia, y hace que, en medio de las aguas del diluvio de su justa indignación, se conserve el verde olivo, y que el alma devota, como una casta paloma, pueda, al fin, encontrarle, si quiere meditar amorosamente al modo de esta ave.
Así la muerte, las aflicciones, los sudores, los trabajos, en que abunda nuestra vida, los cuales, por justa disposición de Dios, son las penas de pecado, son también, por su dulce misericordia, las gradas para subir al cielo, los medios para aprovecharnos de la gracia y los méritos para obtener la gloria. Bienaventurados son el hambre la sed, la pobreza, la tristeza, la enfermedad, la muerte y la persecución, porque son verdaderamente justos castigos de nuestras faltas pero castigos de tal manera templados y de tal manera aromatizados por la suavidad, la mansedumbre y la clemencia divina, que su amargura es una amargura amabilísima.
Pensemos de un modo particular en la cantidad de bienes interiores y exteriores, como también el gran número de penas internas y externas, que la divina Providencia ha dispuesto para nosotros, según su santísima justicia y misericordia; y, como quien abre los brazos de nuestro consentimiento, abracémoslo todo onerosísimamente, descansemos en su santísima voluntad y cantemos a Dios como himno de eterno sosiego: Hágase vuestra voluntad, así en la tierra como en el cielo. Hágase vuestra voluntad no sólo en la ejecución de vuestros mandamientos, consejos, e inspiraciones, que nosotros debemos poner Por práctica, sino también en el sufrimiento de las aflicciones y de las penas. que debemos aceptar para que vuestra voluntad disponga de nosotros, en todo y según le plazca.

Que la unión de nuestra voluntad con el beneplácito
de Dios se hace principalmente en las tribulaciones.

Las penas consideradas en sí mismas no pueden ser amadas, pero consideradas en su origen, es decir, en la providencia y en la voluntad divina, son infinitamente amables. Mira la vara de Moisés en el suelo, y es una serpiente espantosa: mírala en manos de Moisés, y obra maravillas. Mira las tribulaciones en sí mismas, y te parecerán horribles; míralas en la voluntad de Dios, y son amores y delicias. ¡Cuántas veces nos acontece que recibimos a regañadientes las medicinas de manos del médico o del farmacéutico, y, al sernos ofrecidas por una mano querida, el amor se sobrepone a la repugnancia, y las tomamos con gozo! Ciertamente, el amor o libra al trabajo de su aspereza, o lo hace amable.
Amar los sufrimientos y las aflicciones, por amor de Dios, es el punto más encumbrado de la caridad; porque, en esto, nada hay que sea amable, fuera de la voluntad divina; hay una gran contradicción por parte de nuestra naturaleza, y no sólo se renuncian los placeres, sino también se abrazan los tormentos y los trabajos.
El maligno espíritu sabía muy bien que era éste el último refinamiento del amor, cuando, después de haber oído de labios de Dios que Job era justo, recto y temeroso de Dios, que huía de todo pecado y que permanecía firme en su inocencia, tuvo todo esto en muy poca cosa, en comparación con el sufrimiento de las aflicciones, por las cuales hizo la última y suprema prueba del amor de este gran siervo a Dios; y, para que estos sufrimientos fuesen extremados, los hizo consistir en la pérdida de todos sus bienes y de todos sus hijos, en el abandono de todos sus amigos; en una fuerte contradicción por parte de sus más allegados, y de su misma esposa; contradicción llena de desprecios, de burlas, de reproches, a todo lo cual juntó casi todas las enfermedades que puede padecer un hombre, especialmente una llaga general, cruel, infecta y horrible.
Ahora bien, mira al gran Job, como rey de los desgraciados de la tierra, sentado sobre un estercolero, como sobre el trono de la miseria, cubierto de llagas, de úlceras, de podredumbre, como quien anda vestido con el traje real adecuado a la cualidad de su realeza; en medio de una tan grande abyección y anonadamiento, que, de no haber hablado, no se podría discernir si era un hombre convertido en estercolero, o sí el estercolero era un montón de podredumbre en forma de hombre, oye como exclama: Si recibimos las bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos también los males?. ¡Dios mío! ¡Cuán grande es el amor de estas _ palabras! Considera que has recibido los bienes de la mano de Dios y da una prueba de que no había estimado tanto estos bienes por ser bienes, cuanto porque venían de la mano del Señor. De lo cual concluye que es menester soportar amorosamente las adversidades, pues proceden de la misma mano del Señor, igualmente amable cuando reparte aflicciones que cuando da consolaciones. Todos reciben gustosamente los bienes; pero recibir los males, es tan sólo propio del amor perfecto, que los ama tanto más, cuanto que no son amables sino por la mano que los envía. 

