utfidelesinveniatur

lunes, 27 de febrero de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS



¡Este es el Cura Sedano . .

Muy al principio de la lucha cristera, se había establecido como cuartel general del ejército libertador, la ranchería de Cuaucentla, en el volcán de Colima, bajo el mando del valiente joven Eduardo Ochoa. Y sucedió que poco después de la muerte de los primeros mártires de la A.C.J.M., Guadalupe Delgado y sus compañeros, se presentó en el cuartel general un grupo pintoresco de indígenas de la región de Túxpam, Tamazula, Jilotlán y Santa María, pidiendo agregarse al ejército cristero.
Eran todos muchachos de raza azteca, que se ha conservado pura y sin mezcla en aquella región, civilizados y católicos no vulgares, sino de extraordinaria piedad y vida cristiana; y llegaban capitaneados, no con mando militar alguno, sino en calidad de capellán castrense, por el señor cura don Gumersindo Sedano, hombre fuerte, sacerdote modelo, pastor bueno de aquellos inditos, por quienes velaba con verdadero cariño paternal, y a quienes dirigía con ardoroso celo por el camino de la vida cristiana.
El rumor de los primeros combates por la santa causa de Cristo Rey llegó hasta ellos y, alentados ciertamente por el padre Sedano, se resolvieron a participar en la gloriosa lucha, pero rogando al padre que los acompañara como su capellán, pues nunca como en los peligros de la guerra, era necesario tener a su lado un sacerdote, que al menos los ayudara a bien morir.
El padre Sedano entusiasta también por la causa que defendían los cristeros, accedió a ello, advirtiéndoles, que aunque él no tomaría las armas, sino que debían someterse a los jefes militares, él les acompañaría, viviendo como ellos y junto a ellos, participando de sus mismas penalidades, que preveía habían de ser muchas, y ocupado solamente en el cuidado espiritual de sus almas. Quería que fueran unos verdaderos cruzados, como los de la Edad Media, pues al fin y al cabo su empresa era semejante a la de aquéllos. Iban a luchar, no por interés alguno humano, sino por la realeza de Jesucristo, como los de la Edad Media por libertar del yugo ignominioso de la Media Luna, los lugares de Palestina santificados por la vida mortal del Rey de Reyes, y arrancar de manos de los infieles el glorioso sepulcro del Señor.
Los soldados de Cuaucentla, ocupados en la preparación de nuevos encuentros con los callistas, fueron atraídos curiosamente, por los ecos que les enviaban las quebradas de la montaña, de un canto semiguerrero, semireligioso. Eran los inditos, que dirigidos por el señor cura Sedano, venían de sus regiones para unirse a los de Cuaucentla, y caminaban cantando continuamente el himno, que para el caso, les había compuesto el mismo señor cura, sin valor literario alguno, pero con una sinceridad de afecto y devoción tan grande que, unidos al tono gemebundo, apacible y devoto, propio de los cantares de los de la raza melancólica de bronce, producía un sentimiento indefinible, en los que lo oían, mezcla de devoción, ternura y decisión.
Voy a transcribirlo aquí, porque fue después el canto más ordinario de todos los cristeros, a quienes sus nuevos compañeros lo enseñaron desde
su llegada al campamento.
 Vamos, valientes cruzados
vamos, vamos a luchar;
vamonos con Cristo Rey.
su reinado a conquistar.'
Esta es la mejor batalla,
cual nunca, mejor se ha visto;
abracemos la bandera
del Ejército de Cristo.
Este es el Rey de los cielos
que nos invita a luchar,
a quien los viles tiranos
quieren ahora desterrar.
Nadie tema la batalla,
¡oh cristianos fervorosos!
que en toda lucha saldremos
triunfantes y victoriosos.
El cielo va por delante;
siempre sale vencedor;
sigamos pues sus banderas,
soldados del Salvador.
¡ Vamos valientes soldados,
vamos, vamos a guerrear,
porque Cristo nos espera
                                      su reinado a conquistar.
Excusado es decir, que los nuevos cruzados fueron recibidos en Cuaucentla con los brazos abiertos, y que naturalmente el general Ochoa, no sólo permitió, sino que pidió al señor cura Sedano, siguiera como capellán castrense, no sólo del grupo que había traído, sino de todos los cristianos que a él acudieran.
