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martes, 14 de febrero de 2017

LOS MÁRTIRES MEXICANOS




Mártires sin Historia

En vano se buscarían los nombres de estos héroes cristianos en las listas impresas y los libros que se refieren a la Epopeya Cristera Mexicana. Debo la noticia a la diligencia y caridad de un honorable vecino de la aldea de San Julián, en los Altos de Jalisco, de cuya veracidad no puedo dudar ni un ápice, y que, respondiendo a mi súplica a mis lectores, de comunicarme todo lo que supieran verídicamente acerca de nuestros mártires de aquella época, antes de que el manto del olvido los envolviera para siempre, se ha dignado con toda eficiencia, que agradezco, darme estos sencillos datos que me han ayudado a reconstruir la semblanza de estos ilustres mexicanos.
Eran pobres, eran humildes, eran de la clase sencilla y buena de nuestros campesinos, y por ende ignorados del mundo; pero tenían esos sentimientos y ese amor a Dios, que surge sin los estorbos de las ambiciones humanas y sube hasta el Señor, como la nubecilla del incensario ante el altar de la pobre capillita de la aldea.
Pelagio Gómez Sánchez nació en San Julián, de don Amado Gómez y doña Francisca Sánchez, muy pobres de bienes materiales, pero muy ricos de las virtudes de los humildes. Educaron a su hijo Pelagio en el santo temor de Dios, en el amor al trabajo, la piedad confiada, la devoción a la Virgen María, el respeto a la Iglesia y a todas las cosas de Dios, la frecuencia de los Sacramentos y en la virilidad cristiana.
Todas estas cualidades se unían sencilla y naturalmente en el alma y la vida entera del campesinito Pelagio.
Un día, día funesto y de tristísimos recuerdos para los vecinos de San Julián, pudieron ver a los soldados del gobierno de Calles, entrar en la aldea y saquear la iglesita, sin que ellos pudieran impedirlo. Aquellos hombres no se contentaron con robar cuanto creían de valor en el templo, sino que uniendo a
sus robos sacrílegos el escarnio y la mofa a las cosas sagradas, con los pobres ornamentos sacerdotales de la iglesia, hicieron gualdrapas y sudaderos para sus caballos. . . Pelagio los vio asombrado y airado por tanto sacrilegio, y sintió en su joven alma la más profunda indignación y el más vehemente deseo de vengar el honor de Dios, así ultrajado por la chusma.
—Si no somos valientes y decididos para defender los derechos de Dios y de nuestra religión... entonces ¿qué somos y qué valemos? —se dijo.
Y sin pensarlo más, se dirigió a la humilde casita de sus ancianos padres, para manifestarles su decisión, y pedirles su autorización para ir a unirse a las gavillas de los cristeros, que ya pululaban por la gloriosa región de Los Altos.
—Es mi deber, padres míos, lo siento, ¡Dios lo quiere! —repetía como los antiguos Cruzados de la Edad Media.
Tenía 20 años de edad y era la esperanza y el sostén de sus ancianos progenitores, pero ellos mismos le habían enseñado, secundando las predicas del anciano cura D. Narciso Elizondo que se debe amar a Dios por sobre todas las cosas, aunque sea hasta la perdida de la propia vida y no lo detuvieron.
— ¡Vete, hijo mío, vete! ¡Sé un buen soldado de Jesucristo! Sacrifícale tu misma vida. Yo soy ya anciano y no puedo acompañarte. . . si no, iría delante de ti. Tu madre y yo nos quedamos en manos de Dios. El velará por nosotros. No te detengas por eso. Vete a vengar las injurias hechas a Dios por estos infelices. Vete. ¡Rogaremos por ti...! Y se fue.
Su valor en los combates, su abnegación y sacrificios, la flama del entusiasmo que brotaba en su alma al considerarse soldado de tan buena causa, lo hicieron estimar y distinguir siempre, de los jefes cristeros. . . Así, ¡como Pelagio! querían a todos sus soldados. . .Nunca fue tocado en sus dos años de combates por una bala enemiga, pero el 8 de agosto de 1928 las fuerzas federales que mandaba el presidente municipal de San Miguel el Alto, fiel ejecutor de los masónicos intentos de Calles, sorprendieron a la gavilla en que militaba Pelagio en un lugar llamado San José Reynoso, y a los primeros tiros, uno atravesó al soldado de Cristo, por el estómago. Sus compañeros, que lo querían con toda el alma, tenían que huir, pero no quisieron dejarlo abandonado, y a pesar de servirles de un obstáculo más a su retirada por los vericuetos de la montaña, lograron llevarlo moribundo hasta una humilde choza del rancho del Arrastradero.
Los terribles dolores del herido, le demudaban las facciones, pero no lograron arrancarle una sola queja. Por el contrario, iba muy alegre, porque sabía que se cumplirían sus deseos de morir en holocausto a Cristo Rey, para borrar con su misma sangre las injurias que había presenciado en San Julián, contra el honor de Dios.
Y allí, en la choza, haciéndose él mismo la recomendación de su alma, y repitiendo a guisa de profesión de fe la jaculatoria ¡Viva Cristo Rey! Y pidiendo repetidas veces perdón a Dios de todos los pecados que hubiera podido cometer, murió santamente con el nombre  de Jesús en los labios.
Su cuerpo fue enterrado por la noche en la orilla de un barbecho. Un año después, el mismo mes de agosto, sus compañeros que no lo habían olvidado, fueron a sacar sus restos para darles mejor sepultura. Y lo encontraron... ¡tan fresco y entero como si acabara de morir. . .!