De la unión de nuestra voluntad con el beneplácito divino, en las aflicciones espirituales, por la resignación.

El amor a la cruz nos mueve a imponernos aflicciones voluntarias, como ayunos, vigilias, cilicios y otras maceraciones de la carne, y nos hace renunciar a los placeres, a los honores y a las riquezas. El amor, en estos ejercicios, es muy agradable al Amado. Sin embargo, todavía lo es más cuando aceptamos con paciencia, dulcemente y con agrado, las penas, los tormentos y las tribulaciones, en consideración a la voluntad divina que nos las envía. Pero, el amor alcanza la plenitud de la excelencia, cuando, además de recibir con paciencia y dulzura las aflicciones, las queremos, las amamos y las aceptamos con cariño por causa del divino beneplácito del cual ellas proceden.
Esta unión y conformidad con el beneplácito divino se hace o por la santa resignación o por la santa indiferencia. Ahora bien, la resignación se practica a manera de esfuerzo y sumisión; quisiera vivir en lugar de morir; sin embargo, puesto que la voluntad de Dios es que muera, me  conformo con ello. Estas son palabras de resignación y de aceptación, fruto del sufrimiento y de la paciencia.

De la unión de nuestra voluntad con el beneplácito divino por la indiferencia.

La indiferencia está por encima de la resignación, porque no ama cosa alguna, sino por amor a la voluntad de Dios. El corazón indiferente, sabedor de que la tribulación, no deja de ser hija, muy amada del divino beneplácito, la ama tanto como a la consolación, aunque ésta sea más agradable, y aun ama más la tribulación, porque nada ve en ella de amable, si no es la señal de la voluntad de Dios. Si yo no quiero otra cosa
que agua pura, ¿qué me importa que me la sirvan en vaso de oro o en vaso de cristal, pues, al fin, no beberé sino el agua? Mejor dicho, me gustará más en vaso de cristal, pues no tiene otro color que el del agua, la cual, por lo mismo, aparece en él mucho más clara.
Heroica y mas que heroica fue la indiferencia del incomparable San Pablo: estoy apretado- dice a los Filipenses - por dos lados, pues deseo verme libre de este cuerpo y estar con Jesucristo, cosa muchísimo mejor, y también permanecer en esta vida piar vosotros. En lo cual fue imitado por el gran obispo San Martin, quien, al llegar al fin de su vida, a pesar de que se abrasaba en deseos de ir a Dios, no dejó, empero, de manifestar que, con gusto, hubiera permanecido entre los trabajos de su cargo para el bien de su querido rebaño.           
El corazón indiferente es como una pelota de cera entre las manos de Dios, para recibir de una manera igual todas las impresiones del querer eterno: un corazón indiferente para elegir, igualmente dispuesto a todo, sin ningún otro objeto para su voluntad que la voluntad de Dios; que no pone su afecto en las cosas que Dios quiere, sino en la voluntad de Dios que las quiere.
Por esta causa, cuando la voluntad de Dios se manifiesta en varias cosas, escoge, al precio que sea, aquella en la cual aparece más clara. El beneplácito de Dios se encuentra en el matrimonio y en la virginidad, pero porque resplandece más en la virginidad, el corazón indiferente la escoge, aun a costa de la vida, tal como acaeció a la hija espiritual de San Pablo, Santa Tecla, a Santa Cecilia, a Santa Ágata y a otras mil. La voluntad se encuentra en el servicio del pobre y en el del rico, pero algo más en el del pobre; el corazón indiferente tomará este partido. La voluntad de Dios aparece en la modestia, practicada entre las consolaciones, y la paciencia, practicada entre las tribulaciones; el corazón indiferente escogerá ésta, porque ve en ella más voluntad de Dios. En una palabra, la voluntad de Dios es el supremo objeto del alma indiferente; dondequiera que la ve, corre al olor de sus perfumes y busca siempre aquello donde más se manifiesta, sin consideración a otra cosa alguna.
Es conducido por la divina voluntad como por un lazo suavísimo, y la sigue por dondequiera que va: llegaría a preferir el infierno al paraíso, si supiese que en aquél hay un poco más de beneplácito divino que en éste.
De la práctica de la indiferencia amorosa en las cosas del servicio de la gloria de Dios.

