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miércoles, 22 de febrero de 2017

NACIMIENTO, GRANDEZA,DECADENCIA Y RUINA DE LA NACIÓN MEJICANA





contiuacion cap. XIV
Además de la misma sorprendente y espontánea reacción los habitantes de ciudades, pueblos y aldeas, abundan los hechos difícilmente explicables por el sólo orden natural de las cosas. Sin ningún conocimiento o experiencia en el arte de la guerra, sobre todo al iniciarse la insurrección, cometían los cristeros errores que podrían conducir a su aniquilamiento, y sin embargo salían ilesos.
Se resistían a las convenientes y oportunas retiradas, y su ardor y arrojo los llevaba a enfrentarse y aun a atacar a fuerzas enemigas a veces abrumadoramente superiores, y siempre perfectamente armadas, obteniendo brillantes victorias o saliendo airosos, pareciendo increíble la desproporción entre sus bajas y las sufridas por su adversario Ya establecido por la 1. N. D. 1. R. (Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa) un Comité Especial de Guerra, puso en duda la veracidad de los partes rendidos por el coronel don Angel Castillo González, quien protestó en la siguiente forma:
"Verdadera tristeza nos causa que encontrándonos en una región tan aislada, donde se carece de todo medio de comunicación y que se hace tan difícil el aprovisionamiento aun de los más indispensables elementos de guerra, todos nuestros trabajos se pongan en duda y no se les dé ninguna veracidad a los partes de novedades que de cuando en cuando se rinden .... Como antes digo, aislados y sin elementos ningunos, sólo la Divina Providencia ha podido protegernos. Sólo por verdadero milagro de Dios Nuestro Señor, hemos podido sostenernos en esta región ... Tenemos hechos realisimos que evidentemente demuestran que solo Dios en su suprema omnipotencia, es quien nos ha hecho prosperar. " Y escribía a su esposa: "Lo que sí te digo es que la mano de Dios está con nosotros. Ya lo ven los malvados callistas, que ni su mucha ariillería, ni todos sus elementos son capaces para acabarnos. Al contrario, cada combate es un timbre de gloria para nuestra Santa y Noble Causa.
"La lista de los signos, prodigios y milagros es larga ... A la muerte de los mártires, la naturaleza se conmueve, la tierra tiembla, las campanas tocan solas, el viento se levanta ... Los cristeros reciben en el combate ayuda sobrenatural. Santiago y la Virgen, intervienen a su lado, sin que ellos los vean jamás. Lo mas notable es que son los soldados federales quienes refieren esas apariciones de mujer sobre un caballo blanco, de jinete invencible sobre un caballo gris tordo, al lado de los cristeros o en las nubes. Innumerables ayudas de la providencia se manifestaban en forma de un torrente en crecida que arrastraba a los federares hasta ponerlos en manos de los cris- teros de Santiago Bayacora, o de una bruma que salvó de la derrota a los de Cocula, de Calima, de Valparaíso. El grito de ¡Viva Cristo Rey! hacía temblar al enemigo y paralizaba a los caballos. Y los animales manifestaban su respeto inclinándose para recibir la bendición, como los caballos de los cristeros de San Julián, o negándose a entrar en la iglesia como la vaca que el coronel Quiñones quería degollar sobre el altar de Tlacuitapan.
"Milagros evangélicos: la masa de la que no se podrían hacer más que algunas tortillas, y con la cual se dejo ahíto a un destacamento entero ... El TImo. Arzobispo Primado de Méjico, Mons. José Mora y del Río, desgraciadamente fallecido en el destierro en 1928, en carta fechada en marzo de 1927 dirigida a Mons. Emeterio Valverde y TéHez, Obispo de León y Secretario de la Comisión de Obispos Mejicanos residentes en Roma, daba su testimonio: "Por aquí estamos todos muy optimistas respecto al resultado próximo de la actual contienda y éstos mismos (los revolucionarios callistas perseguidores) se consideran imposibilitados para sostenerse, pero oponen resistencia tenaz. A los soldados, el grito de viva Cristo Rey les causa tal efecto que dicen no poder disparar sus armas de modo que lo que alienta a los heroicos defensores amilana a los contrarios."
El Episcopado participaba de la tendencia en boga en los altos medios eclesiásticos de conciliación con la Revolución, imponiendo a los pueblos la obligación moral de tratar de reconciliarse y aceptar lo que llamaban "autoridades constituidas" o establecidas. No obstante que tenían su origen en revoluciones fraguadas por la secta masónica, a cuyos fines servían, y en las hordas que habían asolado, y continuaban asolando al país, consideraban que su existencia estaba ligada al bien común, aun cuando sus graves y obstinados ataques a los derechos más sagrados y a los esenciales de la sociedad y de la persona humana, eran absolutamente opuestos a dicho bien común y el mal mayor consistía en la consolidación de las mismas, y de los principios que encarnaban.