Así, él decía la Santa Misa cotidiana en los campamentos que se hubieron
de establecer por toda la región del volcán y sus aledaños, para su grupo indígena, los confesaba y les repartía el pan de los fuertes, cuidando de que por las peripecias de la campaña no olvidaran la práctica de la vida cristiana de les tiempos de paz.
Y en esa calidad, no como soldado, ni llevando armas algunas, el señor cura Sedano, participó en aquel glorioso ejército de cruzados, hasta su envidiable muerte, que sucedió de esta manera. Como ya hemos relatado en las semblanzas de otros mártires, frecuentemente eran enviados de los campamentos a las aldeas y ciudades, emisarios con el encargo de procurarse los víveres y municiones necesarios para la vida de los soldados y sus luchas. No eran estos encargos de menor peligro que los mismos combates; acaso más peligrosos, por la necesidad que tenían los emisarios de ir sin armas, para no ser reconocidos como miembros del ejército, y tener que burlar la vigilancia de los espías agraristas al servicio de los perseguidores. Varios, como hemos visto, perecieron en la demanda; lo cual no desanimaba por cierto a aquellos valientes, que juzgaban como una honrosa distinción recibir tal encargo de los jefes.
El 6 de septiembre de 1927 llevaban una de esas comisiones los jóvenes Pedro Trejo, acejotaemero de Tacuba, Distrito Federal, y miembro de la Liga de Defensa del grupo local del mismo Distrito que había marchado a unirse a los cristeros de Colima, con el deseo de morir por tan santa causa; y Eduardo Ugalde también de la A.C.J.M. y de la Liga, pero ya oficial del ejército cristero. Dirigiéronse a Zapotlán adonde debían encontrarse con otros tres cristeros, que les habían precedido; y los acompañaba el padre Sedano, quien iba a proveerse también de hostias, vino, y todo lo necesario para el ejercicio de su ministerio en el campamento.
Hospedáronse en una casa de amigos, al extremo opuesto de la estación del ferrocarril, y desde esa residencia salían para ir proveyéndose de lo necesario entre los otros amigos de la causa.
Pero una vieja viciosa, pordiosera, que fue aquel día por su limosna a la casa donde se hospedaban los emisarios, pudo darse cuenta de la reunión de los cinco cristeros y del padre Sedano en aquella casa.
Mujer de mala vida y mal corazón, luego que los vio, comprendió que podría obtener algunas monedas para la satisfacción de sus vicios si denunciaba a aquellos valientes, al capitán Urbina jefe de la guarnición de Zapotlán, máxime cuando sabía, que a causa de un terrible descalabro
sufrido por los callistas, en una escaramuza contra los cristeros, él y sus soldados estaban de malísimo humor y deseosos de venganza.
Y en efecto, la malvada mujer corrió presurosa al cuartel para hacer una denuncia importante, si le daban alguna moneda. Dícese, aunque no he podido confirmarlo, que el militar le dio una moneda de j cincuenta centavos!, y por esa miserable suma, la vieja hizo la denuncia.
Presurosos dirigiéronse los militares en la mañana del 7 de septiembre, a la casa donde, según decía la vieja, había visto a un cura acompañado de cinco cristeros y en efecto los encontraron y los aprehendieron a todos, que sin miedo ninguno, se dieron a conocer con el grito entusiasta de ¡Viva Cristo Rey!, santo y seña de los católicos de aquellos días tempestuosos.
El capitán, furioso, se dirigió al sacerdote diciéndole:
—¡Cállese!, bellaco, cobarde, como todos éstos.
— ¿Callar? —respondióle el padre—. Mientras tenga un átomo de vida no dejaré de gritar ¡Viva Cristo Rey! —e inmediatamente fue coreado por sus cinco compañeros.
—Los católicos —prosiguió el cura Sedano—, no somos ni bellacos ni cobardes; y eso usted lo sabe bien, capitán —prosiguió con un dejo de ironía en recuerdo del reciente combate, en que llevaron los callistas la peor parte—. Si mis compañeros de prisión no han hecho fuego al ser arrestados es porque no tienen armas; déselas a estos cruzados y veremos quién corre primero, y si éstos son cobardes o héroes. . . A mí podéis matarme como queráis. . . ¡Viva Cristo Rey!