Casi no es posible conocer el divino beneplácito más que por los acontecimientos, y, mientras nos es desconocido, es menester que nos unamos lo más fuerte que podamos con la voluntad que nos es manifestada o significada.
Pero en seguida que se muestra el beneplácito de su divina Majestad, hay que sujetarse amorosamente a su obediencia.
Mi madre o yo (que para el caso es lo mismo) estamos enfermos en cama. ¿Por ventura si quiere Dios que sobrevenga la muerte? A la verdad no sé nada. Lo que sé con certeza, es que mientras espero el acontecimiento que su beneplácito tenga a bien disponer, quiere, con voluntad manifiesta, que emplee todos los remedios necesarios para la curación. Lo haré, pues, así, fielmente, sin omitir nada de cuanto pueda buenamente contribuir a la consecución de este fin.
pero, si es voluntad de Dios que el mal, vencedor de los remedios, acarree la muerte, en cuanto esté seguro de ello por el mismo acontecimiento, quedaré amorosamente tranquilo en la parte superior de mi espíritu, a pesar de la repugnancia de las potencias inferiores de mi alma. Sí, Señor, lo quiero -diré- porque es de vuestro agrado que sea así; si os place a Vos, también me place a mí, que soy siervo humildísimo de vuestra voluntad.
Pero si el querer divino se nos diese a conocer antes del acontecimiento, como a San Pedro el género de muerte, a San Pablo las cadenas y las cárceles, a Jeremías la destrucción de su amada Jerusalén, a David la muerte de su hijo, entonces sería menester unir, al instante, nuestra voluntad con la de Dios, hasta el punto de poner en ejecución, a ejemplo de Abraham, el decreto eterno de la muerte de nuestros hijos. ¡Admirable unión la de la voluntad de este patriarca con la de Dios! pues, al ver que el beneplácito divino le exigía el sacrificio de su hijo, lo quiso y se dispuso a su ejecución tan decidido; admirable también la unión de la voluntad del hijo, que ofreció tan suavemente su cuello a la espada de su padre, para hacer vivir la voluntad de Dios al precio de su propia muerte.
Pero advierte, Teótimo, un rasgo de la perfecta unión de un corazón con el beneplácito divino. Cuando Dios le manda que sacrifique a su hijo, no se entristece: cuando le dispensa de ello, no se regocija. Todo es igual para este gran corazón, con tal que la voluntad de Dios sea servida.
Muchas veces Dios, para ejercitarnos en esta santa indiferencia, nos inspira designios muy elevados, cuya realización no desea; y, entonces, así como es menester comenzar y continuar la obra con osadía, aliento y constancia, en la medida de lo posible, del mismo modo es menester conformarse suave y tranquilamente con el éxito de la empresa que a Dios pluguiere darnos.
San Luis, movido por la inspiración, pasa el mar, para conquistar Tierra Santa; el éxito es adverso, y él se conforma dulcemente. Prefiere la tranquilidad de este asentimiento que la magnanimidad del designio. San Francisco se va a Egipto; para convertir a los infieles o morir mártir entre ellos; tal es la voluntad de Dios, pero regresa sin haber logrado ni lo uno ni lo otro, y también es ésta la voluntad de Dios. Fue también voluntad de Dios que San Antonio de Padua desease el martirio y que no lo lograse.
El bienaventurado Ignacio de Loyola, después de haber puesto en marcha, con grandes trabajos, la Compañía de Jesús, cuyos hermosos frutos contemplaba, previendo otros mucho mejores para el porvenir, sintióse, empero, con alientos para asegurar que, si la Compañía llegase a deshacerse, cosa para él la más áspera, le bastaría media hora para sosegarse y quedar tranquilo en la voluntad de Dios. Aquel doctor y santo predicador de Andalucía, Juan de Ávila, después de haber concebido el designio de fundar una comunidad de clérigos reformados, para el servicio de la gloria de Dios, cuando tenía ya el plan muy adelantado desistió de su intento con una dulzura y una humildad incomparables, al ver que los jesuitas eran suficientes para la  realización de esta empresa. ¡Oh, qué felices son estas almas, animosas y fuertes para las empresas que Dios les inspira, y, al mismo tiempo, dóciles y flexibles en dejarlas, cuando Dios así lo dispone! Estos son los rasgos de una indiferencia perfectísima: el desistir de hacer un bien, cuando a Dios así le place, y el volver atrás en el camino comenzado, cuando la voluntad de Dios, que es nuestro guía, así lo ordena.