La clase dirigente en general, era la que se había formado en la época de la ignominiosa u oprobios a tiranía de Porfirío Díaz y de la transición de Francisco 1. Madero, en un ambiente muy influenciado por el catolicismo liberal y la democracia. Carecía de claras ideas y objetivos de orden político. A raíz del establecimiento de la República Federal Laica, la clase dirigente se mantenía en la idea del rechazo absoluto de la Constitución de 1857 y de las Leyes de Reforma, como intrínsecamente perversas, sosteniendo que debían ser derogadas. Durante el porfirismo y maderismo se cambió hacia la práctica aceptación de las mismas. No existía verdadera aristocracia, y los ricos, preocupados por sus propios intereses y negocios, tenían pocas ideas religiosas, patrióticas o políticas.
Por todo ello y sólo con algunas brillantes y heroicas excepciones que surgieron en el curso del conflicto religioso, faltaban relevantes personalidades eclesiásticas, militares o civiles. Se estaba en franca decadencia. Sólo iban a destacarse y a brillar la Fe, el buen sentido, y la generosidad y heroísmo del pueblo en general.
Desaparecidas las abominaciones y lacras de paganismo y barbarie, idolatrías, sacrificios humanos y esclavitud, ya desde el sigloXVI
Constituía la Nación Mejicana una vigorosa cristiandad tridentina, libre de los errores y de la influencia del renacimiento humanista y del protestantismo, e incontaminada del racionalismo y de la Ilustración. Había realizado su verdadera independencia con sentido católico y monárquico, y combatido contra el liberalismo y el laicismo del Estado hasta la destrucción de su heroico ejército. Ya destruido el Estado y el Ejército Nacional, y también destruidas o desorganizadas las instituciones y fuerzas sociales, sólo la Iglesia Católica sobrevivía a los rabiosos embates de la Revolución encarnada en la judaica, masónica y calvinista potencia angloamericana por ella misma creada, y se pensó que, después de cuarenta anos de pérfido e hipócrita trabajo de zapa para destruir el espíritu nacional por medio de la enseñanza laica y positivista, y la libre difusión del error y del mal, el terreno estaba lo suficientemente preparado para continuar con el plan que sistemáticamente venía desarrollándose, particularmente a partir del establecimiento de la República Democrática Federal, y pasar a la siguiente etapa de la Revolución anticatólica y antimejicana: La Revolución socialista, con el fin de someter o destruir a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y todo vestigio de la civilización por ella creada.
"El problema mejicano no es otro que el conflicto de un orden y una civilización contra otro orden y otra civilización. Nosotros, americanos, de fijo hemos rechazado una de aquellas civilizaciones, y para aniquilarla y destruir su influencia, nos hemos valido del inmenso poder de nu tstra nación."
Pero en marcha dicha Revolución, se produjo una sorprendente y enérgica reacción nacional de rechazo de la misma proclamando pública, solemne y clamorosamente la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. El espíritu nacional vigorosamente católico sobrevivía ejemplarmente a pesar de tantos años de desorden y anarquía y del indudable avance del error y del mal tanto a la pérfida e hipócrita, como a la brutal persecución, exasperando a la Revolución que juzgó necesario machacar más a ese irreductible "pueblo fanático", asolando, arruinando y vejando a la Nación Mejicana, como quizá jamás se ha hecho con ninguna otra, con los más abominables excesos, que culminaron con la promulgación de la Constitución de 1917.
En enero de 1923, en el cerro del Cubilete, a 2,600 metros sobre el nivel del mar, y en el centro geográfico del territorio nacional, cincuenta mil almas se congregaron para también solemne y clamorosamente poner la primera piedra de un monumento a Cristo Rey. Y en octubre del siguiente ano se celebró un Congreso Eucarístico Nacional. La multitud llenaba los templos y los atrios de los mismos.
Las casas se adornaban, y por las calles se vitoreaba a Cristo Rey y
a Santa María de Guadalupe.
Al mismo tiempo la persecución a la Iglesia y a la católica sociedad se recrudecía. "Caiga el pueblo mejicano -se decía- y desaparezca del mundo esa raza de fanáticos que obstruye el avance de las nuevas ideas." Menudeaban las provocaciones y los atentados, seguidos de enérgicas manifestaciones y actos de protesta. Y cayeron los primeros héroes, y los primeros mártires. A pesar de todos sus esfuerzos, la Revolución no lograba doblegar ni quebrantar el indomable espíritu nacional.
Ya desde el año de 1914, ante el arrollador avance y los excesos de las hordas constitucionalistas o carrancistas, los pueblos habían comenzado espontáneamente a organizar defensas sociales armadas.
Y los católicos de Calima y el Sur de Jalisco les advertían: "Señores carrancistas: persiguiendo a muerte a la Religión Católica, nos habéis provocado. Nosotros no retrocederemos. Contentos moriremos por Cristo pero no en el circo y con las manos levantadas al cielo como nuestros hermanos primitivos, moriremos con la fe en el corazón y abrazados a nuestros fusiles."
Esos católicos que poco después probarían que sus advertencias no eran vanas palabras, apartándose de cómodas o cobardes