Cada vez más irritado el capitán, dio orden de que condujeran los soldados en un camión de carga a los seis prisioneros, que mostraban la misma serenidad del padre capellán, hasta la estación del ferrocarril. El mismo se acomodó al lado del chofer y los demás soldados subieron con sus prisioneros al camión.
Por el camino, a lo largo de la extensa calle, que atraviesa Zapotlán de una parte a otra, el padre Sedano aunque estaba seguro del Valor de sus compañeros, para infundirles más ánimos, como siempre lo había hecho, comenzó a gritar con todas sus fuerzas: "¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Venid a ver cómo mueren los cristianos!"
A estos gritos, los pacíficos habitantes salieron azorados de sus casas, y siguieron cada vez más numerosos al camión de los prisioneros, que el capitán neciamente había ordenado fuese despacio, con el objeto de amedrentar a los católicos; neciamente, digo, porque el efecto fue el contrario.
Una multitud seguía ya al camión, y de entre ellos se escuchaba a veces salir en respuesta al entusiasmo del padre Sedano, el mismo grito de "¡Viva Cristo Rey!"
Viendo aquello el padre Sedano comenzó a cantar, y fue coreado inmediatamente por todos: "¡Corazón Santo: Tú reinarás —r México tuyo, siempre será!" . . .
Llegados a la estación el capitán ordenó bajar a los prisioneros y comenzó la fusilata. En presencia del padre Sedano, cayeron primero, confortándoles éste con palabras de ardiente amor a Jesucristo, los jóvenes Trejo y Ugalde y los otros tres cristeros.
La multitud seguía cantando: "Corazón Santo. . . Tú reinarás. .."
Y el capitán para aterrorizarlos, hizo que colgaran de unos árboles los cadáveres de los muertos, a fin de que los contemplasen bien, y callaran, aunque no logró esto último.
Entonces, el sacerdote con un ademán hizo callar a los allí reunidos para dirigirles su último sermón en estos términos: —"Hermanos: la muerte no me arredra ni me atormenta su perspectiva, supuesto que dentro de breves momentos estaré gozando de Aquél, en quien siempre he esperado, y a quien he servido con todas mis fuerzas, en el santo ministerio sacerdotal; lo que me atormentaría sería el temor de no ser un verdadero mártir, es decir, un verdadero soldado de Jesucristo, que sepa por El desprenderse de esta vida mortal y perecedera. Mi delito, no es otro, lo proclamo, sino ser del número de los sacerdotes; ser del número de aquellos encargados por Dios de llevar en esta vida las almas a Cristo Nuestro Redentor. Mas tengo la satisfacción de haber tratado de cumplir con mi deber hasta estos últimos momentos en que Dios me va a llamar a su tribunal sagrado, en donde tengo que dar cuenta, no sólo de mi persona, sino de todos y cada uno de los fieles, que me han sido confiados en mi parroquia. Espero en la infinita misericordia de Dios que sabe perdonar y olvidar las ofensas de sus hijos, que me perdonará las mías, y que sabe absolver a los que se entregan en sus manos. No os pido otra cosa en estos solemnes momentos, sino que siempre confeséis a Cristo en todo lugar y en todo momento.
"Todo lo podemos en Aquél que nos conforta', como dice el Espíritu Santo: ¡Animo, hermanos! y si sabéis luchar hasta el fin, nos veremos en el cielo ... Ya terminé, capitán ..."
Este, furioso hasta el paroxismo, le ordenó se descalzara y mandó a un soldado, que le desollara las plantas de los pies. . . Sangrando horriblemente pero sereno y aún sonriente el padre, mandó el milite le echaran una soga al cuello y lo suspendieran de la rama de un árbol, pero la rama a poco se desgajó y cayó aún vivo el padre. Segunda vez se le levantó en alto en otra rama, que cedió también a su peso, y por tercera vez apoyando su cuerpo a un saliente del árbol se le ahorcó finalmente. . . y mandó entonces el capitán a sus soldados, que hicieran ejercicio de tiro al blanco sobre el cadáver suspendido del santo cura.
Cansado al fin de aquella orgía de sangre, mandó traer una tabla y en ella escribió y ordenó se pusiera sobre el cadáver esta inscripción:
¡ESTE ES EL CURA SEDANO!
La fiesta había terminado, y los soldados se retiraron dejando abandonados los cadáveres, que recogieron piadosamente los católicos para darles honrosa sepultura.