De la misma aldea de San Julián era oriundo Avelino Padilla. Uno de esos tipos de nuestros antiguos campesinos, de la época anterior al envenenamiento de nuestros campos por el fatídico "agrarismo". Hombre ya de edad, de unos 55 años, serio, respetuoso de los "señores amos", del sacerdote y de las cosas de Dios. Frecuentaba los Sacramentos y era un ejemplo viviente de un trabajador honrado. Su amor a la tierra y a su labor de campesino llenaba su corazón, y entregado a esto, no había tenido tiempo de buscar una esposa, así que permanecía soltero, y con los prójimos era todo caridad y bondad.
Había adquirido, por la experiencia, bastantes conocimientos de veterinaria y cuando alguno de los animales de los ranchos circunvecinos enfermaba, todos acudían a Avelino para que se los curase, lo que hacía de muy buena gana, naturalmente sin cobrarles nunca un solo centavo por la curación, porque eran sus dueños pobres como él y no les iba a quitar lo que necesitaban para el sustento de sus familias. Ya se comprende la gran estima en que todos tenían a aquel hombre bueno y útil para la sociedad en que vivía.
Pero el 22 de diciembre de 1927 un traidor boquiflojo, que había sido hecho prisionero en un combate contra los cristeros de Los Altos, fue nombrando a todos sus compañeros de andanzas militares, y entre ellos señaló como uno de los más activos y valientes, a un hermano menor de Avelino.
Los perseguidores, informados así, ya que no podían apoderarse del cristero, que hubiera hecho pagarles muy cara su vida, decidieron vengarse de él en la persona de su hermano, el pacífico campesino veterinario del pueblo.
¿No era, al fin y al cabo, un católico práctico y ejemplar? ¿No lo querían todos los católicos del pueblo, por su caridad?. . .Y pensarlo y hacerlo, todo fue uno. Presentáronse en el rancho de Nogales, cercano a San Julián, donde estaba entregado a sus labores agrícolas. Lo aprehendieron por el delito de ser "hermano de un cristero", y preguntándole si él era católico, a su respuesta afirmativa y tranquila, lo llevaron a un árbol cercano, y, allí, , y allí, entre sarcasmos e injurias, lo ahorcaron sin más ni más.
¡Era un católico y merecía morir por su fe! Veintiún años tenía Luis Muñoz Estrada, nacido de padres muy católicos y muy fervorosos, en el rancho de Rinconada, de la feligresía de San
Julián y del municipio de San Juan de los Lagos. El muchacho había sido siempre de unas costumbres angelicales, humildes y piadosas; había aprovechado las buenas lecciones del inolvidable párroco de San Julián, D. Narciso Elizondo distinguiéndose entre todos sus compañeros de Catecismo y conservándose siempre la inocencia de su alma dl peligro que acecha a la juventud.
Profundamente adolorido por las exacciones y pilladas, que los llamados "guachos callistas" cometieron en San Julián, él también, como muchos de sus amigos y coterráneos, oyó la voz de Dios que le llamaba a defender su religión, y corrió a unirse a la gavilla cristera que al mando del general Miguel Hernández, daba continuos combates de guerrilla a las fuerzas federales, terror de la comarca, y hato de verdugos, más que de guerreros honorables.
Luis Muñoz era famoso entre los suyos, por el valor tranquilo que en todos los combates había mostrado. Muchos son los actos de valor que de él recuerdan sus amigos, entre ellos el siguiente: En una escaramuza, los arreos de su montura quedaron tan maltrechos, que si quería seguir sirviéndose de ella, era preciso renovarla totalmente; entonces, solo, en medio de una región infestada de callistas, se dirigió tranquilamente a un lugarejo llamado Laguna de Moreno, donde sabía que había de encontrar amigos que le ayudaran a reparar los desperfectos. Apenas acababa de llegar al lugar, solo y desarmado, para no llamar la atención, fue, sin embargo, reconocido por una patrulla, que acompañaba precisamente al jefe de las fuerzas.
Echáronle una soga al cuello, como cuando se laza a un animal salvaje, y lo arrastraron hasta la presencia del general, el cual, sin más preámbulos, mandó que le ataran a las ramas de un arbusto conocido entre los campesinos a causa de sus grandes espinas, con el nombre de "Corona de Cristo". Con amenazas y blasfemias trataban los seides del general y el mismo militarón, de hacerle renegar de Jesucristo. Todo un día lo tuvieron así atado, y expuesto a los rayos de un sol abrasador; ni hubo entre ellos un alma compasiva que le diera un sorbo de agua. Secas las fauces, dolorido todo el cuerpo por los golpes continuos que recibía, indefenso, de parte de sus verdugos, mas él a todas las proposiciones infames de los feroces soldados, siempre respondía con el ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!; ni jamás, pudieron sacarle otra palabra de sus exhaustos labios.
Y esta exclamación gloriosa, fue la última que pudieron oírle sus verdugos, cuando cansados de su heroica resistencia, le apretaron la soga del cuello contra las ramas del arbusto espinoso, que con sus aceradas espinas desgarraba todas sus espaldas, y le impidieron respirar más, dándole así la corona del martirio.
Lectores míos. . . ¿no merecen los nombres de estos tres gloriosos confesores de su fe, vecinos u oriundos de la aldea de San Julián, figurar con honor en los fastos de este nuevo martirologio católico, que escribieron con su sangre tantos hermanos nuestros mexicanos?